jueves, 1 de mayo de 2014


TODO EL UNIVERSO OBEDECE AL AMOR
                             
              Ese es el título de una canción de hace unos treinta años del italiano Franco Battiato (Tutto l´universo obbedisce all´amore). En ella llama la atención que, contra lo que cabía esperar de tal título, lo que late en la relación que él canta es lo que no se dice, los esfuerzos por no molestar al otro, en lugar de ser un canto jubiloso del amor en todo su esplendor. Aunque resulta igualmente hermoso sus metáforas del mundo urbano visto como un lugar de lo salvaje. Lo curioso del caso es que tres siglos atrás uno de los músicos de la corte francesa del siglo XVII, Michel Lambert (1610 – 1696, suegro de Lully, el músico favorito de Luis XIV) compuso una cantata precisamente con ese mismo título [Tout l´universe obéit à l´amour], por más que, como es lógico, las letras de una y otra no tiene nada que ver (la del francés, por cierto, es de Jean de la Fontaine, el famoso fabulista), como tampoco la forma de componer canciones son lo que se dice similares entre el siglo del Rey Sol y los años ochenta del pasado siglo. Lo cierto es que en los últimos dos mil años no han faltado poetas, músicos, pintores y demás creadores de los más diversos campos artísticos que han coincidido en su apreciación con Battiato y Lambert. Y es que en el fondo ya se ha dicho muchas veces que los temas que aborda el arte son, en última instancia, siempre los mismos. O dicho en latín: “nihil novum sub caelo” (“Nada nuevo hay bajo el cielo”).
       La naturaleza también participa en cierta forma en el amor de los seres humanos, de modo que una tormenta puede marcar el inicio de un amor apasionado, el rayo que parte un árbol ser la señal de un amor arisco, brutal, el viento que dobla árboles tal vez nos indica las pasiones que se agitan en el interior de un persona, un terremoto, un incendio… Son tantas las formas en las que la natura parece comprobar los sentimientos humanos que no sería posible destacarlos todos. Solamente con irnos a la época romántica, esa época que ha marcado nuestro imaginario colectivo durante siglos, y continúa haciéndolo, los ejemplos se nos dispararían sin remedio. Como no es el objetivo de estas líneas hacer un repaso exhaustivo de cuanto venimos señalando, nos vamos a conformar con evidenciarlo con algunas muestras ejemplares de ello, aquellas que considero lo suficientemente ilustrativas. 
   
       Una de ellas está sacada de una preciosa novela reciente, One day, de David Nicholls. Con una estructura de lo más original -seguir los pasos de un hombre y una mujer durante veinte años, y teniendo el 15 de junio de cada uno de ellos como fecha en la que se llaman, piensan en el otro, toman conciencia de ser infelices... -, hay un momento en el que la pareja, que tardará en serlo muchos, muchos años, ha viajado a Grecia para pasar una semana de vacaciones. Allí, en un playa solitaria, son prácticamente los únicos humanos y cuando se adentran en el mar desnudos, en un mar en calma, apacible, con lo es su relación al principio, ambos experimentan una serena felicidad que, en cierta forma, no recuperarán hasta muchísimo tiempo después. La escena termina de forma un tanto divertida, puesto que les roban sus ropas y han de ir hasta el hotel desnudos, aunque por el camino no faltan ropas que poder robar y ponerse para salir del paso de una situación tan embarazosa.
         Contradictoriamente con lo que acabamos de decir, en muchas, demasiadas ocasiones, es la naturaleza la que se opone y acaba destruyendo el amor, como vemos en uno de esos mitos grecolatinos que nos relatan maravillosas historias: Leandro, el joven que cruza a nado el Helesponto cada noche para encontrase con su amada, Hero. Como les sucede a tantos amantes, la llegada del amanecer marca el regreso, el instante de la despedida. Una noche, la antorcha que indica el camino a seguir desde la torre en la que ella vive, al otro extremo del mar proceloso, se apaga por la tormenta, de forma que él se pierde en las aguas y perece ahogado. Al tener noticia de la novedad, la joven desesperada se tira de la torre, ese lugar desde el que se origina la fatalidad de la muerte de su amado y un sitio elevado muy propio para el suicidio, como siglos después iba  a hacer otra joven enamorada, Melibea, al saber la muerte de su amado Calisto, en esa obra maestra que empezó llevando su nombre (Comedia de Calisto y Melibea) y acabó por conocerse, no mucho después de las primeras ediciones, por el nombre de la tercera que los ayuda en sus encuentros (La Celestina).  

          A veces lo que ocurre es que la naturaleza ofrece el momento para que se conozcan los jóvenes que habrán de caer enamorados mutuamente, tal y como les sucede a Federico y Casandra, el hijo del Duque de Mantua el primero, la joven que va a convertirse en segunda esposa de éste último; la acción de El castigo sin venganza (1614) de Lope de Vega arranca precisamente cuando él rescata a la que en breve será su madrastra del río, cuyo gran caudal ha arrastrado el carruaje en el que viajaba. Esas aguas embravecidas parecen presagiar ya lo inestable de ese amor. Pues bien, ahí comienza la atracción entre ambos jóvenes, que habrá de ser funesta al final, porque Casandra morirá a manos de la espada justamente de Federico –él no sabe que tras las cortinas está su amada, y creyendo a su padre la mata, con la idea de que se trata de un enemigo de su progenitor; lo que en cierta forma sí es -. A esta especie de Hipólito traspasado a la España del siglo XVII, aunque al menos correspondido en su amor, no como al original griego de Eurípides, le espera un final no mucho mejor: su propio padre manda ejecutarlo.

        Pero la misma naturaleza que puede propiciar un encuentro, puede echar a perder un amor. Nunca me cansaré de hablar de la hermosura de Amanecer (F. W. Murnau, 1927), la primera película que el genial director alemán realizó en Hollywood, y que habría de influir en los mejores realizadores de la época. Al encuentro de su amante acude el hombre –curiosamente los protagonistas no tienen nombre propio, se les denomina “el hombre” o “la mujer” – en una noche marcada no sólo por una bellísima luna llena, sino también por una campo de hierba y una bruma cinematográficamente impecable. Y cuando él se da cuenta de su error y le pide perdón a su esposa, ambos pasan una jornada inolvidable en la ciudad, rememorando toda la felicidad que el matrimonio lleva en su interior. Sin embargo, esa misma naturaleza que parecía favorecer la relación ilícita, al caer la noche y llegar la hora de regresar al mundo rural al que pertenecen, a punto está de acabar con la vida de la mujer, en forma de barca que vuelca en el lago que han de atravesar y que, por fortuna, en el último momento, ella será rescatada de las oscuras aguas de la noche, para sellar un ciclo y dejar que la felicidad retorne ya sin esa especie de penitencia a la pareja.
         No son pocas, así mismo, las ocasiones en las que la naturaleza parece aliarse con los sentimientos de los amantes, haciéndonos de alguna forma partícipes de ese amor. Un caso señero de ello lo podemos observar en esa obra maestra de Alfred Hitchcock que es Vértigo (1956). Una narración en la que el Amor es la piedra basal en la que se sustenta toda la trama necesariamente tenía que convertir a la naturaleza en una aliada, en una prolongación de la impetuosa pasión que devora a los protagonistas. Así pues, el primer beso de los amantes, tras una secuencia admirable en el bosque de sequoias - que ha creado una atmósfera a medio camino entre lo hipnótico y lo feérico - tiene lugar en un acantilado con las olas de un mar embravecido en segundo plano, marcando de ese modo que la pasión que subyuga a los enamorados es tan imparable y a la vez será igual de devastadora como lo es el mar que azota las rocas.
            Otro de los tópicos que se repiten una y otra vez a lo largo de la historia del arte es el que se ha dado en llamar “locus amoenus”, es decir, ese lugar deleitoso, donde habita la tranquilidad, sólo acompañada por el rumor de un río, en un momento de reposo de las diferentes tramas que tienen lugar en las muy diversas historias, ese intermedio es aprovechado por los enamorados para decirse todas las ternezas que se les ocurren. Esto podría parecer privativo del ámbito literario, sino fuera porque es rastreable desde el campo de la ópera (hay una muestra sensacional en la obra Armide de Gluck, sobre un libreto que ya había llevado Lully al escenario, pero que aquí ha dejado atrás el mundo del barroco para adentrarse en los senderos del neoclasicismo) hasta el cine de aventuras, como puede verse en un ejemplo que quizás no sea el más esperable en este tipo de escenas, pero que no por ello es menos ejemplar: Mogambo (John Ford, 1953).

       El mismo John Ford, ese hombre capaz de generar una intensa emoción con los mínimos elementos, hizo también otra escena digna de ser mencionada con todo derecho en estas líneas, concretamente en El hombre tranquilo (The quiet man, 1952). Es aquella en la que, vestidos para el cortejo según manda los cánones de Innesfree, Sean Thornton y Mary Kate se escapan de la mirada vigilante del pequeño Micheleen para acabar en algo que parece una ermita. Allí se han refugiado ante la tormenta que acaba de levantarse, y con la lluvia el pelo de ella se moja, la camisa de él trasparenta su fuerte pecho con el agua, ella sujeta sus medias mojadas en sus manos, él la abraza… es un intenso momento erótico y la lluvia contribuye como ha hecho en otras muchas ocasiones - otro ejemplo sería Match Point (Woody Allen, 2008) - a las emociones que ya estaban a flor de piel entre las parejas.
      Claro que si ha habido parejas sujetas a los envites de la naturaleza, pocas lo han sido del modo como les sucede a Johnny Guitar y Vienna. En efecto, al principio se suceden explosiones en el paisaje que él tiene que atravesar para conseguir llegar a su destino, que no es otro que el bar de Vienna. Más adelante un incendio está a punto de dar al traste con su vida, de no ser porque Johnny apaga el fuego de su hermoso vestido blanco, y ella se vestirá como si de un vaquero más se tratase –el juego de ropa, decorados y sentimientos merece tratarse aparte por su gran riqueza – y, finalmente, los dos atraviesan una cascada de agua que parece purificarlos de tantos peligros y que vuelve a poner en el punto donde se quedó aquella relación cinco años atrás. Cada nueva visión de Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1952), supone un verdadero placer para los sentidos, y el aprovechamiento dramático de vestuario, decorados y elementos de naturaleza pocas veces ha sido tan intenso como aquí.

sábado, 29 de marzo de 2014


ESPACIOS DE LA MEMORIA
                                                                                              
   Una persona, sentada ante su mesa con el recado de escribir a mano, echa la vista al pasado y sin pensarlo más comienza a escribir rememorando fragmentos de su infancia, tal vez su primer amor, puede que su paso por el ejército o el nacimiento de su primer hijo… o tal vez todo ello aparezca de alguna forma en el papel que un día, acaso unos meses después, acaso siglos más tarde, alguien disfrutará leyendo, ensimismado en esos espacios de la memoria que han recorrido la historia de la literatura, de lo que en ocasiones no era ni literatura, pero también de otras artes como la música o el cine. Pasemos revista aunque sea de forma epidérmica a algunos de esos espacios.   
          Una forma habitual en la que se canalizan esos recuerdos, por empezar por alguna parte, puede ser lo que llamaremos genéricamente “memorias”. Y en este punto las podemos encontrar unas  verdaderamente desternillantes, como las Memorias de un amante sarnoso, de Groucho Marx, en las que somos testigos de una de las infancias más divertidas que haya podido pasar un niño en cualquier época de la historia. Otras, por el contrario, buscan un acercamiento más poético a sus remembranzas, y una detenerse pausadamente en todos aquellos aspectos sensuales (los olores de su pueblo, los colores del verano…) que de algún modo constituyeron la infancia y que, a posteriori, no dejan de mostrárnosla como ese paraíso perdido que para tantos escritores ha constituido esa etapa de sus vidas.

        En un punto muy diferente de los dos anteriores estarían las Memorias de ultratumba de René de Chateaubriand, uno de los nombres capitales del romanticismo europeo, dado que se le considera nada menos que el introductor de ese movimiento en Francia. En un primer momento iba a denominarse con un más prosaico Memorias de mi vida, pero el prosista galo decidió cambiarlo y escribió un voluminosísimo libro que sólo ha podido leerse completo en español muchos años después de su muerte.  En ellas podemos encontrar desde acontecimientos políticos y militares de su vida hasta detalles de su vida más personal, en una suerte de mezcla que iba a ser muy frecuente en el siglo y medio que ha seguido a su fallecimiento a mediados del siglo XIX.
        Hasta qué punto unas memorias son fieles a lo que fue la realidad no es una pregunta fácil de responder, desde el momento en que por razones muy diferentes, - la mala memoria de unos, la búsqueda de dar una imagen favorable de otros, o la simple y llana invención  de un tercero -, no siempre disponemos de todos los elementos que nos permitan comprobar la veracidad o no de esos escritos. Ahí está una muestra espléndida en la película Un héroe muy discreto (Un héro très discret, Jacques Audiard, 1996): un equipo de investigación televisiva indaga en la vida de un héroe de la resistencia francesa contra los nazis en los años de la ocupación. Escuchamos entrevistas a varios de sus amigos de aquellos años, también al propio interesado… y lo que descubrimos es que ese hombre es un fraude. No fue el héroe que todo el mundo piensa, sólo estaba allí en el momento adecuado, y como confiesa al final casi de la película, no hizo daño a nadie, sólo fue el héroe que todos necesitaban en aquel momento, así que ninguno se preocupó de averiguar si había llevado a cabo realmente todos los hechos heroicos que se le atribuían.
                                                               CONFESIONES

        Desde por lo menos el siglo IV, con las famosas Confesiones de San Agustín, este particular subgénero abordaba en cierta forma el tema que estamos repasando. En el caso del santo, lo que podemos leer en ellas es su vida, desde el hombre que vive de lleno en el hedonismo y lo que él mismo vendrá a denominar como una vida  de crápula, hasta su conversión al cristianismo y cómo ese paso supuso el poder realizarse como persona en toda su plenitud. Evidentemente, y como no podía ser de otra manera en el Siglo de la Luces, otro hombre recoge ese mismo título, pero la visión es completamente diferente a la de San Agustín, puesto que la obra homónima de Jean–Jacques Rousseau se desarrolla en un contexto donde la religión es un factor puesto en entredicho desde múltiples sectores de la sociedad, y porque la vida del notable autor francés no es la de un noble de cuna, sino la de un hombre que tuvo que trabajar desde niño; por más que ya adulto podrá llevar una vida más o menos acomodada, bien es cierto que gracias a sus mecenas, dado que nunca tuvo que se dice un trabajo remunerado tal y como lo concebimos en la actualidad. 

           Rousseau escribe de manera extraordinaria, desde luego, y al igual que el resto de sus obras – sea El contrato social, esa reflexión sobre el modo de darnos leyes y organizarnos los hombres la vida en sociedad, sea Eloísa y los diferentes diálogos sobre muy diversos temas, en otro subgénero muy socorrido a lo largo del siglo XVIII -, la lectura resulta amena y a ratos memorable, a pesar de los setecientas páginas del volumen. El episodio en el que reconoce gastarse sus pocos ingresos de adolescente trabajador en libros, y que alguna vez no llegándole la paga el librero se los fiaba, dándose cuenta de la pasión que la lectura despierta en el muchacho, es inolvidable. Y otro tanto cabe decir de lo que se refiere a muy diferentes aspectos de la música, pues no en vano él llegó a componer algunas piezas y fue el encargado de las entradas referidas a ese campo para la célebre Enciclopedia Francesa. Por último, es destacable un punto singular: el hombre que se presenta como el precursor de la pedagogía contemporánea, cuyo Emilio sigue de hecho leyéndose en lagunas Escuelas de Magisterio aún, confiesa sin rubor que fue abandonando a cada uno de los siete hijos que tuvo en diverso orfanatos, viéndose incapaz de educarlos él mismo.
          Ya en el siglo XX nos topamos con otra muestra magistral de este tipo subgénero, como son los tres tomos que Pablo Neruda escribió comentando su apasionante vida, que lo llevó por todos los continentes y que le permitía conocer a varios de los nombres más sobresalientes de la cultura de todo el mundo a lo largo de medio siglos, sobre todo gracias a su cargo de cónsul de Chile. Uno de ellas lleva el título, muy apropiado por otra parte, y que enlaza con los que acabamos de mencionar, de Confieso que he vivido, y un segundo el de Para nacer he nacido. En esos centenares de páginas el poeta chileno hace gala de un memoria prodigiosa, nos da detalles de primera mano de los poetas de nuestra generación del 27, de sus estancias en la India y en otros muchos países… Y todo ello en un estilo maravilloso, capaz de describir unas azaleas y que su recuerdo permanezca para siempre en la mente del lector, y siempre con el ser humano como preocupación y principio de su vida y de su obra.
DIARIOS
          Si hubiera que destacar algunos ejemplos extraordinarios de otro apartado que se ocupa también de la memoria, sin duda uno de ellos debiera de ser el Diario del viaje de un naturalista a través del mundo, esa obra en la que Charles Darwin fue anotando cuanto veía, lo que le llamaba la atención, y no sólo en el terreno de la flora y la fauna, puesto que también nos transmite costumbres de los pueblos por donde va pasando, las dificultades de la travesía del Beagle en esos largos cinco años que duró la expedición y un sinfín de cosa más. A ese interés que despierta en quien lo lee contribuye en no poca medida las fabulosas ilustraciones que acompañan al texto de Darwin, obra del dibujante que lo acompañaba en el periplo, Augustus Earle. Con ese caudal inmenso de anotaciones, el hombre que iba a revolucionar la historia de la biología logró una información vital para ir conformando su futura teoría de la evaluación, que tanta admiración y sinsabores le iba a deparar a lo largo de su larga y fecunda vida.
        Sin salirnos del ámbito anglosajón, un par de siglos antes de Darwin podemos encontrar a uno de los grandes narradores ingleses entre los siglos XVII y XVIII, Daniel Defoe. Diario del año de la peste (1772), no es una de sus obras más conocidas, pero no por ello tiene menos interés que otras más populares. En realidad puede pasar como una suerte de relato, pero lo cierto es que obedece a su título desde el momento en que se trata de un diario en el que se va describiendo una plaga que asoló Londres y parte de Gran Bretaña en 1665, hasta el punto de que supuso más de cien mil muertos.  En ese libro se nos presenta las primeras noticias de la enfermedad, las medidas que se intentan tomar para evitar que llegue a la capital británica, la impotencia de los recursos y de los conocimientos médicos de la época, la huida de aquellos que se lo pueden permitir de la ciudad para evitar ser contagiados, lo que de rebote consigue ampliar la extensión de la zona infectada, etcétera.
        Es posible que el más famoso de los diarios en la historia reciente sea el de la joven Ana Frank, editada en todo el mundo en una infinidad de idiomas y reeditado sin parar. Tal éxito no es sorprendente, dejando a un lado las circunstancias terribles que le tocó vivir, y su desgraciada muerte poco antes de que el campo de concentración en el que fue recluida fuera liberado por el ejército norteamericano, habida cuenta de que la vida de Ana, contada por ella misma en primera persona, mezcla la curiosidad por el despertar al mundo adulto de una adolescente –pensemos en el conocimiento de su propio cuerpo, el proceso de enamoramiento, etc. – con las relaciones más o menos conflictivas con sus padres o con el resto de personas también escondidas en aquella casa que hoy día se puede ver como el Museo Ana Frank, y configura un microcosmos de seres humanos en una situación dramática cuyo fin no pudo ser más penoso. Cuando se rodó la versión de Hollywood de esta historia, Jack Cardiff fue el director de fotografía de la segunda unidad, aquella que rodó en la auténtica casa en la que sucedió todo y afirma en una entrevista que estar allí de noche, en silencio, viendo la oscuridad y el árbol que crecía frente a las ventanas, que era la única vista al exterior de la que pudo disfrutar Ana durante años, fue una experiencia estremecedora. Llego a conocer a Otto Frank, el padre de Ana y único superviviente a los campos de exterminio, quien se encargó de publicar los diarios de hija y quien reconoció ante Cardiff conocer a la persona que los delató y entregó a la Gestapo para ser conducidos al lugar donde todos menos él morirían. 
                                                                         CARTAS
           Ahora bien, si hay un espacio genuino donde la palabra se convierte en el espacio de la memoria por antonomasia, ese es la carta. Como es lógico, las hay de todos los colores, extensiones y para referir todas las emociones humanas, desde los más lejanos lugares hasta los más próximos. No estoy hablando, es obvio, de las cartas falsas, como las que pasaron como escritas por Platón durante un tiempo -¡y qué más hubiéramos querido que haber conservado su correspondencia, si es que alguna vez llegó a escribirla, claro! – ni de las que se inventó el bueno de Ovidio en su obra Heroidas, una serie de supuestas cartas de algunas heroínas de la mitología grecolatina a sus respectivos amados, sino de aquellas en las que asoma un alma. El para siempre joven John Keats, muerte en la flor de su vida  con veintiséis años, como tantos poetas románticos, nos legó una relación epistolar con sus amigos y hermano digna de recuerdo: junto a su reflexiones sobre la propia naturaleza de la poesía, cuenta sus paseos por las montañas, la impresión que le causa un determinado paisaje y cómo sería feliz sólo con un buen amigo con quien charlar, un escopeta para cazar y una buena copa de vino blanco.
         Joven como Keats murió Marcel Schwob, otro excelente escritor, traductor y escritor de cartas. No conozco su correspondencia con Robert Louis Stevenson, y lo lamento, porque debe ser enormemente interesante considerando la valía de ambos, pero sí su Viaje a Samoa, una relación epistolar con su esposa Marguerite narrando su viaje a la isla que vio morir al gran Tusitala, viaje tanto más asombroso teniendo en cuenta el delicado estado de salud que ya por entonces debilitaba a Schwob y que lo llevaría a la tumba a los treinta y siete años. De hecho, en la entrada de 14 de febrero de 1902, le dice: “Esta carta no saldrá jamás: la llevo conmigo – pero la continúo para ti, mi querida Marg, para que sepas, si me sucediera algo, que te amo y que mi último pensamiento ha sido para ti”.
         Y cómo dejar aparte en este capítulo las dos famosas obra de Franz Kafka, que nos muestran al escritor en sus más íntimos pensamientos. Dejando a un lado la historia de la muñeca, de la que ya hablé en otra entrada de este blog (El poder de la palabra, a propósito de Brooklyn Follies de Paul Auster), hay que hablar, por una parte, de la Carta al padre, una acusación en toda la regla a un padre despótico, incapaz de mostrar el más mínimo afecto hacia sus hijos, que no cesa de dar órdenes de cómo han de hacerse la cosas y de cómo han de portarse su prole para anular por completo esas supuestas enseñanzas con un comportamiento completamente opuesto a ellas. Por otra parte, las Cartas a Belice – aparecidas en un volumen donde se incluyen las quinientas cartas y postales que durante varios años envió Kafka a Belice Bauer – son una de las muestras más hermosas de lo que puede dar este tipo de escritura en las manos adecuadas. En efecto, en esos cientos de páginas podemos seguir la relación sentimental de ambos, que se llegaron a comprometer dos veces, pero que la final no se casaron; también la pasión de él por la escritura, que presenta como su mayor anhelo, y de paso somos testigos de la gestación de algunas de sus obras maestras, que comenta en alguna ocasión. Pocas cartas nos han sido legadas tan fascinantes, emotivas y maravillosas como las de Kafka.

 Y OTROS NOMBRES
       Obviamente, el espacio de la memoria no tiene que estar sujeto por un título determinado u otro, sólo necesita de una mente dispuesta a contar sus vivencias, sus tribulaciones, su alegrías y sus congojas. Y eso tiene no poco Juventud, egolatría, un título que le casa muy bien a su autor, Pío Baroja, en el que el ya famoso novelista dedicaba no pocas páginas a referir su filias y fobias, desde las literarias hasta las personales, en un ejercicio de sinceridad que a buen seguro no dejaría de granjearle enemigos, cosa que no iba precisamente a preocuparlo demasiado, sinceramente, dada su forma de ser.  Lo curioso del caso es que, al igual que ocurre con un número grande de sus obras de ficción, ésta conserva una frescura y amenidad que para sí quisieran muchos de los autores de los últimos pongamos treinta años para acá.
         En otra entrada de este mismo blog nos hemos ocupado de la segunda parte de la autobiografía de Roald Dahl, el magistral escritor británico, un nombre muy popular merced sobre todo a varios de sus novelas y cuentos infantiles, por más que tras ellos lata una profundidad que puede pasar desapercibida si no se presta un poco de atención. Pues bien, Going solo es un libro sensacional, que agrupa parte de la vida de un joven en África, donde tendrá ocasión de ir madurando muy rápidamente, no sólo por las muchas peripecias que le van a suceder allí, sino también porque tendrá que ser entrenado como piloto para participar en la Segunda Guerra Mundial, en la que derribará a un enemigo en su primera incursión y será derribado no mucho después. Todo ello va acompañado de fotos con fragmentos de cartas a su madre y otras de diferentes momentos de ocio, amistad y de otras cosas que le llamaron la atención. El regreso a las islas, herido y sin pisar su país desde tres años atrás, es conmovedor, y lo es por los pasos que da para poder localizar a su madre –que se ha mudado de casa – y porque ese diálogo establecido a través del correo se va a transformar en palabra viva nada más terminarse el libro, que concluye con Dahl y su madre mirándose mutuamente, ella en la puerta de la casa y él que acaba de llegar en un taxi. Fin.
          Tampoco lleva ningún nombre de los que venimos diciendo en estas páginas, ni falta que le hace, pero ello no quita que sea evidente que ya desde ese mismo título se nos situé como lectores en la órbita de la memoria, Algo de mí mismo. Rudyard Kipling nació en la India colonial, aunque fue educado de acuerdo a la más estricta pedagogía victoriana, y en 1907 recibiría el Premio Nobel de Literatura, que por una vez es de justicia, no como en tantas ocasiones. En ese libro hace un repaso atento de su vida, una vida llena de éxitos y reconocimientos, literarios sobre todo, claro está. Dentro de las páginas más notables creo que las referidas a su infancia son las más dignas del recuerdo: no puede por menos que reconocer que nunca fue tan feliz y tan libre como cuando correteaba en su India natal, jugando con los niños nativos y escuchando aquel idioma que llegó a conocer, y sobre todo a disfrutar con las canciones que le cantaba su criada. Honestamente he de reconocer también yo que esa felicidad y esa libertad la siento de ese modo cuando leo sus novelas y sus cuentos y ese libro que tan bien refleja su vida y su forma de ser.



miércoles, 20 de noviembre de 2013


SEGUNDA OPORTUNIDAD

                No ha tenido suerte ni educación en la vida: no sabemos nada de sus padres, el juez no lo envía a prisión por una agresión gratuita en la calle contra otro joven porque va a tener un bebé, pero lo condena a trabajos para la comunidad. El padre de su chica le propone darle cinco mil libras si desaparece y la deja y, por si esto fuera poco, unos matones van buscándolo para matarlo por haberlos atacado. Con una historia así de base, nada bueno hace presagiar la vida de Robbie, el joven delgado, nervioso, brusco y cuyo único enlace emocional es su novia y, poco después, su hijo.  Y, sin embargo, el tipo que se encarga de los condenados es un hombre afable, que sabe ver lo bueno que yace bajo años de violencia y odio, y le enseña a distinguir whiskies, hasta el punto Robbie  descubre que tiene una gran facilidad para ello. No vamos a detenernos en las mil y una peripecias de esta trama, pero sí merece la pena hablar aquí de la redención que se deriva de esa segunda oportunidad, y hay que reconocer que pocas veces se ha dado una que se haya aprovechado mejor que el protagonista de La parte de los ángeles (The Angels´ share, 2012), una película de contagioso optimismo y cargada de una esperanza cada vez más ausente en el mundo que nos rodea, pero que aquí sí es consecuente con la muy interesante carrera del realizador británico Ken Loach.
       Por desgracia, otros no van a tener la misma fortuna que Robbie, y si no que se lo pregunten a ese músico legendario capaz de cualquier cosa con su lira y su canto. En efecto, Orfeo, como ya hemos dicho en otra ocasión, perdió a su jovencísima esposa poco después de los esponsales, mordida por una serpiente. Él no se resignó a no volver a tener a Eurídice a su lado y se fue al Hades, ese lugar al que iban los muertos en la mitología griega. Con su música detuvo los tormentos eternos de algunos condenados (Ixión, Tántalo, etc.) y logró que el dios Plutón y su esposa Deméter consintieran en satisfacer sus deseos, con una sola condición: no podría volver la mirada a su esposa hasta que hubieran salido del reino de los muertos. El final es sabido: la impaciencia de Orfeo pudo más que todo y un poquito antes de llegar al límite del Hades, donde llegaba ya incluso la luz del mundo de los vivos, se volvió a mirarla. En mala hora, Eurídice regresó al lugar de donde había salido, y Orfeo perdió su segunda oportunidad, que a nadie se le había concedido anteriormente.   
 
       Como trasunto que es de esa hermosa historia mitológica, el detective John “Scottie” Ferguson encuentra sin saberlo a la Madeleine de la que se había enamorado, y que no cesa de añorar tras haber sido incapaz de impedirle que se tirase desde el campanario de una misión de los jesuitas en California. La vulgar Judy –él no lo sabe, pero es la que él creía auténtica Madeleine -, y poco a poco intenta reconstruirla tal y como era: sus vestidos, su peinado, su forma de caminar… No obstante, y al igual que le sucede a su sosias Orfeo, al final vuelve a perderla, por no haberse resignado a disfrutar una vida normal con una mujer que lo amaba. Y lo peor es que ello ocurre en la misma torre de la misma misión, adonde ha arrastrado a Judy al descubrir que ambas mujeres son la misma. Cae al vacío ella y él se queda atónito, poco menos que enloquecido, con los brazos abierto y la mirada hacia el suelo… dejándonos, de paso, el final de una de las mejores películas de la historia del cine, Vértigo (Alfred Hitchcock, 1956).
 

AL SALIR DE LA CÁRCEL
         En ocasiones, la segunda oportunidad está asociada a un último golpe, y pocas veces el último golpe acaba bien en el cine o la literatura. Mencionamos en otra entrada la vida del gánster Roy Earle, que sale de la cárcel y prepara el robo que hará que pueda retirarse para siempre. Nada parece salir como planeó Roy, entre otras cosas porque sus ayudantes son una panda de incompetentes, él ayuda a una familia que le paga con la ingratitud y suma y sigue. Su muerte a manos de la policía en una montaña –no en vano la película se titula High Sierra, 1941- frustrará esa ilusión. Y ocho años después, el mismo director adapta esa estupenda historia a un extraordinario western que se llamará Colorado Territory (Raoul Walsh, 1949). Ahora el forajido que sale de la prisión es Wes McQueen (Joel McCrea), intenta un golpe que lo pueda jubilar para, finamente, acabar abatido por las fuerzas del orden; el consuelo es que esta vez, al menos, muere también la mujer que ama, unidos ambos de la mano en la muerte, en otro memorable final.
          ¿Y si esa oportunidad no fuera exactamente ni abandonar la cárcel ni dar el último golpe? Eso es lo que podría pensar un ser humano tan peculiar como el recluso de El hombre de Alcatraz (Birdman of Alcatraz, John Frankenheimer, 1962), condenado a cadena perpetua y que, con el paciente estudio de libros y de lo que ve a diario – tiempo le sobra, obviamente, y aunque no pueda hacer un trabajo de campo propiamente dicho, aprovecha muy bien lo que observa-  elabora libros y artículos sobre los pájaros, hasta el punto de convertirse en poco menos que una autoridad en la materia. No cabe duda que el Burt Lancaster actor era un tipo de mil y un registros, desde la comedia hasta el género aventurero o el cine negro, pero lo que cada vez se nos antoja más evidente es que su olfato como productor lo condujo a emprender una serie de películas en los años cincuenta que hoy son admiradas por todos los espectadores, como por ejemplo, El dulce sabor del éxito de Alexander Mackendrick, Veracruz de Robert Aldrich, Los que no perdonan de John Huston o esta misma de la que estamos hablando.
       
          Claro que al menos a ese ornitólogo le queda, digámoslo así, la satisfacción de llegar a ser alguien, de hacer con su vida hasta cierto punto lo que quiere -dentro de una cárcel, no lo olvidemos - y que, con el tiempo, su nombre será reconocido por la sociedad. No tiene esa misma suerte, ni de lejos, Eddie Taylor, entre otras cosas porque no tiene ni una salida de la prisión con los planos característicos de, por ejemplo, las películas de Raoul Walsh. Sí, entró allí por un robo, y él sabe que mereció esa pena. Confía, sin embargo, que al salir tendrá alguna oportunidad; nada más lejos de la realidad. Su jefe lo echa del trabajo sin darle explicaciones, los dueños del motel en el que pasa su luna de miel llaman a la policía para cobrar la recompensa, volverá a robar... Sólo los minutos del nacimiento de su hijo, en una cabaña abandonada, parecen ser un respiro en su huida hacia ninguna parte. De nuevo la policía lo está esperando, y esta vez no le queda ni el consuelo de morir atravesado por la balas de la policía como a Roy Earle o a Wes McQueen, puesto que muere en la silla eléctrica, un poco antes de que llegue la comunicación por teletipo de su inocencia, cosa que desde el primer momento ya sabía el espectador. Pocas veces el cine de Fritz Lang fue tan intenso, tan negro, tan desgarrador como en Sólo se vive una vez (1937). 

PROFESIONALES
         A miles de millas de esa famosa isla que fue presidio y dio inspiración para algunas muy buenas películas, un grupo de pilotos se juega la vida para llevar el correo en un lugar inhóspito de Suramérica, rodeados de peligrosos desfiladeros, con un tiempo terrible y con aviones que no son precisamente los de hoy. Uno de esos pilotos, Bart Kilgallen (Richard Barthelmess) tuvo un accidente y motivó la muerte de su compañero, hermano de Kid Dabb. Ese comportamiento nada profesional es siempre muy mal visto en el cine de Howard Hawks, donde prima sobre todas las cosas la profesionalidad, pero esta vez Bart va a disponer de otra oportunidad. Se ofrece a hacer un vuelo casi suicida para llevar el correo en medio de una tormenta, y en ese vuelo morirá también Kid, si bien la diferencia es que en este caso Bart sí hizo todo lo posible por salvarlo, de modo que se gana el respeto y el afecto de sus compañeros. Sólo los ángeles tienen alas es una formidable incursión en el cine de aventuras de ese maestro que es Hawks, y en su cine no será la única vez que un personaje puede redimirse, por ejemplo, de su afición por el alcohol, como es el caso de Dean Martin en Río Bravo y Robert Mitchum en Eldorado, que en realidad es casi, casi la misma historia, con muy pocas modificaciones, algo bastante habitual en el cine del realizador americano. Por cierto que en ese último western de 1967 Cole Thornton (John Wayne) dispara a Nelse McLeod (Christopher George) antes de que éste pueda desenfundar, ante lo cual, el pistolero le reprocha a Wayne: "No me has dado ninguna oportunidad", a lo que el otro apostilla: "Eres demasiado bueno".
        Un guardaespaldas que no pudo evitar el asesinato de John F. Kennedy en Dallas va a tratar de que no se repita la historia con el presidente al que ahora le toca proteger, seguramente no mucho antes de jubilarse, porque la edad es algo evidente respecto a sus compañeros, mucho más jóvenes en general, que no pierden ocasión para tomarle el pelo a propósito de sus años. El problema es que así como él está seguro de que habrá un intento de asesinato –es el único en considerar como amenaza real uno de los muchos anónimos que llegan a la Casa Blanca -, nadie en el cuerpo de seguridad parece compartir su certeza. Finalmente no sólo demostrará que tenía razón en sus sospechas en lo que refiere al magnicidio, sino también acabará él sólo con el asesino, interpretado por ese hombre tan inquietante como es John Malkovich. El guardaespaldas es ni más ni menos que Clint Eastwood, en uno de sus últimos papeles en una película ni dirigida por él, y la obra se titula En la línea de fuego (In the line of fire, Wolfgang Petersen, 1993).        
         Las segundas oportunidades suelen ser una forma de redención de un error, de un pecado, de un paso en falso dado anteriormente. No obstante, ese paso también puede demostrar que sí, que podrá acertarse a hacer algo mejor, incluso a ser el mejor en algo, pero el precio que se ha pagado por ello es demasiado alto. Estoy pensando en esa maravilla que es El buscavidas (The hustler, Robert Rossen, 1961), en la que Eddie Nelson, el jugador de billar sobresaliente, logra ser el mejor, siguiendo los consejos de Bert Gordon. Lo malo es que para llegar a esa punto de su vida ha tenido que perder a la mujer que lo amaba, que le aconsejó lo que tenía que hacer, que sólo le pedía que la quisiera como ella a él…y no siguió ninguno de sus consejos.  La consecuencia: ha triunfado, qué duda cabe, pero a costa de estar solo, de no tener quien lo quiera ni a quien querer. Nunca una segunda oportunidad había sido más dolorosa, más amarga, nunca había dejado semejante sabor a derrota.
           El equipo Dédalo nunca pudo viajar al espacio en los años setenta porque el programa en el que trabajaban fue clausurado. Treinta años después, esos cuatro astronautas se unen de nuevo para tripular una nave que los lleve fuera de la tierra para solucionar los problemas de un satélite soviético y que no caiga a nuestro planeta. Poder emprender ese viaje postergado – para siempre, parecía – es un reto y un motivo de orgullo para los cuatro jubilados. Claro que nada es tan fácil en esta vida: una vez en el espacio descubren que el satélite tiene en su interior varios misiles nucleares, de forma que tienen que conducirlo a la luna para que no suponga una amenaza para la tierra. Será Hawk Hawkins (Tommy Lee  Jones) quien se proponga como voluntario para llevarlo allí, pues  a fin de cuentas sabe que tiene un cáncer terminal; de esa forma no sólo salvará a sus compañeros de un viaje sin retorno, sino que cumplirá su mayor sueño: pisar la luna (Space Cowboys, Clint Eastwood, 2000). 
EN EL AMOR
            Como es lógico, también se puede empezar de cero en una nueva relación sentimental, o lo que es lo mismo, tener esa segunda oportunidad de la que venimos hablando. Es lo que le ocurre a Miles (Paul Giamatti), profesor de literatura en secundaria en un anónimo instituto, como lo es él, a su pesar, ya que ha escrito una voluminosa y ambiciosa novela que nadie quiere publicar. Pues bien, un año después de un divorcio que no parece haber superado aún, se aproxima la boda de su mejor amigo, con el que se va una semana a hacer catas de vino, jugar al golf y, en definitiva, a relajarse. El objetivo no era muy difícil de alcanzar, sino fuera porque su amigo se empeña en acostarse con todo aquello que se mueve, en tanto Miles se va dando cuenta de que una camarera a la que ya conocía llamada Maya es un ser especial, entrañable, de buen corazón, a quien le interesa leer su novela y que, para colmo, entiende tanto de vinos como él mismo, que es lo más importante para un tipo como Miles. Tras muchos vaivenes en la historia, y no menos malentendidos, todo acaba en el momento que él llama a la puerta de Maya, quien lo ha perdonado y a quien le encanta su novela. No vemos abrirse esa puerta porque hay un fundido a negro, pero de lo que no cabe duda es que estamos ante una película amena y más profunda de lo que aparentemente puede parecer, Entre copas (Sideways, Alexander Payne, 2004).

         También espera tener una segunda oportunidad en la relación con su esposa el psicólogo Malcom Crowe (Bruce Willis), tras recuperarse –aparentemente - de un tiro que le ha pegado uno de sus pacientes -tras lo cual el joven se suicida- y, de hecho, así se lo dice en un restaurante. Lo que él ignora, y nosotros con él, es que la verdadera segunda oportunidad surge al poder ayudar a Cole Sear (Haley Joel Osment), un niño que parece tener extrañas visiones, y ya que no pudo ayudar al anterior paciente, al menos lograrlo con él. La verdad es que logra ambos objetivos, puesto que el muchacho asume su “rareza” y al final Malcom se reconcilia con su mujer, pero no de la forma que esperaba, puesto que lejos estaba de saber, y eso constituye una de las grandes sorpresas de la película, que el chico sí ve a muertos, que acuden a él en busca de ayuda para poder descansar en paz y que, en último término, el psicólogo es uno más de ellos, y gracias a la ayuda del niño él puede descansar en paz y lograr que su mujer pueda superar esa pérdida terrible (El sexto sentido, The sixth sense, M. Night Nyamalan, 1999).

      Del amor y del desamor trata el viaje que emprenden por la Riviera Francesa el matrimonio compuesto por Mark (Albert Finney) y Joana (Audrey Hepburn), en el que reviven sus románticos inicios como pareja, los primeros años de su matrimonio y sus respectivas infidelidades. Con el paso del tiempo los dos han cambiado tanto que no sólo les cuesta reconocer al otro, sino incluso reconocerse a sí mismos. Y las preguntas tanto para ellos como para el espectador no puede ser más que: ¿tendrán tiempo de solucionar sus desavenencias, tendrán el valor de seguir juntos después de tantas experiencias, positivas y negativas, compartidas o, por el contrario, optarán por reunir el coraje suficiente para acabar con una relación que ya parecía haber acabado mucho tiempo atrás (Dos en la carretera, Two for the road, Stanley Donen, 1967).

LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD
        Puede darse el caso, todo hay que decirlo, de que nos encontremos con una persona que haya tenido varias oportunidades y las haya aprovechado todas, como es el caso de la carrera política de Frank Skeffington (Spencer Tracy), puesto que ha sido elegido alcalde de una ciudad de Nueva Inglaterra  en varias ocasiones. Justamente por eso, el presente nos hace temer que la que vamos a presenciar será la última –por edad, dado que ya es un hombre muy mayor – y la única en la que será derrotado. Nada de tiene de extraño ese fracaso cuando pensamos en que la integridad y los valores que ha defendido siempre Skeffington representan algo ya pasado de moda para los adversarios políticos; por otro lado, se ve también su fracaso como padre, dado que su hijo no sólo es un inútil que no es capaz de hacer nada, sino que ni siquiera acude a votar por su propio padre el día de las elecciones. Acaso El último hurra (The last hurrah, 1958) sea la última película de John Ford situada en la sociedad presente y que toca abiertamente temas e inquietudes sociales y políticas, que de una forma u otra siempre habían estado latentes en su cine. Bien es verdad que cuatro años después nos ofrecería El hombre que mató a Liberty Valance, una negrísima reflexión sobre los mitos fundacionales sobre los que se asienta una sociedad y un país entero, pero el descrédito de la clase política y el pesimismo sobre los caminos por los que avanzaba su nación ya estaba muy presente en la obra que mencionamos.
        También en el mundo de la literatura se puede empezar tocando el cielo y acabar después despeñándose al infierno. Algo similar le sucede al narrador que vehicula el cuento de Augusto Monterroso: su primer libro es un éxito rotundo y el segundo supera si cabe al segundo. Los problemas para él dan comienzo cuando todo el mundo espera el tercero –editorial, crítica, lectores, medios de comunicación… - y no acaba de salir. Esa presión hace que el escritor se agobie, dude de su propia valía, tema la recepción de su obra, independientemente de que él crea que es superior a sus dos obras anteriores. A ratos podríamos pensar en un escritor de carne y hueso que podría encarnar a la perfección ese relato, Juan Rulfo, el narrador mejicano que pasó a la historia de la literatura con doscientas cincuenta páginas, y que ya nunca se atrevió a publicar más, autor que el mismo Monterroso conoció, como no podía ser menos al residir ambos en la ciudad de México durante décadas y estar metidos en el mundo literario de una forma u otra.  
           Max Klein es un arquitecto que sobrevive a un terrible accidente aéreo, a partir de lo cual cree poco menos que es inmortal: anda por cornisas, atraviesa carreteras atestadas de coches y hasta come alimentos a los que era alérgico. Sin embargo, cada vez se va separando más de su esposa e hijo, mientras ayuda a otros supervivientes del accidente, sobre todo a una joven llamada Carla que perdió a su hijo en él. Finalmente, todo se resuelve en una escena absolutamente impactante, a la que tan habituados nos tiene el australiano Peter Weir: al comer una fresa le da un shock anafiláctico y mientras todo parece indicar que morirá vemos el desarrollo del accidente ya comentado. Por suerte para él, su mujer llega en el momento justo para evitar que muera. La visión de Sin miedo a la vida (Fearless, 1993) es de una intensidad poco común, algo que comparte con la mayoría de las obras filmadas por ese director afincado en los EE. UU. hace ya treinta años.
        En un breve cuento de Cesare Pavese titulado El ídolo, un joven llamado Guido descubre en un casa de citas  a un antiguo amor, Mina. Él trabaja de representante y se empeña en casarse con ella y retirarla de ese oficio -una constante en varios relatos de los últimos dos siglos, todo sea dicho de paso -, pero ella no está por la labor, por más que tampoco acabe de explicar muy bien cuáles sean las razones de su negativa, aunque es muy probable que no quiere mezclar a un amor adolescente que supone un recuerdo maravilloso con su vida actual. Quedan en alguna ocasión, pero siempre esas citas destilan un sabor dulcemargo, y aunque se muda Mina de ciudad él la sigue, a pesar de que para entonces ya ha dejado su trabajo y no parece tener más obsesión en la vida que su amor por ella; que tampoco acaba de saber concretar, materializar de alguna manera... Como no podía ser menos en una tela cosida con semejantes hilos, el final aboca a Guido a la incomprensión y la perplejidad cuando ella le confiesa que ha conocido a otro hombre y que se va a casar con él. No deja de repetirse, como se ha puesto de relieve ya varias veces en estas líneas, en lo que al amor se refiere, que en la literatura y en el cine las segunda oportunidades se saldan la más de las ocasiones con el fracaso - gracias a Dios, en la vida real no-. Y el cuento que Pavese desarrolla en el norte de Italia no es una excepción, para desconsuelo de Guido... de Mark y de Joana, de Malcom Crowe y su esposa, de Eddie Taylor y Joan...

jueves, 26 de septiembre de 2013



ENTRE TELAS


                                                    
           El cine no se ha dedicado mucho al noble oficio de la costura –sea alta, baja o media -, y la literatura no mucho más, pero si hay una persona que merece figurar en letras de molde en los pocos casos que conservamos  qué duda cabe que ese nombre es el de Jacques Becker. En Falbalas (1945) nos cuenta una de esas historias que una vez sabida es imposible de olvidar. El célebre modisto Philippe Clarence es no sólo una referencia en la alta costura parisina, sino que también un impenitente don Juan que trata de seducir a cuanta joven se pone a su alcance, y el final de cuyas breves relaciones va apuntando en una libreta, del mismo modo que en otra elabora los maravillosos diseños de sus vestidos, chaquetas, faldas y todo tipo de ropa. Todo parece entrar en erupción, como si de un volcán que despierta se tratase, cuando conoce a la bellísima Micheline, la prometida de su amigo Daniel. Para ella crea un vestido de novia increíble, fruto del amor que ha surgido nada más conocerla, y en el que ha volcado todo su conocimiento y toda su pasión por la moda. Nunca las imágenes de la prueba de un vestido habían destilado semejante sensualidad, pocas veces se ha rodado tan hermosamente los interiores de un taller de costura, se ha visto tan de cerca los dibujos, las tijeras, los dedales y los acericos…
         Becker, hijo de una mujer que trabajó en un taller de costura, sabía muy bien de qué hablaba, y de hecho, años después rodaría Rue de l´Estrapade (1953), una película sobre una cierta bohemia de París entre la que no podía faltar un diseñador de moda llamado Christian y su ayudante, personajes tratados brevemente, pero con un halo de misterio que hubieran podido haberse constituido en protagonistas de una historia por sí solos. Pero volvamos a la anterior. Sospechamos que esa seducción puede terminar como las anteriores, con brevedad y amargura para ella, y, sin embargo, nos gustaría creer que ese amor será capaz de ennoblecer el alma de Philippe y tener la continuidad de la que han carecido las anteriores. Pues bien, la imagen inicial nos había dado una pista, con un velo nupcial volando por la calle, que enlaza con la escena final, en la que sabemos que él se ha tirado por la ventana del piso donde tiene su centro de trabajo, agarrado al maniquí que lleva puesto el vestido de novia que con tanto amor había creado para Micheline.
  
         Distinta es la perspectiva que de ese mundo de la alta costura ofrece una película inspirada a su vez en una novela de gran éxito, El diablo viste de Prada. La historia de la joven becaria que va poco a poco haciéndose con un puesto en una gran empresa y que alcanza el lugar de máxima confianza con su jefe ya había sido tratada varias veces en el mundo de la abogacía y de los tiburones financieros, pero creo que esta es la primera vez que se situaba en el mundo de la moda, de forma que la joven protagonista, al igual que sus predecesores, va escalando puestos hasta que, llegado un momento, se tiene que plantear muy seriamente si dar un paso más en esa dirección supone traicionar sus creencias éticas, lo que por lo general los conduce a salirse de ese ambiente malsano y detestable. La novela, con todo, es mucho más dura en la relación entre la modista pagada de sí misma y la becaria, pero el resultado es el mismo: antes que trabajar en un lugar y con una persona sin criterios morales, más vale cerrar la puerta y buscar otro camino laboral.
       ¡Qué más hubiera querido Marge Simpson que poder contar con los servicios de Philippe Constance o con los de la diseñadora que interpreta Meryl Streep en esta última obra!  Sobre todo en ese episodio donde gracias a un traje de Channel que ha encontrado en una tienda de saldos ha trabado relación con un grupo de mujeres de la jet. Ellas le tirarán indirectas cuando Marge recicla ese vestido en otro más o menos diferente, pero ya no puede hacer nada más cuando acabo destrozado bajo la aguja de la máquina de coser cuando intentaba darle un nuevo aspecto. Finalmente, y sin que su familia lo sepa, se gasta novecientos dólares en otro traje de marca, para asistir a la fiesta que el club da en su honor al aceptar su ingreso como nueva socia –bien es verdad que con la mediación de M. Burns, que lo hace porque Homer ha descubierto que lo ganaba al golf porque Smithers hacía trampas-. Pero cuando están a punto de llegar, una frase de su marido la desarma (“Agradeced a vuestra madre que nos haya descubierto lo horribles que somos”) y se vuelve a casa con su familia, al darse cuenta de qué es lo que realmente quiere ser. Ese momento, como ocurre en otros episodios, es un punto de inflexión en el afán por ser admitida y verse como una mujer que es capaz de ser algo más que un ama de casa, y termina en el aldabonazo a la conciencia que la lleva a desistir de su intento, a abrazar y besar a su familia y a llevársela de allí. Como les pasa a los becarios de los  que antes hablábamos, una respuesta moral acaba en unos interrogantes previos sobre la necesidad de conducirse en la vida con unos principios éticos mínimos.

          No son precisamente modistos de moda, sino dos jóvenes chinos que han sido enviados como castigo a las montañas a trabajar duramente por su desafección con el régimen de Mao Se Tung los que protagonizan Balzac y la costurera china (Dai Sijei, 2001). De dos familias de intelectuales, en esa lejanas tierras la vida es muy dura, el trabajo agotador y no parece haber nada que merezca la pena hasta que, por azar, descubren una maleta con libros de literatura occidental (Stendhal, Balzac, etc.) y desde ese momento la vida empieza a cobrar sentido, al leer las vidas de los inolvidables personajes creados por esas obras maestras. Y más cobrará con el tiempo cuando conozcan a la joven hija del costurero de la zona, a la que ambos irán contando las historias que van leyendo en los libros y, como era de esperar, de la fascinación de los relatos ajenos se pasará al cortejo de ambos por la chica, en lo que ya pasa a ser un relato propio. De nuevo el poder de la palabra, del que ya hemos hablado más veces en este blog, redime del sinsentido de algunas vidas y las preña de significado, sea a través del arte, sea a través del amor, sea por ambos medios.

TRAJES CURIOSOS
            Cómo iban a faltar en este mundo los pícaros que pretenden ganar dinero con la ignorancia y las creencias de la gente. Ya Cervantes, en su El retablo de las maravillas, los dibujó como dos caraduras que sacan el dinero a otro, so pretexto de que van a confeccionarle un vestido de oro y con la mágica propiedad de que quienes no lo vean no son cristianos viejos, es decir, que descienden de judíos, lo que era una cosa muy seria en aquellos tiempos. Esa misma idea es al que vertebra el famosísimo cuento de Hans Christian Andersen El traje nuevo del emperador. En este caso es el todopoderoso jefe de un país el que encarga ese trajo de supuestas virtudes maravillosas, que puede servir para identificar a quienes si no lo ven, no son hijos de los que creen sus padres. Evidentemente, todos alaban el tejido, las costuras, el ingenio de los costureros por miedo a quedar como hijos ilegítimos, hasta que un niño, con su mirada inocente y libre de las convenciones sociales que atenazan a los adultos, dice en voz alta lo que ellos se niegan a admitir, esto es, que el emperador está desnudo.
          También podríamos hablar de ingenio, pero esta vez con un objetivo noble, es la tarea de Penélope, la esposa de Ulises, que después de veinte años de ausencia de su hogar en Ítaca, sigue cosiendo una tela, acabada la cual ha prometido escoger de entre sus muchos pretendientes, a aquel que ocupará el puesto de su marido, en el reino y en el lecho. Como es sabido, por la noche desteje todo aquello que tejía durante el día, de modo que la tela no termina nunca de estar acabada. En Homero y durante muchos siglos, esa era una muestra y un ejemplo de fidelidad conyugal, y, sin embargo, conforme llegamos al siglo XX, algunos escritores empiezan a dudar. Y así, por ejemplo, Antonio Buero Vallejo, en su obra de teatro La tejedora de sueños, sugiere que ella estaba enamorada de un joven y apuesto y de corazón noble pretendiente, y que le duele tremendamente el castigo de Ulises matando a flechazos a todos eso aspirantes a sucederlo. Y uno de nuestros grandes poetas, Ángel González, descree de la fidelidad de la que fue ejemplo durante siglos Penélope en sus poema Ilusos los Ulises:

Siempre, después de un viaje,
una mirada terca se aferra a lo que busca,
y es un hueco sombrío, una luz pavorosa,
tan sólo lo que tocan los ojos del que vuelve.

Fidelidad, afán inútil.
¿Quién tuvo la arrogancia de intentarte?
Nadie ha sido capaz
—ni aun los que han muerto—
de destejer la trama
de los días.

           Ingenio y traje se dan la mano en una de las más divertidas comedias del realizador Alexander Mackendrick para la productora británica Ealing, El hombre del traje blanco (1951). El inventor que interpreta Alec Guinness ha descubierto una tela que no se rompe, no se mancha y parece que puede durar eternamente, tela con la que ha confeccionado un traje blanco, que es el que lleva a lo largo de la película. Pues bien, frente al altruismo de ese hombre, feliz porque ahora los pobres podrán vestirse con un traje imperecedero y que no tendrán que comprar más que uno que le durará toda la vida,  la visión de los directivos de las empresas textiles es que el negocio entonces se arruinaría. Esa la razón por la que lo van a perseguir por toda la ciudad, no hace falta que decir que con aviesas intenciones, y al final, cuando lo tienen entre sus manos y realmente todo hace pensar que lo van despedazar o poco menos, resulta que el tejido del traje se deshace, de modo que los feroces perseguidores se quedan con jirones de tela en sus manos, sí, pero también con grandes sonrisas por haberse terminado con un problema que iba a poner en jaque a toda la industria. No vamos a meternos con las implicaciones, paralelismos y metáforas que de una historia así se podrían hacer en la actualidad, pero lo que sí es cierto es que se trata de una obra mayor dentro del género de la comedia, de la mano de un hombre que sólo podría hacer diez películas en su carrera y que, visto el fracaso de las últimas ya en Hollywood, tuvo que dar clases el resto de su vida para ganarse la vida.

CAPAS, CAPOTES Y REBECAS
           Por los celos, que tanto dolor han producido a lo largo de la historia, Deyanira, la mujer de Hércules, ha conseguido una capa por medio del centauro Neso, -poco antes de morir por una flecha envenenada lanzada por Hércules, que así salva a su esposa de ser raptada por Neso-  que, según le ha asegurado éste, recuperará el amor de su esposo, demasiado proclive a amoríos con unas y otras, como buen hijo de su padre Júpiter. Lo que desconoce la sufrida esposa es que, en realidad, la capa que le ha proporcionado no tiene el poder de enamorar a alguien de por vida de la persona que se la ofrece, sino que el centauro desea vengarse del héroe y para ello ha vertido su propia sangre antes de morir, y mediante ese líquido quien se la ponga morirá entre terribles sufrimientos, ya que la tela actúa como si de un ácido se tratase, de manera que va corroyendo los tejidos del cuerpo humano y hasta sus mismos huesos. Triste final para tan noble guerrero, y no menos penoso para ella, que pierde irremediablemente a su marido de una forma atroz.
            Por otra parte, otro de los héroes salidos de la mitología grecorromana, Perseo, utiliza una capa ofrecida por una diosa que le permite adquirir la invisibilidad, que junto a la cabeza de Medusa la Gorgona, que petrifica a quienes la ven, lo convierte en un guerrero temible. De todas formas, ya sabemos que las capas son desaconsejables para los superhéroes, como le dice muy seria la diseñadora precisamente de trajes para todos ellos a Mr. Increíble, y lo ilustra con una lista de héroes que pierden la vida justo por la dichosa capa, en un momento bastante divertido del relato, que es lo que ocurrirá al final con el villano de la película, Síndrome, en la admirable película del siempre estupendo Brad Bird (Los increíbles, 2005).

           El abrigo es un relato de Nikolai Gógol - que también se conoce como El capote  - en el que un funcionario ruso, sin más miras en la vida que trabajar y no morirse, necesita un nuevo abrigo para combatir el gélido invierno de San Petersburgo. A duras penas consigue el dinero que cuesta, y cuando no cabe en sí de su compra, admirado por los otros oficinistas que trabajan con él -y que se han burlado de su anterior abrigo, poco menos que una tela a punto de desintegrarse - se lo roban una noche a la vuelta de una fiesta. Intenta poner una denuncia para lograr recuperarlo, pero se topa con una administración inoperante y absurda, para la que también trabaja él en realidad. Agarra una pulmonía y se muere, pero en forma de fantasma se aparece por la noches en la ciudad y arrebata los abrigos de quienes se ponen a tiro, incluido el funcionario principal sobre el que recaía la búsqueda del abrigo, en un suerte de justicia poética del relato, que, la verdad sea dicha, de poco le sirvió en la vida al bueno del protagonista. La descripción tanto del abrigo viejo como del nuevo no tienen desperdicio y hacen de esas prenda, a la postre, un personaje más de la historia.


              Por otra parte, un capote militar es lo que trae Ethan Edwards puesto después de mucho tiempo a la casa de su hermano, y por la manera en que lo dobla y acaricia más tarde su cuñada sabemos que ella siente algo muy íntimo por él, de la misma manera que él siente lo mismo por ella, por más que ninguno esté dispuesto a romper las relaciones actuales. Ya teníamos pistas de ese amor desde el arranque mismo, puesto que ella es la primera en salir de la casa a esperarlo y la que lo invita a pasar al hogar familiar, entre otras muchas. Pues bien, ese mismo capote del ejército sudista será la prenda que use Ethan para enterrar a su sobrina Lucy, capturada y asesinada por los comanches. Pero semejante escena no se nos muestra, como casi ninguna de las más importantes de The Searchers (John Ford, 1956): sólo lo sabremos por una narración tremenda del interesado, que lo cuenta a su sobrino y al novio de Lucy, mientras que limpia en la arena del desierto en el que se encuentran su cuchillo frenéticamente, tras haberlo usado precisamente para cavar la improvisada tumba de su sobrina. La misma prenda que indicaba sutilmente un amor sirve después como mortaja, en una suerte de variante del velo del traje de novia de Micheline, pues el velo que iba a ser un elemento metafórico de la felicidad que esperaba a esa joven se convierte, finalmente, en un sudario del modisto Philippe Clarence.

 
              Tal vez la capa no, pero lo que tuvo un éxito indudable fue la rebeca, aquella chaqueta fina del vestuario de mujer que se llevó con profusión en nuestro país en los años cuarenta. Pues bien, el nombre de dicha prenda proviene, como es sabido, del título de la primera película de Alfred Hitchcock en Hollywood, Rebecca (1939). Lo curioso del caso es que Joan Fontaine, la protagonista de la misma y portadora de la prenda en cuestión, no se llama así, sino que ese es el nombre de la difunta esposa del señor De Winter, a la que él mismo asesinó  al saber que estaba embarazada de otro hombre, tras lo cual la puso en una barca y la hundió en el mar, para ocultar su crimen y, en último término, su deshonra.
             De todas formas, la ropa no es únicamente algo que usamos para cubrir nuestra desnudez, no, es claro que puede estar cargada de sentimientos. Es el caso, por poner un ejemplo sobresaliente, de la escena final de una de las grandes historias de amor de los últimos diez años, Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005). Cuando el vaquero Ennis del Mar va a la casa de los padres de su ex compañero de trabajo y ex amante, en el armario de su amigo –brutalmente asesinado por ser homosexual- sólo encuentra su camisa que creía perdida, y que ahora descubre que su amigo se la había llevado al separase, y una chaqueta vaquera, que en otro contexto estaría desprovista del más mínimo contenido emocional, pero que aquí origina que le invada la tristeza y el dolor, porque era la que llevaba cuando se enamoraron, porque lleva aún el olor de su amigo (y del amor tristemente perdido), y por eso la huele y no puede más que salir de allí cuanto antes, aplastado por la pena y la vergüenza - ya que él no lo ayudó cuando el otro pidió su ayuda ni lo reconocía siquiera como amigo cuando estaban delante de otras personas-. Y se da cuenta de que fue el gran amor que pudo haber tenido en su vida y dejó pasar aquella oportunidad.
        Entre los cuentos tradicionales la ropa también desempeña un papel muy importante. Pensemos, sin ir más lejos, en La Cenicienta, cuento que recibimos de Charles Perrault, pero que ya pertenecía a la tradición popular. Precisamente hay una deliberada oposición entre los andrajos que viste la chica en la vida cotidiana y el precioso vestido de baile que le ofrece el hada madrina. Es más, una parte de su atuendo es el zapato de cristal que perderá en la escalera del castillo, huyendo del lugar antes de que suenen las doce campanadas y desaparezca el hechizo. No vamos a detenernos  aquí en lo insólito de un zapato de esas características, entre otras cosas porque parece que se trata de un error de transcripción, ya que la palabra con la que se designaba al material era “cuero”, pero algún escribiente se equivocó y leyó “cristal”, que en francés de aquella época eran parecidos; lo importante es que eso condujo al acierto de verlo casi como un zapato mágico. Lo importante en este caso es que, tal y como le sucedía a Marge Simpson, el traje le da un estatus superior socialmente que, finalmente, le permite acceder a un lugar vedado para alguien de sus estrato social.

                                                                    NAVAJOS Y PIJAMAS
       En otro orden de cosas, en algunos de los mal llamados pueblos primitivos tienen entre sus costumbres, a la hora de confeccionar una tela, una alfombra o un tapiz, el colgar en los últimos flecos algunos adornos como conchas, piedras agujereadas, etc. El objetivo no es otro que el dar remate a un objeto hecho con paciencia, cariño y que va a tener una utilidad en el día a día, e  incluso embellecerlo de alguna manera. Sin embargo, entre los navajos –esa tribu india de los EE. UU. – lo usual es otra cosa bien distinta: al finalizar su alfombra, tela o similares, dejan un hilo suelto. La pregunta que no surge a continuación es: ¿por qué? Porque por ahí se podría tirar y deshacer lo hecho, de manera que se evita la, digámoslo así, perfección de la pieza, y con ello la ira de los dioses, algo que todas las culturas tratar de evitar a toda costa, como los espanta el mal de ojo en cualquiera de sus variantes.
         Si nos trasladamos del lejano oeste a unos grandes almacenes podemos contemplar una escena curiosa, arranque cinematográfico como hay pocos, no en vano estaba detrás uno de los directores y guionistas más sobresalientes de la historia, Ernst Lubitsch. Un hombre quiere comprar los pantalones de un pijama, mientras el dependiente intenta convencerlo de que se venden las dos piezas conjuntamente. El cliente no da su brazo a torcer, y la cara del vendedor es un poema, hasta que trata de hacerle ver que si le vende esa pieza, a quién va a vender la camisa del pijama. Y como respuesta a esa pregunta que ha quedado en el aire, una voz femenina afirma: “Yo me llevaré esa camisa”. A raíz de ese precioso punto de partida, no cuesta mucho adivinar que las dos partes de ese pijama no van a estar separadas por mucho tiempo, como así será (La octava mujer de Barba Azul, 1938).

GALICIA, MADRID, TETUÁN
           Supongo que puede ser  una costumbre de la época, el caso es que algunas novelas del siglo XIX y también del XX, en nuestro país, pero también en otros de nuestro continente, una mujer joven, soltera y sin posibles, y normalmente en relaciones extramatrimoniales con un hombre adinerado, acaba regentando una tienda de ropa, que ha sido financiada, como bien sabemos, por éste último. Podemos verlo en Fortunata y Jacinta, la extraordinaria novela de Galdós, en Madrid; igualmente en la trilogía Los gozos y las sombras de Torrente Ballester, en Galicia. De todas formas, estamos hablando de una época donde quien puede adquirir esas prendas es la burguesía urbana que se establece en las ciudades del siglo XIX en nuestro país, porque en el ámbito rural la gente sigue adquiriendo la poca ropa que puede permitirse en mercadillos o haciéndosela ellos mismos.
       Después de haber seguido a un amor desde el Madrid previo al inicio de la Guerra Civil hasta África, Sira Quiroga tiene que buscarse la vida en Tetuán, ya sin él. Pone en marcha un taller de costura y allí llevará una vida singular, mientras transcurre la Segunda Guerra Mundial y el norte de Marruecos se convierte en un lugar neutral por el que se pasean personas de todas las nacionalidades y formas de ser. El tiempo entre costuras (María Dueñas, 2010) ha sido una de los grandes éxitos de venta en España y fuera de aquí, y aunque la novela trata de muchas cosas, las escenas que se desarrollan en el taller, el trabajo que allí se desarrolla, las relaciones que se establecen, etc. son muy interesantes.

PINTURAS Y ACCESORIOS
              Si hubiera que decidirse a poner dos muestras magistrales, dentro del mundo del arte, en relación con el tema que estamos tratando, me inclinaría por dos muy distintas entre sí. La primera sería una pintura italiana del siglo XVI, El sastre, de Giovanni Battista Moroni (1520 1578). La segunda, como habrá adivinado más de uno, La encajera de J. Vermeer, esa obra sublime de la historia del arte, que tanto llegó a obsesionar a Salvador Dalí como para empujarlo a pintar su cuadro Estudio paranoico crítico de “La encajera” de Vermeer. Me temo, no obstante, que era imposible aproximarse siquiera a un cuadro como el del pintor holandés, tan pequeño en tamaño como inmenso en su genio, por más que tampoco creo que Dalí pretendiese competir con él, a pesar de poseer ese ego tan enorme; simplemente era una suerte de homenaje.
        No es la primera vez que hemos visto cómo se resolvía un caso policiaco gracias a alguno de los accesorios que llevamos encima. Desde Wyatt Earp, el audaz sheriff del oeste, que observa el collar que lleva Chihuahua, al que no le cuesta reconocer como el que colgaba del cuello de su hermano pequeño hasta que lo mataron, lo que le lleva a encontrar al asesino entre los hermanos Clayton, poderosos terratenientes de la zona que no tienen escrúpulos con acabar con quienes estorban sus planes (My Darling Clementine, John Ford, 1946); hasta los singulares pendientes que lleva otra mujer en otro relato y que, tras ser también asesinada, sirven a la policía para detener al responsable del crimen. En otros casos, no lo olvidemos, es el propio accesorio el arma homicida, como en el caso de un episodio de la serie televisiva El comisario, en el que una rica estrella de cine colecciona zapatos de precios desorbitados, pares únicos en algún caso, entre los cuales se encuentra uno de altísimos tacones acabados en punta de titanio. Como aparece una esquirla de ese material en la cabeza de la fallecida, esa es la pista definitiva que conducirá a los agentes a dar con el asesino.
           Trajes de novias, capas de superhéroes, rebecas… Los tipos de prendas que empleamos no son infinitos, obviamente, aunque podrían parecerlo si a todas ellas les añadimos el color como elemento adicional, lo que multiplica la variedad casi hasta el infinito. En todo caso, y para terminar estar páginas, nos hemos detenido en hablar de la ropa en muchas de sus variantes, pero de ropa para ponerse, no para quitarse. Más que nada porque este último infinitivo nos iba a trasladar a otras variables –en las que el amor y el crimen también aparecerían, lógicamente -, pero eso nos situaría en una perspectiva ya diferente de la que aquí hemos escogido, y “eso es otra historia”, como diría el personaje de Billy Wilder. Quién sabe, tal vez en un artículo futuro aborde ese tema, que sería el perfecto complemento para éste que aquí se acaba.



PS. Escrito ya esto hace unos días, doy por casualidad con un dato que no recordaba: en la película El asesino poeta (Lured, Douglas Sirk, 1947), una gran muestra de cine negro americano con un fotografía extraordinaria y unos intérpretes magníficos, hay un breve episodio humorístico que resulta curioso en una obra en la que se trata de encontrar al asesino de siete chicas jóvenes (el título español alude a que el criminal deja poesías en los lugares de los homicidios; aunque sigo prefiriendo el título original). En esos pocos minutos la chica, que se ha ofrecido como señuelo al asesino para la policía, es conducida por uno de los sospechosos -el gran Boris Karloff -  a su estudio, y allí le hace probarse un vestido que ha confeccionado, puesto que dice ser un famosos modisto, y quiere que desfile ante un selecto grupo de clientes. Pero cuando se corren las cortinas los únicos espectadores  son unas sillas vacías, un perro sentado en un gran sillón y un maniquí vestido para la ocasión. Ya veníamos sospechando algo raro en la conducta de ese caballero, pero lo veíamos como el posible homicida, no como un pobre modisto que ha perdido la razón a raíz de haber sido cancelado el pedido de un traje hermosísimo que diseñó para una princesa... o eso dice al menos la mujer que hace las labores de ayudante y criada.

Quiero agradecer muy sinceramente el permiso concedido por la ilustradora argentina Irene Singer para reproducir en este texto algunos de sus estupendos dibujos para la edición de El traje nuevo del emperador, publicado en abril de 2012 por la editorial  Calibroscopio y cuya historia ha sido narrada por Mariana Fernández.