martes, 24 de julio de 2012

CON LOS OJOS CERRADOS

                                
CON LOS OJOS CERRADOS
         Es el estreno de la adaptación teatral de la novela de Benito Pérez Galdós Marianela. En esa primera noche, el autor ocupa un lugar de honor en el teatro, ese hombre ya mayor, de vuelta de tantas cosas y, por si eso fuera poco, ciego. Y en la oscuridad compartida con el resto de los espectadores, en un momento dado, al oír la voz de la actriz que encarna a la protagonista femenina, suponemos que después de una emoción creciente en su interior, Galdós se pone en pie y alzando las manos hacia el escenario se le oye decir: “Nela, Nela”, mientras le brotan lágrimas sin freno de sus ojos. Me imagino que semejante escena haría llorar a más de uno de los testigos de aquel momento emotivo. El crítico Ricardo Gullón sugiere que tal vez ello se debía al hecho de que tras el personaje novelístico de Marianela se ocultaba Sisita, el primer amor del escritor canario. La idea es verosímil, ciertamente, pero a ratos me gustaría creer que esa explosión de llanto podría obedecer también a la escucha de unas palabras que él había creado muchos años atrás, en boca de un personaje por el que sentía un cariño especial, puesto que fue una de las novelas más populares del novelista. La vida lo alejaba de aquellos primeros años de profesión, de las fuerzas de la juventud, de una época en la que era alabado y admirado no sólo en nuestro país sino también en el extranjero, de un mundo que ya era pasado frente a otro que era presente y que, para colmo, tampoco podía ver. Y de repente, como si de un milagro se tratara, todo aquello que fue su vida pretérita se le abalanzaba en unos minutos, en el silencio recogido y compartido por cientos de almas a su alrededor, y oprimía su corazón.
           Hemos hablado ya en otras ocasiones de Clarín, el brillante y despiadado para con sus criaturas narrador decimonónico. Y a pesar de ello, en algunos momentos –pocos, muy pocos, esa es la verdad – hallamos un relato en el que el creador no se ensaña con sus personajes como suele, sino que hay una corriente de simpatía hacia ellos. Es el caso de Cambio de luz, que se centra en la vida de un escritor y crítico, padre de amplia prole y hombre íntegro donde los haya –características en las que no es difícil ver al propio Leopoldo Alas, todo sea dicho de paso-. Su vida se mueve en la normalidad, con los apuros económicos para sacar adelante a su numerosa familia y el miedo a perder a algunos de sus hijos –puntos coincidentes asimismo con el escritor asturiano – hasta que empieza a perder la vista. Pero ese trastorno, que en un primer momento lleva con amargura, se va transformando en una posibilidad para descubrir lo realmente importante en su vida. De hecho, siempre ha apreciado la música, y ahora intenta tocar el piano o escucharlo atentamente cuando lo toca alguno de sus hijos. Por otra parte, los artículos que ahora escribe al dictado muestran una mirada profunda al alma humana y como tal es visto por algunos de sus lectores.  Para su desgracia como persona y la nuestra como lectores, Leopoldo Alas murió sin cumplir los cincuenta años, como el protagonista de ese relato, de manera que nunca sabremos si al llegar a la vejez hubieran sentido algo parecido a lo que le atravesaba las entrañas a su buen amigo Galdós en aquella ocasión.
TRES REYES
        Sabida es la historia de Edipo,miembro de una de esas familias que han sido castigadas por los dioses, y de qué manera. Ese hombre que aspira a ser un buen gobernante de su ciudad  tiene que encontrar la razón por la que la peste asola a Tebas, pero lo que va a descubrir –como ya le augura el adivino ciego Tiresias – es algo terrible: que mató a su padre (sin saber que lo era) y que está casado con su madre (lo que también desconocía). Al ser consciente de todo ello, se ciega a sí mismo para no volver a ver nunca, para no ser testigo jamás de un mundo tan cruel. En la continuación de esa obra, la más conocida de las cuales es obra igualmente de Sófocles, Edipo en Colono, los hijos pelean en lucha fratricida por el reino, mientras sus hijas cuidan de su vejez. Lo curioso del caso, por esas paradojas tan típicas que los dioses reservan a los mortales, es que allí donde repose el cuerpo de Edipo será un tierra en paz y llena de dicha; qué ironía para un hombre cuya vida fue todo menos apacible y dichosa. Pero así se entra en el territorio de la mitología, de la literatura y se pervive en la memoria de los seres humanos.  
         Otro no menos célebre rey, este posterior nada menos que en veinte siglos, es una de las más sublimes creaciones de William Shakespeare: El rey Lear. Pero aquí no hay una maldición divina, porque en el tránsito de los siglos XVI a XVII la creencia religiosa en Europa es más bien monoteísta; lo que sí se da es uno de los más terribles y lúcidos estudios sobre la ambición, la ingratitud y otros no menos importantes sentimientos humanos. Lear lega cada su reino a dos de sus hijos, mientras deshereda injustamente al tercera, que es quien más lo ama. Todo ello originará una serie de  batallas y muertes, de argucias, engaños e infamias como pocas veces se han visto con tal fuerza en una obra literaria. Nada de extraño tiene que, como fin de ese escalofriante catálogo de horrores, la obra acabe con un rey sin poder ni reconocimiento, en una pobreza y una soledad aterradoras. No llega a quitarse la vista como Edipo, pero al final enloquece ante todo cuanto ve y ante el cuerpo sin vida de Cordelia, aquella hija que lo quiso sinceramente y que ha sido ahorcada por sus enemigos Su cuerpo y su vista vaga por el horizonte ya sin ver, la vejez y todos esos padecimientos han vaciado de sentido el hecho mismo de mirar, de manera que lo único que le queda es una suerte de mirada hacia el interior. Y en ese camino sin rumbo, en ese andar que no es sino una huida de los lugares que han supuesto tanto dolor, va siendo guiado por un bufón, lo que no puede sino remitirnos a una parte de las imágenes del mundo medieval, esa en la que un bufón (que es tanto como decir un loco) conduce a una serie de personas de la más variada condición. El rey fallece de pena por cuanto le ha pasado. Curiosamente, en la adaptación de 1983 de Akira Kurosawa de esa tragedia, traspasada al Japón de las luchas feudales, el equivalente a Lear –porque los nombres se han cambiado por nombres japoneses - la obra concluye con el bufón y el rey al borde de un acantilado, de un abismo, con todo lo que tiene eso de simbólico en una vida que carece del más mínimo sentido y que no tiene el más mínimo aliciente para ser vivida.
          En un país muy lejano de esa Europa por cuyos paisajes paseábamos antes, un país cuyo nombre ni conocemos, otro monarca, a punto de entrar en la vejez, se retira al bosque para que sus súbditos no puedan ser testigos de su declive físico y mental. Al principio todavía le llegan correos de la corte, pero pasado un tiempo, nada. No obstante, una de sus antiguas concubinas  acude al bosque y lo vuelve a seducir, bien es verdad que esa aparente facilidad de seducción se debe a que él empieza a perder la vista, razón por la cual no la reconoce. Pero ella comete un error y el príncipe Genghi la expulsa de su lado. De todas formas, vuelve a intentarlo, pero esta vez no como  una campesina sino como una dama de no muy alta alcurnia. No importa: la seducción de nuevo tiene lugar, aunque preciso es reconocer que esa conquista también le hace feliz al hombre, famoso también por sus conquistas amorosas. No obstante, la vida de Genghi se acaba y en su lecho de muerte recuerda a todas sus esposas, concubinas y amantes, incluidas las dos últimas que acabamos de referir. Sin embargo,  la única que no aparece en esa lista es, precisamente, Dama-que-del-pueblo-de-las-flores-que-caen, que es el verdadero nombre de esa mujer que por amor ha dejado su casa y posición para pasar su vida junto a su gran y único amor en esos meses postreros. En consecuencia,  esa historia acaba de forma dolorosa,  pues el monarca expira y ella llora y grita por el dolor de no haber logrado estar en la memoria de los amores  -duraderos o efímeros, eso ya no importa- del famosos príncipe Genghi, guerrero, poeta y amante famoso (El último amor del príncipe Genghi es un cuento de Marguerite Yourcenar).

EN EL SIGLO XIX
            En su viaje por España a mediados del siglo XIX, Domingo Faustino Sarmiento, a la sazón intelectual polemista argentino, que con el tiempo llegaría a convertirse en presidente de su país, amén de autor de una muy interesante novela llamada Facundo, anotaba: “Los ciegos en España forman una clase social, con fueros i ocupación peculiar.  El ciego no anda solo, sino que aunados varios en un asociación industrial  artística a la vez, forman una ópera pública i acompaña con guitarra i bandurria las letrillas que ellos mismos componen o que las proveen poetas de ciegos…”. Y lo cierto es que así debía ser, porque si recordamos al moro ciego de la novela de Galdós Misericordia, se trata de un mendigo que canta romances y pide en las puertas de las iglesias. Y se trata de un hombre de buen corazón, porque de otra manera no se explicaría que  Benigna, la protagonista de la misma, ante la ingratitud de la familia a la que ha ayudado durante tanto tiempo, se vaya al final con él.

            El mismo Galdós, en la novela Marianela presentaba a un joven ciego que se enamoraba de la inocente chica que da nombre a esa obra. Lo malo es que cuando, tras una operación él recupera la vista, ese amor se desvanece ante la fealdad y la simpleza de la joven, y no tardará además en enamorarse de otra. Por otra parte, no se sitúa exactamente en el siglo XIX, la verdad, pero el espíritu, la lengua y hasta los personajes de Viridiana parecen genuinamente galdosianos, si bien pasados por el peculiar filtro buñueliano. Y entre los mendigos de esa película hay también un ciego, pero la visión del cineasta aragonés es mucho más amarga, de manera que no hay espacio para la bondad entre sus personajes ni mucho menos para la misericordia. De ahí que ese ciego sea el detonante de la destrucción de las buenas intenciones de Viridiana, y de las posesiones de la clase adinerada a las que ellos no pueden acceder. En un arrebato de celos y ebriedad con el que culmina una llamativa parodia de la Última Cena, momento clave en el Cristianismo y que aquí, por si eso no fuera bastante, se acompaña con los acordes del oratorio El Mesías de Haendel, empieza a destrozar con su bastón cuanto tiene a su alcance en la mesa, y el resto de los mendigos hace lo mismo, hasta que acaban con todo cuanto constituía esa estupenda mesa puesta para la menos excelente cena. Y es que un ciego no tiene por qué ser una buena persona, ni mucho menos, no en el mundo de la literatura, del cine o de otras tantas artes al menos.
          Ciego está igualmente por el brutal castigo al que lo condena el antagonista de la novela a Miguel Strogoff, el inolvidable correo del zar en la novela de Julio Verne. Lo curioso del caso es que ello no le impide cumplir su misión, bien es verdad que con la ayuda de una joven que lo ama y de dos periodistas franceses -¡de dónde si no, siendo Julio Verne de esa nación! -. Pero en esa época, a un personaje de acción que encarna el paradigma de la bondad y el sacrificio hubiera parecido cruel dejarlo realmente sin vista, y al final sabremos que ha sido una argucia para que sus enemigos no se preocuparan de él al creerlo ciego, por más que la explicación del porqué no se quedó sin vista al aplicarle una espada candente a los ojos carezca del más mínimo rigor científico (las lágrimas impidieron la ceguera), pero estamos en el territorio de la literatura, y aquí todo, o casi todo, es posible.
         Y quiero terminar este apartado con un ejemplo maravilloso que podemos encontrar en una de las más hermosas novelas de comienzos del siglo XIX: Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. Y es uno de esos casos no inhabituales en los que una persona ciega, tal vez por carecer de ese sentido, puede ver aquello que a los demás parece estarles vedado. Me refiero a que la criatura a la que logra dar vida a partir de un cadáver el doctor Frankenstein, de un aspecto externo que atemoriza a la gente cuando lo contempla, es, en el fondo de su ser, un hombre de un corazón inmenso y bondadoso, como se demuestra una y otra vez a lo largo de la novela. Tal circunstancia, no obstante, la aprecia un monje ciego a cuya cabaña llega huyendo tras uno de los muchos desengaños que se va llevando en su relación con otros seres humanos. A lo mejor, en ciertos momentos, es preferible estar ciego –aunque sea simbólicamente – para ver más allá de aquello que tenemos delante de nuestros ojos. 
Y EN LA MÚSICA
            Desde la antigüedad los ciegos se asocian de una forma u otra a la música. Pensemos si no, en el hecho de que un porcentaje muy elevado de los músicos en el antiguo Egipto eran ciego, y tenemos hasta imágenes que lo prueban. Así mismo, conservamos desde ilustraciones de la Edad Media en la que podemos ver al ciego que toca la zanfoña, por ejemplo, hasta incluso los testimonios del siglo XX en nuestro país, sobre esa misma estampa, sea en cuadros, grabados, fotografías, cine o cualquier otra forma de plasmación de imágenes que se nos pase por la cabeza. Si no vamos al Renacimiento, hay tres muestras pero muy ejemplares de ciegos músicos en España: Antonio de Cabezón, famoso compositor de música para clave, especialmente, que llegó a ser músico de la corte real. El segundo sería Francisco Salinas, a quien Fray Luis de León dedicó uno de sus más célebres poemas. Y el tercero es Miguel de Fuenllana (1510 -1566), el único de ellos que no era ciego de nacimiento, sino que se quedó ciego de niño, autor de uno de los más sobresalientes libros de música del siglo XVI: Libro de música para vihuela intitulado Orphenica Lyra (Sevilla, 1554). 
          No es la primera vez que el azar quiere que dos genios, en este caso de la música, nacieran en el mismo año y en la misma tierra. Ese es el caso de J. S. Bach y G. F. Haendel, y lo que no deja de ser curioso es que nunca llegaron a coincidir. El primero porque por sus diversos  puestos en muy diferentes ciudades no salió de las fronteras prusianas. Por su parte, Haendel ya desde joven viajó a Italia, donde pudo aprender de los grandes compositores de la época para, con el tiempo, convertirse a su vez en el músico más popular de Gran Bretaña, a la vez que también el mejor pagado. Pues bien, lo que los unió igualmente al final de sus vidas fue que, seguramente por las muchas horas pegados a los pentagramas, sus vistas se fueron debilitando hasta que llegó un punto que apenas podían ver. Entonces no era tan extraño como pudiéramos pensar la operación de los ojos, y uno de los médicos que la practicaban era John Taylor.  El caso es que primero lo intentó con Bach, y tiempo después con Haendel. En ambos casos hubo un primer momento en el que el resultado parecía esperanzador, mas no tardando mucho ello dejó paso a la ceguera total en los dos pacientes. Por esa razón, en  los años postreros de los dos gigantes no pudieron ver ni a la familia, ni a los amigos, ni las iglesias ni los escenarios donde tantos éxitos habían cosechado. Naturalmente eso no quiere decir que no volviesen a tocar nunca, dado que siguieron dando conciertos de órgano y clave, los dos instrumentos para los que tanto compusieron, e incluso aún hicieron algo de música nueva, pero lo cierto es que ya nada volvió a ser como antes, como lo prueba aquella escena contada por testigos del concierto en la que Haendel asistía a una representación del oratorio Sansón, una de sus obras más conocidas. El público lloró a escuchar el aria en el que el protagonista habla de su ceguera, al tener al Haendel allí presente con la vista ya perdida, con los versos:
                                            Total eclipse. No sun, no moon,
                                            All dark amid the blaze of noon.

              En el siglo  XX tenemos el caso de otro músico que se quedó ciego siendo un niño: Joaquín Rodrigo, universalmente conocido por el Concierto de Aranjuez. Sin embargo, aunque hasta ahora venimos hablando de compositores de lo que se suele llamar música culta, la verdad es que en otras músicas existen también compositores e intérpretes ciegos. En el flamenco podemos mencionar a la Niña de los Peines, en el jazz a Ray Charles y Art Tatum. Nada tiene de extraño, por lo tanto, que el mundo del arte hay testimoniado esa realidad, y ahí tenemos el músico ciego de Goya, el guitarrista ciego de Ramón Bayeu o el cuadro de la época azul de Picasso que lleva el mismo título que éste último de Bayeu. Y eso por no hablar de las muchísimas imágenes que nos han llegado a lo largo de la historia del arte en la que podemos ver a músicos y cantantes ciego, buena muestra de los cuales sirven para ilustrar precisamente este mismo artículo.




 Y por último merece la pena citar la novela El músico ciego de Vladimir Kirolenko. La historia de un niño a quien, habiendo nacido ciego, le enseñan a tocar música. A partir de ese momento no sólo se convertirá en un músico extraordinario, sino que conocerá el amor de una joven y, por si fuera poco, hará las veces también de maestro de música de otros niños ciegos que no han tenido la suerte que ha tenido él. En este libro se nos ofrece hermosas apreciaciones sobre cuanto el ser humano percibe a través del gusto, del tacto y sobre todo del oído, como manera de describir todo aquello que va llegando al protagonista y que de una forma u otra también irá con el tiempo conformando su forma de ser, que en este caso es la de un hombre lleno de bondad y que no duda en todo momento en ayudar a sus semejantes.
CASTIGOS
           Por muchas razones hemos hablado ya en este mismo blog de Centauros del desierto, esa obra maestra de John Ford. A propósito de lo que venimos hablando aquí, hay un momento en la que Ethan Edwards dispara a los ojos de un apache que los suyos han dejado enterrado bajo una gran roca. Ante ese acto, su sobrino le reprocha disparar a un muerto y muestra su incomprensión ante el mismo. Ethan, gran conocedor de la cultura apache, como se nos muestra en numerosos momentos, le explica que según la cultura blanca eso no sirve para nada, es verdad, pero que en la cultura india el no tener ojos significa tanto como no poder entrar en su particular cielo con el Gran Espíritu de las Praderas, que no podrá descansar en el más allá con sus antepasados.

          Una de las más hermosas historias que guardan relación con la mirada es la de Peeping Tom (algo así como Tom “el Mirón”). Una atractiva noble, Lady Godiva, ha hecho la promesa de pasear desnuda sobre su caballo por el camino que atraviesa un pueblo siempre y cuando todas las ventanas y postigos estén cerrados para que nadie pueda verla. Esto obedece a una condición que le puso su esposo para bajar los impuestos a su pueblo. Como ya hemos dicho repetidas veces, las prohibiciones y tabúes de la literatura – escrita u oral, con un transfondo real o perteneciente de lleno al mundo de la leyenda - están puestos ahí para que alguien las infrinja, y es lo que ocurre en esta ocasión: un tal Tom ve a la joven y por ello se queda ciego. Esa leyenda dará nombre en 1960 a una turbadora película de Michael Powell, uno de los grandes del cine británico. Pocas veces el séptimo arte ha indagado en el poder de la mirada: turbia, de deseo, criminal, de cariño familiar, de sospecha policial, etcétera. Y en escasísimas ocasiones el cine ha buceado de forma tan intensa sobre su propio poder de seducción y en su poder para encoger el ánimo de los espectadores.
            Mucho más atrás en el tiempo, Basilio II, emperador de Constantinopla, vencedor de los búlgaros en Belasitza en el siglo XI, ordenó sacarles los ojos a quince mil prisioneros y los hizo regresar a su patria. Y para que puedan cumplir su orden, uno de cada cien debía de conservar un ojo para servir de guía los otros noventa y nueve. Por otra parte, dentro de la mitología griega es conocida la leyenda de Acteón, el cazador que ve a la diosa Diana desnuda mientras toma un baño en el río, por lo que es castigado por ella a convertirse en ciervo y morir en las fauces de sus propios perros de presa. Y otro tanto le sucede a Tiresias, un hombre que ve igualmente desnuda a la diosa Atenea y, como no podía ser de otra manera, ésta lo castiga a perder la vista, aunque eso sí, como contraprestación, se le da la potestad de ser adivino del futuro. Y él es quien le abrirá los ojos a Edipo paradójicamente sobre las causas que han originado la peste de Tebas.
           Muchas veces el hecho de ver algo o a alguien que no debe ser visto – por muy diferentes tabúes - se paga con la pérdida de la vista, como venimos viendo en las últimas líneas. Que es lo que ocurre en el no menos famoso episodio de la Biblia cuando Dios destruye las ciudades de Sodoma y Gomorra. Lot, el hombre temeroso de Yahvé, huye de esas ciudades que pasarían a ser el paradigma de los lugares pecaminosos por excelencia, y les dice a sus esposas que por ninguna razón se le ocurra volver la vista atrás en su huída para ver cómo arden esas ciudades castigadas por la ira divina. Ni que decir tiene que ellas van a incumplir esa prohibición y al hacerlo se convertirán en estatuas de sal. Y el último ejemplo, extraído así mismo de la Biblia: Sansón pierde su fuerza al cortarle el pelo – de donde proviene la misma, según ha confesado a su esposa Dalila - su criada por orden de sus enemigos los filibusteos, tras lo cual le sacan los ojos y lo convierten en esclavo. Pero según algunos, todo es un castigo por desobedecer la ley de Dios que prohibía casarse con una infiel, como lo es Dalila. El final del hercúleo héroe judío es sabido: atado a las columnas del templo de los filibusteos, recuperada su descomunal fuerza al haberle crecido de nuevo el cabello, derriba esas columnas en las que sostenía el templo y mueren así un número de enemigos mayor que el que fue cayendo a sus pies a los largo de su vida, con ser éste considerable.

     Habría mucho que decir algo de los escritores ciegos, pero vamos a poner sólo un ejemplo: el caso de Jorge Luis Borges, que dedicó tres poemas a John Milton, otro escritor que perdió la vista y que dictaba los versos de sus poemas en los últimos años de su vida, como le ocurrió  al propio Borges. Hace poco he leído que el escritor argentino, gran amante del cine, seguía acudiendo a las salas donde proyectaban películas, y lo hizo hasta los últimos años de su vida. De ser cierto sería una anécdota muy reveladora. De todas formas, es interesante destacar la figura del lector, como ese joven Alberto Manguel, adolescente que leyó libros al magistral autor argentino durante cuatro años. Esa singular relación puede leerse en el imprescindible libro de Manguel Con Borges, con los recuerdos y las impresiones que a éste le causó esa relación, que no cabe duda que lo forjó también como lector y que, con el tiempo, Manguel será quien nos proporcione muchas horas de placer a sus lectores.
          Y para terminar con este artículo cómo no recordar aquella leyenda de origen al parecer indio sobre los seis ciegos sabios y el elefante. Cada uno presume de ser más sabio que los demás, pero la prueba definitiva que va a rebajar esa soberbia, al menos de cara a los lectores, es que tienen que describir un elefante. Ni que decir tiene que cada cual se topa con una parte de animal (la pata, la trompa, el rabo, los colmillos, la oreja…), de modo que la descripción de uno no tiene nada que ver la de los demás. Lo que no deja de ser una muestra más de la sabiduría hindú para relativizar la sabiduría y el conocimiento humanos. Y es que a veces la verdadera forma de ser humano parece pasar por una humildad y una solidaridad de la que carecen no pocos personajes de los que han aparecido en estas páginas, y así les va, para su desgracia.
                                                     José María García Pérez

Apostilla.
        Releyendo uno de libros de Oliver Sacks (La isla de los ciegos al color), ese extraordinario neuropsicólogo, músico y tantas otras cosas que lo sitúan en un lugar privilegiado entre los hombres de nuestros días, me encuentro con varios puntos que no puedo por menos que traer a esta entrada del blog. Primero, su mención a un relato de H. G. Wells que desconozco titulado El país de los ciegos, en el que un viajero se encuentra con un poblado de casas parcialmente coloreadas, lo que le lleva a pensar que sus habitantes deben de estar ciegos. Y así es: toda esa comunidad carece de visión, y mientras él los ve como seres dignos de lástima, ellos lo consideran como un demente sujeto a las alucinaciones generadas por los ojos. El protagonista extraviado en ese valle perdido de Sudamérica se enamora de una muchacha y desea permanecer allí y casarse con ella, pero los ancianos se muestran de acuerdo siempre y cuando acceda a extirparse esos órganos excitables.
         En segundo lugar, se refiere al hecho de que hay una idea muy extendida acerca de que las estatuas en la isla de Pascua no tienen ojos ni miran al mar. Lo cierto es que la mayoría miran hacia donde estaban las casas de los nobles y además sí tenían ojos, un tanto inquietantes por su brillo, elaborados con coral blanco con iris de roca volcánica roja o de obsidiana; claro que estas características no se descubrieron hasta 1978. El mito que aún perdura en sobre este particular parece tener su origen en los relatos de los primeros exploradores, asó como en las pinturas de William Hodges, quien viajó a la isla de Pascua con el capitán Cook durante la década de 1770.
       En tercer lugar, el título alude a una isla en el océano Pacífico llamada Pingelap donde la mayoría de sus habitantes padecen acromatopsia, una enfermedad que consiste en una ceguera total y congénita al color. Pues bien Sacks narra un viaje a esa y otras islas para investigar esa extraña enfermedad, así como otras como la sordera total o parálisis progresivas, endémicas de ciertas islas. Y en ese viaje cuenta como compañero a Kurt Nordby, un investigador de la visión de la Universidad de Oslo, autor de un libro llamado Night Vision,  originario de la isla de Fuur, en un fiordo de Jutlandia, donde había numerosos enfermos de acromatopsia, entre ellos el propio investigador.
       Y, por último, en las notas finales de ese libro apasionante por tantos motivos, nos habla de Georg Rumpf (conocido como Rumphius), apasionado naturalista  y botánico que se embarcó hacia Batavia y las Molucas en 1652.  Aunque se quedó ciego en 1670, continuó trabajando en su Herbarium Amboinense, donde describe 1.200 especies de plantas propias del sudeste asiático. Lo curioso del caso es que su obra le llevó cuarenta años, a pesar de una serie de penalidades: perdió a una de sus hijas y a su esposa en un terremoto, un incendio arrasó la ciudad de Amboina y destruyó su biblioteca y manuscritos en 1687, los seis primeros tomos de su obra salen en barco para Ámsterdam y se pierden en un naufragio en 1692, tres años después son robadas sesenta láminas de su oficina… En 1702 murió Rumphius, unos  meses después de haber terminado el Herbarium, un trabajo de 1700 páginas y 700 ilustraciones, aunque no se publicó hasta mediados de siglo. Sólo por conocer la existencia de este hombre ya merece la pena leer el libro de Sacks.


martes, 20 de marzo de 2012

DE LA MANO AL CORAZÓN




                                                       DE LA MANO AL CORAZÓN


En su primer encuentro, el hambriento y pobre poeta romántico Rodolfo, percibe la mano fría de Mimí, la joven vecina de la que, como es inevitable, se enamora a primera vista. Es evidente que en el París de las primeras décadas del siglo XIX se pasaba mucho frío, sobre todo cuando no ganas ni para poderte comprar leña con la que calentarte. Pero tocar esa mano también es sentir el pálpito vital del cuerpo amado, y, por lo tanto, un elemento para la alegría. Por desgracia, la pena suele inundar las obras de Giacomo Puccini, y al igual que les ocurre a tantas de sus heroínas, Mimí tendrá un final lacrimógeno, en un sentido positivo de la palabra: sí, porque acabamos derramando tiernas lágrimas por la desdichada suerte de la joven. De esa manera La Bohème se cierra con un nombre que no puede respondernos, lo sabemos, pero también con un hombre que no puede contener su dolor y que sujeta aquellas manos que ahora han perdido para siempre el poco calor que tenían cuando las tocaba por primera vez. El principio y el fin están en esas manos.

Las manos son esa parte del ser humano en la que, de alguna manera, se compendian muchos sentimientos (odio, venganza, amor, fidelidad, etc.), y de ellos hablaremos en las siguientes líneas. Un caso ejemplar de ellas es el que hace John Ford, pero claro, es que él siempre cuidó mucho la fuerza dramática que se aloja en los pequeños gestos y en los objetos aparentemente más triviales. Ya el crítico Shigehiko Hasumi ha dedicado a ello un texto estupendo, La elocuencia del gesto. Sin embargo, el caudal de casos en los que las manos desempeñan un papel relevante es casi infinito. Pensemos, sin ir más lejos, en una imagen cara al cine fordiano, esa en la que un hombre habla con un ser amado ante su tumba. El diálogo no se interrumpe entre vivos y muertos, porque los primeros siguen contando sus inquietudes a los ausentes, y este es un poderoso leitmotiv que se repite en Ford. Pues bien, las manos de Wyatt Earp colocan amorosamente lanchas sobre la tumba de su hermano recién asesinado, mientras le anuncia que la noticia de su muerte acabará con su anciana madre. El capitán Nathan Britlles hace lo propio ante la tumba de su esposa, pero en lugar de una noche en blanco y negro, aquí lo arropa un asombroso crepúsculo rojizo que anuncia la tormenta en el mismo Monumental Valley. Las palabras siguen uniendo tras la pérdida y, con delicadeza, el oficial que está a punto de jubilarse, riega la tierra que cubre a su amada mujer. Algo similar a lo que hace sobre la tumba de su esposa el juez Priest en la película que lleva su nombre y que dirigió Ford en 1934.

Pero no sólo las manos unen en cierta medida a los que habitan este mundo con los del otro, sino también con aquellos que están a punto de pasar al segundo grupo. Es el caso de uno de tres ladrones que han cometido un robo y que se han adentrado en el desierto a fin de evitar a los hombres del sheriff. Tras haber recogido a un bebé recién nacido y haber enterrado a su madre, que se lo encomienda antes de expirar, uno de ellos, el más joven, The Abilene Kid, se ha roto una pierna, no puede continuar y, en consecuencia, la muerte le aguarda. Sin embargo, uno de sus compañeros sostiene al bebé en una mano y con la otra sujeta su sombrero por encima de su cabeza, para que el sol no moleste a su amigo en sus últimos momentos de vida. Pocas veces se ha dado una muestra de amistad tan reveladora, por la sencillez del planteamiento, a la vez que por lo emotivo del gesto (Tres padrinos, 1948).



Pero en el western también podemos ser testigos con la misma facilidad del odio más visceral, como lo prueba el arranque de Winchester 73 (Anthony Mann). En un concurso de tiro, los participantes han de depositar sus revólveres junto a la oficina del sheriff. Pues bien, en un momento dado, y sin que sepamos por qué, dos de ellos se ven y como si hubieran visto a una serpiente cascabel, ambos hacen el gesto de desenfundar para acabar con el otro. De ahí en adelante averiguaremos que son hermanos, que su padre los enseñó a disparar, y de hecho cogen el rifle y disparan de la misma manera, lo que no deja de ser un gesto inquietante, toda vez que veremos que son como la cara y la cruz del ser humano, y ya adivinamos que serán los finalistas del concurso, cuyo premio es el arma que da título a la película, y que los une un odio feroz.

Y para terminar con este género, a la hora de poner ejemplos, uno un poco menos dramático, y que hemos visto también en numerosas ocasiones en otros géneros muy dispares. Me refiero al de alguien que observa una partida de cartas, de póquer por lo común, y que hace gestos a uno de los jugadores para indicarle el juego que tiene uno de sus contrincantes. Eso lo que hace Chihuahua, la mestiza enamorada de Doc Holiday, a éste señalando las cartas que tiene Wyatt Earp, lo que no deja de apreciar éste último y, en consecuencia, dejar la partida (de nuevo Ford, esta vez en una escena de My Darling Clementine). No deja de resultar llamativo, por último, que quienes hacen trampas suelen tener mal final en el cine fordiano, basta con recordar el tahúr de Tres hombres malos, el jugador sureño de La diligencia o la propia Chihuahua.
DEL AMOR
A nadie puede extrañarle que, si de manos hablamos, sea imprescindible dedicar un apartado al sentimiento amoroso. Y es que las manos a veces dicen más de lo que pueden llegar a decir las palabras. En efecto, ¿cómo si no interpretar un bellísimo gesto visible en El nacimiento de una nación (David W. Griffith, 1915)? Acabada la Guerra Civil norteamericana, un oficial sureño, retorna al hogar. ¿Y qué es lo que le espera, tras años de batallas, muertes, dolor y derrota? Pues el amor de una familia y el calor de un hogar. Y amor y calor están mostrados mediante una forma simple, eficaz, emocionante: al llegar a su casa, llama a la puerta –no tiene llave porque su mansión ha sido destruida, y ahora su familia vive en una casa más sencilla -. La puerta se abre pero, contra lo que esperaríamos como espectadores, es decir, que sus hermanas salieran a recibirlo abrumadas por el reencuentro, lo que se nos muestra es unos brazos que se aproximan al Pequeño Coronel y lo introducen amorosamente en el que desde ese momento va a constituir su hogar. No hay duda de que si ese recibimiento se hubiera mostrado de la manera digamos convencional, el momento hubiera sido también emotivo, pero creo que lo es más precisamente por ese abrazo de acogida que parece como si no sólo se lo dieran sus seres queridos sino también su propio hogar.


En otra obra maestra de este pionero del séptimo arte, tenemos más casos de la importancia de los gestos en lo que intervienen las manos. En Las dos tormentas, Lilian Gish ha sido expulsada de la granja donde había sido acogida por los padres del chico del que está enamorada, y él de ella. En uno de esos momentos mágicos que sólo muy de tarde en tarde se puede contemplar en una pantalla, ella está en un lugar que ni conoce ni le importa, pues su pena por no volver a ver al amor de su vida ahoga cualquier otra consideración; y, sin ella saberlo, muy, muy cerca, se aproxima él. De nuevo esperaríamos un reencuentro entre los amantes, como espectadores acomodados que somos. Pero no, ese no se produce, pero sí la inquietud de la joven, que parece presentir la presencia del hombre, y esa especie de instinto amoroso le lleva además a levantar los brazos, extendiéndolos como para poder tocar si quiera al objeto de sus desvelos (ese reencuentro no tendrá lugar hasta el final de la película). Hay quien ha hablado de poesía ante semejante escena, y ha hecho muy bien.

Por otra parte, a veces los objetos tienen un valor inequívocamente metafórico, como ya hemos visto en algún caso. Dando un gran salto en el tiempo, pero sin dejar la senda de los maestros del cine, es imposible no recordar una película de Jean-Luc Godard en la que, en primer lugar, vemos las manos masculinas que recorren el cuerpo desnudo femenino, imagen que se enlaza con otra en la que otras manos (¿las mismas?, no lo recuerdo bien, como tampoco en qué obra aparece, pero eso no importa) tocan un violonchelo. ¿Qué quiere decir ese encadenado visual? Pues muy sencillo, transmitir que el personaje toca con el mismo amor a su novia ya a su instrumento musical, que ese gesto de pasión sirve tanto para acariciar a un ser humano tanto como a un chelo. En este caso, tal vez nos llegue menos la emoción por la consciente mediación cerebral que debe ponerse en marcha para interpretar las imágenes, pero aún así, es hermoso.

Pocas veces nos es dado mirar fascinados ante una pantalla con una historia donde hasta el nombre amour fou se queda corto. Y es que asistimos al amor sin límites de un lanzador de cuchillos por la bella Nanon, la hija del dueño del circo (interpretado por una jovencísima y no menos hermosa Joan Crawford). Hasta aquí todo normal, puesto que hemos visto otras historias de amor ambientadas en el circo, en Freaks (1931), sin ir más lejos, del mismo director que ésta, con una atmósfera no menos enfermiza y con un ambiente claustrofóbico, por cierto. Pero el es un delincuente que se refugia en el circo para no ser atrapado por la policía, y para ello se hace pasar por manco, de tal manera que dispara con un rifle y lanza los cuchillos con los pies en unos números de gran éxito de público, y que hace que todos conozcan al gran Alonzo the armless (curiosamente, la obra se sitúa en el viejo Madrid). Ahora bien, ella odia que la toquen con las manos, lo que le hace rechazar a su principal pretendiente, Malabar, el forzudo. Alonzo, sabedor de ello y amador como pocos, se hace cortar los brazos para que ella lo ame. No se puede calibrar la decepción, el disgusto, la ira que le hierve en sus adentros cuando, tras ese sacrificio supremo, descubre que la gitana se ha enamorado de Malabar, de quien no parece molestarle ahora lo más mínimo sus abrazos y caricias. Como no podía ser de otra manera, el final no puede estar más alejado del típico happy ending, por más que, como ya ha pasado en otras ocasiones, algunas copias de esta película colocaron un falso final feliz, que atentaba contra todo lo que era el espíritu y la letra de la maravillosa Garras humanas (título un tanto absurdo para un original mucho más ajustado, como casi siempre suele serlo, The Unknown, 1927).

Las manos pueden ser, lo son de hecho, elementos fundamentales en el amor, por lo que suponen de roces, caricias, etc. Eso es lo que hace, como no podía se de otro modo, que los poetas las tengan tan presentes en sus versos. Y si de alguno podemos decir que esto es así en grado supremo, ese es el gran Pablo Neruda. Y lo prueba, entre otros muchos poemas, ese que lleva por título, precisamente, Tus manos:

Cuando tus manos salen,
Amor, hacia las mías,
Qué me traen volando?
Por qué se detuvieron
En mi boca, de pronto,
Por qué las reconozco
Como si entonces, antes,
Las hubiera tocado,
Como si antes de ser
hubieran recorrido
Mi frente, mi cintura? (…)
Los años de mi vida
Yo caminé buscándolas.
Subí las escaleras,
Crucé arrecifes,
Me llevaron los trenes,
Las aguas me trajeron,
Y en la piel de las uvas
Me pareció tocarte.
La madera de pronto
Me trajo tu contacto,
La almendra me anunciaba
Tu suavidad secreta,
Hasta que se cerraron
Tus manos en mi pecho
Y allí como dos alas
Terminaron su viaje.

DEL DOLOR
A través de las manos, no pocas veces, se pueden experimentar el sufrimiento. Pongámonos en la piel de Michael Corleone, en una escena que ya hemos comentado en este blog. En El padrino III, el patriarca de la familia Corleone, envejecido y atormentado por sus muchos y terribles crímenes –como reconoce el obispo que lo confiesa y que le asegura que no puede absolverlo de ellos -, decide traspasar su puesto en la familia a su sobrino. Pero lo que aquí nos interesa es la ópera en la que debuta como tenor su hijo. La representación es un rotundo triunfo, y a la salida, unos asesinos a sueldo intentan asesinar a Michael, con tan mala fortuna que matan a su hija. En la escalera del teatro, mientras todo a su alrededor es un caos y la banda sonora enmudece, Michael se cubre el rostro con sus manos y, cuando se las aparta su esposa, su cara expresa un gesto de dolor infinito que se completa con un aullido inaudible. No transcurrirán muchos minutos de film para que, como ya le sucedió a su padre, perezca en un jardín. Se cierra el ciclo y la trilogía más espléndida que nos ha dado el cine.
No obstante, el dolor puede ser más físico, si se me permite la expresión, como ya lo padecía el James Stewart que tantos papeles atormentados hizo en los westerns de Anthony Mann. En El hombre de Laramie, el jefe de sus enemigos y rival por motivos que no son del caso en este momento, le pega un tiro en su mano derecha para que no pueda tomar la venganza contra él. Algo parecido le pasa en Tierras lejanas, donde tendrá que valerse de su astucia y de su rifle para dar su merecido a los villanos, tras haber perdido su habilidad con el revólver en un tiroteo a traición a manos de estos.

En ocasiones, el dolor es la plasmación de algún tipo de castigo por muy diferentes razones. Ilustrativo es el caso de Eddie Felson, el genial jugador de billar de El buscavidas (Robert Rossen, 1961), que al querer estafar a unos palurdos en la mesa de billar, haciendo como que es un novato, descubren que se trata de un verdadero profesional. Descubrirlo y querer hacérselo pagar es todo uno, y la forma contundente que tiene para ello es romperle los nudillos de su mano. Claro que hay quienes no necesitan que nadie se los rompa, como el adolescente Jim Stark, que en el inolvidable arranque de Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955), el sufrimiento que lo reconcome es más que suficiente para que, ante la propuesta de un policía de que si quiere pegar a alguien, puede hacerlo contra la mesa de la comisaría en la que se encuentran, empiece a dar terrible puñetazos contra ese mueble, hasta que ya no puede soportar el dolor. Puede darse el caso, sin embargo, de que se trate de respetar los códigos de la mafia, como es la yakuza japonesa, de manera que quienes incumplan sus leyes, tiene que cortarse un dedo, que es lo que hace Robert Mitchum en la película Yakuza, dirigida en 1974 por Sydney Pollack.

DEL MAL

No creo que muchos directores de cine se hayan propuesto la búsqueda de nuevas formas de matar, y lo hayan hecho con tanto éxito, como Alfred Hitchcock, lo que él mismo reconocía un tanto irónicamente. A lo largo de casi medio siglo de carrera cinematográfica, el director británico ensayó muchas formas de dar muerte a sus personajes, ciertamente, pero la verdad es que parece que cuando se encontraba más a gusto era cuando esos crímenes se podían resolver con las propias manos. Habría que remontarse como poco a 1927, con The lodger, y llegar hasta el temible estrangulador de Frenesí (1972), pasando por uno de los mejores, desde mi punto de vista, el ruin Bruno Anthony de Extraños en un tren (1951), que consigue ser fiel al espíritu de los asesinos de Patricia Highsmith, autora de la novela en la que está basada esta última obra. Verlo extasiado al estrangular a una mujer es verdaderamente estremecedor.

No es necesario estrangular con tus propias manos, claro está, para terminar con alguien, porque para eso está la magia negra, la invocación al demonio, el hipnotismo, y otros recursos más o menos pintorescos. O la posibilidad de trabajar para construir algún tipo de artefacto malvado, con los más diversos fines, malignos todos ellos, por supuesto. Y no todos esos villanos son tan evidentemente malencarados, de rostros patibularios y marcas más que evidentes en sus cuerpos. Y digo esto pensando en Peter Pan, ese mozuelo que se negó a crecer desde el momento en el que, a la vuelta a su casa después de un tiempo vagando feliz, descubrió asombrado que no sólo la ventana de la habitación estaba cerrada para él, sino que su madre había tenido un nuevo bebé. A lo que iba, la criatura creada por J. M Barrie cortó la mano al Capitán Garfio, como es sabido, en una de sus peleas, y no se lo ocurrió otra cosa que lanzar el trofeo al cocodrilo, que saboreó la mano como si de ambrosía se tratara y, como era de esperar, desde ese día el saurio no hace sino pensar en cuándo tendrá la oportunidad de volver a saborear la deliciosa carne del malvado pirata.

La prueba a la que es sometido Abraham es igualmente tremenda, cuando no duda en acatar las órdenes de Dios, que le pide que inmole a su único hijo, Isaac, a pesar de que lo habían concebido él y su mujer Sara cuando ambos eran ya muy mayores, y sólo la ayuda del Todopoderoso hizo posible ese nacimiento. Menos mal que, cuando ya el anciano está a punto de descargar el tajo mortal sobre el cuello de Isaac –en una imagen que ha plasmado maravillosamente, entre otros muchos, Rembrandt -, un ángel aparece y lo detiene, una vez comprobada la confianza ciega de Abraham en su Creador. Poco más o menos le sucede a Agamenón, el imponente caudillo heleno, a quien la diosa Ártemis le ordena sacrificar a su hija Ifigenia, para compensarla de sus agravios. En un principio, nada dice la mitología sobre el final de este asunto, de lo que hay que deducir que es realmente sacrificada, como le sucedería con seguridad a la hija de Jefté en el Antiguo Testamento. Con el tiempo, los sacrificios humanos tienden a desaparecer, de manera que son sustituidos por ofrendas de animales. Así, Eurípides presenta en sus dos tragedias sobre Ifigenia la aparición de la diosa, lo que evita el crimen, de manera que la víctima ofrecida a los dioses será un cervatillo, mientras que en el caso de Isaac es un cordero.

Conviene no olvidar una historia de la que se han rodado tres películas, muy diferentes entre sí, pero todas ellas con un punto de partida idéntico. Un pianista sufre un terrible accidente que le lleva a perder sus dos manos. Un cirujano le implanta las de un asesino y, desde ese momento, el músico cree poco menos que estar poseído por esos apéndices y que le obligan a cometer asesinatos. La primera de ella la dirigió uno de los maestro del expresionismo alemán, Robert Weine en 1924 y se tituló Las manos de Orlac. Once años después realiza su versión Karl Freund, con el título de Mad love, y aquí tenemos la variante de que el doctor que ha efectuado la operación está enamorado de la esposa del pianista, lo que añade un nudo dramática suplementario a la trama principal. La versión de 1961 es, desgraciadamente, tanto por su dirección como por su protagonista, perfectamente olvidable, sobre todo al compararla con las dos excelentes obras que la precedieron.

Hablábamos unas líneas arriba de hipnotismo, y de la misma manera que podemos aducir ejemplos de ello en no pocas películas y libros, no quiero dejar pasar esta oportunidad de poner un ejemplo en clave cómica. No de otra forma se puede entender la sesión de hipnotismo a la que somete en un espectáculo de variedades un medio mago medio charlatán, a un despistado Woody Allen, en La maldición del escorpión de jade (2001), lo que le lleva a robar una serie de joyas para el susodicho hipnotizador. El método es el sobradamente conocido: mano que sostiene una bolita que oscila, voz meliflua que va dando instrucciones y, zas, persona sometida a su voluntad. Ni que decir tiene que los momentos humorísticos abundan con un punto de partida semejante.

PRUEBAS Y RECONCIMIENTOS

En muchas ocasiones, el dar la mano a alguien no sólo es prueba de amistad, de saludo, sino también de compromiso, sea éste amoroso, de fidelidad a una causa, etcétera. En el primer acto de una de las más hermosa óperas de G. F. Haendel, y por ende de la historia del género, Ariodante (1735), al noble héroe que protagoniza la obra le ofrece su mano como prueba de fe la princesa Ginebra, él y la toma y ambos entonan una de los duetos que aparecen en esta ópera:

Prendi da questa mano,
Il pegno di mia fé.
Del fato più inumano
Il barbaro rigore,
Mai così bell´ardore
Estinguer possa in me.

El rey entra en esos momentos y toma la mano de su hija y la de Ariodante, caballero que sabe fiel y valiente, y les dice que no se preocupen porque él acepta la promesa de fidelidad y el futuro compromiso matrimonial entre ellos. Por supuesto, durante la trama los amantes tendrán que superar todo tipos de inconvenientes, engaños y traiciones, pero al final, como no podía ser de otra manera, el Amor triunfa y la pareja acaba felizmente unida para siempre.

Lo de ofrecerse las manos como prueba que sella un compromiso matrimonial o cuando menos amoroso, es algo repetido una y otra vez en los ambientes caballerescos, y si no, que se lo pregunte a Tirante el Blanco y a su dama, a Romeo y Julieta, a Amadís de Gaula (sobre quien compuso otra obra maestra Haendel, por cierto) y tantos y tantos otros amantes. De hecho, si consideramos un momento los ritos que acompañan la ceremonia del matrimonio católico, veremos que también los novios unen en un momento dado sus manos, además de ponerse mutuamente los anillos y ofrecerse las arras, y todo ello sin necesidad de tener sangre azul, como es obvio.

No es lo que diríamos una prueba, sino un reconocimiento, lo que hacían los padres romanos al nacer sus hijos, me refiero a los patricios, no a las familias no acomodadas, por descontado, que reconocían a sus hijos levantándolos sobre su cabeza en presencia de testigos tan nobles como ellos. Este acto es conocido, lo sé, pero lo recalco por el uso dramático que luego los escritores y cineastas van a hacer de él. Pongo un único ejemplo: en Antonio y Cleopatra, Shakespeare hace que el primero reconozca al hijo que han tenido ambos con el rito que acabo de referir. Y lo repite Joseph L. Mankiewicz al rodar Cleopatra. ¿Por qué es tan importante aquí? Pues lo es porque con ese acto se gana la ira de los romanos y la no menos peligrosa de Julio César, que sumado a los celos por estar él también enamorado de la reina egipcia, llevará al penoso desenlace de los dos amantes.

ORA ET LABORA

Un impresionante pastor llamado Harry Powell–imitado, parodiado, nunca superado, ¡qué grande Mitchum!–, lleva en sus manos tatuadas dos palabras, AMOR y ODIO; lástima que sus hechos se encaminen más por la segunda que por la primera. El hombre que tendría que ser modelo de su comunidad respira avaricia por todos lo poros de su piel, hasta el punto que su codicia lo lleva a casarse con la viuda de su compañero de celda en la cárcel, por quien sabe que los diez mil dólares que robó siguen ocultos en su granja, ya que se lo confiesa antes de morir en la horca por su delito. Pero eso es sólo el primer paso: asesina a su esposa, en una imagen cuyo decorado se muestra como decorado, curiosamente, pero más asombroso aún es la que sigue a continuación: la mujer sujeta en el coche bajo las aguas de un ¿río, lago, mar?, que mueven pausadamente su cabello. No contento con ello, está dispuesto a matar a sus dos hijastros, y sólo la intervención de la anciana Lilian Gish (maravillosa como lo estaba en las dos obras citadas de Griffith) lo impedirá. Fue la única película que pudo rodar en su vida el actor Charles Laughton -que fue en su momento un fracaso de taquilla -, para decepción de quienes admiramos esa obra magistral (La noche del cazador, 1955).

Y si de oraciones hablamos, y del gesto de las manos en actitud de rezar, nada nos es más fácil que pensar en esas manos orantes del cuadro de Albert Durero, que consiste únicamente en dos manos; no necesita nada más el genial pintor alemán para hacernos sentir la concentración, el silencio, la piedad de la oración del fiel para con Dios. En el otro extremo de la relación del hombre con la divinidad, el lujurioso y genial cromatismo del Miguel Ángel en los techos de la Capilla Sextina, con el momento en el que el dedo índice de Adán está a punto de tocar la mano del Todopoderoso. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta que esa imagen es la que inspira un momento famoso de la historia del cine, a saber, las manos de Elliott y de su amigo el extraterrestre en la popularísima película de Steven Spielberg.





¿No son las manos el principal instrumento para el trabajo del hombre? Desde los
tiempos en los que el ser humano comienza a elaborar sus primero útiles, hasta toda la parafernalia tecnológica que a veces nos abruma sobremanera, las manos están en el centro del trabajo. Ello es visible de manera espléndida en algunas de las fotos de Lewis Hine, el gran fotógrafo que, por un lado, testimonió el trabajo infantil para que fuera prohibido por las leyes de su país, y, por otro, fue el testigo no sólo de innumerables trabajos a lo largo de los EE. UU., sino también de la construcción del Empire State Building, en un trabajo documental justamente famoso. Y también en la mano poderosa, creadora de obras de arte, del escultor Brancusi, fotografiada por Wayne Miller.



Para el trabajo, para la oración, para el crimen y para reconocer a los hijos, también como elemento de compromiso matrimonial, de palabra de fidelidad, con las que llorar por los amigos o los hijos muertos, con las que acoger al amante o al hermano que regresa al hogar, testigos del odio o de la amistad, todos los sentimientos y todas las relaciones humanas posibles caben en unas manos. Incluso para escribir y dejar que leas estas líneas que ahora terminan.

                                                                          José María García Pérez

jueves, 16 de febrero de 2012

EL PODER DE LA PALABRA



                                                     EL PODER DE LA PALABRA

                                                                                                 
Tras recibir una raquítica herencia, dos hermanos emprenden caminos muy distintos en sus vidas. El uno se casa con una mujer rica mientras el otro lo hace con la hija de un leñador, puesto que ese es su oficio y ha adquirido un cierto prestigio en el mismo. Con el tiempo ha ido comprando hasta tres burros y en ellos lleva la leña que va recogiendo. Pues bien, un día escucha en el bosque el ruido tremendo que hace un nutrido grupo de jinetes, nada menos que cuarenta, y espanta a sus borricos para esconderse después él mismo en la copa de un árbol. Desde su privilegiada posición es testigo de un hecho insólito: el cabecilla de los jinetes se dirige hacia un pared rocosa y al grito de “Ábrete sésamo” una tremenda roca se mueve para dar paso a una gran gruta en la que los bandoleros –que eso es lo que son ese grupo a caballo- guardan el botín de sus fechorías. El resto de la historia es más que conocido, y lo narra espléndidamente a lo largo de varias noches la inolvidable Sherezade.

Espíritus prosaicos ha habido que se han preguntado cómo era posible que la piedra se abriera solamente por la simple fórmula de los bandidos. Pero, ¿acaso tiene también tiene que justificarse lo que ocurre en el interior de un relato? ¿No basta con creer en el formidable poder de la palabra? Podríamos recordar las palabras con la que empieza La Biblia, toda una declaración de principios: “En el principio existía la palabra” Y el no menos impresionante momento en el que Dios va dando nombre a todos los animales a los que va creando (en una acción recogida en una famosa canción de Bob Dylan, todo sea dicho de paso). En otra escena memorable de ese mismo libro, Jesucristo acude a visitar a uno de sus amigos –siempre me ha llamado la atención que no se menciona casi nunca a los amigos del protagonista del Nuevo Testamento-, un tal Lázaro, pero se encuentra con la desagradable sorpresa de que su amigo ha muerto y ya ha sido sepultado. Con el dolor que podemos fácilmente imaginarnos, Jesús se acerca a la tumba y dice unas palabras que nos conmoverán para siempre: “Lázaro, levántate”. Y el difunto obedece, levantándose y yendo con su amigo.

No vamos a poner más ejemplos de la potencia creadora o milagrosa de la palabra divina, porque se da por hecho que los dioses siempre han gozado de ese tipo de prerrogativas. No obstante, no estará de más darnos un paseo por las múltiples posibilidades que tienen todo tipo de artes para evidenciar la creencia común entre los seres humanos del poder maravilloso que tiene la palabra, en sus más variadas expresiones. Empecemos, por ejemplo, por Robinson Crusoe. El más famoso náufrago de la historia afronta un casi interminable para él rosario de años en soledad, hasta la aparición de Viernes, el nativo de aquellas islas que se convertiría en su amigo con el tiempo. Pues bien, ningún lector de la novela de Daniel Defoe olvidará el instante en el que su intrépido protagonista anhela fervientemente el tener compañía, el poder hablar con un semejante, pues se ha dado cuenta de que un ser humano no lo es plenamente si no tiene alguien con quien conversar, intercambiar sus opiniones, incluso con el que discutir. En otras palabras, en la soledad es imposible realizarse de manera plena como persona. No muy distinto es lo que siente en su corazón otro no menos célebre personaje literario, Robert Walton, con cuyas palabras arranca nada menos que Frankenstein o el moderno Prometeo, la novela que ha hecho inmortal a Mary Shelley. En ellas se lamenta como lo hacía Crusoe del dolor de no tener un alma hermana con la que compartir experiencias, amores, penas y hasta poemas. No en vano se trata de una novela de profundo aliento romántico, y ese siempre fue un ansia de ese movimiento, como lo prueban las hermosas cartas de John Keats.

PERSUASIÓN

Pero la palabra también tiene un innegable poder persuasivo. En Elmer Gantry (llamada en España El fuego y la palabra), la película que Richard Brooks dirigió en 1960, el predicador que da nombre al film arrastra con su verbo a quienes lo escuchan; es más, consigue de ellos que se hagan fieles de la iglesia de la que es pastor. Lo que ocurre es que, en realidad, Elmer es un marrullero que ha visto la oportunidad de hacer dinero fácil haciéndose predicador. Pero tiene el problema de que un periodista le sigue de cerca para desenmascararlo, y una mujer con la que tuvo relaciones en el pasado viene para enturbiar su presente. Y el mayor de todos: el hombre que predica la castidad, el amor a Dios y otras tantas virtudes, cae arrebatado por la pasión que siente por una de sus feligresas, encarnada por Jean Simmons. Y desde el momento en el que se sabe esa “caída”, quienes lo respetaban y lo tenían por un verdadero hombre de Dios, dejan de creen en su palabra.

Persuasiva es igualmente la oratoria de alguien tan siniestro como Adolf Hitler. No cabe duda de que el poder de su discurso era tremendo, con una capacidad de convencer a las masas increíble, como lo han testimoniado no pocos de los testigos que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial. Sus estudiadas poses, tan ensayadas por otra parte, y la particular iluminación que lo engrandecía resultaban impresionantes, como lo demuestran esas dos muestras magistrales del cine documental que son El triunfo de la voluntad (1934) y Olimpia (documental en dos partes en el que se narran las Olimpiadas de Berlín en 1936, ambas dirigidas por Leni Riefenstahl). Pero en una época donde la radio era la gran protagonista de los medios de comunicación, donde realmente podía seducir a sus oyentes era a través de las ondas. ¡Y vaya si lo hizo! Y ya no digamos en aquellos discursos que tanto dolor iban a causar en el futuro a millones de personas.

Y si alguien dudase del poder de ese medio, que piense en lo que iba a hacer no mucho después un joven llamado Orson Welles con su emisión de La guerra de los mundos (1938), adaptando la novela de H. G. Wells. El prodigio que ya era entonces el futuro director de algunas obras magistrales del séptimo arte adaptó la obra del británico y la presentó a su audiencia como si de un informativo se tratara. Pese a que se advirtió del carácter ficticio de la emisión, el caos se desató entre miles de personas a lo largo de todos los Estados Unidos, presa del pánico al estar firmemente convencidos de que se estaba produciendo una invasión marciana en su país. A tal punto llegó la situación que la emisora recibió cientos de llamadas para enterarse de lo que ocurría y llegó un momento en que las fuerzas de seguridad tuvieron que pedir a la CBS que reiterasen que sólo se trataba de una obra de ficción. Nada tiene de extraño que uno de los mejores intérpretes de William Shakespeare conociera el poder de la palabra de un modo tan profundo. Y es que si hay un dramaturgo que pueda ejemplificar de manera sublime el tema de que estamos hablando ese hombre es William Shakespeare. En una de las más merecidamente célebres escenas de la historia del teatro, un grupo de senadores romanos apuñalan a Julio César en las escaleras del Senado. Y lo hacen amparándose en unas razones que el pueblo aprueba. Pues bien, Antonio se acerca al cadáver del que había sido el hombre más poderoso del imperio y, en una obra maestra de la oratoria, va engarzando un discurso que no sólo logra que el pueblo ponga en duda las supuestas razones ineludibles de ese crimen, sino que además consigue que ese mismo pueblo se convierta en populacho al convencerles de que se trata de una maniobra que sólo busca satisfacer la ambición de los asesinos y que, en consecuencia, todos ellos merecen así mismo la muerte de una manera no menos terrible a la que ha acabado con el tirano. Y ni que decir tiene que, en efecto, en el resto de la obra seremos testigos del triste fin de aquellos que únicamente buscaban acabar con las ambiciones del general de los ejércitos que ansiaba ser el supremo caudillo de la imperial Roma.

PALABRAS TERAPÉUTICAS

En ocasiones, lo importante no es tanto el discurso que se pretende ofrecer, sino el hecho mismo de ser capaz de poderlo expresar. Ese es el núcleo de una película reciente titulada El discurso del rey (Tom Hooper, 2010), en la que, a partir de una historia real, somos espectadores de cómo el futuro rey de Inglaterra ha de sobreponerse a su tartamudez, que tantas situaciones embarazosas le ha hecho pasar. Al final, y gracias a la constancia de su esposa y sobre todo al talento de un extravagante profesor, el ya nombrado rey de Inglaterra por la renuncia al trono de su hermano mayor, es capaz de leer un discurso en el que se jugaba toda su credibilidad como soberano, puesto que nada menos que iba a anunciar a su país que entraban en guerra con la Alemania nazi y que no cesarían en su empeño de defender la democracia allí donde quiera que ésta se encuentre amenazada.

Sin embargo, a veces las razones no son las de un gobernante o de alguien sobre el que recaiga algún tipo de poder reconocido; no, son simplemente las de un hombre que ha sufrido y ha encontrado la paz. Harry Dean Stanton, en el mejor papel sin duda de su carrera, es un hombre al que vemos por primera vez atravesando un desierto, con la mirada perdida y la sensación de haber perdido todos sus referentes afectivos; tanto es así que incluso padece amnesia. A lo largo de Paris, Texas (Wim Wenders, 1984) ese hombre se niega a hablar, todo es dolor y sufrimiento en su mirada. No obstante, casi al final de la película, desde una cabina de peepshow en la que trabaja su mujer, ésta escucha con atención cuanto él va desgranando al hablar de todas los vaivenes de su existencia: el dolor por el abandono de la mujer que está al otro lado del cristal, el sufrimiento por la hijo de ambos, los años perdidos en una vida sin una razón por la que luchar, etc. Pocas veces el silencio de un personaje había sido más necesariamente roto al manifestar su pasado. Pocas veces las palabras fueron tan imprescindibles para restañar las heridas y poder afrontar un futuro más o menos esperanzador. Pocas veces un monólogo había sido tan hermoso y tan emotivo.


En cierto modo parecido a ese silencio, uno de los personajes de Brooklyn Follies (2005) de Paul Auster ha tenido una vida miserable, a pesar de su no mucha edad, pues se trata de una niña pequeña. También ella se ha enquistado en un silencio que sorprende a sus amigos y parientes y que, además, le impide ser ayudada. Al contrario que su madre, que no para de hablar, Lucy tendrá que transcurrir mucho tiempo antes de que se vea preparada para, en una larga confesión a su tío Nathan, relatar pormenorizadamente, las miserias y las desdichas de toda una vida. Ese será el arranque, como hemos visto en los casos anteriores, para enmendar los errores del pasado y enfrentarse al porvenir con ilusión, con esperanza y con la posibilidad de rehacer una vida hecha jirones.

En otra película reciente, una mujer de mediana edad vive una apasionada relación con un adolescente al que ha curado de su enfermedad, cuando regresaba del colegio. Lo entrañable es que ella le hace leerle a su amante libros y más libros, y ahí es nada: Homero, Shakespeare, Chéjov… Pasado un tiempo ella desaparece y sólo volverá a verla en un tribunal que juzga a colaboradoras del régimen nazi. Lo más llamativo del caso es que, conforme avanza el juicio, él –ahora un estudiante de derecho- descubre que ella es inocente de los cargos que le imputan, por la sencilla razón de que no sabe leer ni escribir. Pero también descubre, no menos fascinado, que ella está dispuesta a reconocerse culpable aunque sólo sea por el hecho de no pasar la vergüenza de confesar su analfabetismo en público. Es condenada a cadena perpetua, y unos años después, cuando nada espera de la vida ni de los seres humanos, comienza a recibir cintas con la lectura de los mismos libros que él leía para ella en la intimidad de su alcoba y de su desnudez. Y la ilusión vuelve a su vida. Aprende a escribir gracias a esas lecturas. Recupera la sonrisa. La vida vuelve a tener sentido. Hasta que llega el perdón y va a ser excarcelada. El abogado se presenta allí pero de él no recibe ni una palabra, ni un gesto, ni una mirada compasiva. Al irse él, ella se cuelga en su celda. El poder de las palabras para devolver la esperanza es inmenso. La indeferencia del ser humano, sin embargo, es mayor (El lector, Stephen Daldry, 2008).

En la segunda parte de la autobiografía de Roald Dahl, titulada Going solo, se nos narra las múltiples vicisitudes por la que pasó en su juventud. Por si fuera poco estar a miles de millas de su hogar, en el este de África, primero trabaja para Shell, y allí le va a pasar de todo. Pero es que además poco después se declara la Segunda Guerra Mundial, y no duda ni un instante en unirse a la fuerza área británica (la R. A. F., dicho en tres letras). Curiosamente, una de los elementos más llamativos de este libro es que incluye también una serie de mapas de las zonas por la que va pasando y unas cuantas cartas que Dahl iba escribiendo a su madre. En ellas, y a pesar de la presumible censura militar, que el propio escritor anuncia, se va informando a la madre de cuanto le ocurre en sus mil y una peripecias (tiene un accidente terrible en un vuelo de aprendizaje, derriba un avión alemán en su primera salida digamos como profesional, etcétera). Al final, le dan una especie de certificado de invalidez para volar y regresa a Londres. Y quien había sido una ausencia durante casi doscientas páginas pasa a ser el personaje relevante del final. A base de llamadas y de preguntar, averigua dónde vive su madre, la telefonea, en un momento emocionante, pues durante unos segundos ella no puede creer que quien la llame sea el hijo al que no ha visto desde hace tres años, cuando se fue con poco más de veinte años. Pero ahora las palabras escritas han dado paso a las palabra habladas y, en la última página, asistimos al encuentro de miradas que ambos se echan al bajar él del taxi que lo llevaba y la madre que espera en la puerta desde seguro que mucho tiempo antes de que se oyera el motor del automóvil. Fin.

Terapéutica tal vez no, pero qué fascinante es el efecto que producía las lecturas de sus obras en sus viajes a los Estados Unidos Charles Dickens, de quien se conmemora los doscientos años de su nacimiento. La gente no sólo se apiñaba en el puesto de Nueva York para recibir las continuaciones de sus cuentos y novelas –estamos en el apogeo de la novela por entregas y de los folletines -, sino que también abarrotaba los teatros cuando el escritor británico acudía a ellos para realizar lecturas públicas, en un tiempo en el que ni había micrófonos, ni sistemas de megafonía ni mucho menos radio que pudiera transmitir aquella fascinación. Casi un siglo después, en 1959 viaja a ese mismo país Isak Dinesen con el mismo fin. Y de nuevo se produce el milagro de la comunicación a través de la palabra, esta vez con alguien que ya había experimentado cierto éxito en su Dinamarca natal casi diez años antes a través de la radio, precisamente. Imaginar a aquella menuda mujer, con su extravagante forma de vestir, con sus menos de cuarenta kilos (por una operación de estómago y de espina unos años atrás), seduciendo a un pueblo boquiabierto es una de esas experiencias que no pueden menos que ser irrepetibles y que, de una forma más intensa, reflejan lo que venimos llamando el poder de la palabra.

A caballo entre lo terapéutico y lo fascinante se encuentra el caso que aparece en la novela de Paul Auster citada, y que él denomina “la muñeca de Kafka”. Ignoro si la historia es verídica, pero eso da lo mismo, porque se trata de un relato maravilloso, y que de ser real subiría aún más la estatura humana del escritor austriaco. Parece ser que en los últimos seis meses de su vida se fue a vivir con su novia y un día, paseando por el parque, ambos se encuentran con una niña llorando a lágrima viva. Se acercan y le preguntan la razón de semejante desconsuelo. Y no es otra que la niña ha perdido a su muñeca favorita. No, no la has perdido, porque me la he encontrado y me ha dicho que tenía que irse y que te ha dejado una carta, viene a decirle Kafka. La pequeña no puede sino desconfiar del hombre y le pide que se la dé. Él se excusa diciendo que se le ha olvidado en casa pero que mañana sin falta se la trae. Esa misma tarde la escribe, y lo mismo hará durante las siguientes tardes. La novia lo ve con el mismo afán y entusiasmo que dedica a la hora de crear sus cuentos. Cada día van al parque y allí le van leyendo las sucesivas cartas a la niña, en las que la muñeca confiesa que necesitaba cambiar de aires, conocer a gente nueva, etc. Poco a poco le revela que ha conocido a alguien y que se va a casar con él, que tendrá que irse muy lejos y que nunca la olvidará y siempre seguirá siendo su mejor amiga. Naturalmente, para entonces la niña ya ha superado su pena y no puede sino alegrarse del horizonte esperanzador que se abre ante su amiga, y viene a concluir Paul Auster que cuando estás metido de lleno en una ficción, todo lo demás simplemente desaparece.
ENTRE MONOS

Un hombre no sabe hablar, aunque ha aprendido a leer - no entremos en los terrenos de la lógica, sólo en los de la verosimilitud del relato- merced a los libros ilustrados que hay en la cabaña de sus padres (ni siquiera sabe que son sus padres). Se ha criado con los monos, y la mayoría de éstos lo consideran como uno de los suyos. Y como si fuera un personaje de folletín, ha visto perecer a su madre mona en los colmillos de un león. Muy al final del relato, viaja a los Estados Unidos para buscar a la mujer de la que se enamoró en la profunda jungla africana, y lo hace bajo el aspecto de un auténtico dandy británico. Y cuando la encuentra le confiesa sus sentimientos, para asombro de la joven, que nunca consideró la posibilidad de oír palabras en la boca del apuesto lord Greystoke. Lo que no deja de llamar la atención es el hecho de que quien le ha enseñado a hablar es un inglés que considera que es de buen tono hablar francés, de manera que el joven se las ve y se las desea para que la destinataria de su amor entienda cada palabra de las que va pronunciando, dado que su lengua es una especie de rara mezcolanza entre el inglés y el francés. Eso sí, al final el joven renuncia al amor de la chica porque comprende que eso es lo mejor para ella. Y así es como acaba la primera entrega de Tarzán de los monos (del que este años se celebra el primer centenario de su aparición para el público en una revista, y que en forma de libro lo haría en 1914), cuando Edgar Rice Borroughs ni siquiera podía sospechar que acababa de crear uno de los arquetipos más populares del siglo XX y al que iba a escribir numerosas continuaciones, haciéndose rico por el camino, todo sea dicho de paso.

En un planeta desconocido otro hombre tiene problemas para comunicarse, porque ha perdido temporalmente el habla. Sorprendido por encontrarse a otros seres humanos que huyen de los monos, que son los verdaderos dueños del territorio y que tienen sometidos a aquellos a la esclavitud, no entiende cómo es posible que en ese lugar todo parezca estar al revés que en la Tierra. Intenta comunicarse haciendo señales en la arena, pero uno de los simios las borra. Hasta que llega el momento de recuperar su facultad de hablar y lo primero que hace es insultar a los simios –y es que las palabras también pueden servir para la rebelión contra la injusticia -, con la natural incredulidad por parte de éstos al ver a un hombre enfrentándose a ellos. El desenlace es conocido: en su huida de aquel lugar donde su libertad y su vida peligra por el mero hecho de ser un humano, llega a una playa y ve medio oculta los restos de la Estatua de la Libertad, de manera que se da cuenta que ha vuelto a su planeta y que éste se ha convertido en una pesadilla (El planeta de los simios, Franklin Schaffner, 1968).

Acaso no tan famoso como los monos de las dos obras anteriores, pero digno de figurar con honores entre las obras maestra de la literatura, Un informe para una academia es una de las más sublimes creaciones, en mi opinión, de Franz Kafka. En esas pocas páginas (que digamos entre paréntesis llevó a escena en el teatro de la Abadía nada menos que José Luis Gómez) se plantea un hecho realmente singular: un mono expone ante los miembros de una academia su evolución desde su estado primitivo hasta el que le ha llevado a ser como un ciudadano europeo más. Lo singular del caso podría ser ese adiestramiento y la perfección alcanzada por el primate en su comportamiento humano, sin embargo, y como no podía ser menos viniendo de Kafka, lo relevante en un caso como éste es el hecho de que en la palabras del protagonista se adivina un dolor, una profunda insatisfacción, una búsqueda de la felicidad condenada al fracaso de antemano, en otras palabras, no es que se haya convertido en un europeo más, es que se ha metamorfoseado en una suerte de paradigma de la inteligencia, a medio camino entre la serenidad y la insatisfacción, entre el poder contemplar al resto de la humanidad y no ser capaz de mejorarla.

NOMBRES

Entre los inuit existe la costumbre de poner a los recién nacidos dos nombres, el primero se susurra al oído del bebé, y es el que llevará entre los suyos, y que nadie más conoce, pues consideran que si lo supieran estarían a merced de las maledicencias y de las posibles acciones negativas (como aquí el mal de ojo, en el que se creía hasta hace no tantos años). El segundo sería aquel con el que va ser conocido por el resto de la comunidad. Por otra parte, en el mundo antiguo se tenía muy en cuenta el nombre de las personas, sobre todo de cara a dar determinados explicaciones de cómo iba a ser su vida en el futuro –claro que se hacía, en realidad, cuando todo ello formaba parte del pasado-. Pues bien, pensemos sólo en dos de los más importantes caudillos de la historia de la humanidad. Uno de ello es famoso como Gengis Khan, aunque su verdadero nombre es Timuyin, es decir,”el acero más fino” en chino y “hombre supremo en la tierra” en mongol; adecuado nombre, pues, para quien conquistó más tierras que nadie antes ni después en el mundo. Por su parte, y siguiendo el adagio latino “nomen omen”, o lo que es lo mismo, “el nombre es el destino”, Alejandro significa en griego “el salvador de hombres” y la verdad es que no puede ser más apropiado para el joven que conoceríamos después con el nombre de Alejandro Magno y que conquistó un territorio en el siglo III antes de Cristo como no se había visto antes y sólo se vería después precisamente con Gengis Khan.

Pero el nombre no sólo está reservado para los grandes héroes, en absoluto. De hecho, a mediados de 2008 nos enteramos por la prensa de la cantidad de esfuerzo que había costado a una pareja mejicana poder inscribir a su hija con el nombre que ellos deseaban. El nombre en cuestión era Doni_Zänä, para una niña hñañú. Después de ir de registro civil en registro civil y de contar a su favor con plataformas nacionales e internacionales, por fin se hizo realidad el deseo de sus progenitores. El nombre significa nada menos que “Luz de Luna” –bellísimo, ciertamente- , y es muy apropiado a esa niña no sólo porque naciera el 1 de noviembre sino porque sus padres se dedican a vender flores para el día de los difuntos, con lo cual todo cuadraba. Por si eso no fuera bastante, sin los signos que podían extrañarnos tanto el nombre pasaba a significar algo tan feo como “Piedra que Muerde”, que ningún padre desde luego quisiera para su hija. Por otra parte tengamos en cuenta que el tener ya una personalidad jurídica, un nombre oficial le da acceso a los programas sociales y a acudir a la escuela; por no hablar de hecho de que se preserva de ese modo igualmente la lengua, las costumbres y la cultura de su pueblo, al que tiene tanto derecho como cualquiera. La razón con la que se encontraban los padres es que los ordenadores no admitían un nombre como ese, y ahí el tiempo y trabajo que costó lograrlo. Pero, a fin de cuentas, ¿quién programa esos aparatos? Están ahí para servirnos o para despojarnos de lo que es más nuestro, del nombre que nos identifica ante los demás y ante nosotros mismos.

Por su parte, el protagonista de La sonrisa etrusca (1985), de José Luis Sanpedro es un anciano que tiene que ir a vivir a casa de su hijo, a desgana por lo que supone abandonar su casa de siempre, renunciar a los amigos y al pueblo donde ha pasado su vida entera y, por si eso no fuera bastante, ha de mudarse a casa de su hijo, con cuya esposa no hace buena migas. No obstante, su ánimo cambia al conocer a su nieto, va haciendo amigos en la ciudad y, como remate de la buena vida que nunca esperó encontrar allí, se enamora de una mujer viuda como él. Poco a poco se va dando cuenta de que ha tenido una suerte de segunda oportunidad de disfrutar de la vida y, en su interior, ya sólo espera la primera palabra de su nieto (que se llama como él, detalle fundamental para lo que nos interesa aquí), puesto cree que una vez que le oiga llamarlo abuelo se podrá morir tranquilo, con la seguridad de que su vida ha tenido sentido y está más que colmada. Y, como si sus peticiones hubieran sido escuchadas, vive lo suficiente para poder escuchar a su nieto llamarlo, su nieto que es su fijación y el ser en el que, en último término, se prolonga su vida y la de su familia.

¿Acaso los nombres no pueden ser incluso un enigma, una propuesta mediante la cual alguien puede vivir o puede morir? Basándose en una vieja leyenda china, Puccini compuso su última ópera –desdichadamente incompleta- y se llamó Turandot. Hete aquí que la malvada princesa que porta ese nombre tiene que averiguar el nombre de un apuesto desconocido que, a su vez ha resuelto los tres enigmas que ella proponía a cuantos pretendían su mano, sembrando de jóvenes cadáveres su majestuoso palacio. Pues bien, cuando ha logrado saber ese nombre, poco antes del amanecer –ya se sabe que este tipo de pruebas siempre expiran al amanecer – ella misma se da cuenta de que también se ha enamorado de Calaf, y su odio contra el ser humano se transforma de modo mágico en pasión por el hombre que estaba dispuesto a sacrificar su vida por el amor que siente por la bella Turandot.

Y terminamos volviendo en parte a lo que decíamos al principio. No podemos dejar de mencionar en un texto que trata sobre el poder de la palabra una película que se titula precisamente La palabra (Ordet, Carl Theodor Dreyer, 1954). Esta obra magistral desde todos los puntos de vista, acaba con el más maravilloso y creíble de los milagros que ha dado el cine. Inger Morten ha muerto en el parto del que iba a ser su segundo hijo –ya tiene una simpática niña-. En el velatorio, todos están compungidos por tan tremenda pérdida, pues ella era amable con sus cuñados, cariñosa con el gruñón de su suegro y una esposa ideal para su marido. Pues bien, uno de sus cuñados, que ha enloquecido por la lectura del filósofo Kierkegaard (según su propio padre), pregunta a su sobrina si quiere que su madre no se vaya con Dios y que continúe con ella. La respuesta afirmativa de la pequeña le lleva a Johannes a elevar una plegaria a Dios para que, si así lo considera, haga que Inger vuelva a la vida. Y esas palabras poderosas y sencillas a la vez, aunque vistas como blasfemas por los presentes, son capaces de obrar el milagro: en un plano estremecedor de la madre en el ataúd, vemos cómo sus manos comienzan a moverse. El equilibrio se ha restablecido, Johannes ha recobrado la razón y los esposos se abrazan y funden en interminables besos mientras que sus últimas palabras resuenan en la pantalla sobre la palabra fin: “La vida, la vida”.


                                                                          José María García Pérez