jueves, 26 de septiembre de 2013



ENTRE TELAS


                                                    
           El cine no se ha dedicado mucho al noble oficio de la costura –sea alta, baja o media -, y la literatura no mucho más, pero si hay una persona que merece figurar en letras de molde en los pocos casos que conservamos  qué duda cabe que ese nombre es el de Jacques Becker. En Falbalas (1945) nos cuenta una de esas historias que una vez sabida es imposible de olvidar. El célebre modisto Philippe Clarence es no sólo una referencia en la alta costura parisina, sino que también un impenitente don Juan que trata de seducir a cuanta joven se pone a su alcance, y el final de cuyas breves relaciones va apuntando en una libreta, del mismo modo que en otra elabora los maravillosos diseños de sus vestidos, chaquetas, faldas y todo tipo de ropa. Todo parece entrar en erupción, como si de un volcán que despierta se tratase, cuando conoce a la bellísima Micheline, la prometida de su amigo Daniel. Para ella crea un vestido de novia increíble, fruto del amor que ha surgido nada más conocerla, y en el que ha volcado todo su conocimiento y toda su pasión por la moda. Nunca las imágenes de la prueba de un vestido habían destilado semejante sensualidad, pocas veces se ha rodado tan hermosamente los interiores de un taller de costura, se ha visto tan de cerca los dibujos, las tijeras, los dedales y los acericos…
         Becker, hijo de una mujer que trabajó en un taller de costura, sabía muy bien de qué hablaba, y de hecho, años después rodaría Rue de l´Estrapade (1953), una película sobre una cierta bohemia de París entre la que no podía faltar un diseñador de moda llamado Christian y su ayudante, personajes tratados brevemente, pero con un halo de misterio que hubieran podido haberse constituido en protagonistas de una historia por sí solos. Pero volvamos a la anterior. Sospechamos que esa seducción puede terminar como las anteriores, con brevedad y amargura para ella, y, sin embargo, nos gustaría creer que ese amor será capaz de ennoblecer el alma de Philippe y tener la continuidad de la que han carecido las anteriores. Pues bien, la imagen inicial nos había dado una pista, con un velo nupcial volando por la calle, que enlaza con la escena final, en la que sabemos que él se ha tirado por la ventana del piso donde tiene su centro de trabajo, agarrado al maniquí que lleva puesto el vestido de novia que con tanto amor había creado para Micheline.
  
         Distinta es la perspectiva que de ese mundo de la alta costura ofrece una película inspirada a su vez en una novela de gran éxito, El diablo viste de Prada. La historia de la joven becaria que va poco a poco haciéndose con un puesto en una gran empresa y que alcanza el lugar de máxima confianza con su jefe ya había sido tratada varias veces en el mundo de la abogacía y de los tiburones financieros, pero creo que esta es la primera vez que se situaba en el mundo de la moda, de forma que la joven protagonista, al igual que sus predecesores, va escalando puestos hasta que, llegado un momento, se tiene que plantear muy seriamente si dar un paso más en esa dirección supone traicionar sus creencias éticas, lo que por lo general los conduce a salirse de ese ambiente malsano y detestable. La novela, con todo, es mucho más dura en la relación entre la modista pagada de sí misma y la becaria, pero el resultado es el mismo: antes que trabajar en un lugar y con una persona sin criterios morales, más vale cerrar la puerta y buscar otro camino laboral.
       ¡Qué más hubiera querido Marge Simpson que poder contar con los servicios de Philippe Constance o con los de la diseñadora que interpreta Meryl Streep en esta última obra!  Sobre todo en ese episodio donde gracias a un traje de Channel que ha encontrado en una tienda de saldos ha trabado relación con un grupo de mujeres de la jet. Ellas le tirarán indirectas cuando Marge recicla ese vestido en otro más o menos diferente, pero ya no puede hacer nada más cuando acabo destrozado bajo la aguja de la máquina de coser cuando intentaba darle un nuevo aspecto. Finalmente, y sin que su familia lo sepa, se gasta novecientos dólares en otro traje de marca, para asistir a la fiesta que el club da en su honor al aceptar su ingreso como nueva socia –bien es verdad que con la mediación de M. Burns, que lo hace porque Homer ha descubierto que lo ganaba al golf porque Smithers hacía trampas-. Pero cuando están a punto de llegar, una frase de su marido la desarma (“Agradeced a vuestra madre que nos haya descubierto lo horribles que somos”) y se vuelve a casa con su familia, al darse cuenta de qué es lo que realmente quiere ser. Ese momento, como ocurre en otros episodios, es un punto de inflexión en el afán por ser admitida y verse como una mujer que es capaz de ser algo más que un ama de casa, y termina en el aldabonazo a la conciencia que la lleva a desistir de su intento, a abrazar y besar a su familia y a llevársela de allí. Como les pasa a los becarios de los  que antes hablábamos, una respuesta moral acaba en unos interrogantes previos sobre la necesidad de conducirse en la vida con unos principios éticos mínimos.

          No son precisamente modistos de moda, sino dos jóvenes chinos que han sido enviados como castigo a las montañas a trabajar duramente por su desafección con el régimen de Mao Se Tung los que protagonizan Balzac y la costurera china (Dai Sijei, 2001). De dos familias de intelectuales, en esa lejanas tierras la vida es muy dura, el trabajo agotador y no parece haber nada que merezca la pena hasta que, por azar, descubren una maleta con libros de literatura occidental (Stendhal, Balzac, etc.) y desde ese momento la vida empieza a cobrar sentido, al leer las vidas de los inolvidables personajes creados por esas obras maestras. Y más cobrará con el tiempo cuando conozcan a la joven hija del costurero de la zona, a la que ambos irán contando las historias que van leyendo en los libros y, como era de esperar, de la fascinación de los relatos ajenos se pasará al cortejo de ambos por la chica, en lo que ya pasa a ser un relato propio. De nuevo el poder de la palabra, del que ya hemos hablado más veces en este blog, redime del sinsentido de algunas vidas y las preña de significado, sea a través del arte, sea a través del amor, sea por ambos medios.

TRAJES CURIOSOS
            Cómo iban a faltar en este mundo los pícaros que pretenden ganar dinero con la ignorancia y las creencias de la gente. Ya Cervantes, en su El retablo de las maravillas, los dibujó como dos caraduras que sacan el dinero a otro, so pretexto de que van a confeccionarle un vestido de oro y con la mágica propiedad de que quienes no lo vean no son cristianos viejos, es decir, que descienden de judíos, lo que era una cosa muy seria en aquellos tiempos. Esa misma idea es al que vertebra el famosísimo cuento de Hans Christian Andersen El traje nuevo del emperador. En este caso es el todopoderoso jefe de un país el que encarga ese trajo de supuestas virtudes maravillosas, que puede servir para identificar a quienes si no lo ven, no son hijos de los que creen sus padres. Evidentemente, todos alaban el tejido, las costuras, el ingenio de los costureros por miedo a quedar como hijos ilegítimos, hasta que un niño, con su mirada inocente y libre de las convenciones sociales que atenazan a los adultos, dice en voz alta lo que ellos se niegan a admitir, esto es, que el emperador está desnudo.
          También podríamos hablar de ingenio, pero esta vez con un objetivo noble, es la tarea de Penélope, la esposa de Ulises, que después de veinte años de ausencia de su hogar en Ítaca, sigue cosiendo una tela, acabada la cual ha prometido escoger de entre sus muchos pretendientes, a aquel que ocupará el puesto de su marido, en el reino y en el lecho. Como es sabido, por la noche desteje todo aquello que tejía durante el día, de modo que la tela no termina nunca de estar acabada. En Homero y durante muchos siglos, esa era una muestra y un ejemplo de fidelidad conyugal, y, sin embargo, conforme llegamos al siglo XX, algunos escritores empiezan a dudar. Y así, por ejemplo, Antonio Buero Vallejo, en su obra de teatro La tejedora de sueños, sugiere que ella estaba enamorada de un joven y apuesto y de corazón noble pretendiente, y que le duele tremendamente el castigo de Ulises matando a flechazos a todos eso aspirantes a sucederlo. Y uno de nuestros grandes poetas, Ángel González, descree de la fidelidad de la que fue ejemplo durante siglos Penélope en sus poema Ilusos los Ulises:

Siempre, después de un viaje,
una mirada terca se aferra a lo que busca,
y es un hueco sombrío, una luz pavorosa,
tan sólo lo que tocan los ojos del que vuelve.

Fidelidad, afán inútil.
¿Quién tuvo la arrogancia de intentarte?
Nadie ha sido capaz
—ni aun los que han muerto—
de destejer la trama
de los días.

           Ingenio y traje se dan la mano en una de las más divertidas comedias del realizador Alexander Mackendrick para la productora británica Ealing, El hombre del traje blanco (1951). El inventor que interpreta Alec Guinness ha descubierto una tela que no se rompe, no se mancha y parece que puede durar eternamente, tela con la que ha confeccionado un traje blanco, que es el que lleva a lo largo de la película. Pues bien, frente al altruismo de ese hombre, feliz porque ahora los pobres podrán vestirse con un traje imperecedero y que no tendrán que comprar más que uno que le durará toda la vida,  la visión de los directivos de las empresas textiles es que el negocio entonces se arruinaría. Esa la razón por la que lo van a perseguir por toda la ciudad, no hace falta que decir que con aviesas intenciones, y al final, cuando lo tienen entre sus manos y realmente todo hace pensar que lo van despedazar o poco menos, resulta que el tejido del traje se deshace, de modo que los feroces perseguidores se quedan con jirones de tela en sus manos, sí, pero también con grandes sonrisas por haberse terminado con un problema que iba a poner en jaque a toda la industria. No vamos a meternos con las implicaciones, paralelismos y metáforas que de una historia así se podrían hacer en la actualidad, pero lo que sí es cierto es que se trata de una obra mayor dentro del género de la comedia, de la mano de un hombre que sólo podría hacer diez películas en su carrera y que, visto el fracaso de las últimas ya en Hollywood, tuvo que dar clases el resto de su vida para ganarse la vida.

CAPAS, CAPOTES Y REBECAS
           Por los celos, que tanto dolor han producido a lo largo de la historia, Deyanira, la mujer de Hércules, ha conseguido una capa por medio del centauro Neso, -poco antes de morir por una flecha envenenada lanzada por Hércules, que así salva a su esposa de ser raptada por Neso-  que, según le ha asegurado éste, recuperará el amor de su esposo, demasiado proclive a amoríos con unas y otras, como buen hijo de su padre Júpiter. Lo que desconoce la sufrida esposa es que, en realidad, la capa que le ha proporcionado no tiene el poder de enamorar a alguien de por vida de la persona que se la ofrece, sino que el centauro desea vengarse del héroe y para ello ha vertido su propia sangre antes de morir, y mediante ese líquido quien se la ponga morirá entre terribles sufrimientos, ya que la tela actúa como si de un ácido se tratase, de manera que va corroyendo los tejidos del cuerpo humano y hasta sus mismos huesos. Triste final para tan noble guerrero, y no menos penoso para ella, que pierde irremediablemente a su marido de una forma atroz.
            Por otra parte, otro de los héroes salidos de la mitología grecorromana, Perseo, utiliza una capa ofrecida por una diosa que le permite adquirir la invisibilidad, que junto a la cabeza de Medusa la Gorgona, que petrifica a quienes la ven, lo convierte en un guerrero temible. De todas formas, ya sabemos que las capas son desaconsejables para los superhéroes, como le dice muy seria la diseñadora precisamente de trajes para todos ellos a Mr. Increíble, y lo ilustra con una lista de héroes que pierden la vida justo por la dichosa capa, en un momento bastante divertido del relato, que es lo que ocurrirá al final con el villano de la película, Síndrome, en la admirable película del siempre estupendo Brad Bird (Los increíbles, 2005).

           El abrigo es un relato de Nikolai Gógol - que también se conoce como El capote  - en el que un funcionario ruso, sin más miras en la vida que trabajar y no morirse, necesita un nuevo abrigo para combatir el gélido invierno de San Petersburgo. A duras penas consigue el dinero que cuesta, y cuando no cabe en sí de su compra, admirado por los otros oficinistas que trabajan con él -y que se han burlado de su anterior abrigo, poco menos que una tela a punto de desintegrarse - se lo roban una noche a la vuelta de una fiesta. Intenta poner una denuncia para lograr recuperarlo, pero se topa con una administración inoperante y absurda, para la que también trabaja él en realidad. Agarra una pulmonía y se muere, pero en forma de fantasma se aparece por la noches en la ciudad y arrebata los abrigos de quienes se ponen a tiro, incluido el funcionario principal sobre el que recaía la búsqueda del abrigo, en un suerte de justicia poética del relato, que, la verdad sea dicha, de poco le sirvió en la vida al bueno del protagonista. La descripción tanto del abrigo viejo como del nuevo no tienen desperdicio y hacen de esas prenda, a la postre, un personaje más de la historia.


              Por otra parte, un capote militar es lo que trae Ethan Edwards puesto después de mucho tiempo a la casa de su hermano, y por la manera en que lo dobla y acaricia más tarde su cuñada sabemos que ella siente algo muy íntimo por él, de la misma manera que él siente lo mismo por ella, por más que ninguno esté dispuesto a romper las relaciones actuales. Ya teníamos pistas de ese amor desde el arranque mismo, puesto que ella es la primera en salir de la casa a esperarlo y la que lo invita a pasar al hogar familiar, entre otras muchas. Pues bien, ese mismo capote del ejército sudista será la prenda que use Ethan para enterrar a su sobrina Lucy, capturada y asesinada por los comanches. Pero semejante escena no se nos muestra, como casi ninguna de las más importantes de The Searchers (John Ford, 1956): sólo lo sabremos por una narración tremenda del interesado, que lo cuenta a su sobrino y al novio de Lucy, mientras que limpia en la arena del desierto en el que se encuentran su cuchillo frenéticamente, tras haberlo usado precisamente para cavar la improvisada tumba de su sobrina. La misma prenda que indicaba sutilmente un amor sirve después como mortaja, en una suerte de variante del velo del traje de novia de Micheline, pues el velo que iba a ser un elemento metafórico de la felicidad que esperaba a esa joven se convierte, finalmente, en un sudario del modisto Philippe Clarence.

 
              Tal vez la capa no, pero lo que tuvo un éxito indudable fue la rebeca, aquella chaqueta fina del vestuario de mujer que se llevó con profusión en nuestro país en los años cuarenta. Pues bien, el nombre de dicha prenda proviene, como es sabido, del título de la primera película de Alfred Hitchcock en Hollywood, Rebecca (1939). Lo curioso del caso es que Joan Fontaine, la protagonista de la misma y portadora de la prenda en cuestión, no se llama así, sino que ese es el nombre de la difunta esposa del señor De Winter, a la que él mismo asesinó  al saber que estaba embarazada de otro hombre, tras lo cual la puso en una barca y la hundió en el mar, para ocultar su crimen y, en último término, su deshonra.
             De todas formas, la ropa no es únicamente algo que usamos para cubrir nuestra desnudez, no, es claro que puede estar cargada de sentimientos. Es el caso, por poner un ejemplo sobresaliente, de la escena final de una de las grandes historias de amor de los últimos diez años, Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005). Cuando el vaquero Ennis del Mar va a la casa de los padres de su ex compañero de trabajo y ex amante, en el armario de su amigo –brutalmente asesinado por ser homosexual- sólo encuentra su camisa que creía perdida, y que ahora descubre que su amigo se la había llevado al separase, y una chaqueta vaquera, que en otro contexto estaría desprovista del más mínimo contenido emocional, pero que aquí origina que le invada la tristeza y el dolor, porque era la que llevaba cuando se enamoraron, porque lleva aún el olor de su amigo (y del amor tristemente perdido), y por eso la huele y no puede más que salir de allí cuanto antes, aplastado por la pena y la vergüenza - ya que él no lo ayudó cuando el otro pidió su ayuda ni lo reconocía siquiera como amigo cuando estaban delante de otras personas-. Y se da cuenta de que fue el gran amor que pudo haber tenido en su vida y dejó pasar aquella oportunidad.
        Entre los cuentos tradicionales la ropa también desempeña un papel muy importante. Pensemos, sin ir más lejos, en La Cenicienta, cuento que recibimos de Charles Perrault, pero que ya pertenecía a la tradición popular. Precisamente hay una deliberada oposición entre los andrajos que viste la chica en la vida cotidiana y el precioso vestido de baile que le ofrece el hada madrina. Es más, una parte de su atuendo es el zapato de cristal que perderá en la escalera del castillo, huyendo del lugar antes de que suenen las doce campanadas y desaparezca el hechizo. No vamos a detenernos  aquí en lo insólito de un zapato de esas características, entre otras cosas porque parece que se trata de un error de transcripción, ya que la palabra con la que se designaba al material era “cuero”, pero algún escribiente se equivocó y leyó “cristal”, que en francés de aquella época eran parecidos; lo importante es que eso condujo al acierto de verlo casi como un zapato mágico. Lo importante en este caso es que, tal y como le sucedía a Marge Simpson, el traje le da un estatus superior socialmente que, finalmente, le permite acceder a un lugar vedado para alguien de sus estrato social.

                                                                    NAVAJOS Y PIJAMAS
       En otro orden de cosas, en algunos de los mal llamados pueblos primitivos tienen entre sus costumbres, a la hora de confeccionar una tela, una alfombra o un tapiz, el colgar en los últimos flecos algunos adornos como conchas, piedras agujereadas, etc. El objetivo no es otro que el dar remate a un objeto hecho con paciencia, cariño y que va a tener una utilidad en el día a día, e  incluso embellecerlo de alguna manera. Sin embargo, entre los navajos –esa tribu india de los EE. UU. – lo usual es otra cosa bien distinta: al finalizar su alfombra, tela o similares, dejan un hilo suelto. La pregunta que no surge a continuación es: ¿por qué? Porque por ahí se podría tirar y deshacer lo hecho, de manera que se evita la, digámoslo así, perfección de la pieza, y con ello la ira de los dioses, algo que todas las culturas tratar de evitar a toda costa, como los espanta el mal de ojo en cualquiera de sus variantes.
         Si nos trasladamos del lejano oeste a unos grandes almacenes podemos contemplar una escena curiosa, arranque cinematográfico como hay pocos, no en vano estaba detrás uno de los directores y guionistas más sobresalientes de la historia, Ernst Lubitsch. Un hombre quiere comprar los pantalones de un pijama, mientras el dependiente intenta convencerlo de que se venden las dos piezas conjuntamente. El cliente no da su brazo a torcer, y la cara del vendedor es un poema, hasta que trata de hacerle ver que si le vende esa pieza, a quién va a vender la camisa del pijama. Y como respuesta a esa pregunta que ha quedado en el aire, una voz femenina afirma: “Yo me llevaré esa camisa”. A raíz de ese precioso punto de partida, no cuesta mucho adivinar que las dos partes de ese pijama no van a estar separadas por mucho tiempo, como así será (La octava mujer de Barba Azul, 1938).

GALICIA, MADRID, TETUÁN
           Supongo que puede ser  una costumbre de la época, el caso es que algunas novelas del siglo XIX y también del XX, en nuestro país, pero también en otros de nuestro continente, una mujer joven, soltera y sin posibles, y normalmente en relaciones extramatrimoniales con un hombre adinerado, acaba regentando una tienda de ropa, que ha sido financiada, como bien sabemos, por éste último. Podemos verlo en Fortunata y Jacinta, la extraordinaria novela de Galdós, en Madrid; igualmente en la trilogía Los gozos y las sombras de Torrente Ballester, en Galicia. De todas formas, estamos hablando de una época donde quien puede adquirir esas prendas es la burguesía urbana que se establece en las ciudades del siglo XIX en nuestro país, porque en el ámbito rural la gente sigue adquiriendo la poca ropa que puede permitirse en mercadillos o haciéndosela ellos mismos.
       Después de haber seguido a un amor desde el Madrid previo al inicio de la Guerra Civil hasta África, Sira Quiroga tiene que buscarse la vida en Tetuán, ya sin él. Pone en marcha un taller de costura y allí llevará una vida singular, mientras transcurre la Segunda Guerra Mundial y el norte de Marruecos se convierte en un lugar neutral por el que se pasean personas de todas las nacionalidades y formas de ser. El tiempo entre costuras (María Dueñas, 2010) ha sido una de los grandes éxitos de venta en España y fuera de aquí, y aunque la novela trata de muchas cosas, las escenas que se desarrollan en el taller, el trabajo que allí se desarrolla, las relaciones que se establecen, etc. son muy interesantes.

PINTURAS Y ACCESORIOS
              Si hubiera que decidirse a poner dos muestras magistrales, dentro del mundo del arte, en relación con el tema que estamos tratando, me inclinaría por dos muy distintas entre sí. La primera sería una pintura italiana del siglo XVI, El sastre, de Giovanni Battista Moroni (1520 1578). La segunda, como habrá adivinado más de uno, La encajera de J. Vermeer, esa obra sublime de la historia del arte, que tanto llegó a obsesionar a Salvador Dalí como para empujarlo a pintar su cuadro Estudio paranoico crítico de “La encajera” de Vermeer. Me temo, no obstante, que era imposible aproximarse siquiera a un cuadro como el del pintor holandés, tan pequeño en tamaño como inmenso en su genio, por más que tampoco creo que Dalí pretendiese competir con él, a pesar de poseer ese ego tan enorme; simplemente era una suerte de homenaje.
        No es la primera vez que hemos visto cómo se resolvía un caso policiaco gracias a alguno de los accesorios que llevamos encima. Desde Wyatt Earp, el audaz sheriff del oeste, que observa el collar que lleva Chihuahua, al que no le cuesta reconocer como el que colgaba del cuello de su hermano pequeño hasta que lo mataron, lo que le lleva a encontrar al asesino entre los hermanos Clayton, poderosos terratenientes de la zona que no tienen escrúpulos con acabar con quienes estorban sus planes (My Darling Clementine, John Ford, 1946); hasta los singulares pendientes que lleva otra mujer en otro relato y que, tras ser también asesinada, sirven a la policía para detener al responsable del crimen. En otros casos, no lo olvidemos, es el propio accesorio el arma homicida, como en el caso de un episodio de la serie televisiva El comisario, en el que una rica estrella de cine colecciona zapatos de precios desorbitados, pares únicos en algún caso, entre los cuales se encuentra uno de altísimos tacones acabados en punta de titanio. Como aparece una esquirla de ese material en la cabeza de la fallecida, esa es la pista definitiva que conducirá a los agentes a dar con el asesino.
           Trajes de novias, capas de superhéroes, rebecas… Los tipos de prendas que empleamos no son infinitos, obviamente, aunque podrían parecerlo si a todas ellas les añadimos el color como elemento adicional, lo que multiplica la variedad casi hasta el infinito. En todo caso, y para terminar estar páginas, nos hemos detenido en hablar de la ropa en muchas de sus variantes, pero de ropa para ponerse, no para quitarse. Más que nada porque este último infinitivo nos iba a trasladar a otras variables –en las que el amor y el crimen también aparecerían, lógicamente -, pero eso nos situaría en una perspectiva ya diferente de la que aquí hemos escogido, y “eso es otra historia”, como diría el personaje de Billy Wilder. Quién sabe, tal vez en un artículo futuro aborde ese tema, que sería el perfecto complemento para éste que aquí se acaba.



PS. Escrito ya esto hace unos días, doy por casualidad con un dato que no recordaba: en la película El asesino poeta (Lured, Douglas Sirk, 1947), una gran muestra de cine negro americano con un fotografía extraordinaria y unos intérpretes magníficos, hay un breve episodio humorístico que resulta curioso en una obra en la que se trata de encontrar al asesino de siete chicas jóvenes (el título español alude a que el criminal deja poesías en los lugares de los homicidios; aunque sigo prefiriendo el título original). En esos pocos minutos la chica, que se ha ofrecido como señuelo al asesino para la policía, es conducida por uno de los sospechosos -el gran Boris Karloff -  a su estudio, y allí le hace probarse un vestido que ha confeccionado, puesto que dice ser un famosos modisto, y quiere que desfile ante un selecto grupo de clientes. Pero cuando se corren las cortinas los únicos espectadores  son unas sillas vacías, un perro sentado en un gran sillón y un maniquí vestido para la ocasión. Ya veníamos sospechando algo raro en la conducta de ese caballero, pero lo veíamos como el posible homicida, no como un pobre modisto que ha perdido la razón a raíz de haber sido cancelado el pedido de un traje hermosísimo que diseñó para una princesa... o eso dice al menos la mujer que hace las labores de ayudante y criada.

Quiero agradecer muy sinceramente el permiso concedido por la ilustradora argentina Irene Singer para reproducir en este texto algunos de sus estupendos dibujos para la edición de El traje nuevo del emperador, publicado en abril de 2012 por la editorial  Calibroscopio y cuya historia ha sido narrada por Mariana Fernández. 




lunes, 1 de abril de 2013


IN PRINCIPIO MUSICA
                                                                                    
            Un estudioso guatemalteco descubre por azar los dos últimos movimientos de la Sinfonía inacabada de Franz Schubert. Naturalmente, le falta tiempo para comunicar su descubrimiento a las autoridades de su país, pero ya no es que no le crean, sino que a nadie parece importarle semejante hallazgo. Nuestro hombre no se desanima y emprende un viaje a Europa, donde piensa que allí le escucharán y darán a conocer a todo el mundo una música tan hermosa como esa. Cuál no será su desilusión al toparse con la incomprensión de todos aquellos con quienes va hablando: unos recelan de un latino, otros de que una partitura nada menos que de Schubert aparezca nada menos que en un país como Guatemala. Finalmente, apenado por el ningún eco que ha tenido lo que él considera digno de ser conocido por todos los amantes de la música, retorna a su patria, y en el barco que lo lleva acepta la reflexión de uno de los viajeros, tras haber reconocido a todas luces el manuscrito como original: la gente es consciente de la maravilla que suponen los dos primeros movimientos de esa sinfonía, y les parece que ninguno que los continuasen serían suficientemente hermosos como para igualarse con los anteriores. De ahí que, en las últimas líneas, el desengañado melómano opte por tirar al océano las partituras de aquella obra maestra (Sinfonía concluida, incluido en la colección de relatos Obra maestra, Augusto Monterroso).

             En otro cuento de ese mismo libro del autor guatemalteco, que vivió en realidad casi toda vida en Méjico, un personaje importante ha organizado un concierto de piano para ser interpretado por una jovencita que es su hija. Ese hombre es un ser poderoso, y de hecho ha dado instrucciones a todo el mundo de cómo tiene que comportarse y de aplaudir y ¡ay de quien no se muestre lo bastante entusiasta de esa interpretación! Sin embargo, aun cuando hasta los periodistas y críticos suelen mencionar esas conciertos con palabras elogiosas, el hombre que ha construido un imperio y cuyo nombre nunca sabremos, reconoce no sólo que la música no le interesa ni le dice nada, sino que lamenta la afición de su hija por el piano y acaba confesándose a sí mismo que ha llegado a odiarla porque eso le coloca en una posición de debilidad ante los demás, algo por lo que no parece dispuesto a pasar (El concierto).
JAMES JOYCE
           A lo largo de toda su vida y de su obra, el irlandés James Joyce estuvo siempre muy interesado por la música. No vamos a hacer un repaso pormenorizado de la presencia de ésta en toda su producción, pero si me gustaría detenerme en ese primer libro de cuentos, tan hermosos por otra parte es decir, Dublineses. En él podemos encontrar formas muy diversas en las que aparece de una manera u otra la música. Al igual que ocurría en el relato de Monterroso, hay un cuento en el que se han preparado cuatro conciertos en Dublín, y una madre ha logrado que una organización musical incluya a su hija como pianista en todos ellos. Lo malo es que conforme se acerca la fecha de los conciertos, parece cada vez más claro que no van a ser precisamente un éxito, y mucho menos de ingresos económicos. Por esa razón, los responsables de los conciertos intentan por todos los medios cancelar alguno, y contra esas medidas se opone con todas sus fuerzas la madre de la joven, hasta el punto de que cuando llega el último y más esperado de esos conciertos se opone a que su hija toque hasta que no se le paguen las ocho guineas convenidas. Ni que decir tiene que semejante comportamiento es duramente criticado por todos (cantantes, organizadores...), por más que el marido no se atreva a decir nada, dominado como está por Mrs. Kearney, que es como se llama la buena señora, y que la hija asista a todo esos tejemanejes maternos sintiéndose en el fondo avergonzada (Una madre).

               Otra historia dentro del libro, concretamente el cuento con el que concluye el libro, es la titulada Los muertos. Tras una fiesta navideña que ha tenido lugar en una familia de buena posición, Greta, la esposa abnegada e infeliz, rompe a llorar al oír una canción popular, que tiempo atrás cantaba un joven pretendiente que no dudó nunca en no anteponer nada al amor que sentía por Greta y que, lamentablemente, murió en plena juventud. Su marido le interroga por esas lágrimas, con un cierto enfado, y cuando sabe la respuesta no puede dejar de sentir una no disimulada envidia, pero él es tan egoísta que es incapaz de comprender el sentimiento que desborda su mujer en ese llanto, precisamente porque él no ha amado a su esposa nunca así.
DE RUSIA A FRANCIA
           En otro rincón del planeta, una familia rusa intenta a toda costa que su hijo estudie violín, pensando, como tantos padres a lo largo de la historia de la literatura, que tal vez acabe por llegar a ser un niño prodigio y ellos tener el futuro resuelto. Todo tiene un regusto autobiográfico: la historia transcurre en Odessa, el chico de trece años lee a todas horas y empieza a escribir... Lo malo de ese plan, como suele ocurrir cuando se no cuenta para nada con el principal interesado, es que el chico tiene bastante más interés en escaquearse de las clases para poder jugar con sus amigos, ir al muelle a pescar o ver pasar los barcos, a las mil y una actividades típicas de los muchachos de esa edad. Como no puede ser de otra manera, el cuento termina al descubrir los padres, tres meses después, que su hijo no sólo hace novillos sino que además se gasta los rublos que le da su familia con los que tendría que pagar las clases de música, lo que ocasiona que su padre le quiera dar una buena paliza. (El despertar, Isaac Bábel).

          Por otra parte, y en un lugar muy diferente, un grupo especializado en tocar el reportorio de madrigales italianos del Renacimiento y Barroco, se dedican a dar giras por toda Europa mostrando ese delicioso repertorio. Sin embargo, en los últimos conciertos se nota la tensión entre dos de los integrantes del conjunto, que son pareja y están atravesando un momento muy delicado en su relación. Y todo ello tiene lugar justamente cuando están ensayando y llevando por los teatros y salas de conciertos madrigales de Carlo Gesualdo da Venosa, uno de los grandes nombres de ese género, autor que mató a su esposa y al amante de ésta de una forma brutal, de la misma manera a como uno de los miembros de la pareja muere a manos del otro, en paralelo a lo ocurrido al propio compositor al que interpretan (Clone, incluído en el libro de Julio Cortázar Queremos tanto a Glenda, 1980).
           En una escuela francesa empieza su último curso el profesor de música Simon, que se jubilará al llegar junio. Ha sido objeto de burlas entre sus alumnos durante años, sí, incluso entre sus compañeros, porque se muestra tímido y débil, pero eso ya parece no importar mucho ante la llegada de la jubilación. No obstante, entre sus alumnos hay un chico árabe en el que descubre asombrosas cualidades para tocar el violín. Se ofrece a darle clases particulares gratuitas, pero tiene que vencer las reticencias de la familia del muchacho. Y, pese a todo, contará con el respaldo de la madre, que le confiesa que su padre fue violinista la mayor parte de su vida, y que tuvo que dejarlo para ganarse duramente la vida y sacar adelante a su mujer y a sus numerosos hijos. La música lo era todo para él y murió creyendo que ninguno de sus descendientes tocaría su violín. En otra línea argumental, vamos enterándonos de que el profesor lleva años sin tocar su violín, porque tuvo que tocarlo obligado por los nazis que lo tenían preso como judío. Al final, todo el colegio organiza un gran festival en el que no sólo asombrará la maestría del chico árabe, sino que también su profesor, ahora que ha podido superar sus traumas, toca de nuevo su violín. Todo ello ocurre en El profesor de música, de Yael Hassán, 2004).


            Otro niño cogió su afición por la música con las canciones populares que le cantaba su tía. Y mucho años después, escribiendo sus memorias, lo narraba así: "Seguro estoy de que a ella debo el gusto, o mejor, la pasión por la música[...]. Poseía un prodigioso caudal de tonadas y canciones que cantaba con una voz dulcísima. La paz del alma de esta excelente mujer disipaba toda tristeza, [...] Tanto sus canciones me cautivaban, que no sólo he conservado en la memoria muchas de ellas, sino que aún hoy día, que casi la he perdido, algunas que tenía desde la infancia completamente olvidadas, reaparecen a medida que voy siendo viejo, con un encanto que trataría en vano de explicar. ¿Quién diriá que yo, caduco, viejo, roído por los cuidados y sufrimientos, me he encontrado algunas veces llorando como un chiquillo, al murmurar aquellos cantos con voz ya trémula y cascada?"(Confesiones, Jean-Jacques Rousseau).
LEOPOLDO ALAS, CLARÍN.
           Marcela Vidal es una modestísima cantante lírica que pertenece casi sin querer a una compañía –su madre era también cantante y su padre músico de orquesta- pero ni su facultades ni su belleza la van a llevar nunca a destacar en ningún papel, por más que una vez casi hasta gustó al respetable público interpretando a la Reina Margarita. Como espectadora de una función de ópera conoce a Feliciano Candonga, tenor con tan pocas cualidades como tiene ella, pese a lo cual ambos se enamoran y forman una familia, no sin antes haber dejado el mundo de la ópera, que no les daba más que sinsabores, pues los dos tenían al público y en su timidez no dejaban de sufrir con su reacción ante las actuaciones de ambos. En una especie de epílogo, sabremos que él ha llegado a convertirse en un importante mercader de harina en Grijota y sólo una vez más, para celebrar el nombramiento de su tío Romualdo diputado provincia,l acceden a subirse a un escenario y cantar para los vecinos de su pueblo.  Esta es la trama de uno de los escasísimos cuentos de Leopoldo Alas Clarín que tratan de un amor afortunado con un final feliz, La reina Margarita).  


           Con más talento, el poeta milanés Orazio Formi es el autor de los libretos de las óperas que triunfan en toda Italia, a las que pone música su amigo no muy dotado para la misma Brunetti. La tiple y actriz  que encarna los personajes de esas creaciones es  Gaité Provenze, de quien se va enamorando poco a poco el poeta. Brunetti le pide a ella, que es su esposa, aunque Orazio no lo sabe, que lo seduzca y consienta en lo que sea, puesto que necesitan que siga escribiendo libretos para él, pues es muy consciente de que su talento musical es muy limitado y si lo pierde perderá su trabajo e ingresos.  (Amor´ è furbo, escrito también por Leopoldo Alas, a quien le apasionaba la ópera, como lo prueba que en sus dos únicas novelas aparezcan numerosas alusiones y versos de diversas óperas, especialmente en Su único hijo, cuyo protagonista se enamora de la soprano de una compañía operística y con la que tendrá un hijo, a pesar de estar él casado previamente a esa relación y a que parece claro que, según confiesa la cantante, el niño que espera es de un tenor, no de su amante).
DE KIPLING A CHÉJOV
              En sus memorias tituladas Algo de mí mismo, Rudyard Kipling nos refiere cómo fueron sus primeros años de vida en la India, donde en las tardes calurosas el aya les cantaba a él y a sus hermanos nanas de ese país o les contaban cuentos que no olvidaron nunca. Después eran vestidos convenientemente y enviados al comedor con la advertencia de que tenían que hablar en inglés con papá y mamá. “Hablábamos, pues, en inglés, traduciendo, no sin titubeos, el idioma vernáculo de nuestras meditaciones y ensueños. Mi madre entonaba maravillosas canciones, sentada ante un piano negro, y solía asistir a cenas de gran ceremonia”. Y es que la música, las canciones y los cuentos forman una parte sustancial de los seres humanos, lo que no debe de extrañarnos que conduzca a que en países donde se prohíbe la música y hasta está penado el tener instrumentos musicales, muchas personas haya optado por enterrar su violines, heredados de padres a hijos en muchas ocasiones, en espera de tiempos mejores que permitan volver a recuperar esos tesoros que son para ellos los instrumentos musicales.


           La música sirve para proporcionar felicidad al hombre, para hacerle llorar o sonreír con el recuerdo de una melodía, para evocar un amigo o una situación, pero también puede ser usada, tangencialmente, para provocar la risa. Por una parte, tenemos el ejemplo de El amor a un contrabajo, un cuento de Antón Chéjov, en el que un músico baja al río a bañarse y al volver a la orilla se da cuenta de que le han robado la ropa. La trama se complica cuando debajo del puente en el que se ha refugiado llega una joven a la que también han robado sus ropas. El contrabajista le propone que se meta en la una de su instrumento, cosa que ella hace. Pero en el camino él cree ver a los ladrones y mientras los persigue dos músicos compañeros suyos se llevan la funda del contrabajo, pensando que se le ha extraviado. Y al volver sin haber podido recuperar sus ropas se encuentra que tampoco está la funda. En la sala donde iba a ser el concierto la sorpresa es mayúscula cuando abren la caja y al final del cuento se habla de cómo en el puente se oye por la noche música de contrabajo y que a veces se ve a un extraño tipo peludo y en cueros. Hay que disculpar al auto ruso que el relato se agote en su mismo final, pero es preciso añadir que se trata de una historia de las primeras que iba escribiendo todavía con el pseudónimo Antosha Chejonte,  antes de encontrar ese estilo inimitable y certero que lo lleva a ser uno de los grandes narradores de la literatura.
MECENAS TACAÑOS
           Por otro lado baste pensar en dos ejemplos sacados en esta ocasión de la propia historia de la música. El más conocido es el de Joseph Haydn, el célebre compositor austriaco que ideó una pieza (La sinfonía de los adioses, la número 45 de su catálogo, para ser exacto) en la que para protestar porque los músicos fueran traídos de sus vacaciones de forma inesperada para tocar ante el noble que los pagaba, Haydn creó una obra en la que al final de la misma iban yéndose los músicos apagando su vela y recogiendo su partitura, hasta no quedar ninguno. Para ser que el príncipe Nikolaus Esterházy entendió el mensaje y les permitió regresar junto a sus familias a disfrutar de sus vacaciones.  
        Y con un propósito no muy diferente tenemos el caso de los músicos del Renacimiento.  No son pocos los que se tienen que buscar un mecenas más serio a la hora de pagar. El cardenal Arsenio Sforza - que olvida pagar a sus músicos pero no pagar una fortuna por un papagayo que supiera recitar el Credo-  es uno de ellos, para el que Josquin Desprez compone  la misa La sol fa re mi, en la que parece utilizar un fragmento del Kyrie Cunctipotens, pero que en realidad repite una y otra vez las transmutación solfística de Lascia fare a me (Déjame hacer a mí), frase con la que el cardenal acostumbraba a despedir a los pedigüeños. en parecida circusntancia otro señor decía "Mírese", y un músico ya cansado le aconsejó: "No entone tanto el mi, Cante el fa: Fágase". 
      El rey Luis XII no debía ser mucho más puntual con la paga y Josquin le dedicó un exquisito arreglo de una conocida canción popular, Adieu mes amours, retocando su texto. "Adiós, amor mío. Adiós hasta la primavera. No sé de qué viviré. ¿Viviré del viento, si el dinero del Rey no llega a menudo?" Y con otra sencilla canción atendió los ruegos del monarca que insistía en querer cantar con sus músicos, aun teniendo escasas facultades para ello. Guillaume se va chauffer es el título de una canción, que tiene el tenor marcado como vox regis y formado por una sola nota repetida machaconamente con todo el texto.
        

DOS VIOLINISTAS
         Vikram Seth es un escritor indio que no ofreció  una hermosa novela titulada Una música constante, cuyo protagonista es el segundo violín de un conjunto de cámara. Uno de los nudos narrativos más importantes es el intento de recuperar un viejo amor, en la piel de una mujer que está empezando a perder la vista, y que asiste horrorizada a sus conciertos para clave de Bach al temer que el público noto esa pérdida. Sin embargo, a mí me gusta también la relación que el músico tiene con una mujer ya mayor que le ha prestado su violín del siglo XVIII, nada menos que un Amati, y que al final de la novela, en un rasgo de generosidad, le regala en su testamento, ante la perplejidad de sus herederos. En todo caso, las escenas de los ensayos, de los sentimientos que produce tocar la música o escucharla tocada por otros o ver cómo los demás reaccionan ante la interpretación de una determinada melodía muy pocas veces han sido tratadas con tanta hermosura, profundidad y emoción.
        En una curiosa novela de Enrique Vila Matas - y no sé si existen o no las dos creaciones que en ella se citan, aunque eso poco importa, la verdad - , se habla de una película de un tal Jacquot adaptando un relato incompleto de Dostoievski: la historia de un joven violinista de provincias que convencido de tener un don excepcional como músico deja su ciudad natal para conquistar la capital, pero no encaja en ninguna de ellas, lo que le lleva a no querer trabajar con ninguna para no tener que compartir su talento ni con las mejores orquestas del país. Se considera el mejor violinista del mundo y pasea por las calles de París – supongo que el narrador ruso situaría a ese joven en Moscú o en San Petersburgo-  mirando con engreimiento y envidia los carteles que anuncian conciertos musicales en la ciudad y acaba no teniendo más remedio que chulear a una pobre criada (Anna Karina). Ella lo ha acogido en su habitación porque se ha enamorado de él, no del arrogante músico provinciano sin trabajo sino del patético y pobre diablo que ha encontrado dando tumbos por la ciudad diciendo que es el mejor violinista del mundo (París no se acaba nunca, 2003).   
MÚSICA EMBRIAGADORA
      No pocas veces la música produce un efecto casi hipnótico en quien a escucha. Así, por ejemplo, Sapo y Ratón, dos de los protagonistas de esa joya que es El viento en los sauces (Kenneth Grahame, 1908) buscan a un cachorro de nutria que se ha perdido y su madre está buscándolo desesperadamente por todo el bosque. En un punto recóndito de éste, los dos amigos empiezan a escuchar una música que los atrae sin remedio. Y en un recoveco se encuentran con que el pequeño animal está dormido, acunado por la embriagadoras notas que salen de la flauta de Pan, que está junto al cachorro. Cuando se lo llevan a la madre, ni Sapo ni Ratón son capaces de recordar con exactitud lo sucedido en aquel espacio, lo único que tienen claro es que había algo superior a sus fuerzas que los condujo a ese lugar sin poder evitarlo.
        Otro tanto ocurre en Canto de amor triunfante de Iván Turguéniev. A la joven esposa le han suministrado una especie de bebedizo que, cuando llega la noche, al dar comienzo una singular melodía que se extrae de un extraño violín traído de lejanas tierras, ella acude como sonámbula al jardín de su mansión a encontrarse con el amigo de su esposo que ha venido desde Asia tras varios años ausentes, en un viaje que hizo una vez que no pudo casarse con ella. Pero también él acude a esa peculiar cita en una suerte de estado hipnótico. No sabremos lo que hubiera ocurrido si esos encuentros se hubieran repetido más veces, porque lo cierto es que el marido descubre esa salida y  al ver que desde ese momento su mujer pierde la alegría, averigua la raíz de ese estado y, finalmente, clava su hermoso puñal en el costado del que años atrás fue su mejor amigo. Que pese a todo se irá de la mansión encima de un caballo, pálido y sin fuerzas sí, pero aparentemente vivo, seguramente por mediación de un sospechoso criado que trajo de sus viajes y que tal vez fuera también quien tocase el violín.

          Y lo mismo pasa en Leyenda de las dos discreta estatuas, de Washington Irving, relato incluido en su Cuentos de la Alhambra. Sanchita es la hija de un pobre mercader y buen guitarrista y cantante de canciones populares. Descubre un amuleto y esa noche, mientras la vida y el tiempo se ha paralizado, ella puede hablar con una princesa cristiana secuestrada por los árabes de Granada. Lo curioso del caso es que esa joven hermosa tiene una lira mediante la cual logra tener dormido a su gurdián, de modo que puede conversar con Sanchica y darle las indicaciones de dónde se encuentra un valioso tesoro y pedirle que dedique parte de él, una vez que su padre lo saque sin darle cuenta a nadie, a decir misas por la salvación de la princesa cristiana.


SCHUBERT Y BEETHOVEN COMO INSPIRACIÓN
           La muerte y la doncella es un célebre cuarteto de Franz Schubert cuyo título usa igualmente el dramaturgo chileno Arel Dorfman para uno de sus dramas, que unos años después adaptaría al cine nada menos que Roman Polanski. Pues bien, la historia se centra en la vida de una mujer, Paulina, que intenta llevar una vida normal, pero desde el primer momento intuimos que algo en su pasado la tiene inquieta, algo que no está muy claro que su pareja Gerardo sepa. Ese algo es nada más y nada menos que tiempo atrás fue torturada por Roberto,  torturas que se llevaban a cabo con la música del cuarteto de Schubert como acompañamiento. Y aquella música maravillosa creada para el disfrute del ser humano y que también recogía las angustias del joven músico vienés, pasa aquí a convertirse en un sonido asociado al miedo, al dolor, a lo peor del ser humano.  Sabíamos que los nazis apreciaban las bellas composiciones de Mozart, Bach y tantos otros, lo que no les impidió cometer crímenes atroces. Pues otro tanto le pasa a Roberto, de manera que a todos cuantos amamos la música nos preguntamos por qué esos sonidos que nos elevan a lo más alto no fueron suficientes para evitar que algunas personas se convirtieran en verdaderos monstruos. ¿Y qué haríamos si pasado el tiempo nos encontráramos con la voz de quien nos torturaba - y cuyo rostro nunca pudimos ver -  o cómo afrontar la vida cada vez que sonara la sublime música de Schubert?

      Pero a veces es que los músicos tampoco son lo que se dice un buen ejemplo. Basta pensar en el caso de Richard Strauss, figura clave en la música operística de las primeras décadas del siglo XX, por no hablar de sus poemas sinfónicos o sus inolvidables canciones. Para empezar, en el caso que nos ocupa, firmó un manifiesto contra Thomas Mann, el futuro ganador del premio Nobel de literatura, lo que motivó que éste y su numerosa prole tuviera que escapar de Alemania con el ascenso de los nazis al poder. Años después, uno de sus hijos, Klaus Mann, también escritor, acude a Europa como corresponsal de guerra y recién acabada ésta visita el castillo del Führer y está presente en la única entrevista con Hermann Göring. En Munich se pone en contacto con Strauss y éste accede a una entrevista. El anciano compositor se queja del trato de las autoridades, que pretendían llenar su casa de refugiados, aunque había vivido a cuerpo de rey.  Strauss añade que su nuera fue la única judía libre de toda Alemania. Por si eso fuera poco, se queja de que no le habían dejado cazar y que le prohibieron sus paseos a caballo. Klaus Mann, rechaza la invitación para quedarse a comer con el siguiente comentario: “Un hombre tan grande, ¡y sin grandeza!”.
        En una asombrosa novela corta Lev Tolstoi describe en primera persona la vida, creencias y evolución mental de un hombre adinerado que va a narrar las causas que le llevaron a matar a su esposa. Sería muy largo explicar las minuciosas lucubraciones y los meandros por los que se mueve  el pensamiento de ese hombre. Lo que nos interesa en este caso es la interpretación que hace su esposa y un notable violinista de La Sonata a Kreutzer de Ludwig van Beethoven, que de paso da título a toda la narración. Él sospecha que está surgiendo un idilio entre los dos, por más que tampoco parece que haya nada objetivo que pueda llevarnos a pensarlo, pero la mente del protagonista es, no lo olvidemos, una mente enferma. Y, sin embargo, la ejecución de la sublime partitura le conduce a una suerte de euforia, inesperada en una situación que él describe como tensa al buscar las señales que evidencien las relaciones del violinista profesional y su mujer al piano. Y, como conclusión de ese sentimiento, y que puede ser una perfecta clausura de estas líneas, afirma lo siguiente: “¡Y qué cosa tan terrible la música en general! ¿Qué es? No comprendo. ¿Qué es la música? ¿Qué hace? ¿Por qué hace lo que hace? Se dice que la música influye en el alma para elevarla. ¡Tontería! ¡Mentira! Influye, sí, influye espantosamente (hablo por mi cuenta), pero no de una manera ennoblecedora. ... ni ennoblecedora ni envilecedora, sino de una manera irritante. ¿Cómo diría yo? La música me hace olvidar mi situación verdadera; me transporta a un estado que no es el mío, bajo su influjo me parece que siento lo que en realidad no siento, que comprendo lo que no comprendo, que puedo lo que no puedo”.
                                                                            José María García Pérez


viernes, 22 de febrero de 2013

 FRAGANCIAS Y  HEDORES

                
             En un mundo futuro que tal vez no tarde en llegar, una pareja norteamericana ha instalado en su carísimo hogar una serie de cachivaches tecnológicos que permiten en una de sus habitaciones poder disfrutar de un ambiente tal y como lo desee el propietario. En un primer momento la idea de ellos era tener una bosque, con riachuelo, árboles y todos los elementos ad hoc para estar rodeados de una atmósfera de lo más pacífica y relajante. Y, sin embargo, la pareja de hijos que tienen ha transformado esa habitación en un realísimo ejemplo de sabana africana, y digo realísimo porque una de las propiedades de esos adelante modernos es el sentir a todos los niveles cuanto se tiene ante los ojos, de manera que el poderoso olor de los leones, de las presas de estos tras ser comidas y tantos otros se perciben con total realismo. Los padres están un poco asustados de cómo sus hijos ya no piensan en otra cosa más que estar en la habitación, por lo que les prohíben acercarse a ella. Y como si de un relato de Saki se tratara, los niños dejan encerrados allí a sus progenitores, y los rugidos de los depredadores se vuelven más terribles. Cuando viene el psicólogo a ver si los adultos le han hecho caso, los niños lo encierran a él también, y de nuevo el ruido de los animales de la sabana se vuelve más ensordecedor y nos tememos que van a dar buena cuenta de los tres adultos. Y es que ese futuro supuestamente lleno de inventos maravillosos para el ser humano no es tan estupendo como lo pintan, o al menos eso creía uno de sus más fervientes creadores, Ray Bradbury (La sabana, The veldt).
              No eran precisamente mucho mejores los efluvios que describía George Orwell en su imprescindible Homenaje a Cataluña (Homage to Catalonia), la descripción del paso del escritor británico por nuestro país durante la Guerra Civil, al que viajó desde  su Gran Bretaña natal al poco tiempo de empezado el conflicto hasta que tuvo que salir subrepticiamente de España en el año 1938 por la frontera francesa tras haber sido herido en el brazo izquierdo y, lo que era mucho más grave, en peligro de muerte una vez que el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista, el partido al que pertenecían la mayoría de los anarquistas, para entendernos) fue declarado ilegal y todos sus miembros detenidos, encarcelados y fusilados, no necesariamente en este orden. En las páginas de ese libro podemos casi sentir físicamente el olor que desprenden las trincheras en las que luchan los soldados que defienden la República, las heridas purulentas de quienes caen heridos por la acción de las balas de o de los morteros, el hedor de los cárceles en las que se agolpan los prisioneros, todo ello en contraposición al perfume de las mujeres que pasean tranquilamente por la ciudad de Barcelona, como si esas batallas no formaran parte del mismo país en el que ellas vivían, o el inconfundible olor de tabaco que todos fuman sin parar, los dos ejércitos contendientes, los que están en la retaguardia, etcétera.
     Sin salirnos de Cataluña, pero esta vez acompañando a uno de los mejores escritores en su lengua, nos encontramos con Josep Pla, el autor que hizo de las cosas sencillas de la vida el tema de muchos de sus obras, entre las que  no podemos menos que destacar El cuaderno gris (1945). En ese libro admirable somos testigos de la vida no sólo en algunas aldeas del Ampurdá, sino también de en varias ciudades. Y entre ese testimonio de las personas, los animales, las plantas y hasta lo inanimado que también se cuela por entre las líneas de Pla, no podían faltar las notas referidas a las percepciones olorosas. He aquí una muestra: “26 de abril – A ciertas horas del día, a media tarde, por ejemplo, el perfume de las acacias que ahora empiezan a florecer en la calle del Sol, es de una dulzura literalmente embriagadora, quizá un punto demasiado dulzona, un olor de postal, excesivamente pegajosos, viscoso, triste.”
ASESINOS, MUERTES Y HUMOR.
          Por su parte, Jean-Baptiste Grenouille, el niño abandonado a su suerte tras nacer y que ya desde pequeño produce la perturbación que cabe suponer entre aquellos que aprecian su ausencia de todo olor corporal, se convertirá con el tiempo en uno de los mejores creadores de perfumes de la Europa del siglo XVIII y, finalmente, en un asesino despiadado que no sólo es incapaz de sentir la más mínima empatía por sus víctimas, sino que, en último término, tras haber matado a numerosas jóvenes para extraerlas su olor, llevará su locura hasta el paroxismo cuando a punto de ser llevado a la horca, expande una fragancia que enloquece a verdugos, autoridades y a los cientos de testigos que se habían dado cita para contemplar la ejecución, hasta el punto de que acaban todos envueltos en una frenética orgía. Al final, consciente de la ausencia de nuevos retos para él, pero en ningún momento arrepentido por sus crímenes inhumanos, obliga mediante otro aroma de su creación a un grupo de bandidos a descuartizarlo, en un final que no puede sino recordar el que padecerá Orfeo a manos de las bacantes.  Es el argumento de El perfume, de Patrick Süskind, la novela de 1985 que sería uno de los grandes éxitos de ventas durante años.
         El elemento amoroso es mucho más importante en un relato que Ítalo Calvino escribió para formar parte de un libro que, organizado en torno a los cinco sentidos del ser humano, pero que la muerte le impidió concluir, de manera que hoy en día sólo conservamos tres partes. La que se refiere al olfato, concretamente es la que lleva por título El hombre, la nariz (Bajo el sol jaguar, 1989, en su versión española). El breve texto intercala dos historias, la de un noble francés del siglo XVIII (¿o del XIX?) y la de un joven inglés ya en el siglo XX. El primero busca un perfume para una mujer en un París muy lejano del de Süskind –no en el tiempo, sí en su aspecto y belleza – y el segundo se encuentra con una mujer a la que distingue por su olor allá donde quiera que se encuentran. En todo caso, ambas tramas que se desarrollan en paralelo terminan con la muerte de las mujeres, sin que quede claro la forma en la que ambas encuentran su fin y el grado de implicación de los hombres en esas muertes.

        Sin embargo la muerte acecha en muchos lugares donde no alcanza el amor, como es el caso paradigmático de las narraciones de H. P. Lovecraft, en quien el hedor de las cuevas, de los casas abandonadas y de de otro buen sinfín de lugares se asocia de una u otra manera al mal. Es lo que ocurre en un relato llamado en busca de la ciudad del poniente, donde aparece un barco cuya característica más acusada es su pésimo olor. Y de hecho Randolph Carter, el protagonista de todo un ciclo de aventuras del singular escritor de Providence, será secuestrado en una nave pestilente por unas extrañas criaturas que son sus pasajeros(En busca de la cudad del sol poniente, The Dream-Quest of Unknown Kadath). Como no podía ser de otra manera en Lovecraft, cuanto se relata en sus historias carece de una explicación racional, y hay que verlo en último término que una serie de acercamientos de mundos paralelos, maléficos y aterradores. No es de extrañar que un universo próximo a lo onírico como éste se declarase deudor en cierta forma de las atmósferas turbadoras de Arthur Machen o Lord Dunsany.
          Pero no todo iba ser una atmósfera fétida y maloliente, ya que en el mundo de los olores también hay espacio para el humor. En efecto, en una película que ha salido a colación varias veces en este blog, My Darling Clementine (John Ford, 1946) el sheriff Wyatt Earp se detiene a acicalarse en la peluquería de Tombstone, ese pequeño pueblo en el que Ford situó el espíritu de los pioneros, como ya antes se había afeitado la barba – lo que no deja de indicar que es un tipo presumido - y, de paso, expulsado a un indio revoltoso que estaba incordiando en el lugar. Pues bien,  a punto de celebrarse el baile con el que se pretende inaugurar la iglesia que se está construyendo, Wyatt sale de la peluquería oliendo a una colonia que le ha recomendado el barbero, y nada más salir se encuentra con la hermosa y joven Clementine, la futura maestra de Tombstone y que encarna la civilización, además de ser el objeto del amor del atildado sheriff. Charlan juntos y ella le dice que es un día tan hermoso que hasta le parece oler a las flores del campo, allí, en pleno desierto. Él le explica de dónde proviene ese olor tan agradable. A continuación se acercan sus dos hermanos y, entre otros temas de la conversación, también uno de ellos afirma que le parece estar oliendo al jardín de su madre, a lo que responde Wyatt: “Soy yo”.
INFANCIA Y FELICIDAD
           De entre los recuerdos de la infancia que todo ser humano recuerda es imposible que no haya varios asociados al mundo olfativo. Y, como no podía ser de otro modo, los escritores han buceado en esas evocaciones con mayor o menor fortuna, en especial a la hora de enfrentarse a la escritura de sus memorias. Como muestra traemos aquí el caso de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957). A la ahora de rememorar la casa de su familia, que ya avanza que sería destruida por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial –más en concreto fecha esa pérdida el 5 de abril de 1943 – no podía menos que enlazar las recuerdos que le proporcionan todos los sentidos: “Todo me gustaba en ella: la asimetría de sus muros, la cantidad de sus salones, los estucos de sus techos, el mal olor de la cocina de mis abuelos, el aroma de violeta en el tocador de mi madre, el aire sofocante de las caballerizas, la grata sensación de los cueros pulidos en la guarnicionería, […]todo un mundo lleno de delicados misterios, de sorpresas siempre renovadas y siempre tiernas”.
        Por desgracia, la Segunda Guerra Mundial no terminó únicamente con los edificios y las casas de las personas, sino que ocasión más de sesenta millones de muertos. Entre ellos estaban la familia de Jakob Beer, un niño polaco que ha poco menos que perdido la razón entre las muertes, la violencia y el ruido de las bombas y las metralletas. Por fortuna para él, y para nosotros como lectores, un soldado y científico humanista griego lo rescata literalmente del horror para llevárselo a vivir a las islas griegas, y allí volverá a descubrir las razones por la que la vida merece la pena ser vivida: las conversaciones con los lugareños, el sabor de las olivas, el azul inmaculado del Mediterráneo, el olor a salitre del mar o de la fruta recién pelado… Pocas veces los sentidos han descubierto todo un mundo y han supuesto una “resurrección “ para un ser humano como en Piezas en fuga (Fugitive pieces, 1996), la primera y bellísima novela de la poetisa canadiense Ann Michaels.
          Hay veces en las que un determinado aroma se nos cuela de rondón en nuestras vidas y bien nos presenta la infancia ante nuestros ojos con una fuerza increíble, como ya hemos visto, o bien parece aromatizar aquello que nos rodea, hasta las mismas lecturas que nos traemos entre manos. Es lo que le ocurre a ese personaje de Juan Marsé al que le gusta el café y los libros: “Ciertamente, el café le gusta mucho y su aroma invade con frecuencia el ámbito de sus sueños y de sus lecturas, y ahora mismo cree percibirlo impregnando las páginas del libro que está leyendo, perfumando la habitación de la triste y desesperada Natasha” (Rabos de lagartija, 2000). Por desgracia, en este blog no disponemos ni de los recursos del Odorama, es decir, de aquel sistema que intentó la visión simultánea de películas y de olores de lo que se mostraba en esas películas, ni de las páginas de libros como los de Genónimo Stilton, esos que se pueden rascar y percibir determinados olores, a veces sin ni siquiera rascar. Pero bueno, tal vez algún eso sea posible en el ámbito de internet y entonces estas líneas pudieran ir acompañadas de todas la fragancias, aromas hedores, perfumes que en él han ido apareciendo.
                                                                            José María García Pérez


jueves, 14 de febrero de 2013


PINTORES Y PINTURAS (2)
                  
         Un renombrado pintor recibe el extraño encargo de llevar a una tela el retrato de un hombre joven y hermoso, pero sin tener un modelo en el que inspirarse, aunque eso sí, el resultado ha de tener la pátina del tiempo, esto es, una suerte de atmósfera que haga que quien lo vea lo sitúe en una época anterior, sin una fecha precisa, aunque todo apunta que en torno a mediados del siglo XIX. El innombrado artista traspasa esa petición a una amiga que también se dedica a ese noble arte, Mary Tredick. Ella acepta y en muy poco tiempo obtiene una pintura extraordinaria, que cumple con todos los requisitos solicitados. Ahora bien, cuando la dama que ha hecho el encargo lo ve –en el taller del mediador – se queda estupefacta, ya que reconoce en el hermoso varón a su prometido. Extiende un cheque por el doble del valor del encargo, nada menos que 400 libras, y da órdenes para que al día siguiente vengan a recogerlo. Sin embargo, Mary lo retira antes y, al devolver el cheque a su amigo, le informa que el modelo fue alguien a quien amó en el pasado y fue amada por él, y que lo perdió por la intromisión de la señora Brigdenorth –que así se hace llamar la dama -, quien logró la promesa de matrimonio del joven, promesa que nunca se cumplió al morir antes del enlace. Y al final sabemos de la muerte de esas dos mujeres, ya ancianas, en un espacio breve de tiempo, gracias a lo cual el soberbio retrato ha pasado a manos del pintor, quien ya anciano es la persona que narra el relato (La pátina del tiempo, The Tone of Time, Henry James, 1900).
       Juan Ruiz, el arcipreste de Hita, nos narra la historia de Pitas Payas, ese pintor que dibuja bajo el ombligo de su mujer un cordero, para asegurase que le va a ser fiel, ahora que ha de partir lejos y durante dos años, cuando sólo hace un mes escaso que se han casado. A su regreso, se encuentra con que ella tiene una carnero dibujado en su vientre, lo que le hace sospechar al pintor, pero ella le explica que es normal que tras tanto tiempo de espera el cordero haya crecido –pese a que la explicación es mucho más sencill: ella ha tenido un amante todo ese tiempo y al llegar las nuevas de que su marido retorna al hogar, ella le pide que pinte algo que oculte su adulterio-. Se trata de una exiemplo, de una especie de fábula para enseñar que las cosas importantes se deben cuidar. Es una más de las muchas y divertidas historias que pueden leerse en una de las obras maestras de nuestra literatura, a saber: el Libro de buen amor.
TRES RELATOS
         Por su parte, tres diletantes de muy diversos oficios (un barón, un poeta y un pintor) se quejan de su vida monótona y sin aliciente alguno, por lo que, tras abandonar el bar donde empieza la historia, se trasladan al lugar donde pinta Vladimiro, un artista que los tres admiran y que les obsequia con comida y vino. El cuarto está, como siempre, lleno de humo, porque parece que es la forma en la que Vladimiro Lubovski mejor pinta, y mientras ellos siguen quejándose de la vida, el pintor pone en la tela lo que lleva dentro. Pasa el tiempo y los tres deciden irse de aquel lugar, donde realmente no pintan nada, y allí se queda el artista, llorando en soledad, porque la creación siempre es una lucha solitaria, y por más acompañado que estés en ese momento mágico, estás solo ante la obra que haces. Y no cuesta trabajo pensar que Rainer Maria Rilke, el inolvidable escritor alemán, compartía esas ideas con ese ser cuyo nombre aparece en el mismo título de cuento: Vladimiro, pintor de nubes.
        Por su parte, el joven insolente que se hará llamar Jean de Daumier-Smith, ha aprendido a pintar, pero no por perseguir la creación como algo poco menos que divino, como era el anhelo de Vladimiro, sino como un entretenimiento que le ha llevado a ganar tres premios infantiles. En lugar de sus 19 años, finge tener diez años más y ofrece sus servicios para ser profesor de pintura en Canadá, en una escuela regentada por un matrimonio japonés. Como ocurre en toda la obra de J. D Salinger, lo que siempre asombra en la breve obra del narrador estadounidense es la pasmosa creación de personajes y la facilidad con la que los ponía en una serie de circunstancias que los hacían dudar de sus certezas, pero también ser más humildes y amables para con los demás, e incluso para consigo mismos. En este relato la historia es desternillante, hasta el punto de que es imposible no reírse con las cartas que manda a sus alumnos o con las descripciones que hace de las costumbres de la pareja japonesa que regenta la escuela (El período azul de Daumier-Smith).
          En un breve relato de Jean Rhys, esa escritora tan interesante como poco conocida –me temo -, un don Juan francés tiene que devolver treinta mil francos que ha sustraído de su empresa. Y, curiosamente, aprovecha para intentar seducir a una mujer a la que acaba de conocer, que por el acento debe de ser inglesa. La cosa no pinta bien de momento, por lo que opta por pedir el dinero a dos de sus amantes ricas, sin el más mínimo éxito. En consecuencia, aprovecha una nueva cita con Margaret para intentar conseguir el dinero. Ella no quiere saber nada de una relación física, pero sí está dispuesta a darle a Maurice –que al principio simplemente es nombrado como el Chevalier – los treinta mil francos, siempre y cuando él acceda a irse con ella a Madrid, a donde pretende trasladarse para disfrutar de la vida y de su fortuna. El don Juan se niega de muy malos modos y ya sólo piensa en la manera más rápida de huir de París antes de que se den cuenta del dinero que ha sustraído. Lo curioso del caso es que, y con eso acabo, que ella es pintora, sí, pero lo sabemos por dos rápidas menciones de la narradora, sin que en ningún momento se nos presente su actividad ni se den pistas de la misma, de modo que perfectamente hubiera podido ser modista, modelo y cocinera (El Chevalier de la Place Blanche, 1976).
 FÁBULAS Y DIBUJOS
          En uno de sus escritos humorísticos, Leonardo Da Vinci cuenta cómo un sacerdote va con el hisopo por todas partes bendiciendo todo cuanto se le pone a tiro. Es más, se encuentra con un pintor y allá que te va con el agua bendita: rocía los cuadros como si de una nueva empresa se tratara. Y por si eso fuera poco, le explica al enojado pintor que el hacer buenas obras tiene buen pago por parte de Dios, y no  precisamente cualquier bagatela, sino el céntuplo de lo realizado. Cuando el cura se va de su casa, el pintor sube al piso superior y sin perder tiempo le tira encima un jarrón de agua: “Ahí tienes la recompensa del ciento por uno que te viene del cielo, como tú has dicho, por el agua bendita con que tú has rociado mis cuadros y has estropeado la mitad de ellos”. Llama la atención, o por lo menos a mí, que una figura tan asombrosa como Leonardo Da Vinci no haya sido aprovechada en películas, series de televisión o en novelas históricas; no es que no las haya, obviamente, pero tal vez un artista, pensador, arquitecto, filósofo y tantas otras cosas no pueda ser comprimido en los límites de una obra de ficción, entre otras razones porque ya su vida y sus creaciones son tan fabulosas que me da la impresión de que parecen ser la obra de un ser poco menos que sobrehumano.
        En más de una ocasión hemos visto o leído que alguien dibuja el rostro de una persona, y ello puede tener diversos fines: el más clásico es la faz de un acusado en el juicio que se sigue contra él. De esto tenemos ejemplos tanto en la ficción, como es el caso de Testigo de cargo (Witness for the prosecution, Billy Wilder, 1957), en donde vemos cómo se perfila esa imagen y cómo se cambia el letrero que lo acompaña de “culpable” a “no culpable”( que es la forma inglesa de denominar a nuestro “inocente”), como en la vida real, como lo prueba el famoso caso de O. J. Simpson. De otro lado, esos dibujos pueden ser, llegado el caso, determinantes para reconocer a personajes relevantes de la trama, como ocurre con el dibujo que Loudon Dodd ha hecho de dos de los supervivientes del Nube Volante, el carguero que ha naufragado y del que Loudon y Jim Pinkerton pretenden recuperar las mercancías que portaba (Los traficantes de naufragios, The Wecker, Robert Louis Stevenson).
DE LA PINTURA Y LA MÚSICA
       No son pocas las canciones cuyo argumento trata sobre un pintor, una pintura o la relación entre todo ello. Es el caso, sin ir más lejos, de El último de la fila, quien en Lápiz, tinta, incluido en Astronomía razonable (1993), se podía apreciar una letra en la que no era difícil adivinar las preocupaciones que asaltan al pintor ante su obra, y en este caso no podemos olvidar que el autor de la letra, Manolo García es también pintor. De ahí ese ansia por pintar un color, un paisaje que el tiempo marchitará en breve, ese dejarse llevar por la pasión y que el corazón dicte a la mano el color, el movimiento y las líneas que tiene que seguir.
     En otras ocasiones lo que se observa tras unas sencillas líneas es pura y simplemente una historia de amor, la que van sintiendo el pintor que en primera persona describe la llegada de su modelo y el hecho de que surja un sentimiento entre los dos que ninguno puede ocultar. “Me pongo a pintarte y no lo consigo, después de estudiarte termino pensando, que faltan sobre mi paleta colores intensos que reflejen tu rara belleza. No puedo captar tu sonrisa, plasmar tu mirada, pero poco a poco sólo pienso en ti. Sólo pienso en ti (se repite ocho veces como estribillo). Tú sigues viniendo y sigues posando, con mucha paciencia porque mi lienzo siempre está en blanco. Las horas se pasan volando y hay poco trabajo adelantado para tu retrato. Sospecho que no tienes prisa y que te complace ver que poco a poco sólo pienso en ti, sólo pienso en ti…” En mi opinión, una de las más hermosas canciones que ha dado la música en nuestro país, que conforme pasa el tiempo más honda y bella parece, pese a tener ya casi cuarenta años. Es una lástima que el grupo formado por Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán no tuviera en su momento éxito, cosa sorpredente con un disco tan extraordinario como era ese Señora Azul (1974).
        Ese inolvidable inicio de un amor se transforma trece años después en un experiencia amarga para el protagonista de Una calle de París de Duncan Dhu (apareció en el disco El grito del tiempo, 1987). En efecto, en una habitación vacía sólo hay restos de lo que fue una relación (un colchón, un cuadro y cortinas cerradas para que no entre el sol), ya que “La noche se llevó los cuadros, la cordura y la fe, y nunca más se vio salir ningún color de mi pincel”. En otras palabras, el fin de esa relación ha supuesto también el fin de la dedicación a la pintura, y de ahí que sólo quede un cuadro, el último: “El cuadro que pinté con tu sonrisa y nunca acabé,  quedó en la habitación y nunca más se vio”.  Cuando una relación termina, el fruto artístico ya no tiene sentido para el creador, aunque se tratase de una obra maestra.
          Como ya hemos señalado en alguno de los textos dedicados con anterioridad al tema de la pintura, hay ocasiones en las que una tela ejerce una atracción irresistible a los ojos que la contemplan. Y eso es lo que sucede a quien canta en primera persona en El cuadro II, un tema del segundo disco de Héroes del silencio, que se tituló Senderos de traición y que apareció en 1990. La visión del cuadro hace que “en su interior las figuras danzan, me miran y se agrandan”. Hay un mención explícita de las pistolas de Warhol (supongo que refiriéndose a la famosa obra con Elvis Presley disparando en una de sus películas, que Warhol pintó con su particular estilo). Al final parece como si hubiera un intento de penetrar en el lienzo, en el sentido más literal de la palabra, para formar parte de él: “Rodeado por miradas algo difuminadas y admito los colores de su interior, y sufre mi figura la transformación”. Todo aparece en una descripción un tanto vaga, muy a tono con las letras habituales de Enrique Bunbury, el cantante y letrista de la mayoría de las canciones de ese grupo.
           Apasionado por la música, para la que tenía indudables dotes, pero también para la escritura, la ilustración, maestro y humanista, fue finalmente la pintura lo que le llevó a la fama ya desde muy temprano en su vida, Oskar Kokoschka (1886 - 1979) se enamoró perdidamente de Alma Mahler, una de las mujeres más interesantes de su época (1879 -1964), viuda por aquel entonces del músico Gustav Mahler, futura esposa del arquitecto Walter Gropius y del escritor Franz Werfel.  La relación no pudo ser más tormentosa, pues él pasaba noches enteras caminando ante la casa de Alma, le propuso un matrimonio que ella no llegó a aceptar y, finalmente, ella abortó el hijo que esperaba de él. Indudablemente nunca sabremos cómo hubiera terminado una relación como esa si matrimonio e hijo hubieran llegado a buen fin, pero lo cierto es que nos quedan varias obra maestras de la pintura del siglo XX como muestra de ese gran amor, tanto en óleo, dibujo y acuarela, entre ellas esa creación extraordinaria - y en la que aparecen los dos protagonistas de esa relación que vino a durar unos tres años - que es Die Windsbraut La novia del viento).
         Y terminamos con Benito Pérez Galdós, un hombre que nunca dejó el pincel - y que de hecho tiene cuadros, acuarelas y dibujos de valor nada desdeñable- por más que su fama venga de sus escritos y quien a lo largo de su extensísima obra nunca dejó de tratar, de una forma u otra, el tema del doble. En una creación de 1870, que puede ser considerada por tanto de juventud, La sombra, Anselmo es un hombre ya mayor que cuenta su vida al narrador de la historia. Y su vida la recrea no como fue en realidad, sino como la vida de un ser en el que se desdobla, el Paris de la mitología griega, el príncipe troyano que sedujo a la bella Helena –no es casual que la esposa de Anselmo se llame precisamente así, ni que a ratos ese anciano se haga pasar por otro hombre, Alejandro, nombre con el que a su vez también se conoce a Paris, amén de recordar inevitablemente al gran conquistador griego -. Nada tiene de ajeno a toda esa trama el hecho de que en el salón de la casa de Anselmo hay un tapiz en el que aparece una escena entre Paris y Helena. Una vez más, una imagen –tanto da en este caso que sea un tapiz o que sea un cuadro – en segundo plano sirve para conectar las líneas por las que discurre un relato, como pasa siempre en las películas de Alfred Hitchcock o de Carl Theodor Dreyer, pero eso ya sería materia de otro artículo.
                                                                          José María García Pérez