miércoles, 11 de noviembre de 2009

ACORDES EN EL AVERNO

Habiendo llegado al Averno, Orfeo comienza a tañer su lira y se pone a cantar. No sólo va a lograr con su música que Plutón y Perséfone tengan compasión de él y consientan en que retorne junto a él al reino de los vivos su joven esposa Eurídice, recién fallecida – aunque, eso sí, con la condición de que no se vuelva a ver su rostro hasta que hayan abandonado el tenebrosos reino-, sino que mientras dura ese canto se detienen los tormentos sin fin que padecen algunos de los personajes mitológicos que allí se encuentra (Tántalo, Ixión, etc). Como es sabido, Orfeo será incapaz de cumplir el requisito exigido por los reyes del Hades y perderá para siempre a su mujer.

Este no es sino uno de los numerosos ejemplos del valor mágico, de las propiedades casi terapéuticas adjudicadas desde antiguo a la música – pensemos en el famoso castrado Farinelli en la corte española para aliviar la melancolía del rey Fernando VI -. Ahora bien, si la música sirve en ocasiones para que su ejecutante salve la vida ( Arión logra que un delfín lo lleve a tierra tras un naufragio ), vamos a ver como muchas otras veces aquélla se relaciona con la muerte, como, por ejemplo, y sin salirnos de la mitología grecolatina, ese es el fin que espera a los marineros que acompañan a Ulises a su regreso a Ítaca al oír el canto de la sirenas. Pero también es el caso de Marsias, el sátiro que toca la flauta de manera tan armoniosa que conmueve a los habitantes del bosque y que, en un acto de soberbia - la hybris que tan duramente era castigada por los dioses - desafía al dios Apolo a un duelo musical. Ni que decir tiene que éste vencerá y Marsias será desollado vivo como castigo.

Una leyenda andina nos narra la vida del joven Xicoténcatl, quien con dieciocho años es elegido para encarnar a Tetzcatlipoca, el dios de dioses y ser inmolado en su fiesta al cabo de un año. El adolescente aprende a modular la flauta, el tlaptisali, hecho de arcilla cocida, y se convertirá en un verdadero virtuoso, haciéndose además con un buen número de flautas. Ahora bien, transcurrido los doce meses, el sacerdote lo espera en el altar, y el joven va quebrando cada una de su flautas en cada escalón de la escalera del templo, hasta llegar al último, donde quiebra aquella primera tan querida un momento antes de que el sacerdote le saque su corazón y lo ofrezca a los dioses.
Una versión de El flautista de Hamelín dice que la ciudad le paga por llevarse las ratas, pero sobre todo para recuperar a sus hijos, puesto que él se los había llevado como rehenes al no querer abonarle los ciudadanos la paga prometida por el servicio que hace a la ciudad. Pues bien, son varias las versiones de este cuento que señalan que los ciudadanos no pagan y los niños o bien son encerrados en una cueva, o bien lanzados por un precipicio o simplemente se desconoce dónde se encuentran, que es tanto como decir en los cuentos tradicionales que ya no viven. Tal vez esos finales puedan parecer crueles, pero no lo es menos el fin que Perrault da a su Caperucita Roja, que termina cuando el lobo devora a la niña, tras haber dado buena cuenta de la abuela.

En el siglo XIX hay en varios autores de muy distintos países y culturas una querencia por los temas que nos ocupan. E.T.A.Hoffmann (El consejero Krepsler), A. Chéjov (El violín de Rotschild) y Leopoldo Alas, “Clarín” (Las dos cajas) construyen sus relatos en torno a una figura paterna que toca el violín y cuyo hijo muere. Esa asociación amor-muerte se da a lo largo de los textos, pero por si eso fuera poco, en dos de ellos el padre entierra al violín con el hijo muerto y el tercero (Chéjov) hace que todo el dolor de una vida sin consuelo sea traducido a música por el violín del anciano Yákov poco antes de su muerte, hasta tal punto que cada vez que se tocan esas notan cuantoas las oyen no pueden por menos que echarse a llorar. También podemos encontrar en El fantasma de la ópera, novela de Gaston Lerroux del XIX como los anteriores, una escena en la que su personaje principal acude a las ruinas de un monasterio y allí oye una hermosísima melodía de violín, tocada –según cree – por el difunto padre de su amada, que ha prometido velar por su hija incluso después de la muerte. Sin embargo, lo cierto es que el intérprete de tal emotiva música no es otro que el villano de la historia.

Evidentemente, el cine se ha ocupado, así mismo, de la relación entre la muerte y la música. Y un caso paradigmático lo tenemos en el final de La strada, la maravillosa película de Federico Fellini. Zampanó llora la muerte de Gelsomina, la joven que lo acompañaba por los pueblos en su espectáculo medio circense, medio teatral y quien había llegado a quererlo. Pero lo que importa aquí es que mientras tiene lugar esa escena junto al mar, suena la música que ella cantaba en la banda sonora – que además ha servido para que él supiera de su muerte por una mujer- , y el recuerdo del entrañable personaje desaparecido se mezcla en el corazón del espectador con la música que la acompañaba – en un verdadero leitmotiv - y con el dolor por esa pérdida que siente Zampanó, ahora más solo que nunca.

Pero veamos otras variantes de este tema. Un pianista alemán y judío no puede tocar un concierto en plena época nazi, bloqueado por algo que no sabe qué es... El lector descubrirá que, en realidad, es un muerto cuya alma atormentada no puede descansar (El concierto, Helmut Lange). Por su parte, Alfred Hitchcock utiliza un golpe de platillo como señal para cometer un asesinato, pues de ese modo se silenciará el sonido del disparo (El hombre que sabía demasiado, 1957). Y no está de más aludir al hecho de que una cuerda de guitarra es el objeto que sirve para estrangular a una persona en uno de los episodios de la serie televisiva C.S.I.

En un orden ya directamente antropológico, durante unas determinadas fechas del año, se reúnen varias tribus de Nueva Guinea y Papúa para rendir tributo a sus muertos. Estos “aparecen”, encarnados por varios nativos, con máscaras y con todo su cuerpo pintado de blanco a los ritmos que marcan los tambores. Los “muertos” danzan al son de esa música, recogen los alimentos que les ofrecen y desaparecen llevándoselos. De este modo, los vivos honran a sus antepasados, se ganan su favor en la vida cotidiana (buenas cosechas, clima favorable...) y no provocan su ira, que ocasionaría resultados muy perjudiciales.

Como vamos viendo, la música se asocia de una u otra forma a la muerte, y ello ya desde bien antiguo, como lo testimonia la Biblia al referirse a las trompetas del juicio final, que podemos ver representadas , por ejemplo, en la parte superior del retablo mayor de la catedral vieja de Salamanca. Allí, dos ángeles tocan sendas trompetas mientras las almas bondadosas son acogidas por Dios y las malvadas se meten en la gigantesca boca del Leviatán. En otras ocasiones, es una música coral la que se relaciona con la aparición de la divinidad, en lo que casi podíamos denominar “coros celestiales”, hasta tal punto ha devenido un tópico más. En efecto, recordemos los últimos momentos de vida de Suor Angelica, otra mujer pucciniana que opta por el suicidio, que en sus postreros instantes de vida ve a la Virgen mientras suenan los coros a los que aludimos. Esto mismo se dará hasta la náusea en el ámbito cinematográfico, tal y como se aprecia en las apariciones de Jesucristo en películas como Ben-Hur, Rey de Reyes y tantas otras.

Existen varias ilustraciones medievales en las que vemos a la Muerte llevándose a un ser humano tocando algún instrumento musical (el laúd, un tambor...), lo que no deja de ser una representación probablemente de alguna de las famosas danzas de la muerte, en las que se recreaba en forma teatral cómo aquella se llevaba a los vivos al más allá, lo que no deja de ser una forma de exorcizar el tema. Ahora bien, no todo encuentro con la muerte ha de ser penoso, como vamos a ver, sino que en ocasiones la aceptación de la misma se produce con gozo ante la esperanza de la vida eterna, como se dice en la hermosa cantata 153 de Johann Sebastián Bach : “ Parto en paz, parto con alegría porque así lo quiere Dios”.

Si hasta ahora veníamos hablando de héroes mitológicos, de divinidades o de seres humanos, sin embargo conviene no pasar por alto que en el mundo animal también tenemos ejemplos de la relación que venimos estudiando. Cómo olvidar el caso del cisne, al hermoso ave que según las creencias antiguas entonaba un bellísimo canto cuando sentía que iba a morir. Evidentemente eso no ocurre en la realidad, pero hay que reconocer que ese tema ha dado un gran rendimiento en el mundo de la pintura y de la literatura. ¿Y quién sabe si la muerte y posterior resurrección de sus cenizas del legendario ave fénix no tendrá también algo que ver con la música?.

Mas volvamos al mundo de los humanos y a una variante más: en el relato de Marcel Schwob La flauta, la tripulación de un barco pirata encuentra a un viejo tocando ese instrumento. Lo llamativo del caso es que al subirlo a su nave y ponerse a tocar, esa música hace que estos crueles asesinos – que acaban de saquear el barco del viejo y han dejado la cubierta sembrada de cadáveres – ven el pasado de esos muertos – clara incursión en lo fantástico – y también, curiosamente, el futuro que hubieran tenido de no mediar el infausto encuentro con los piratas. Al final, éstos lanzarán al mar al ciego y así acallarán su música y las visiones que producía, pero su corazón ya nunca volverá a ser el mismo.

Obviamente, por la propia naturaleza de los dos temas que estamos tratando, fácil es deducir que son un campo abonado para abordarse desde el terreno de la literatura fantástica, como acabamos de ver en Schwob. De ahí la razón de que nuestros dos últimos ejemplos se sitúen en ese género. En La música de Pan, Saki nos presenta a un típico matrimonio inglés de principios del siglo XX que se ha ido a vivir al campo y allí Sylvia, la esposa, va a morir por el ataque de un gran ciervo azuzado por la flauta del mismísimo dios Pan, colérico porque ella se llevó un racimo de uvas que le había sido ofrecido. Por su parte, Gustavo Adolfo Bécquer nos presenta en Maese Pedro el organista el caso de un órgano que sigue tocando milagrosamente tras haber muerto el músico que lo tocaba, que no es otro que el organista que da título al cuento.

En definitiva y para concluir, las relaciones entre la música y la muerte son más numerosas de lo que podría parecer, hasta el punto de que son detectables en un gran abanico de manifestaciones artísticas – pintura, música, literatura etc. - y no artísticas – el mundo animal, la antropología... -. Así las cosas no es de extrañar que, aparte de los ejemplos que llevamos señalados, puedan añadirse muchos más. Pero eso ya nos llevaría otro artículo completo y tan extenso como éste, y creo que con lo que llevamos dicho queda suficientemente probadas las conexiones que existen entre esos dos campos tan unidos al ser humano, y no era otro el objetivo principal de estas líneas.


                                                                                                José María García Pérez    
EL VIOLÍN Y LA MUERTE.
La historia de la literatura tiene felices coincidencias que, en ocasiones, generan azarosamente el encuentro en un periodo de tiempo breve de autores que tratan de un tema muy similar. Lógicamente, esto puede ser así por abordar un asunto lo bastante extendido en la sociedad en la que viven esos escritores, pongamos por caso el adulterio en la narrativa decimonónica. En otros casos, podemos hallar elementos comunes que aparecen en las obras de esos creadores y que tal vez obedezcan a tensiones latentes en esa sociedad. Buena muestra de ello sería el tema del doble, de la doble personalidad dividida entre el bien y el mal, como se aprecia en El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson, William Wilson, de E. A. Poe y El doble de F. Dostoievski.

Pero a veces las conexiones son más inexplicables, y ahí ya es difícil establecer relaciones entre los factores sociales, culturales o de otro tipo. Acaso debamos achacar esas similitudes al puro y simple azar, que ha querido que tres escritores del siglo XIX, pertenecientes a países y culturas muy diferentes entre sí, escribieran otros tantos cuentos en los que el protagonista, masculino en todos lo casos, toca el violín, bien por afición, bien por oficio. Sus vidas son verdaderos fracasos por muy distintas razones, pero hay un instante mágico en cada cuento en el que la belleza, la sensibilidad y el dolor que se expresa a través de la música del violín, produce la muerte de la cantante que acompaña la melodía, el llanto en los oyentes o, lo que es peor, la indiferencia del auditorio ante una música que traduce la desesperación y amargura de una vida sin consuelo.

Pero vayamos por partes. E.T.A. Hoffmann (1776-1822) fue un verdadero creador polifacético: caricaturista, pintor, abogado, escritor, músico, etc. También una figura señera en el Romanticismo alemán, por lo que nada tiene de extraño que despierte su atracción un personaje como El consejero Krespler, que así es como se llama el relato al que nos referimos. Indudablemente, el protagonista es una persona extraña que lleva una vida un tanto al margen de las conveniencias sociales y que sólo es visto de manera sospechosa cuando en su ciudad creen que tiene en su casa a una joven, poco menos que secuestrada, a la cual no permite cantar, pese a que lo hace maravillosamente.

No obstante, y como no podía ser de otro modo viniendo de un autor rabiosamente romántico, la realidad es muy diferente de lo que las apariencias dejan entrever. En efecto, Antonie, la joven que habita en la casa de Krespler es su única hija, prodigiosa cantante como ya lo fue también su madre. Un médico informa al padre de que ella no vivirá seis meses si continúa cantando. Él se lo comunica y ambos deciden renunciar a lo que más aman: él a tocar el violín y ella a cantar y a dejar a su joven enamorado, que es compositor, por más señas. Sin embargo, Krespler posee un violín inigualable que tocará en una ocasión animado por Antonie; ésta no podrá menos que acompañarlo cantando y en pleno éxtasis musical ella muere. El consejero, resignado y sufriente, enterrará a su hija en un ataúd y el violín la acompañará: puesto que ella no pudo vivir sin la música – simbolizada en ese violín portentoso -, justo es que ésta la acompañe en su último viaje.

El escritor ruso Antón Chejov, publica en 1894 El violín de Rothschild. Yakov es un humilde fabricante de ataúdes cuyo negocio no va nada bien. Para empeorar las cosas, su mujer, Marfa, enferma y en un plazo muy breve de tiempo muere. Aparentemente todo está bien: el enterramiento ha sido “sencillo, honesto y barato”, pero como es habitual en el escritor ruso (recordemos sus maravillosas obras de teatro como El jardín de los cerezos o La gaviota), esa ausencia será el detonante que provoca una reflexión sobre lo que ha sido su vida, y el resumen no puede ser más triste: no tuvo en cuenta para nada a su esposa, ni una caricia le dio después de cincuenta y dos años de matrimonio. Los recuerdos se agolpan en la mente de Yakov y la memoria le trae la imagen, al pasar junto a un sauce, de un hijo que murió siendo un niño y con el que cantaban Marfa y él, en un tiempo que tal vez fue feliz sin saberlo.

Yakov pertenece a una orquestilla de pueblo, en la que toca ocasionalmente el violín, y a la que también pertenece un chico judío llamado Rothschild, a quien ha estado insultando e increpando por su raza anteriormente. Viendo que se acerca su fin, le regala al chico judío su violín, con el que estaba tocando una preciosa y triste música. El joven tocará esa misma melodía allí donde va y no son pocos los empresarios y hombres ricos que lo contratan y le piden que toque esas mismas notas, incluso diez veces seguidas, y ello a pesar de que todos aquellos que la escuchan terminan por llorar, tal es la tristeza que provoca esa música, como si esa serie de acordes pudieran traducir a sentimiento el vacío y el dolor de una vida malgastada como fue la del fabricante de ataúdes.
                                                                                                                                      
Para terminar y ya en nuestro país, Leopoldo Alas “Clarín”, incluye en su libro de cuentos Pipá, publicado en 1886, el cuento que nos resta, titulado Las dos cajas. Al contrario que Krespler, Ventura Rodríguez - que así es como irónicamente se llama el protagonista – no es sólo un aficionado al violín, sino primeramente un niño prodigio que aspira con el tiempo a llegar a tocar lo que él denomina “música sencilla”, es decir, una música superior a la que componen y tocan sus contemporáneos. A pesar de esa aspiración, su matrimonio y el nacimiento de su hijo primero, y la venida de sus padres a vivir con la joven pareja después, hacen que nuestro hombre tenga que dar conciertos casi a destajo para sobrevivir, con el consiguiente disgusto y desazón por su parte.
Agotadas las posibilidades de conciertos en Madrid, Ventura, su mujer y su hijo viajan a provincias para ganarse el pan. Lo más doloroso del caso es que cuanto más zafios y terribles son sus oyentes tanto más se acerca a aquel ideal que soñaba anteriormente, aunque para entonces él ya no cree sino estar prostituyendo su arte. La vida de la pareja, por si esto fuera poco, se verá alterada cuando un teniente entra una noche en el café y se emociona con la música que el protagonista obtiene de su instrumento, a la vez que se irá enamorando de Carmen conforme van pasando las noches. Pasado un tiempo, Ventura descubrirá ese amor mientras toca y desesperado por ser además él quien con su música parece llevar el amor de la mesa de su esposa a la del teniente romperá estruendosamente su violín. Poco después su hijo fallece. Entonces Ventura envía a su mujer a casa de su suegra y él consigue depositar una caja con el violín roto junto a la caja que alberga el cuerpo de su hijo.

Aunque está claro que es una pura casualidad, no deja de ser curioso que tres figuras tan notables de la literatura coincidan a la hora de escoger como personaje principal de uno de sus cuentos a un violinista , y ello no deja de extraño (Conan Doyle también hizo de Sherlock Holmes un buen aficionado al violín, pero ello no lo emparenta con los tres relatos que nos ocupan ), sobre todo si tenemos en cuenta que en el siglo XIX el músico estrella que es casi idolatrado es el pianista, y si no recordemos los casos de Chopin o Liszt – en el siglo XX también otros colegas en esto de la literatura han escogido a pianistas como personajes de sus obras, tal como El concierto de Helmut Lange o El pianista del gueto de Varsovia, de Wladyslaw Szpilman, entre otros muchos -.

Obviamente, el tratamiento, las peripecias y el ambiente social en los que se desarrolla cada relato son muy diferentes: en uno prima el ambiente urbano, en otro el punto de vista es externo al personaje, en otro se desbroza un delicado dibujo psicológico del protagonista, etcétera; pero es apasionante comprobar que, en último término, en todos ellos late la descripción de una vida marcada – en mayor o menor medida – por la música, materializada aquí en un violín, y por la tragedia de la pérdida de un hijo, de ahí el título de estas líneas: El violín y la muerte.


                                                                                     José María García Pérez
DE HOMBRES Y MARES

Desde muy antiguo tenemos testimonios, reflejados tanto en las artes plásticas como en la literatura, de la íntima relación entre el hombre y el mar. Por remontarnos a un ilustre ejemplo, sobradamente significativo, basta pensar en uno de los libros no sólo más hermosos de la antigüedad, sino también de los que han tenido mayor repercusión en toda la historia: la Odisea homérica. Y tres muestras de su permanente influencia: el mosaico tunecino que representa a Ulises y las sirenas (siglo III d.C.), la última ópera de Claudio Monteverdi, Il ritorno d´ Ulises in patria (1641) y la audaz transposición cinematográfica de los hermanos Coen en O brother! ( 2000). En estas líneas repasaremos esa relación, haciendo calas especialmente en sus reflejos literarios, pero sin dejar de lado los ecos que resuenan en otras formas artísticas.

Si hubiera que destacar dos libros de la tradición clásica (por ser más próxima a nosotros, no porque otras culturas como la china o la escandinava no traten también este tema), por sus méritos literarios y, sobre todo, por la gran influencia que van a tener en los siglos venideros, no cabe duda que los títulos sería el largo poema homérica anterior y la Eneida de Virgilio. Los viajes de sus dos protagonistas, Ulises – u Odiseo, que este es su nombre griego – en su retorno a Ítaca tras la guerra de Troya, y Eneas huyendo de ese mismo enfrentamiento bélico en busca de una nueva patria, han supuesto referencias innumerables en obras posteriores, bien como modelo a la hora de desarrollar un viaje marino, bien en el carácter de los protagonistas, bien en episodios concretos: un ejemplo sería el perro que reconoce a Ulises a su regreso, antes de que nadie se percate de su identidad.

Es comprensible que fuera la novela griega, de la que conservamos pocas muestras, la que recogiera y codificara una serie de recursos que iban a ser explotados posteriormente una y otra vez. Lo prueban el que los autores aprovechen episodios como los naufragios, el ataque de los piratas, etc; episodios que además servirán para separar a padres e hijos o a la pareja principal, y que al final volverán a reencontrarse. Bien es cierto que no sólo en la novela griega hallaremos esto, sino también en la comedia nueva (siglos III a.C.) de Menandro y otros autores griegos se explotan este tipo de episodios.

UNA DE PIRATAS

Y ya que hablamos de piratas, detengámonos en ellos. Cuando se piensa en bucaneros o filibusteros, que son cosa distinta a los piratas, por más que se empleen como sinónimos, no suele venir a la mente precisamente la imagen de los que operaban en el mediterráneo en época romana o en el mundo medieval, con los consabidos enfrentamientos entre naves cristianas, árabes y bizantinas. Lo habitual es pensar en aquellos que el cine ha codificado, esto es, los que se dedicaban a saquear fortalezas y hundir galeones en el mar Caribe. El cisne negro o El halcón del mar son dos ejemplos en el ámbito cinematográfico. Y en lo literario, aunque es más propiamente lo que hoy llamaríamos reportaje periodístico, tendríamos el caso de Piratas de América, de Alexandre O. Exquemelin, una fuente preciosa de noticias de primera mano sobre varios de los bucaneros más famosos de esa época, puesto que su autor lo publicó en 1678, no mucho después de pasar varios años en el Caribe y de escuchar las historias a algunos de los testigos de las mismas. Nada tiene de sorprendente, en consecuencia, que su obra haya sido aprovechada y hasta plagiada por numerosos escritores posteriores, el más famosos de los cuales será sin duda Daniel Defoe.

No obstante, alguna de las muestras más sobresalientes de literatura piratil las encontraremos bien entrado el siglo XIX y en el XX. En efecto, Así lo ponen de manifiesto algunas famosas novelas de R.L. Stevenson o cuentos de Arthur Conan Doyle, el padre de Sherlock Holmes. Tampoco iban a desaprovechar ese campo autores que abordarán el género de manera muy dispar. Bram Stoker, el autor de Drácula, sitúa La empalizada roja en la lucha de un barco británico cuyo fin es destruir el refugio de unos pérfido piratas malayos. Por su parte, Lord Dunsany crea un capitán y una tripulación pirata para – en lo que ya supone un cierto distanciamiento irónico de las convenciones genéricas – situarlos en pleno desierto del Sáhara, barco incluido, por donde viajan gracias a unas ruedas, tirados por bueyes en ausencia de viento, sembrando el pánico y hasta luchando con tribus árabes, todo ello antes de regresar al mar nuevamente. Pero por si esto no fuera poco, en otro relato, ese capitán se casa con una princesa, y con su tripulación se retiran de su vida delictiva a una isla que se desplaza a voluntad, aunque de vez en cuando todavía asaltan algún barco cuando les invade la nostalgia de su vida anterior.

APRENDIZAJES Y OBSESIONES.

Uno de los leif-motifs recurrentes en los libros que tratan de hombre y mares es el del aprendizaje y posterior cambio en su conducta por parte de un personaje, generalmente el principal – encuadrables en las denominadas novelas de aprendizaje o “bildungsroman” – Sobradamente conocida es el caso de Capitanes intrépidos, la obra en la que Rudyard Kipling desarrolla la transformación de un niño rico, orgulloso e insolente en una buena persona, merced a su vida a bordo de un barco pesquero que lo ha salvado de morir ahogado en el mar. Punto de arranque similar es el que emplea Jack London en El lobo de mar, si bien aquí el protagonista es un intelectual bostoniano que aprenderá la dureza del trabajo manual, el respeto por los demás y, de paso, se enamorará de una escritora; todo ello con la permanente dialéctica (verbal y física) que tiene con el personaje más atractivo de la novela, el capitán Lobo Larsen. Casi sería un delito no citar a Joseph Conrad, marino gran parte de su vida y que sólo tras abandonar ese oficio empezó su fructífera carrera literaria (La línea de sombra sería un buen ejemplo).
Era inevitable que, al igual que ocurrió en el western en el ámbito cinematográfico, los libros que se desarrollan en el mar o con personas relacionadas con él fueran aprovechados por escritores para insertar en ellos sus particulares obsesiones. Sin ir más lejos, Huracán en Jamaica sirve para que Richard Hughes nos ofrezca una insólita y tremendamente perturbadora visión de la infancia, a la vez que dibuja a los piratas – en una auténtica vuelta de tuerca – como víctimas de los niños que se han colado en su barco sin aquello saberlo. No menos extraordinaria es la traducción cinematográfica que sobre ese texto realizó Alexander Mackendrick, titulada en España Viento en las velas.
William Hope Hogdson, por su parte, aprovecha varios de los más característicos elementos del género marinero (naufragios, naves abandonadas...) para llevar una serie de cuentos al terreno donde se mueve con más soltura – y que hasta entonces no había sido muy transitado - : el fantástico. Así, en una recopilación de relatos titulada Aguas profundas (muy pertinentemente acompañado del subtítulo “Seis relatos de horror”), Hodgson pone en escena una serie de historias muy inquietantes y que abren nuevos horizontes al género (siguiendo un tanto los caminos que había recorrido a su modo E. A. Poe en sus Aventuras de Arthur Gordon Pym), con unos resultados que iban a hacer las delicias nada menos que de H.P. Lovecraft.

EXPEDICIONES Y VIAJES CIENTÍFICOS.

Capítulo aparte merecen los libros que abordan las experiencias de sus autores en relación con sus viajes a través de los océanos. La descripción de Cristóbal Colón de sus cuatro viajes al Nuevo Mundo, que él siempre pensó ser las India Orientales, constituye un buen ejemplo de lo que podía dar de sí la mentalidad europea de finales del siglo XV cuando se enfrentaba a una realidad que no casaba con ninguno de sus parámetros cotidianos; de ahí que tanto Colón como otros que vinieron detrás traten de buscar en referentes europeos marcos de comparación sobre las que poder describir la realidad que tiene delante.
    
Los viajes en expediciones científicas, a su vez, constituirían una constante sobre todo en el siglo XVIII, el Siglo de la Ilustración a finde cuentas, desde gran cantidad de países europeos. Se trata de explorar, catalogar y traer muestras - vivas o dibujadas – de plantas, animales, etc. Ahí tenemos los viajes de Bufón, Prenafetta, el capitán Cook, etc. Bien famoso es el viaje de Charles Darwin, que durante cinco años navegó por todo el planeta a bordo del Beagle. Así pudo obtener información de primera mano para elaborar su revolucionaria teoría de la evolución. Testimonio de ese apasionante viaje es su estupendo Viaje de un naturalista alrededor del mundo, publicado en forma de libro en 1839.

DE LA ESCLAVITUD A NUESTROS DÍAS.

Tema aparte sería el del comercio de esclavos, que tal vez no haya proporcionado ninguna obra maestra en ningún arte, que yo sepa, pero que sí ha ofrecido algunas muestras de indudable interés. Lino Novás Calvo no sólo tradujo historias de la piratería, sino que escribió un interesante libro cuyo título y anos da una idea muy precisa de por dónde va su argumento: El negrero. El siglo XX no ha sido ajeno a la fascinación que los mares despiertan en el ser humano. Innegable es el éxito de Patrick O´Brien y su serie de novelas sobre el capitán Jack Autrey y su amigo Stephen Maturin, llevados a la gran pantalla algunos episodios de ellas en Master and Commander, de Peter Weir. Otro popular oficial de la marina es Horatio Hornobler, salido de la imaginación de C.S.Foster y encarando en la pantalla por Gregory Peck en El hidalgo de los mares. Continúan apareciendo en nuestros días libros que hacen de la vida en el mar o de aspectos relacionados con él sus temas. Arturo Pérez-Reverte publicó La carta esférica hace unos años y poco antes Alessandro Baricco nos brindó Océano mar y el monólogo Novecento.
Ahora bien, si hubiera que destacar un escritor que proporcione nuevos ímpetus al género, con unos resultados de primerísima calidad literaria, ese sería sin lugar a dudas el chileno Francisco Coloane. En sus páginas viven balleneros, cazadores de focas, buzos cuyo trabajo está descrito maravillosamente, etcétera; todo ello con un amor por el mar y la palabras admirable. A fin de cuentas, Coloane cita al ineludible Conrad para afirmar que “la palabras se deben cuidar del mismo modo que una tripulación lava su cubierta. Y no escupir sobre ella sino por la borda”, además de reconocer, como protagonista que ha sido de alguna de las aventuras que cuenta – como puede apreciarse en su autobiografía- que “no se conoce el mar del todo a un hombre de mar hasta que enfrenta tempestades, naufragios, salvatajes o la muerte misma”.

                                                                        José María García Pérez
CHÉJOV, SIEMPRE


En poco más de veinte años. Antón Chéjov (1860 – 1904) fue capaz de escribir más de mil cuentos, cinco obras de teatro y un apasionante epistolario compuesto por un millar largo de cartas. Pero no es importante tanto el hecho de esa fecundidad como la extraordinaria calidad humana y literaria que alcanza en buena parte de lo que sale de su pluma. Y de lo que nos proponemos hablar en las líneas que siguen es precisamente de algunos aspectos de ese extraordinario legado.

En primer lugar hemos de señalar que el narrador ruso estudió medicina, e incluso llegó a ejercerla un breve período de tiempo, tal y como le sucedió Pío Baroja. Los dos coinciden también en escribir relatos o novelas (Chéjov nunca llegó a escribir una novela, en realidad) cuyos protagonistas son médicos. Bien joven empezó a colaborar en revistas y periódicos con algunos cuentos de marcado acento humorístico y con críticas benévolas a la sociedad. Pronto empezará a ser un nombre conocido para los lectores y a estar bastante bien pagado por esos textos, hasta el punto de que a mediados de los años ochenta empieza a tomarse más en serio este oficio, cambia su pseudónimo Antosha Chejonte por su verdadero nombre y comienza a notarse un cambio en la selección de temas, en la profundización de las descripciones y de peripecias y, muy especialmente, en su forma de tratar a los personajes.

A partir de esos momentos hay una búsqueda acusada en la caracterización de los personajes, que se va logrando mediante cada vez menos elementos, y otro tanto sucede con los decorados en los que transcurre la acción, sea en los paisajes que se esbozan con unas pocas pinceladas, sea en las casas, aldeas o ciudades en las que viven quienes pueblan sus historias. Además, hay una especial atención a la vida desconsoladora de las “pobres gentes” (por decirlo con un título de Dostoievski), a los idealistas e intelectuales incapaces de pasar a la acción para cambiar su país ( al contrario que los de Tolstoi o Turgueniev, los autores de más éxito entonces y a los que Chéjov admira), las dificultades para establecer relaciones amorosas satisfactorias, las penalidades del mundo infantil, etc.

En una obra de difícil clasificación La isla de Sajalín, el narrador ruso recrea su viaje al terrible penal situado a once mil kilómetros de Moscú, donde se hacinan cientos de presos en condiciones inhumanas. Tomó miles de notas y canalizó su indignación en ese grueso libro que era a la vez una denuncia de un sistema judicial y de un sistema penitenciario injustos, ciegos y aterradores. Curiosamente, un tema parecido abordará en El pabellón número 6, la asombrosa historia del director de un manicomio que se plantea la utilidad y justicia de esa institución, cuyas condiciones tremendas pone en entredicho. Al final, esas ideas bienintencionadas e idealistas de mejora y cambio, de amor al prójimo y de comprensión de la falibilidad del ser humano lo llevan a ser encerrado, paradójicamente, en ese mismo manicomio del que había sido director y del que fue despedido, puesto que a los ojos de sus vecinos alguien con esas ideas no puede ser sino un hombre que ha perdido el juicio.
Sus cinco obras de teatro, por otro lado, ponen en primer plano el desencanto de unas vidas carentes de sentido: por falta de ilusión, por matrimonios inadecuados, por la ausencia de objetivos enriquecedores en su vida ...Sus protagonistas son seres que aspiran en ocasiones a emular a los héroes de los autores románticos rusos – y de ahí que citen versos de Pushkin o que se quieran comparar con Lermontov - , y , sin embargo, han de consolarse con ser parientes de Oblomov, el antihéroe de Gontcharov que ha pasado a ser el prototipo de hombre indolente y pusilánime. O dicho en otras palabras, esas criaturas no son capaces de luchar por cambiar su destino, condenados a una vida gris que los aplasta y cuyos estallidos de sinceridad y rebeldía – ese impresionante “Hemos trabajado quince años para nada”, que grita Vania en ese gran drama que es Tío Vania- no dura más allá de la pura explicitación de la infelicidad que los corroe.

En Chéjov, además, es a veces más importante el silencio, las miradas o los gestos que las palabras, hasta el punto de que es capaz de despertar una gran carga de emoción con elementos aparentemente triviales. Pensemos, sin ir más lejos, en la escena final de El jardín de los cerezos, donde la pareja protagonista cierra la puerta de la mansión que ha sido de su familia durante generaciones y que han tenido que malvender obligados por las deudas. Pues bien, ese gesto es tremendamente emotivo y más poderoso que muchísimas de las palabras que ellos pudieran decir, precisamente porque el espectador es consciente del adiós a todo un mundo, a una forma de vida y a un orgullosos pasado familiar que desaparece para siempre.

Del millar largo de cartas quizás las más interesantes sean las que envió a su esposa, la actriz Olga Knipper, no sólo por la importancia de sus opiniones sobre literatura o teatro, sino también porque en ellas se transluce su confianza en la valía de su obra, sus rutinas diarias, la preocupación por la tuberculosis que acabaría con su vida, su amor por Olga y cómo anhela que terminen las giras de obras que él mismo ha escrito para así poder reunirse con ella, dado que él debía reposar de su enfermedad en distintos balnearios, etc.

Finalmente, los relatos del escritor ruso ocupan un puesto central en el género desde hace un siglo. Y es que sólo alguien como Chéjov era capaz de comenzar un relato con un médico cuyo hijo acaba de morir ante sus ojos y al que vienen a buscar para asistir a un enfermo (Enemigos), o emplear como elemento nuclear la carta de un niño a su abuelo, en la que le pide que venga a llevárselo a la aldea, porque en la ciudad no recibe sino palos e indiferencia; carta que sabemos no llegará a su destino por desconocer cuál es la dirección del anciano (Vanka). O el hecho de que el final de La dama del perrito, donde se narra la relación amorosa entre una joven y un hombre de mediana edad en un balneario y su continuación posterior, pudiera ser tranquilamente el inicio de un nuevo relato. Por no hablar de la historia de Yakov Ivanov, quizás uno de los cuentos más devastadoramente tristes de la historia, pues a partir de los últimos momentos de la vida de su esposa y tras la muerte de ésta, Yakov recordará que tuvo un hijo, que se le murió siendo un niño, que en más de cincuenta años de matrimonio ni una caricia dio a su mujer, ni tan siquiera pensó en ella; en fin, que tras esa conciencia de haber tenido una vida miserable, enferma y muere poco después de regalar a un chico judío llamado Rothschild su violín, no sin antes haberle sacado una melodía capaz de traducir a sonidos todo ese fracaso vital y que, habiéndola aprendido el chico, allá donde va todo el mundo le pide que la toque, y eso a pesar de que quien la oye no puede dejar de llorar ( El violín de Rothschild).
Es característico de este autor que alguien narre la vida de personajes secundarios que sirven como contrapunto de la suya. Es el caso, por ejemplo, de un hombre cuyo único deseo es comprar una casa de campo e irse a vivir allí, y para ello no duda en vivir como un pordiosero, para ahorrar dinero y dedicarlo a esa compra, y no digamos el hecho de que se case con una mujer a la que prácticamente mata de hambre con ese mismo objetivo. Lo peor del caso es que el resultado final de esos desvelos no es otro que vivir en un lugar inhóspito en el que las grosellas – tenía verdadera fijación por plantar groselleros- son amargas y están duras (lo que puede verse como una perfecta metáfora de su vida y del valor real de sus sueños), aunque para él son un manjar (Las grosellas). Cómo no acordarse del cuento de nuestro Clarín en el que un emigrante vuelve de América y su única ilusión es volver a comer antes de morir el pan que su madre le hacía cuando era un niño.

Así como a tantos seres les van mal las cosas o no salen del tedio de su vida, otros parecen conseguir sus objetivos, como ese joven profesor que conoce a un hermosa chica en una ciudad y se casa con ella. Se diría que ha logrado lo que les es negado a muchas criaturas chejovianas: un trabajo que le satisface, una buena esposa, un lugar apacible para vivir…y, sin embargo, las últimas líneas nos muestran su intranquilidad y desasosiego por el futuro, visto con verdadero pánico (El profesor de ruso).
Sin embargo, y pese a todo cuanto llevamos dicho, hay también en Chéjov elementos que hacen confiar en una cierta esperanza para la vida futura, anhelándola más feliz y satisfactoria. En efecto, en El estudiante (1893), el joven que da título al relato parece tener una visión desolada de su vida y del mundo, a pesar de lo cual considera que “la verdad y la belleza constituirían para siempre lo más fundamental de la vida humana y de todo cuanto había sobre la tierra [...] y la vida se le antojó maravillosa, encantadora, imbuida de un elevado sentido”. Y otro tanto le ocurre a la joven Nadia, que tras renunciar a un matrimonio casi en vísperas de su boda que la condenaría a una vida mediocre y sin alicientes, decide irse a Moscú y empezar “una vida nueva, amplia, espaciosa; esa vida, todavía nebulosa, llena de misterios, la atraía, la seducía” (La novia, su último cuento, escrito menos de un año antes de su muerte).

Frente a las tres hermanas – que dan título a su penúltima obra teatral-, que viven una especie de permanente presente inmóvil, dado que no hacen sino añorar el Moscú de su adolescencia – y que ni siquiera es tal y como ellas recuerdan y al que a pesar de todo son conscientes de que jamás podrán regresar - , los jóvenes de su última obra teatral, El jardín de los cerezos, se van de la casa familiar con la esperanza de que una vida dedicada al trabajo, con una educación adecuada y con un espíritu libre y dadivoso redimirá no sólo la grisura de un país atrasado y mortecino, sino, sobre todo, y lo que es más importante para ellos, sus propias vidas. Y todo ellos no deja de ser una visión optimista y una apuesta sincera por las posibilidades de las nuevas generaciones y por el futuro de los seres humanos, futuro que Chéjov ya no tenía, puesto que moriría no mucho después de concluir esta obra.
En definitiva, Chéjov no pierde su vigencia, continúa despertando emociones, sembrando admiradores en otros escritores que no son capaces de desentrañar la asombrosa facilidad –aparente- para crear historias inolvidables, sorprendiendo con la modernidad de sus propuestas narrativas, etcétera. En pocas palabras, permanece vivo y así seguirá siempre. ¡ Y qué mejor elogio para un escritor!.
   
                                               José María García Pérez
LA CEREMONIA DE LOS ADIOSES


En una escena justamente famosa, Héctor se despide de su esposa Andrómaca, siendo ambos conscientes de que tal vez sea la última vez que se vean. Su hijo juega cerca de ellos y al acercarse su padre a besarlo, el niño se asusta ante el imponente casco del héroe troyano. El fin de la guerra de Troya está próximo y será más rápido una vez que Aquiles venza en singular combate a Héctor. Éste se niega a abandonar la batalla a pesar de los ruegos de su esposa, pues considera que su honor y su fama están por encima de su vida, y él desea que en el futuro Troya y los troyanos mencionen su nombre con admiración y respeto, a la vez que su hijo pueda mostrarse orgulloso de haberlo tenido como progenitor.

Esta no es sino una de las numerosa escenas de adioses que la literatura nos ha ofrecido a lo largo de la historia. Si el episodio que acabamos de aludir se desarrolla en el canto cuarto de la Ilíada homérica, muy de otra forma encontraremos a don Quijote y a Sancho Panza despidiéndose en las últimas páginas de la novela cervantina. En efecto, aquí el escenario es la humilde habitación de un hidalgo al que su fiel escudero intenta persuadir para reanudar sus aventuras. La amistad que los ha unido llega a su fin: “ entre compasiones y lágrimas de los que allí se hablaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió”.
Evidentemente, el arte en general y la literatura en particular han desarrollado en numerosísimas ocasiones el tema de la despedida de algunos de los personajes de una determinada historia. Unas veces, como acabamos de ver, es el adiós de unos esposos a los que la sombra de la guerra engulle, conscientes como son del tiempo que ya no tienen. En otras ocasiones, como la cervantina, es la despedida de dos amigos que han vivido una larga serie de peripecias de todo tipo en común.

Ahora bien, existen otras posibilidades, como lo demuestra otro momento no menos memorable que tiene lugar en la novela de Iván Turgueniev Padres e hijos, donde su protagonista agota sus últimos momentos de la vida en la casa de sus padres, ante la tristeza y el dolor terrible de éstos, que presencian la muerte de su hijo, un hombre sensible, solidario y querido por todos, que no sólo se les va en plena juventud, sino que además los deja solos al ser su único hijo.

Otras veces, es el protagonista quien asiste emocionado al último adiós que le brindan sus compañeros y camaradas de armas, dado que sus días en la marina han terminado. Esas miradas, esos saludos marciales, esa formación perfecta de hombres encanecidos son el origen de la emoción que nos transmite la escena final de una gran película de un no menos gran director de cien: The wind of the eagles (1957), de John Ford.

Inevitablemente, también existen despedidas que suponen el fin de una relación amorosa mantenida por los protagonistas, en el caso de La educación sentimental, de Gustave Flaubert, de una novela. Tras haber pasado tantos días de felicidad, la pareja principal ha de despedirse, pero antes de llegar a ese momento el narrador nos ha mostrado de manera incomparable algo poco habitual en el arte: el hecho de que siendo el joven Frédéric Moreau testigo de una de las revoluciones francesas del siglo XIX, esa circunstancia histórica ha pasado por su vida sin la más mínima huella, puesto que sus sentidos únicamente estaban puestos en el amor que sentía por su amada.

Ahora bien, la despedida de dos esposos también nos puede ofrecer un punto dramático, como lo es el del final de Casa de muñecas, la obra en la que Henrik Ibsen es capaz de adelantarse en tantos años a la exigencia de una mujer por ser valorada por sí misma, no en cuanto hija, madre o esposa; en tomar sus propias decisiones y en afrontar valientemente el paso que da al terminar la función: Nora prefiere la soledad, la dificultad de enfrentarse sola a su vida, aunque para ello deba dejar atrás a sus tres hijos y a su marido. Y es que sólo podría retenerla un milagro en el que ella no cree: “Deberíamos transformarnos los dos hasta el punto de que nuestra unión se convirtiera en un verdadero matrimonio”.

El mundo de la música no es ajeno a los adioses, como lo prueba el hermoso parlamento en forma de aria-monólogo que canta Séneca ante su inminente suicidio - a instancias del cruel Nerón -, haciendo una profesión de fe en lo que ha sido su vida y en cómo su muerte ha de ser coherente con ella ( La coronación de Popea de Claudio Monteverdi, 1642). Y qué decir de lo que les sucede a los maravillosos personajes femeninos de varias de la óperas de Puccini, que eligen el suicidio por razones muy distintas como punto final de sus vidas (Tosca, Liú, Madame Butterfly o Suor Angelica).


De rara intensidad cabe denominar algunos de los finales que el cine nos ha ofrecido, especialmente en las últimas películas de los verdaderos maestros. Prueba sublime la tenemos en Gertrud, de C. T. Dreyer. En efecto, la protagonista que da título al film se despide del hombre con el que tal vez hubiera podido ser feliz de no mediar su sentimiento de radical independencia. Pero no sólo es un adiós a un amigo, sino también –creo yo- al espectador y, en último término, al propio cine por parte del realizador, consciente de que con sus setenta y cinco años no iba a poder rodar ninguna otra película.
      De todas formas, se puede uno despedir también de un lugar, por el profundo significado que puede tener para cada cual. Es el caso ejemplar de la última escena de El jardín de los cerezos, la espléndida obra de Chéjov, en la cual una pareja de media edad cierra la puerta de la mansión familiar, y en ese instante maravilloso podemos sentir con ellos la pena que los embarga por perder semejante posesión, sobre todo si consideramos que ello se debe a que han dilapidado el patrimonio en mil y una tonterías y ahora se han visto obligados a vender la casa y sus muchos terrenos colindantes al hijo de uno de los criados, para mayor vengüenza suya.

Es evidente, no obstante, que todo adiós conlleva un sentimiento de tristeza en la vida cotidiana de todos nosotros, lo que es aprovechado por los creadores de todas las artes. Ahora bien, no es raro que la realidad haya tenido un efecto sublimador en algunos casos de despedidas: las hojas garabateadas de los marineros del submarino ruso Kurs, en el que murió toda su tripulación, o los mensajes y llamadas telefónicas de las personas que estaban en las Torres Gemelas de Nueva York antes de su derrumbe ante nuestra impotente mirada son dos ejemplos suficientemente ilustrativos.

Estamos, en definitiva, ante un leit-motiv al que recurren toda suerte de novelistas, cineastas o músicos, habida cuenta de su eficacia narrativa, sí, pero sobre todo por su intensidad emotiva. Nada tiene de extraño, por tanto, que se convierta en una suerte de constante en tantas obras de arte. Más o menos breves, con una ritualización mayor o menor, por motivos amorosos, vitales o de cualquier otra índole, las despedidas constituyen un elemento recurrente puesto que, apoyándose en un hecho del que todos hemos sido protagonistas en más de una ocasión, un artista puede lograr un extraordinario rendimiento emocional en sus lectores, oyentes o espectadores, y no otra cosa el o que busca todo creador que merezca tal nombre.


                                                                        José María García Pérez