sábado, 29 de marzo de 2014


ESPACIOS DE LA MEMORIA
                                                                                              
   Una persona, sentada ante su mesa con el recado de escribir a mano, echa la vista al pasado y sin pensarlo más comienza a escribir rememorando fragmentos de su infancia, tal vez su primer amor, puede que su paso por el ejército o el nacimiento de su primer hijo… o tal vez todo ello aparezca de alguna forma en el papel que un día, acaso unos meses después, acaso siglos más tarde, alguien disfrutará leyendo, ensimismado en esos espacios de la memoria que han recorrido la historia de la literatura, de lo que en ocasiones no era ni literatura, pero también de otras artes como la música o el cine. Pasemos revista aunque sea de forma epidérmica a algunos de esos espacios.   
          Una forma habitual en la que se canalizan esos recuerdos, por empezar por alguna parte, puede ser lo que llamaremos genéricamente “memorias”. Y en este punto las podemos encontrar unas  verdaderamente desternillantes, como las Memorias de un amante sarnoso, de Groucho Marx, en las que somos testigos de una de las infancias más divertidas que haya podido pasar un niño en cualquier época de la historia. Otras, por el contrario, buscan un acercamiento más poético a sus remembranzas, y una detenerse pausadamente en todos aquellos aspectos sensuales (los olores de su pueblo, los colores del verano…) que de algún modo constituyeron la infancia y que, a posteriori, no dejan de mostrárnosla como ese paraíso perdido que para tantos escritores ha constituido esa etapa de sus vidas.

        En un punto muy diferente de los dos anteriores estarían las Memorias de ultratumba de René de Chateaubriand, uno de los nombres capitales del romanticismo europeo, dado que se le considera nada menos que el introductor de ese movimiento en Francia. En un primer momento iba a denominarse con un más prosaico Memorias de mi vida, pero el prosista galo decidió cambiarlo y escribió un voluminosísimo libro que sólo ha podido leerse completo en español muchos años después de su muerte.  En ellas podemos encontrar desde acontecimientos políticos y militares de su vida hasta detalles de su vida más personal, en una suerte de mezcla que iba a ser muy frecuente en el siglo y medio que ha seguido a su fallecimiento a mediados del siglo XIX.
        Hasta qué punto unas memorias son fieles a lo que fue la realidad no es una pregunta fácil de responder, desde el momento en que por razones muy diferentes, - la mala memoria de unos, la búsqueda de dar una imagen favorable de otros, o la simple y llana invención  de un tercero -, no siempre disponemos de todos los elementos que nos permitan comprobar la veracidad o no de esos escritos. Ahí está una muestra espléndida en la película Un héroe muy discreto (Un héro très discret, Jacques Audiard, 1996): un equipo de investigación televisiva indaga en la vida de un héroe de la resistencia francesa contra los nazis en los años de la ocupación. Escuchamos entrevistas a varios de sus amigos de aquellos años, también al propio interesado… y lo que descubrimos es que ese hombre es un fraude. No fue el héroe que todo el mundo piensa, sólo estaba allí en el momento adecuado, y como confiesa al final casi de la película, no hizo daño a nadie, sólo fue el héroe que todos necesitaban en aquel momento, así que ninguno se preocupó de averiguar si había llevado a cabo realmente todos los hechos heroicos que se le atribuían.
                                                               CONFESIONES

        Desde por lo menos el siglo IV, con las famosas Confesiones de San Agustín, este particular subgénero abordaba en cierta forma el tema que estamos repasando. En el caso del santo, lo que podemos leer en ellas es su vida, desde el hombre que vive de lleno en el hedonismo y lo que él mismo vendrá a denominar como una vida  de crápula, hasta su conversión al cristianismo y cómo ese paso supuso el poder realizarse como persona en toda su plenitud. Evidentemente, y como no podía ser de otra manera en el Siglo de la Luces, otro hombre recoge ese mismo título, pero la visión es completamente diferente a la de San Agustín, puesto que la obra homónima de Jean–Jacques Rousseau se desarrolla en un contexto donde la religión es un factor puesto en entredicho desde múltiples sectores de la sociedad, y porque la vida del notable autor francés no es la de un noble de cuna, sino la de un hombre que tuvo que trabajar desde niño; por más que ya adulto podrá llevar una vida más o menos acomodada, bien es cierto que gracias a sus mecenas, dado que nunca tuvo que se dice un trabajo remunerado tal y como lo concebimos en la actualidad. 

           Rousseau escribe de manera extraordinaria, desde luego, y al igual que el resto de sus obras – sea El contrato social, esa reflexión sobre el modo de darnos leyes y organizarnos los hombres la vida en sociedad, sea Eloísa y los diferentes diálogos sobre muy diversos temas, en otro subgénero muy socorrido a lo largo del siglo XVIII -, la lectura resulta amena y a ratos memorable, a pesar de los setecientas páginas del volumen. El episodio en el que reconoce gastarse sus pocos ingresos de adolescente trabajador en libros, y que alguna vez no llegándole la paga el librero se los fiaba, dándose cuenta de la pasión que la lectura despierta en el muchacho, es inolvidable. Y otro tanto cabe decir de lo que se refiere a muy diferentes aspectos de la música, pues no en vano él llegó a componer algunas piezas y fue el encargado de las entradas referidas a ese campo para la célebre Enciclopedia Francesa. Por último, es destacable un punto singular: el hombre que se presenta como el precursor de la pedagogía contemporánea, cuyo Emilio sigue de hecho leyéndose en lagunas Escuelas de Magisterio aún, confiesa sin rubor que fue abandonando a cada uno de los siete hijos que tuvo en diverso orfanatos, viéndose incapaz de educarlos él mismo.
          Ya en el siglo XX nos topamos con otra muestra magistral de este tipo subgénero, como son los tres tomos que Pablo Neruda escribió comentando su apasionante vida, que lo llevó por todos los continentes y que le permitía conocer a varios de los nombres más sobresalientes de la cultura de todo el mundo a lo largo de medio siglos, sobre todo gracias a su cargo de cónsul de Chile. Uno de ellas lleva el título, muy apropiado por otra parte, y que enlaza con los que acabamos de mencionar, de Confieso que he vivido, y un segundo el de Para nacer he nacido. En esos centenares de páginas el poeta chileno hace gala de un memoria prodigiosa, nos da detalles de primera mano de los poetas de nuestra generación del 27, de sus estancias en la India y en otros muchos países… Y todo ello en un estilo maravilloso, capaz de describir unas azaleas y que su recuerdo permanezca para siempre en la mente del lector, y siempre con el ser humano como preocupación y principio de su vida y de su obra.
DIARIOS
          Si hubiera que destacar algunos ejemplos extraordinarios de otro apartado que se ocupa también de la memoria, sin duda uno de ellos debiera de ser el Diario del viaje de un naturalista a través del mundo, esa obra en la que Charles Darwin fue anotando cuanto veía, lo que le llamaba la atención, y no sólo en el terreno de la flora y la fauna, puesto que también nos transmite costumbres de los pueblos por donde va pasando, las dificultades de la travesía del Beagle en esos largos cinco años que duró la expedición y un sinfín de cosa más. A ese interés que despierta en quien lo lee contribuye en no poca medida las fabulosas ilustraciones que acompañan al texto de Darwin, obra del dibujante que lo acompañaba en el periplo, Augustus Earle. Con ese caudal inmenso de anotaciones, el hombre que iba a revolucionar la historia de la biología logró una información vital para ir conformando su futura teoría de la evaluación, que tanta admiración y sinsabores le iba a deparar a lo largo de su larga y fecunda vida.
        Sin salirnos del ámbito anglosajón, un par de siglos antes de Darwin podemos encontrar a uno de los grandes narradores ingleses entre los siglos XVII y XVIII, Daniel Defoe. Diario del año de la peste (1772), no es una de sus obras más conocidas, pero no por ello tiene menos interés que otras más populares. En realidad puede pasar como una suerte de relato, pero lo cierto es que obedece a su título desde el momento en que se trata de un diario en el que se va describiendo una plaga que asoló Londres y parte de Gran Bretaña en 1665, hasta el punto de que supuso más de cien mil muertos.  En ese libro se nos presenta las primeras noticias de la enfermedad, las medidas que se intentan tomar para evitar que llegue a la capital británica, la impotencia de los recursos y de los conocimientos médicos de la época, la huida de aquellos que se lo pueden permitir de la ciudad para evitar ser contagiados, lo que de rebote consigue ampliar la extensión de la zona infectada, etcétera.
        Es posible que el más famoso de los diarios en la historia reciente sea el de la joven Ana Frank, editada en todo el mundo en una infinidad de idiomas y reeditado sin parar. Tal éxito no es sorprendente, dejando a un lado las circunstancias terribles que le tocó vivir, y su desgraciada muerte poco antes de que el campo de concentración en el que fue recluida fuera liberado por el ejército norteamericano, habida cuenta de que la vida de Ana, contada por ella misma en primera persona, mezcla la curiosidad por el despertar al mundo adulto de una adolescente –pensemos en el conocimiento de su propio cuerpo, el proceso de enamoramiento, etc. – con las relaciones más o menos conflictivas con sus padres o con el resto de personas también escondidas en aquella casa que hoy día se puede ver como el Museo Ana Frank, y configura un microcosmos de seres humanos en una situación dramática cuyo fin no pudo ser más penoso. Cuando se rodó la versión de Hollywood de esta historia, Jack Cardiff fue el director de fotografía de la segunda unidad, aquella que rodó en la auténtica casa en la que sucedió todo y afirma en una entrevista que estar allí de noche, en silencio, viendo la oscuridad y el árbol que crecía frente a las ventanas, que era la única vista al exterior de la que pudo disfrutar Ana durante años, fue una experiencia estremecedora. Llego a conocer a Otto Frank, el padre de Ana y único superviviente a los campos de exterminio, quien se encargó de publicar los diarios de hija y quien reconoció ante Cardiff conocer a la persona que los delató y entregó a la Gestapo para ser conducidos al lugar donde todos menos él morirían. 
                                                                         CARTAS
           Ahora bien, si hay un espacio genuino donde la palabra se convierte en el espacio de la memoria por antonomasia, ese es la carta. Como es lógico, las hay de todos los colores, extensiones y para referir todas las emociones humanas, desde los más lejanos lugares hasta los más próximos. No estoy hablando, es obvio, de las cartas falsas, como las que pasaron como escritas por Platón durante un tiempo -¡y qué más hubiéramos querido que haber conservado su correspondencia, si es que alguna vez llegó a escribirla, claro! – ni de las que se inventó el bueno de Ovidio en su obra Heroidas, una serie de supuestas cartas de algunas heroínas de la mitología grecolatina a sus respectivos amados, sino de aquellas en las que asoma un alma. El para siempre joven John Keats, muerte en la flor de su vida  con veintiséis años, como tantos poetas románticos, nos legó una relación epistolar con sus amigos y hermano digna de recuerdo: junto a su reflexiones sobre la propia naturaleza de la poesía, cuenta sus paseos por las montañas, la impresión que le causa un determinado paisaje y cómo sería feliz sólo con un buen amigo con quien charlar, un escopeta para cazar y una buena copa de vino blanco.
         Joven como Keats murió Marcel Schwob, otro excelente escritor, traductor y escritor de cartas. No conozco su correspondencia con Robert Louis Stevenson, y lo lamento, porque debe ser enormemente interesante considerando la valía de ambos, pero sí su Viaje a Samoa, una relación epistolar con su esposa Marguerite narrando su viaje a la isla que vio morir al gran Tusitala, viaje tanto más asombroso teniendo en cuenta el delicado estado de salud que ya por entonces debilitaba a Schwob y que lo llevaría a la tumba a los treinta y siete años. De hecho, en la entrada de 14 de febrero de 1902, le dice: “Esta carta no saldrá jamás: la llevo conmigo – pero la continúo para ti, mi querida Marg, para que sepas, si me sucediera algo, que te amo y que mi último pensamiento ha sido para ti”.
         Y cómo dejar aparte en este capítulo las dos famosas obra de Franz Kafka, que nos muestran al escritor en sus más íntimos pensamientos. Dejando a un lado la historia de la muñeca, de la que ya hablé en otra entrada de este blog (El poder de la palabra, a propósito de Brooklyn Follies de Paul Auster), hay que hablar, por una parte, de la Carta al padre, una acusación en toda la regla a un padre despótico, incapaz de mostrar el más mínimo afecto hacia sus hijos, que no cesa de dar órdenes de cómo han de hacerse la cosas y de cómo han de portarse su prole para anular por completo esas supuestas enseñanzas con un comportamiento completamente opuesto a ellas. Por otra parte, las Cartas a Belice – aparecidas en un volumen donde se incluyen las quinientas cartas y postales que durante varios años envió Kafka a Belice Bauer – son una de las muestras más hermosas de lo que puede dar este tipo de escritura en las manos adecuadas. En efecto, en esos cientos de páginas podemos seguir la relación sentimental de ambos, que se llegaron a comprometer dos veces, pero que la final no se casaron; también la pasión de él por la escritura, que presenta como su mayor anhelo, y de paso somos testigos de la gestación de algunas de sus obras maestras, que comenta en alguna ocasión. Pocas cartas nos han sido legadas tan fascinantes, emotivas y maravillosas como las de Kafka.

 Y OTROS NOMBRES
       Obviamente, el espacio de la memoria no tiene que estar sujeto por un título determinado u otro, sólo necesita de una mente dispuesta a contar sus vivencias, sus tribulaciones, su alegrías y sus congojas. Y eso tiene no poco Juventud, egolatría, un título que le casa muy bien a su autor, Pío Baroja, en el que el ya famoso novelista dedicaba no pocas páginas a referir su filias y fobias, desde las literarias hasta las personales, en un ejercicio de sinceridad que a buen seguro no dejaría de granjearle enemigos, cosa que no iba precisamente a preocuparlo demasiado, sinceramente, dada su forma de ser.  Lo curioso del caso es que, al igual que ocurre con un número grande de sus obras de ficción, ésta conserva una frescura y amenidad que para sí quisieran muchos de los autores de los últimos pongamos treinta años para acá.
         En otra entrada de este mismo blog nos hemos ocupado de la segunda parte de la autobiografía de Roald Dahl, el magistral escritor británico, un nombre muy popular merced sobre todo a varios de sus novelas y cuentos infantiles, por más que tras ellos lata una profundidad que puede pasar desapercibida si no se presta un poco de atención. Pues bien, Going solo es un libro sensacional, que agrupa parte de la vida de un joven en África, donde tendrá ocasión de ir madurando muy rápidamente, no sólo por las muchas peripecias que le van a suceder allí, sino también porque tendrá que ser entrenado como piloto para participar en la Segunda Guerra Mundial, en la que derribará a un enemigo en su primera incursión y será derribado no mucho después. Todo ello va acompañado de fotos con fragmentos de cartas a su madre y otras de diferentes momentos de ocio, amistad y de otras cosas que le llamaron la atención. El regreso a las islas, herido y sin pisar su país desde tres años atrás, es conmovedor, y lo es por los pasos que da para poder localizar a su madre –que se ha mudado de casa – y porque ese diálogo establecido a través del correo se va a transformar en palabra viva nada más terminarse el libro, que concluye con Dahl y su madre mirándose mutuamente, ella en la puerta de la casa y él que acaba de llegar en un taxi. Fin.
          Tampoco lleva ningún nombre de los que venimos diciendo en estas páginas, ni falta que le hace, pero ello no quita que sea evidente que ya desde ese mismo título se nos situé como lectores en la órbita de la memoria, Algo de mí mismo. Rudyard Kipling nació en la India colonial, aunque fue educado de acuerdo a la más estricta pedagogía victoriana, y en 1907 recibiría el Premio Nobel de Literatura, que por una vez es de justicia, no como en tantas ocasiones. En ese libro hace un repaso atento de su vida, una vida llena de éxitos y reconocimientos, literarios sobre todo, claro está. Dentro de las páginas más notables creo que las referidas a su infancia son las más dignas del recuerdo: no puede por menos que reconocer que nunca fue tan feliz y tan libre como cuando correteaba en su India natal, jugando con los niños nativos y escuchando aquel idioma que llegó a conocer, y sobre todo a disfrutar con las canciones que le cantaba su criada. Honestamente he de reconocer también yo que esa felicidad y esa libertad la siento de ese modo cuando leo sus novelas y sus cuentos y ese libro que tan bien refleja su vida y su forma de ser.



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