lunes, 1 de abril de 2013


IN PRINCIPIO MUSICA
                                                                                    
            Un estudioso guatemalteco descubre por azar los dos últimos movimientos de la Sinfonía inacabada de Franz Schubert. Naturalmente, le falta tiempo para comunicar su descubrimiento a las autoridades de su país, pero ya no es que no le crean, sino que a nadie parece importarle semejante hallazgo. Nuestro hombre no se desanima y emprende un viaje a Europa, donde piensa que allí le escucharán y darán a conocer a todo el mundo una música tan hermosa como esa. Cuál no será su desilusión al toparse con la incomprensión de todos aquellos con quienes va hablando: unos recelan de un latino, otros de que una partitura nada menos que de Schubert aparezca nada menos que en un país como Guatemala. Finalmente, apenado por el ningún eco que ha tenido lo que él considera digno de ser conocido por todos los amantes de la música, retorna a su patria, y en el barco que lo lleva acepta la reflexión de uno de los viajeros, tras haber reconocido a todas luces el manuscrito como original: la gente es consciente de la maravilla que suponen los dos primeros movimientos de esa sinfonía, y les parece que ninguno que los continuasen serían suficientemente hermosos como para igualarse con los anteriores. De ahí que, en las últimas líneas, el desengañado melómano opte por tirar al océano las partituras de aquella obra maestra (Sinfonía concluida, incluido en la colección de relatos Obra maestra, Augusto Monterroso).

             En otro cuento de ese mismo libro del autor guatemalteco, que vivió en realidad casi toda vida en Méjico, un personaje importante ha organizado un concierto de piano para ser interpretado por una jovencita que es su hija. Ese hombre es un ser poderoso, y de hecho ha dado instrucciones a todo el mundo de cómo tiene que comportarse y de aplaudir y ¡ay de quien no se muestre lo bastante entusiasta de esa interpretación! Sin embargo, aun cuando hasta los periodistas y críticos suelen mencionar esas conciertos con palabras elogiosas, el hombre que ha construido un imperio y cuyo nombre nunca sabremos, reconoce no sólo que la música no le interesa ni le dice nada, sino que lamenta la afición de su hija por el piano y acaba confesándose a sí mismo que ha llegado a odiarla porque eso le coloca en una posición de debilidad ante los demás, algo por lo que no parece dispuesto a pasar (El concierto).
JAMES JOYCE
           A lo largo de toda su vida y de su obra, el irlandés James Joyce estuvo siempre muy interesado por la música. No vamos a hacer un repaso pormenorizado de la presencia de ésta en toda su producción, pero si me gustaría detenerme en ese primer libro de cuentos, tan hermosos por otra parte es decir, Dublineses. En él podemos encontrar formas muy diversas en las que aparece de una manera u otra la música. Al igual que ocurría en el relato de Monterroso, hay un cuento en el que se han preparado cuatro conciertos en Dublín, y una madre ha logrado que una organización musical incluya a su hija como pianista en todos ellos. Lo malo es que conforme se acerca la fecha de los conciertos, parece cada vez más claro que no van a ser precisamente un éxito, y mucho menos de ingresos económicos. Por esa razón, los responsables de los conciertos intentan por todos los medios cancelar alguno, y contra esas medidas se opone con todas sus fuerzas la madre de la joven, hasta el punto de que cuando llega el último y más esperado de esos conciertos se opone a que su hija toque hasta que no se le paguen las ocho guineas convenidas. Ni que decir tiene que semejante comportamiento es duramente criticado por todos (cantantes, organizadores...), por más que el marido no se atreva a decir nada, dominado como está por Mrs. Kearney, que es como se llama la buena señora, y que la hija asista a todo esos tejemanejes maternos sintiéndose en el fondo avergonzada (Una madre).

               Otra historia dentro del libro, concretamente el cuento con el que concluye el libro, es la titulada Los muertos. Tras una fiesta navideña que ha tenido lugar en una familia de buena posición, Greta, la esposa abnegada e infeliz, rompe a llorar al oír una canción popular, que tiempo atrás cantaba un joven pretendiente que no dudó nunca en no anteponer nada al amor que sentía por Greta y que, lamentablemente, murió en plena juventud. Su marido le interroga por esas lágrimas, con un cierto enfado, y cuando sabe la respuesta no puede dejar de sentir una no disimulada envidia, pero él es tan egoísta que es incapaz de comprender el sentimiento que desborda su mujer en ese llanto, precisamente porque él no ha amado a su esposa nunca así.
DE RUSIA A FRANCIA
           En otro rincón del planeta, una familia rusa intenta a toda costa que su hijo estudie violín, pensando, como tantos padres a lo largo de la historia de la literatura, que tal vez acabe por llegar a ser un niño prodigio y ellos tener el futuro resuelto. Todo tiene un regusto autobiográfico: la historia transcurre en Odessa, el chico de trece años lee a todas horas y empieza a escribir... Lo malo de ese plan, como suele ocurrir cuando se no cuenta para nada con el principal interesado, es que el chico tiene bastante más interés en escaquearse de las clases para poder jugar con sus amigos, ir al muelle a pescar o ver pasar los barcos, a las mil y una actividades típicas de los muchachos de esa edad. Como no puede ser de otra manera, el cuento termina al descubrir los padres, tres meses después, que su hijo no sólo hace novillos sino que además se gasta los rublos que le da su familia con los que tendría que pagar las clases de música, lo que ocasiona que su padre le quiera dar una buena paliza. (El despertar, Isaac Bábel).

          Por otra parte, y en un lugar muy diferente, un grupo especializado en tocar el reportorio de madrigales italianos del Renacimiento y Barroco, se dedican a dar giras por toda Europa mostrando ese delicioso repertorio. Sin embargo, en los últimos conciertos se nota la tensión entre dos de los integrantes del conjunto, que son pareja y están atravesando un momento muy delicado en su relación. Y todo ello tiene lugar justamente cuando están ensayando y llevando por los teatros y salas de conciertos madrigales de Carlo Gesualdo da Venosa, uno de los grandes nombres de ese género, autor que mató a su esposa y al amante de ésta de una forma brutal, de la misma manera a como uno de los miembros de la pareja muere a manos del otro, en paralelo a lo ocurrido al propio compositor al que interpretan (Clone, incluído en el libro de Julio Cortázar Queremos tanto a Glenda, 1980).
           En una escuela francesa empieza su último curso el profesor de música Simon, que se jubilará al llegar junio. Ha sido objeto de burlas entre sus alumnos durante años, sí, incluso entre sus compañeros, porque se muestra tímido y débil, pero eso ya parece no importar mucho ante la llegada de la jubilación. No obstante, entre sus alumnos hay un chico árabe en el que descubre asombrosas cualidades para tocar el violín. Se ofrece a darle clases particulares gratuitas, pero tiene que vencer las reticencias de la familia del muchacho. Y, pese a todo, contará con el respaldo de la madre, que le confiesa que su padre fue violinista la mayor parte de su vida, y que tuvo que dejarlo para ganarse duramente la vida y sacar adelante a su mujer y a sus numerosos hijos. La música lo era todo para él y murió creyendo que ninguno de sus descendientes tocaría su violín. En otra línea argumental, vamos enterándonos de que el profesor lleva años sin tocar su violín, porque tuvo que tocarlo obligado por los nazis que lo tenían preso como judío. Al final, todo el colegio organiza un gran festival en el que no sólo asombrará la maestría del chico árabe, sino que también su profesor, ahora que ha podido superar sus traumas, toca de nuevo su violín. Todo ello ocurre en El profesor de música, de Yael Hassán, 2004).


            Otro niño cogió su afición por la música con las canciones populares que le cantaba su tía. Y mucho años después, escribiendo sus memorias, lo narraba así: "Seguro estoy de que a ella debo el gusto, o mejor, la pasión por la música[...]. Poseía un prodigioso caudal de tonadas y canciones que cantaba con una voz dulcísima. La paz del alma de esta excelente mujer disipaba toda tristeza, [...] Tanto sus canciones me cautivaban, que no sólo he conservado en la memoria muchas de ellas, sino que aún hoy día, que casi la he perdido, algunas que tenía desde la infancia completamente olvidadas, reaparecen a medida que voy siendo viejo, con un encanto que trataría en vano de explicar. ¿Quién diriá que yo, caduco, viejo, roído por los cuidados y sufrimientos, me he encontrado algunas veces llorando como un chiquillo, al murmurar aquellos cantos con voz ya trémula y cascada?"(Confesiones, Jean-Jacques Rousseau).
LEOPOLDO ALAS, CLARÍN.
           Marcela Vidal es una modestísima cantante lírica que pertenece casi sin querer a una compañía –su madre era también cantante y su padre músico de orquesta- pero ni su facultades ni su belleza la van a llevar nunca a destacar en ningún papel, por más que una vez casi hasta gustó al respetable público interpretando a la Reina Margarita. Como espectadora de una función de ópera conoce a Feliciano Candonga, tenor con tan pocas cualidades como tiene ella, pese a lo cual ambos se enamoran y forman una familia, no sin antes haber dejado el mundo de la ópera, que no les daba más que sinsabores, pues los dos tenían al público y en su timidez no dejaban de sufrir con su reacción ante las actuaciones de ambos. En una especie de epílogo, sabremos que él ha llegado a convertirse en un importante mercader de harina en Grijota y sólo una vez más, para celebrar el nombramiento de su tío Romualdo diputado provincia,l acceden a subirse a un escenario y cantar para los vecinos de su pueblo.  Esta es la trama de uno de los escasísimos cuentos de Leopoldo Alas Clarín que tratan de un amor afortunado con un final feliz, La reina Margarita).  


           Con más talento, el poeta milanés Orazio Formi es el autor de los libretos de las óperas que triunfan en toda Italia, a las que pone música su amigo no muy dotado para la misma Brunetti. La tiple y actriz  que encarna los personajes de esas creaciones es  Gaité Provenze, de quien se va enamorando poco a poco el poeta. Brunetti le pide a ella, que es su esposa, aunque Orazio no lo sabe, que lo seduzca y consienta en lo que sea, puesto que necesitan que siga escribiendo libretos para él, pues es muy consciente de que su talento musical es muy limitado y si lo pierde perderá su trabajo e ingresos.  (Amor´ è furbo, escrito también por Leopoldo Alas, a quien le apasionaba la ópera, como lo prueba que en sus dos únicas novelas aparezcan numerosas alusiones y versos de diversas óperas, especialmente en Su único hijo, cuyo protagonista se enamora de la soprano de una compañía operística y con la que tendrá un hijo, a pesar de estar él casado previamente a esa relación y a que parece claro que, según confiesa la cantante, el niño que espera es de un tenor, no de su amante).
DE KIPLING A CHÉJOV
              En sus memorias tituladas Algo de mí mismo, Rudyard Kipling nos refiere cómo fueron sus primeros años de vida en la India, donde en las tardes calurosas el aya les cantaba a él y a sus hermanos nanas de ese país o les contaban cuentos que no olvidaron nunca. Después eran vestidos convenientemente y enviados al comedor con la advertencia de que tenían que hablar en inglés con papá y mamá. “Hablábamos, pues, en inglés, traduciendo, no sin titubeos, el idioma vernáculo de nuestras meditaciones y ensueños. Mi madre entonaba maravillosas canciones, sentada ante un piano negro, y solía asistir a cenas de gran ceremonia”. Y es que la música, las canciones y los cuentos forman una parte sustancial de los seres humanos, lo que no debe de extrañarnos que conduzca a que en países donde se prohíbe la música y hasta está penado el tener instrumentos musicales, muchas personas haya optado por enterrar su violines, heredados de padres a hijos en muchas ocasiones, en espera de tiempos mejores que permitan volver a recuperar esos tesoros que son para ellos los instrumentos musicales.


           La música sirve para proporcionar felicidad al hombre, para hacerle llorar o sonreír con el recuerdo de una melodía, para evocar un amigo o una situación, pero también puede ser usada, tangencialmente, para provocar la risa. Por una parte, tenemos el ejemplo de El amor a un contrabajo, un cuento de Antón Chéjov, en el que un músico baja al río a bañarse y al volver a la orilla se da cuenta de que le han robado la ropa. La trama se complica cuando debajo del puente en el que se ha refugiado llega una joven a la que también han robado sus ropas. El contrabajista le propone que se meta en la una de su instrumento, cosa que ella hace. Pero en el camino él cree ver a los ladrones y mientras los persigue dos músicos compañeros suyos se llevan la funda del contrabajo, pensando que se le ha extraviado. Y al volver sin haber podido recuperar sus ropas se encuentra que tampoco está la funda. En la sala donde iba a ser el concierto la sorpresa es mayúscula cuando abren la caja y al final del cuento se habla de cómo en el puente se oye por la noche música de contrabajo y que a veces se ve a un extraño tipo peludo y en cueros. Hay que disculpar al auto ruso que el relato se agote en su mismo final, pero es preciso añadir que se trata de una historia de las primeras que iba escribiendo todavía con el pseudónimo Antosha Chejonte,  antes de encontrar ese estilo inimitable y certero que lo lleva a ser uno de los grandes narradores de la literatura.
MECENAS TACAÑOS
           Por otro lado baste pensar en dos ejemplos sacados en esta ocasión de la propia historia de la música. El más conocido es el de Joseph Haydn, el célebre compositor austriaco que ideó una pieza (La sinfonía de los adioses, la número 45 de su catálogo, para ser exacto) en la que para protestar porque los músicos fueran traídos de sus vacaciones de forma inesperada para tocar ante el noble que los pagaba, Haydn creó una obra en la que al final de la misma iban yéndose los músicos apagando su vela y recogiendo su partitura, hasta no quedar ninguno. Para ser que el príncipe Nikolaus Esterházy entendió el mensaje y les permitió regresar junto a sus familias a disfrutar de sus vacaciones.  
        Y con un propósito no muy diferente tenemos el caso de los músicos del Renacimiento.  No son pocos los que se tienen que buscar un mecenas más serio a la hora de pagar. El cardenal Arsenio Sforza - que olvida pagar a sus músicos pero no pagar una fortuna por un papagayo que supiera recitar el Credo-  es uno de ellos, para el que Josquin Desprez compone  la misa La sol fa re mi, en la que parece utilizar un fragmento del Kyrie Cunctipotens, pero que en realidad repite una y otra vez las transmutación solfística de Lascia fare a me (Déjame hacer a mí), frase con la que el cardenal acostumbraba a despedir a los pedigüeños. en parecida circusntancia otro señor decía "Mírese", y un músico ya cansado le aconsejó: "No entone tanto el mi, Cante el fa: Fágase". 
      El rey Luis XII no debía ser mucho más puntual con la paga y Josquin le dedicó un exquisito arreglo de una conocida canción popular, Adieu mes amours, retocando su texto. "Adiós, amor mío. Adiós hasta la primavera. No sé de qué viviré. ¿Viviré del viento, si el dinero del Rey no llega a menudo?" Y con otra sencilla canción atendió los ruegos del monarca que insistía en querer cantar con sus músicos, aun teniendo escasas facultades para ello. Guillaume se va chauffer es el título de una canción, que tiene el tenor marcado como vox regis y formado por una sola nota repetida machaconamente con todo el texto.
        

DOS VIOLINISTAS
         Vikram Seth es un escritor indio que no ofreció  una hermosa novela titulada Una música constante, cuyo protagonista es el segundo violín de un conjunto de cámara. Uno de los nudos narrativos más importantes es el intento de recuperar un viejo amor, en la piel de una mujer que está empezando a perder la vista, y que asiste horrorizada a sus conciertos para clave de Bach al temer que el público noto esa pérdida. Sin embargo, a mí me gusta también la relación que el músico tiene con una mujer ya mayor que le ha prestado su violín del siglo XVIII, nada menos que un Amati, y que al final de la novela, en un rasgo de generosidad, le regala en su testamento, ante la perplejidad de sus herederos. En todo caso, las escenas de los ensayos, de los sentimientos que produce tocar la música o escucharla tocada por otros o ver cómo los demás reaccionan ante la interpretación de una determinada melodía muy pocas veces han sido tratadas con tanta hermosura, profundidad y emoción.
        En una curiosa novela de Enrique Vila Matas - y no sé si existen o no las dos creaciones que en ella se citan, aunque eso poco importa, la verdad - , se habla de una película de un tal Jacquot adaptando un relato incompleto de Dostoievski: la historia de un joven violinista de provincias que convencido de tener un don excepcional como músico deja su ciudad natal para conquistar la capital, pero no encaja en ninguna de ellas, lo que le lleva a no querer trabajar con ninguna para no tener que compartir su talento ni con las mejores orquestas del país. Se considera el mejor violinista del mundo y pasea por las calles de París – supongo que el narrador ruso situaría a ese joven en Moscú o en San Petersburgo-  mirando con engreimiento y envidia los carteles que anuncian conciertos musicales en la ciudad y acaba no teniendo más remedio que chulear a una pobre criada (Anna Karina). Ella lo ha acogido en su habitación porque se ha enamorado de él, no del arrogante músico provinciano sin trabajo sino del patético y pobre diablo que ha encontrado dando tumbos por la ciudad diciendo que es el mejor violinista del mundo (París no se acaba nunca, 2003).   
MÚSICA EMBRIAGADORA
      No pocas veces la música produce un efecto casi hipnótico en quien a escucha. Así, por ejemplo, Sapo y Ratón, dos de los protagonistas de esa joya que es El viento en los sauces (Kenneth Grahame, 1908) buscan a un cachorro de nutria que se ha perdido y su madre está buscándolo desesperadamente por todo el bosque. En un punto recóndito de éste, los dos amigos empiezan a escuchar una música que los atrae sin remedio. Y en un recoveco se encuentran con que el pequeño animal está dormido, acunado por la embriagadoras notas que salen de la flauta de Pan, que está junto al cachorro. Cuando se lo llevan a la madre, ni Sapo ni Ratón son capaces de recordar con exactitud lo sucedido en aquel espacio, lo único que tienen claro es que había algo superior a sus fuerzas que los condujo a ese lugar sin poder evitarlo.
        Otro tanto ocurre en Canto de amor triunfante de Iván Turguéniev. A la joven esposa le han suministrado una especie de bebedizo que, cuando llega la noche, al dar comienzo una singular melodía que se extrae de un extraño violín traído de lejanas tierras, ella acude como sonámbula al jardín de su mansión a encontrarse con el amigo de su esposo que ha venido desde Asia tras varios años ausentes, en un viaje que hizo una vez que no pudo casarse con ella. Pero también él acude a esa peculiar cita en una suerte de estado hipnótico. No sabremos lo que hubiera ocurrido si esos encuentros se hubieran repetido más veces, porque lo cierto es que el marido descubre esa salida y  al ver que desde ese momento su mujer pierde la alegría, averigua la raíz de ese estado y, finalmente, clava su hermoso puñal en el costado del que años atrás fue su mejor amigo. Que pese a todo se irá de la mansión encima de un caballo, pálido y sin fuerzas sí, pero aparentemente vivo, seguramente por mediación de un sospechoso criado que trajo de sus viajes y que tal vez fuera también quien tocase el violín.

          Y lo mismo pasa en Leyenda de las dos discreta estatuas, de Washington Irving, relato incluido en su Cuentos de la Alhambra. Sanchita es la hija de un pobre mercader y buen guitarrista y cantante de canciones populares. Descubre un amuleto y esa noche, mientras la vida y el tiempo se ha paralizado, ella puede hablar con una princesa cristiana secuestrada por los árabes de Granada. Lo curioso del caso es que esa joven hermosa tiene una lira mediante la cual logra tener dormido a su gurdián, de modo que puede conversar con Sanchica y darle las indicaciones de dónde se encuentra un valioso tesoro y pedirle que dedique parte de él, una vez que su padre lo saque sin darle cuenta a nadie, a decir misas por la salvación de la princesa cristiana.


SCHUBERT Y BEETHOVEN COMO INSPIRACIÓN
           La muerte y la doncella es un célebre cuarteto de Franz Schubert cuyo título usa igualmente el dramaturgo chileno Arel Dorfman para uno de sus dramas, que unos años después adaptaría al cine nada menos que Roman Polanski. Pues bien, la historia se centra en la vida de una mujer, Paulina, que intenta llevar una vida normal, pero desde el primer momento intuimos que algo en su pasado la tiene inquieta, algo que no está muy claro que su pareja Gerardo sepa. Ese algo es nada más y nada menos que tiempo atrás fue torturada por Roberto,  torturas que se llevaban a cabo con la música del cuarteto de Schubert como acompañamiento. Y aquella música maravillosa creada para el disfrute del ser humano y que también recogía las angustias del joven músico vienés, pasa aquí a convertirse en un sonido asociado al miedo, al dolor, a lo peor del ser humano.  Sabíamos que los nazis apreciaban las bellas composiciones de Mozart, Bach y tantos otros, lo que no les impidió cometer crímenes atroces. Pues otro tanto le pasa a Roberto, de manera que a todos cuantos amamos la música nos preguntamos por qué esos sonidos que nos elevan a lo más alto no fueron suficientes para evitar que algunas personas se convirtieran en verdaderos monstruos. ¿Y qué haríamos si pasado el tiempo nos encontráramos con la voz de quien nos torturaba - y cuyo rostro nunca pudimos ver -  o cómo afrontar la vida cada vez que sonara la sublime música de Schubert?

      Pero a veces es que los músicos tampoco son lo que se dice un buen ejemplo. Basta pensar en el caso de Richard Strauss, figura clave en la música operística de las primeras décadas del siglo XX, por no hablar de sus poemas sinfónicos o sus inolvidables canciones. Para empezar, en el caso que nos ocupa, firmó un manifiesto contra Thomas Mann, el futuro ganador del premio Nobel de literatura, lo que motivó que éste y su numerosa prole tuviera que escapar de Alemania con el ascenso de los nazis al poder. Años después, uno de sus hijos, Klaus Mann, también escritor, acude a Europa como corresponsal de guerra y recién acabada ésta visita el castillo del Führer y está presente en la única entrevista con Hermann Göring. En Munich se pone en contacto con Strauss y éste accede a una entrevista. El anciano compositor se queja del trato de las autoridades, que pretendían llenar su casa de refugiados, aunque había vivido a cuerpo de rey.  Strauss añade que su nuera fue la única judía libre de toda Alemania. Por si eso fuera poco, se queja de que no le habían dejado cazar y que le prohibieron sus paseos a caballo. Klaus Mann, rechaza la invitación para quedarse a comer con el siguiente comentario: “Un hombre tan grande, ¡y sin grandeza!”.
        En una asombrosa novela corta Lev Tolstoi describe en primera persona la vida, creencias y evolución mental de un hombre adinerado que va a narrar las causas que le llevaron a matar a su esposa. Sería muy largo explicar las minuciosas lucubraciones y los meandros por los que se mueve  el pensamiento de ese hombre. Lo que nos interesa en este caso es la interpretación que hace su esposa y un notable violinista de La Sonata a Kreutzer de Ludwig van Beethoven, que de paso da título a toda la narración. Él sospecha que está surgiendo un idilio entre los dos, por más que tampoco parece que haya nada objetivo que pueda llevarnos a pensarlo, pero la mente del protagonista es, no lo olvidemos, una mente enferma. Y, sin embargo, la ejecución de la sublime partitura le conduce a una suerte de euforia, inesperada en una situación que él describe como tensa al buscar las señales que evidencien las relaciones del violinista profesional y su mujer al piano. Y, como conclusión de ese sentimiento, y que puede ser una perfecta clausura de estas líneas, afirma lo siguiente: “¡Y qué cosa tan terrible la música en general! ¿Qué es? No comprendo. ¿Qué es la música? ¿Qué hace? ¿Por qué hace lo que hace? Se dice que la música influye en el alma para elevarla. ¡Tontería! ¡Mentira! Influye, sí, influye espantosamente (hablo por mi cuenta), pero no de una manera ennoblecedora. ... ni ennoblecedora ni envilecedora, sino de una manera irritante. ¿Cómo diría yo? La música me hace olvidar mi situación verdadera; me transporta a un estado que no es el mío, bajo su influjo me parece que siento lo que en realidad no siento, que comprendo lo que no comprendo, que puedo lo que no puedo”.
                                                                            José María García Pérez


viernes, 22 de febrero de 2013

 FRAGANCIAS Y  HEDORES

                
             En un mundo futuro que tal vez no tarde en llegar, una pareja norteamericana ha instalado en su carísimo hogar una serie de cachivaches tecnológicos que permiten en una de sus habitaciones poder disfrutar de un ambiente tal y como lo desee el propietario. En un primer momento la idea de ellos era tener una bosque, con riachuelo, árboles y todos los elementos ad hoc para estar rodeados de una atmósfera de lo más pacífica y relajante. Y, sin embargo, la pareja de hijos que tienen ha transformado esa habitación en un realísimo ejemplo de sabana africana, y digo realísimo porque una de las propiedades de esos adelante modernos es el sentir a todos los niveles cuanto se tiene ante los ojos, de manera que el poderoso olor de los leones, de las presas de estos tras ser comidas y tantos otros se perciben con total realismo. Los padres están un poco asustados de cómo sus hijos ya no piensan en otra cosa más que estar en la habitación, por lo que les prohíben acercarse a ella. Y como si de un relato de Saki se tratara, los niños dejan encerrados allí a sus progenitores, y los rugidos de los depredadores se vuelven más terribles. Cuando viene el psicólogo a ver si los adultos le han hecho caso, los niños lo encierran a él también, y de nuevo el ruido de los animales de la sabana se vuelve más ensordecedor y nos tememos que van a dar buena cuenta de los tres adultos. Y es que ese futuro supuestamente lleno de inventos maravillosos para el ser humano no es tan estupendo como lo pintan, o al menos eso creía uno de sus más fervientes creadores, Ray Bradbury (La sabana, The veldt).
              No eran precisamente mucho mejores los efluvios que describía George Orwell en su imprescindible Homenaje a Cataluña (Homage to Catalonia), la descripción del paso del escritor británico por nuestro país durante la Guerra Civil, al que viajó desde  su Gran Bretaña natal al poco tiempo de empezado el conflicto hasta que tuvo que salir subrepticiamente de España en el año 1938 por la frontera francesa tras haber sido herido en el brazo izquierdo y, lo que era mucho más grave, en peligro de muerte una vez que el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista, el partido al que pertenecían la mayoría de los anarquistas, para entendernos) fue declarado ilegal y todos sus miembros detenidos, encarcelados y fusilados, no necesariamente en este orden. En las páginas de ese libro podemos casi sentir físicamente el olor que desprenden las trincheras en las que luchan los soldados que defienden la República, las heridas purulentas de quienes caen heridos por la acción de las balas de o de los morteros, el hedor de los cárceles en las que se agolpan los prisioneros, todo ello en contraposición al perfume de las mujeres que pasean tranquilamente por la ciudad de Barcelona, como si esas batallas no formaran parte del mismo país en el que ellas vivían, o el inconfundible olor de tabaco que todos fuman sin parar, los dos ejércitos contendientes, los que están en la retaguardia, etcétera.
     Sin salirnos de Cataluña, pero esta vez acompañando a uno de los mejores escritores en su lengua, nos encontramos con Josep Pla, el autor que hizo de las cosas sencillas de la vida el tema de muchos de sus obras, entre las que  no podemos menos que destacar El cuaderno gris (1945). En ese libro admirable somos testigos de la vida no sólo en algunas aldeas del Ampurdá, sino también de en varias ciudades. Y entre ese testimonio de las personas, los animales, las plantas y hasta lo inanimado que también se cuela por entre las líneas de Pla, no podían faltar las notas referidas a las percepciones olorosas. He aquí una muestra: “26 de abril – A ciertas horas del día, a media tarde, por ejemplo, el perfume de las acacias que ahora empiezan a florecer en la calle del Sol, es de una dulzura literalmente embriagadora, quizá un punto demasiado dulzona, un olor de postal, excesivamente pegajosos, viscoso, triste.”
ASESINOS, MUERTES Y HUMOR.
          Por su parte, Jean-Baptiste Grenouille, el niño abandonado a su suerte tras nacer y que ya desde pequeño produce la perturbación que cabe suponer entre aquellos que aprecian su ausencia de todo olor corporal, se convertirá con el tiempo en uno de los mejores creadores de perfumes de la Europa del siglo XVIII y, finalmente, en un asesino despiadado que no sólo es incapaz de sentir la más mínima empatía por sus víctimas, sino que, en último término, tras haber matado a numerosas jóvenes para extraerlas su olor, llevará su locura hasta el paroxismo cuando a punto de ser llevado a la horca, expande una fragancia que enloquece a verdugos, autoridades y a los cientos de testigos que se habían dado cita para contemplar la ejecución, hasta el punto de que acaban todos envueltos en una frenética orgía. Al final, consciente de la ausencia de nuevos retos para él, pero en ningún momento arrepentido por sus crímenes inhumanos, obliga mediante otro aroma de su creación a un grupo de bandidos a descuartizarlo, en un final que no puede sino recordar el que padecerá Orfeo a manos de las bacantes.  Es el argumento de El perfume, de Patrick Süskind, la novela de 1985 que sería uno de los grandes éxitos de ventas durante años.
         El elemento amoroso es mucho más importante en un relato que Ítalo Calvino escribió para formar parte de un libro que, organizado en torno a los cinco sentidos del ser humano, pero que la muerte le impidió concluir, de manera que hoy en día sólo conservamos tres partes. La que se refiere al olfato, concretamente es la que lleva por título El hombre, la nariz (Bajo el sol jaguar, 1989, en su versión española). El breve texto intercala dos historias, la de un noble francés del siglo XVIII (¿o del XIX?) y la de un joven inglés ya en el siglo XX. El primero busca un perfume para una mujer en un París muy lejano del de Süskind –no en el tiempo, sí en su aspecto y belleza – y el segundo se encuentra con una mujer a la que distingue por su olor allá donde quiera que se encuentran. En todo caso, ambas tramas que se desarrollan en paralelo terminan con la muerte de las mujeres, sin que quede claro la forma en la que ambas encuentran su fin y el grado de implicación de los hombres en esas muertes.

        Sin embargo la muerte acecha en muchos lugares donde no alcanza el amor, como es el caso paradigmático de las narraciones de H. P. Lovecraft, en quien el hedor de las cuevas, de los casas abandonadas y de de otro buen sinfín de lugares se asocia de una u otra manera al mal. Es lo que ocurre en un relato llamado en busca de la ciudad del poniente, donde aparece un barco cuya característica más acusada es su pésimo olor. Y de hecho Randolph Carter, el protagonista de todo un ciclo de aventuras del singular escritor de Providence, será secuestrado en una nave pestilente por unas extrañas criaturas que son sus pasajeros(En busca de la cudad del sol poniente, The Dream-Quest of Unknown Kadath). Como no podía ser de otra manera en Lovecraft, cuanto se relata en sus historias carece de una explicación racional, y hay que verlo en último término que una serie de acercamientos de mundos paralelos, maléficos y aterradores. No es de extrañar que un universo próximo a lo onírico como éste se declarase deudor en cierta forma de las atmósferas turbadoras de Arthur Machen o Lord Dunsany.
          Pero no todo iba ser una atmósfera fétida y maloliente, ya que en el mundo de los olores también hay espacio para el humor. En efecto, en una película que ha salido a colación varias veces en este blog, My Darling Clementine (John Ford, 1946) el sheriff Wyatt Earp se detiene a acicalarse en la peluquería de Tombstone, ese pequeño pueblo en el que Ford situó el espíritu de los pioneros, como ya antes se había afeitado la barba – lo que no deja de indicar que es un tipo presumido - y, de paso, expulsado a un indio revoltoso que estaba incordiando en el lugar. Pues bien,  a punto de celebrarse el baile con el que se pretende inaugurar la iglesia que se está construyendo, Wyatt sale de la peluquería oliendo a una colonia que le ha recomendado el barbero, y nada más salir se encuentra con la hermosa y joven Clementine, la futura maestra de Tombstone y que encarna la civilización, además de ser el objeto del amor del atildado sheriff. Charlan juntos y ella le dice que es un día tan hermoso que hasta le parece oler a las flores del campo, allí, en pleno desierto. Él le explica de dónde proviene ese olor tan agradable. A continuación se acercan sus dos hermanos y, entre otros temas de la conversación, también uno de ellos afirma que le parece estar oliendo al jardín de su madre, a lo que responde Wyatt: “Soy yo”.
INFANCIA Y FELICIDAD
           De entre los recuerdos de la infancia que todo ser humano recuerda es imposible que no haya varios asociados al mundo olfativo. Y, como no podía ser de otro modo, los escritores han buceado en esas evocaciones con mayor o menor fortuna, en especial a la hora de enfrentarse a la escritura de sus memorias. Como muestra traemos aquí el caso de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957). A la ahora de rememorar la casa de su familia, que ya avanza que sería destruida por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial –más en concreto fecha esa pérdida el 5 de abril de 1943 – no podía menos que enlazar las recuerdos que le proporcionan todos los sentidos: “Todo me gustaba en ella: la asimetría de sus muros, la cantidad de sus salones, los estucos de sus techos, el mal olor de la cocina de mis abuelos, el aroma de violeta en el tocador de mi madre, el aire sofocante de las caballerizas, la grata sensación de los cueros pulidos en la guarnicionería, […]todo un mundo lleno de delicados misterios, de sorpresas siempre renovadas y siempre tiernas”.
        Por desgracia, la Segunda Guerra Mundial no terminó únicamente con los edificios y las casas de las personas, sino que ocasión más de sesenta millones de muertos. Entre ellos estaban la familia de Jakob Beer, un niño polaco que ha poco menos que perdido la razón entre las muertes, la violencia y el ruido de las bombas y las metralletas. Por fortuna para él, y para nosotros como lectores, un soldado y científico humanista griego lo rescata literalmente del horror para llevárselo a vivir a las islas griegas, y allí volverá a descubrir las razones por la que la vida merece la pena ser vivida: las conversaciones con los lugareños, el sabor de las olivas, el azul inmaculado del Mediterráneo, el olor a salitre del mar o de la fruta recién pelado… Pocas veces los sentidos han descubierto todo un mundo y han supuesto una “resurrección “ para un ser humano como en Piezas en fuga (Fugitive pieces, 1996), la primera y bellísima novela de la poetisa canadiense Ann Michaels.
          Hay veces en las que un determinado aroma se nos cuela de rondón en nuestras vidas y bien nos presenta la infancia ante nuestros ojos con una fuerza increíble, como ya hemos visto, o bien parece aromatizar aquello que nos rodea, hasta las mismas lecturas que nos traemos entre manos. Es lo que le ocurre a ese personaje de Juan Marsé al que le gusta el café y los libros: “Ciertamente, el café le gusta mucho y su aroma invade con frecuencia el ámbito de sus sueños y de sus lecturas, y ahora mismo cree percibirlo impregnando las páginas del libro que está leyendo, perfumando la habitación de la triste y desesperada Natasha” (Rabos de lagartija, 2000). Por desgracia, en este blog no disponemos ni de los recursos del Odorama, es decir, de aquel sistema que intentó la visión simultánea de películas y de olores de lo que se mostraba en esas películas, ni de las páginas de libros como los de Genónimo Stilton, esos que se pueden rascar y percibir determinados olores, a veces sin ni siquiera rascar. Pero bueno, tal vez algún eso sea posible en el ámbito de internet y entonces estas líneas pudieran ir acompañadas de todas la fragancias, aromas hedores, perfumes que en él han ido apareciendo.
                                                                            José María García Pérez


jueves, 14 de febrero de 2013


PINTORES Y PINTURAS (2)
                  
         Un renombrado pintor recibe el extraño encargo de llevar a una tela el retrato de un hombre joven y hermoso, pero sin tener un modelo en el que inspirarse, aunque eso sí, el resultado ha de tener la pátina del tiempo, esto es, una suerte de atmósfera que haga que quien lo vea lo sitúe en una época anterior, sin una fecha precisa, aunque todo apunta que en torno a mediados del siglo XIX. El innombrado artista traspasa esa petición a una amiga que también se dedica a ese noble arte, Mary Tredick. Ella acepta y en muy poco tiempo obtiene una pintura extraordinaria, que cumple con todos los requisitos solicitados. Ahora bien, cuando la dama que ha hecho el encargo lo ve –en el taller del mediador – se queda estupefacta, ya que reconoce en el hermoso varón a su prometido. Extiende un cheque por el doble del valor del encargo, nada menos que 400 libras, y da órdenes para que al día siguiente vengan a recogerlo. Sin embargo, Mary lo retira antes y, al devolver el cheque a su amigo, le informa que el modelo fue alguien a quien amó en el pasado y fue amada por él, y que lo perdió por la intromisión de la señora Brigdenorth –que así se hace llamar la dama -, quien logró la promesa de matrimonio del joven, promesa que nunca se cumplió al morir antes del enlace. Y al final sabemos de la muerte de esas dos mujeres, ya ancianas, en un espacio breve de tiempo, gracias a lo cual el soberbio retrato ha pasado a manos del pintor, quien ya anciano es la persona que narra el relato (La pátina del tiempo, The Tone of Time, Henry James, 1900).
       Juan Ruiz, el arcipreste de Hita, nos narra la historia de Pitas Payas, ese pintor que dibuja bajo el ombligo de su mujer un cordero, para asegurase que le va a ser fiel, ahora que ha de partir lejos y durante dos años, cuando sólo hace un mes escaso que se han casado. A su regreso, se encuentra con que ella tiene una carnero dibujado en su vientre, lo que le hace sospechar al pintor, pero ella le explica que es normal que tras tanto tiempo de espera el cordero haya crecido –pese a que la explicación es mucho más sencill: ella ha tenido un amante todo ese tiempo y al llegar las nuevas de que su marido retorna al hogar, ella le pide que pinte algo que oculte su adulterio-. Se trata de una exiemplo, de una especie de fábula para enseñar que las cosas importantes se deben cuidar. Es una más de las muchas y divertidas historias que pueden leerse en una de las obras maestras de nuestra literatura, a saber: el Libro de buen amor.
TRES RELATOS
         Por su parte, tres diletantes de muy diversos oficios (un barón, un poeta y un pintor) se quejan de su vida monótona y sin aliciente alguno, por lo que, tras abandonar el bar donde empieza la historia, se trasladan al lugar donde pinta Vladimiro, un artista que los tres admiran y que les obsequia con comida y vino. El cuarto está, como siempre, lleno de humo, porque parece que es la forma en la que Vladimiro Lubovski mejor pinta, y mientras ellos siguen quejándose de la vida, el pintor pone en la tela lo que lleva dentro. Pasa el tiempo y los tres deciden irse de aquel lugar, donde realmente no pintan nada, y allí se queda el artista, llorando en soledad, porque la creación siempre es una lucha solitaria, y por más acompañado que estés en ese momento mágico, estás solo ante la obra que haces. Y no cuesta trabajo pensar que Rainer Maria Rilke, el inolvidable escritor alemán, compartía esas ideas con ese ser cuyo nombre aparece en el mismo título de cuento: Vladimiro, pintor de nubes.
        Por su parte, el joven insolente que se hará llamar Jean de Daumier-Smith, ha aprendido a pintar, pero no por perseguir la creación como algo poco menos que divino, como era el anhelo de Vladimiro, sino como un entretenimiento que le ha llevado a ganar tres premios infantiles. En lugar de sus 19 años, finge tener diez años más y ofrece sus servicios para ser profesor de pintura en Canadá, en una escuela regentada por un matrimonio japonés. Como ocurre en toda la obra de J. D Salinger, lo que siempre asombra en la breve obra del narrador estadounidense es la pasmosa creación de personajes y la facilidad con la que los ponía en una serie de circunstancias que los hacían dudar de sus certezas, pero también ser más humildes y amables para con los demás, e incluso para consigo mismos. En este relato la historia es desternillante, hasta el punto de que es imposible no reírse con las cartas que manda a sus alumnos o con las descripciones que hace de las costumbres de la pareja japonesa que regenta la escuela (El período azul de Daumier-Smith).
          En un breve relato de Jean Rhys, esa escritora tan interesante como poco conocida –me temo -, un don Juan francés tiene que devolver treinta mil francos que ha sustraído de su empresa. Y, curiosamente, aprovecha para intentar seducir a una mujer a la que acaba de conocer, que por el acento debe de ser inglesa. La cosa no pinta bien de momento, por lo que opta por pedir el dinero a dos de sus amantes ricas, sin el más mínimo éxito. En consecuencia, aprovecha una nueva cita con Margaret para intentar conseguir el dinero. Ella no quiere saber nada de una relación física, pero sí está dispuesta a darle a Maurice –que al principio simplemente es nombrado como el Chevalier – los treinta mil francos, siempre y cuando él acceda a irse con ella a Madrid, a donde pretende trasladarse para disfrutar de la vida y de su fortuna. El don Juan se niega de muy malos modos y ya sólo piensa en la manera más rápida de huir de París antes de que se den cuenta del dinero que ha sustraído. Lo curioso del caso es que, y con eso acabo, que ella es pintora, sí, pero lo sabemos por dos rápidas menciones de la narradora, sin que en ningún momento se nos presente su actividad ni se den pistas de la misma, de modo que perfectamente hubiera podido ser modista, modelo y cocinera (El Chevalier de la Place Blanche, 1976).
 FÁBULAS Y DIBUJOS
          En uno de sus escritos humorísticos, Leonardo Da Vinci cuenta cómo un sacerdote va con el hisopo por todas partes bendiciendo todo cuanto se le pone a tiro. Es más, se encuentra con un pintor y allá que te va con el agua bendita: rocía los cuadros como si de una nueva empresa se tratara. Y por si eso fuera poco, le explica al enojado pintor que el hacer buenas obras tiene buen pago por parte de Dios, y no  precisamente cualquier bagatela, sino el céntuplo de lo realizado. Cuando el cura se va de su casa, el pintor sube al piso superior y sin perder tiempo le tira encima un jarrón de agua: “Ahí tienes la recompensa del ciento por uno que te viene del cielo, como tú has dicho, por el agua bendita con que tú has rociado mis cuadros y has estropeado la mitad de ellos”. Llama la atención, o por lo menos a mí, que una figura tan asombrosa como Leonardo Da Vinci no haya sido aprovechada en películas, series de televisión o en novelas históricas; no es que no las haya, obviamente, pero tal vez un artista, pensador, arquitecto, filósofo y tantas otras cosas no pueda ser comprimido en los límites de una obra de ficción, entre otras razones porque ya su vida y sus creaciones son tan fabulosas que me da la impresión de que parecen ser la obra de un ser poco menos que sobrehumano.
        En más de una ocasión hemos visto o leído que alguien dibuja el rostro de una persona, y ello puede tener diversos fines: el más clásico es la faz de un acusado en el juicio que se sigue contra él. De esto tenemos ejemplos tanto en la ficción, como es el caso de Testigo de cargo (Witness for the prosecution, Billy Wilder, 1957), en donde vemos cómo se perfila esa imagen y cómo se cambia el letrero que lo acompaña de “culpable” a “no culpable”( que es la forma inglesa de denominar a nuestro “inocente”), como en la vida real, como lo prueba el famoso caso de O. J. Simpson. De otro lado, esos dibujos pueden ser, llegado el caso, determinantes para reconocer a personajes relevantes de la trama, como ocurre con el dibujo que Loudon Dodd ha hecho de dos de los supervivientes del Nube Volante, el carguero que ha naufragado y del que Loudon y Jim Pinkerton pretenden recuperar las mercancías que portaba (Los traficantes de naufragios, The Wecker, Robert Louis Stevenson).
DE LA PINTURA Y LA MÚSICA
       No son pocas las canciones cuyo argumento trata sobre un pintor, una pintura o la relación entre todo ello. Es el caso, sin ir más lejos, de El último de la fila, quien en Lápiz, tinta, incluido en Astronomía razonable (1993), se podía apreciar una letra en la que no era difícil adivinar las preocupaciones que asaltan al pintor ante su obra, y en este caso no podemos olvidar que el autor de la letra, Manolo García es también pintor. De ahí ese ansia por pintar un color, un paisaje que el tiempo marchitará en breve, ese dejarse llevar por la pasión y que el corazón dicte a la mano el color, el movimiento y las líneas que tiene que seguir.
     En otras ocasiones lo que se observa tras unas sencillas líneas es pura y simplemente una historia de amor, la que van sintiendo el pintor que en primera persona describe la llegada de su modelo y el hecho de que surja un sentimiento entre los dos que ninguno puede ocultar. “Me pongo a pintarte y no lo consigo, después de estudiarte termino pensando, que faltan sobre mi paleta colores intensos que reflejen tu rara belleza. No puedo captar tu sonrisa, plasmar tu mirada, pero poco a poco sólo pienso en ti. Sólo pienso en ti (se repite ocho veces como estribillo). Tú sigues viniendo y sigues posando, con mucha paciencia porque mi lienzo siempre está en blanco. Las horas se pasan volando y hay poco trabajo adelantado para tu retrato. Sospecho que no tienes prisa y que te complace ver que poco a poco sólo pienso en ti, sólo pienso en ti…” En mi opinión, una de las más hermosas canciones que ha dado la música en nuestro país, que conforme pasa el tiempo más honda y bella parece, pese a tener ya casi cuarenta años. Es una lástima que el grupo formado por Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán no tuviera en su momento éxito, cosa sorpredente con un disco tan extraordinario como era ese Señora Azul (1974).
        Ese inolvidable inicio de un amor se transforma trece años después en un experiencia amarga para el protagonista de Una calle de París de Duncan Dhu (apareció en el disco El grito del tiempo, 1987). En efecto, en una habitación vacía sólo hay restos de lo que fue una relación (un colchón, un cuadro y cortinas cerradas para que no entre el sol), ya que “La noche se llevó los cuadros, la cordura y la fe, y nunca más se vio salir ningún color de mi pincel”. En otras palabras, el fin de esa relación ha supuesto también el fin de la dedicación a la pintura, y de ahí que sólo quede un cuadro, el último: “El cuadro que pinté con tu sonrisa y nunca acabé,  quedó en la habitación y nunca más se vio”.  Cuando una relación termina, el fruto artístico ya no tiene sentido para el creador, aunque se tratase de una obra maestra.
          Como ya hemos señalado en alguno de los textos dedicados con anterioridad al tema de la pintura, hay ocasiones en las que una tela ejerce una atracción irresistible a los ojos que la contemplan. Y eso es lo que sucede a quien canta en primera persona en El cuadro II, un tema del segundo disco de Héroes del silencio, que se tituló Senderos de traición y que apareció en 1990. La visión del cuadro hace que “en su interior las figuras danzan, me miran y se agrandan”. Hay un mención explícita de las pistolas de Warhol (supongo que refiriéndose a la famosa obra con Elvis Presley disparando en una de sus películas, que Warhol pintó con su particular estilo). Al final parece como si hubiera un intento de penetrar en el lienzo, en el sentido más literal de la palabra, para formar parte de él: “Rodeado por miradas algo difuminadas y admito los colores de su interior, y sufre mi figura la transformación”. Todo aparece en una descripción un tanto vaga, muy a tono con las letras habituales de Enrique Bunbury, el cantante y letrista de la mayoría de las canciones de ese grupo.
           Apasionado por la música, para la que tenía indudables dotes, pero también para la escritura, la ilustración, maestro y humanista, fue finalmente la pintura lo que le llevó a la fama ya desde muy temprano en su vida, Oskar Kokoschka (1886 - 1979) se enamoró perdidamente de Alma Mahler, una de las mujeres más interesantes de su época (1879 -1964), viuda por aquel entonces del músico Gustav Mahler, futura esposa del arquitecto Walter Gropius y del escritor Franz Werfel.  La relación no pudo ser más tormentosa, pues él pasaba noches enteras caminando ante la casa de Alma, le propuso un matrimonio que ella no llegó a aceptar y, finalmente, ella abortó el hijo que esperaba de él. Indudablemente nunca sabremos cómo hubiera terminado una relación como esa si matrimonio e hijo hubieran llegado a buen fin, pero lo cierto es que nos quedan varias obra maestras de la pintura del siglo XX como muestra de ese gran amor, tanto en óleo, dibujo y acuarela, entre ellas esa creación extraordinaria - y en la que aparecen los dos protagonistas de esa relación que vino a durar unos tres años - que es Die Windsbraut La novia del viento).
         Y terminamos con Benito Pérez Galdós, un hombre que nunca dejó el pincel - y que de hecho tiene cuadros, acuarelas y dibujos de valor nada desdeñable- por más que su fama venga de sus escritos y quien a lo largo de su extensísima obra nunca dejó de tratar, de una forma u otra, el tema del doble. En una creación de 1870, que puede ser considerada por tanto de juventud, La sombra, Anselmo es un hombre ya mayor que cuenta su vida al narrador de la historia. Y su vida la recrea no como fue en realidad, sino como la vida de un ser en el que se desdobla, el Paris de la mitología griega, el príncipe troyano que sedujo a la bella Helena –no es casual que la esposa de Anselmo se llame precisamente así, ni que a ratos ese anciano se haga pasar por otro hombre, Alejandro, nombre con el que a su vez también se conoce a Paris, amén de recordar inevitablemente al gran conquistador griego -. Nada tiene de ajeno a toda esa trama el hecho de que en el salón de la casa de Anselmo hay un tapiz en el que aparece una escena entre Paris y Helena. Una vez más, una imagen –tanto da en este caso que sea un tapiz o que sea un cuadro – en segundo plano sirve para conectar las líneas por las que discurre un relato, como pasa siempre en las películas de Alfred Hitchcock o de Carl Theodor Dreyer, pero eso ya sería materia de otro artículo.
                                                                          José María García Pérez

jueves, 31 de enero de 2013

AL OÍDO


AL OÍDO
                                             
        Mr. Brown (Richard Conte) es el jefe de una banda de delincuentes capaces de cometer las mayores tropelías. La crueldad de su líder se muestra, por ejemplo, en que a uno de sus esbirros, que lleva una maquinita conectada a unos auriculares para poder escuchar bien, le sube el volumen del aparato y le da un grito que le produce un dolor tremendo. A ese mismo hombre, llegado un momento en el que empieza a sospechar de todos y a ordenar asesinar a sus propios colaboradores –incluso a su propia novia, que ya es decir – le promete que nunca escuchará de sus labios la orden para que lo maten: y, en efecto, no la oye porque el desalmado le desconecta el sonotone, y sólo vemos sus labios moverse para, tras una breve imagen del terror dibujado en el rostro del desdichado, enfocar una metralleta desde la que sale humo y fuego por igual. Estamos ante un villano terrible en una obra magistral de un director importante, por más que siempre le tocara trabajar en la serie B americana (The big combo, de Joseph L. Lewis, 1955), a pesar de lo cual dirigió varias películas inolvidables de muy diferentes géneros.

       También tiene problemas de audición Carl Fredricksen, pero esta vez asociados a la edad. El memorable anciano que protagoniza Up (Bob Peterson y Pete Docter, 2009), pasará de ser un viejo gruñón a un hombre implicado en la educación del joven boy-scout que parece haberse propuesto no dejarle en paz en el arranque de  la película. Sin embargo, las peripecias que entre ambos van a vivir lo conducen a darse cuenta que no puede vivir en el pasado, entre otras cosas porque su propia esposa lo animó a seguir adelante cuando ella ya no estuviera con él, como podemos ver en la asombrosa escena inicial de esa obra, que concluye con la desaparición de su mujer, justo cuando él ya había comprado los billetes para viajar y conocer las cataratas que tanto ansió conocer ella desde que se conocieron, siendo ambos dos niños. Al contrario que Lewis, aquí el aparato sirve para darle un toque cómico a una escena, esa en la que ya en vuelo la casa, el niño no para de hablar y el anciano, para no seguir escuchándolo, baja el volumen del sonotone. Claro que con ello logra no enterarse de algo que sí le afectará no tardando mucho: la llegada de una tormenta que lleva la casa violentamente hasta América Central, a Venezuela, para ser más exactos, precisamente muy cerca de aquella catarata que mencionábamos hace un instante.
      Por el oído nos pueden llegar buenas noticias o malas, claro está, pero igualmente percibimos la música y los ruidos que nos rodean. En un singular cuento de Iván Turguéniev, titulado Canto de amor triunfante, el regreso de un noble italiano del lejano oriente tras varios años ausentes, crea un cierto malestar en la pareja que lo acoge: su mejor amigo, Fabio, y la esposa de éste y mujer de la que Mucio estuvo enamorado, Valeria. Lo más curiosos del caso es que, tras haberle regalado un extraño y sospechamos que maligno collar a Valeria, ésta y Mucio se ven una noche en el jardín, caminando como sonámbulos, como llevados por una rara melodía que días antes tocó en un raro violín Mucio. Esa música parece ejercer algún tipo de encantamiento sobre esos dos personajes, y Fabio terminará con esas pesadillas y terrores nocturnos que acosan a Valeria, según le confiesa, al atravesar con su daga a su amigo, dejándolo en el jardín ensangrentado y dándolo por muerto. Y, sin embargo, el criado malayo y mudo de Mucio da la sensación de haber logrado, por medio de algún sortilegio desconocido, que el cuerpo de su amo pueda cabalgar y poder salir del palacio, aunque su cara lívida demuestra que, en realidad, el apuñalamiento fue mortal.
DE MILAGROS, ASESINATOS Y RECUERDOS
             Helen Keller (1880 – 1968) fue una niña sorda y ciega que, en una prueba de lo que puede hacer la educación, aprendió a hablar, a leer y a escribir, siendo capaz de obtener un título universitario –cuando esto no estaba el alcance de cualquiera, todo hay que decirlo- y se convirtió en un modelo para muchos discapacitados, además de hacer que la sociedad los viera con unos ojos diferentes a como lo había hecho hasta entonces.  Su maestra fue Anne Sullivan, y la relación de ambas puede seguirse en la biografía de la primera, La historia de mi vida, reeditada en español el año pasado, aunque ya sabíamos algo de ella a través de la película de Arthur Penn (El milagro de Anne Sullivan, The Miracle Worker, en su título inglés, 1960). Al contrario que los personajes anteriores, Helen es real, pero el no poder oír no le impidió contar así su primera relación entre su mente y el mundo exterior, ya en manos de Anne Sullivan, en una escena conmovedora: “Bajamos por el sendero hacia el pozo, atraídas por el aroma de la madreselva que lo cubría. Alguien sacaba agua, y la maestra me colocó la mano bajo el chorro. Mientras experimentaba la sensación del agua fresca, escribió miss Sullivan sobre mi mano libre la palabra agua, primero lentamente, después con más presteza. Permanecí inmóvil, con toda la atención concentrada en el movimiento de sus dedos. Súbitamente me vino un confuso recuerdo de cosa olvidada hacía mucho tiempo; de golpe el misterio del lenguaje me fue revelado”.

         No es lo más común, ciertamente, pero el oído se ha utilizado en alguna ocasión para el asesinato. Es el caso del crimen del padre de Hamlet, el famoso príncipe de Dinamarca, la obra inmortal de W. Shakespeare. Recordemos que en hay un momento en el que la madre de Hamlet y su tío, asesino de su padre y quien ahora comparte trono y lecho con la reina, hablan de cómo vertieron el poderoso veneno en el oído del rey mientras dormía. No llegan a la muerte, pero sabido es que en la tristemente famosa célebre prisión de Guantánamo, los prisioneros son sometidos a sesiones de música atronadora de grupos heavy, con el resultado que cabe imaginar. Lo que no es de extrañar, en consecuencia, que algunos de esos grupos hayan exigido que no se utilicen sus canciones para actos vejatorios de semejante categoría.
        Pero volviendo a temas más amables, algunas veces los protagonistas de ciertas historias rememoran las años de la infancia y la juventud, en especial sus relaciones con sus padres y madres. Es el caso de la novela de Elvira Lindo, Lo que me queda por vivir, donde Antonia repasa su corta vida hasta la fecha –no ha llegado a los treinta – y muchos de sus recuerdos imborrables son aquellos que tienen a su madre como protagonista. Como nos ha pasado a todos en algún momento, ella la recuerda como era en su juventud, entre otras cosas porque  ya que no puedo hacerlo de otra manera dado que su madre murió no siendo ella más que una adolescente. Pese a todo, la fuerza de esa remembranza es mucha, y como no podía ser de otro modo, se acuerda de sus vestidos, de su rostro hermoso, de la alegría con la que disfrutaba de su familia, y de su voz, esa voz que el tiempo no ha  sacado de la memoria, como no se van nunca las voces de las personas que amamos, y en un momento dado, al decirle algo a su esposo, le parece que su voz se ha transformado misteriosamente en la voz de su madre. Esa sensación la estremece y le hace meditar e incluso piensa en decírselo a su marido… pero hay experiencias que son incomunicables y, pensándoselo mejor, no le dice nada de ello.
EXPERIENCIAS INEXPLICABLES
        En un cuento de Ray Bradbury llamado La bruja de abril (The april witch), la joven hija de una familia de brujos desea enamorarse, pero como no tienen un cuerpo real, sino que van adoptando el de animalillos o seres humanos, decide introducirse en el cuerpo de   una joven y bella campesina llamada Ann Leary, para poder seducir a un chico a la primer ocasión. Y esta se presenta con rapidez, pues Tom se acerca y vuelve a pedir a Anne que lo acompañe al baile de esa misma noche, por más que ella ya lo ha rechazado una vez. Para sorpresa de Tom y de la propia Anne, que sin saber cómo se ve aceptando la invitación, los dos quedan esa misma noche. A pesar de todo, Anne tiene pensamiento propio, por más que sea consciente de que algo raro la está pasando, pues ella no quiere saber nada de Tom, y sin embargo, dice palabras como si fuera el eco de otro ser –como realmente está sucediendo -. Bailan, charlan y aunque la brujita intenta besarlo a través de él, no lo consigue; lo más que obtiene es la promesa del joven de que irá a ver a una chica de nombre Cecy Elliott, cuya dirección le apunta Anne, y que no es otra que la enamorada bruja.

         Dos fareros vigilan que la luz y la sirena del faro en el que trabajan funcionen a la perfección. Pero uno de ellos empieza a contarle al otro una rara experiencia que tuvo en ese lugar exactamente un año atrás, sospechando que va a repetirse. Y no es otra que la aparición de un monstruo antediluviano, que parece un dinosaurio, y que surge del océano antes de que termine el relato el farero mayor atraído por el sonido que hace el faro, similar al emitido por el propio animal. Intentan que se vaya apagando tanto la luz como la máquina que produce el sonido, pero eso no hace sino enfurecer al oscuro y feroz monstruo, que con su extraordinaria fuerza derriba el faro. Por suerte para ellos, han podido bajar las escaleras a tiempo de refugiarse en los sótanos de piedra del faro y logran sobrevivir al desmoronamiento. El más joven renuncia a seguir trabajando en ese negocio, pero el mayor continúa, eso sí, en un nuevo faro que, siguiendo sus instrucciones, esta vez se ha hecho de hormigón, por si acaso. Es otro de esos cuentos fantásticos de los que era maestro Ray Bradbury, concretamente, La sirena del faro (The fog Horn, en su título original).
        De familia de constructores de faros era nada menos que Robert Louis Stevenson, quien nos ofrece una de sus más hermosos relatos en La isla de las voces. Keola es un holgazán que se ha casado con la hija de un reputado brujo. En una ocasión éste se lo lleva en segundos de ayudante a una isla desconocida mediante un conjuro y en la playa recogen unas conchas que luego se convierten en brillantes dólares. Allí Keola ve a una linda joven, pero al hablar con ella, la joven huye despavorida, dado que los nativos no pueden ver a los brujos que allí viajan a recoger hojas para su peculiar trabajo. Tiempo después, huyendo de su suegro, Keola arriba a esa isla y la tribu lo casa con aquella preciosa joven que vio al principio. Ella acaba por amarlo y le cuenta el secreto que los rodea: pertenece a una tribu de caníbales y lo están alimentando sin dejarle trabajar para comerlo después. Como sabe que la isla es donde recogen su “materia prima” los brujos de toda la tierra, Keola propone cortar los árboles para que nunca vuelvan las voces a la isla, y al hacerlo tiene lugar una lucha salvaje entre nativos y brujos invisibles pero muy capaces de hacer que las hachas de sus enemigos acaben volviéndose contra los cortadores de árboles. Como ocurre tantas veces en Stevenson, son tantas las cosas que pasan en esa historia que en otras manos podría haber dado para tres o cuatro cuentos. No obstante, aquí sólo tenemos uno, que concluye cuando su primera esposa, Lehua, que había viajado con su padre a la isla, rescata a Keola de la misma in extremis, dejando allí a su propio padre.
DE LA ALEGRÍA AL ASOMBRO
         Ya hemos visto que por el oído se filtra desde un veneno hasta los secretos más extraños, por no hablar de la música que literalmente “encanta” a dos seres humanos. En ocasiones, además, por el sentido del oído nos llega la algarabía y los mil y un ruidos de una fiesta popular.  Es el caso de un breve relato, que más debe considerarse poema, de una de las estrellas fugaces de la poesía en inglés de todos los tiempos: Dylan Thomas. Recuerdo de un día de fiesta es una celebración de todos los sentidos del hombre, como lo manifiesta el fragmento que ofrezco a continuación: “Los niños se pasaban el día haciendo cabriolas o chillando junto al vidrioso y batiente mar, y un organillo jadeaba valses en el pelado campo de juegos y en el terreno yermo donde los coches de choque se esquivaban, detrás de las fábricas de conservas. Y las madres advertían a gritos a sus sonrosados hijos e hijas que dejaran esa medusa, y los padres desplegaban periódicos sobre sus rostros, y las pulgas de mar saltaban sobre la lechuga de la merienda, y alguien había olvidado la sal. De aquellos veranos pasados, siempre radiantes, sin lluvia, perezosamente ruidosos y con cielo azul, recuerdo un lunes de agosto desde la salida del sol sobre la ciudad manchada hasta el ronco silencio de la música del tiovivo, desde la carne frita picada con patatas y coles hasta el último de los bocadillo arenosos”.
        De los secretos ya hemos hablado, pero no estaría de más referirse no a otros secretos, sino a aquellas palabras que dichas en determinadas circunstancias, pueden entrañar una clave, la explicación de un particular acertijo. Pongamos un par de ejemplos cinematográficos. Uno es sobradamente conocido: en el arranque de Ciudadano Kane, el agonizante protagonista de la primera película de Welles susurraba en su lecho de muerte: “Rosebud”, y el resto del a historia era una investigación que no llegaba a aclarar qué significado tenía, aunque sí tendría la clave el espectador, cuando al final se quemaba el trineo que tuvo de niño Kane y cuyo nombre era Rosebud. Por otra parte, en Los contrabandistas de Moonfleet (Fritz Lang, 1954) gracias a que uno de los forajidos lee el papel obtenido por John Mohune, el niño que encarrila la acción, y se da cuenta de que son citas de la Biblia, pero todas erróneas, esa información le sirve al maravilloso personaje Jeremy Fox (encarnado por Stewart Granger) para deducir la localización del tesoro que había escondido Barbarroja, un fabuloso diamante que hará rico a su poseedor.
         A todos nos ha pasado alguna vez: nuestros padres grababan alguna canción infantil o una conversación entre los hermanos, y al escucharla un tiempo después a todos nos extrañaban nuestras propias voces. Eso les ocurría igualmente a los dowayos, el pueblo camerunés estudiado por Nigel Bradley en sus libros de antropología, el primero de los cuales es, además, una obra divertidísima, El antropólogo inocente (1983). Pues bien, para aprender su lengua Bradley utilizaba un magnetofón portátil, con el que grababa conversaciones con la gente en el campo, dado que las traducciones de su ayudante no le acababan de satisfacer. A los dowayos les encantaba oírse, desde luego, pero no se mostraban muy impresionados porque no era la primera vez que veían aparatos como esos. Curiosamente, lo que les hacía murmurar “magia” y “maravilla” era ver cómo escribía Bradley, pues ellos son analfabetos, y se quedaban contemplándolo encantados durante horas mientras él transcribía fonéticamente lo que había oído y se turnaban para mirar por encima de su hombro. Una vez leyó usando esas notas a un hombre lo que había dicho en una conversación un par de semanas antes y se quedó estupefacto.

       Temblorosos, asustados y temiendo por sus vidas están Mapuhi y su esposa, al escuchar fuera de un improvisado techo metálico que les sirve de refugio la voz de Nauri, la madre de Mapuhi, a la que todos han dado por muerta tras varios días sin saber de ella, una vez que se alejó el huracán que ha sembrado de cadáveres la isla en la que viven y apenas ha perdonado a unos pocos cocoteros. Lo que la pareja desconoce es que esa mujer de casi sesenta años ha sobrevivido no sólo al huracán, sino también al ataque de un gran tiburón, y ahí está la explicación de porqué ambos creen estar oyendo la voz de una fantasma. Finalmente, tras reconocer a Nauri y ver que está viva y no es un espíritu que busca algún tipo de venganza, los tres recuperan la normalidad y van elaborando planes para el futuro (La casa de Mapuhi, Jack London).
       Un espía de la Stasi es encargado de grabar, escuchar e informar de las conversaciones de un dramaturgo de fama en la antigua RDA. Lo que empieza por ser un trabajo rutinario, aunque con posibilidades de convertirse en un trampolín de ascenso en la jerarquía de los servicios secretos, acaba por llevar a Gerd Wiesler a no sólo empezar a dudar de lo bueno del sistema, sino de que la razón no asista a ese hombre que discute y enhebra razonamientos y verdades mientras su relación sentimental se tambalea. El hombre que debe de informar y ofrecer pruebas de la desafección del escritor para con su país llega a envidiar la libertad de que éste disfruta, del hecho de tener una pareja y un hermoso apartamento – en oposición a su piso gris y a su vida carente de relaciones amistosas y ya no digamos amorosas -. Cuando el dramaturgo escribe un artículo poniendo en evidencia al sistema, será el propio espía quien haga desaparecer la máquina de escribir que lo incriminaría –el estado tiene un registro de todas las máquinas, porque hasta ese grado de paranoia tiene con la persecución de los posible disidentes-. Con el tiempo desaparece la RDA y el escritor descubre, visitando los archivos de la Stasi, que fue Wiesler quien lo salvo, y ello le lleva a escribir un libro sobre esa experiencia - titulado Sonata de un hombre bueno, nombre de la pieza que tocaba el escritor al piano al enterarse que un amigo se ha suicidado en la primera parte de la película -, que dedica al espía con su nombre en clave, HGW XX/7, espía que ha sido rebajado tras su fracaso a trabajos menores y que ha terminado de repartidor de publicidad (La vida de los otros, Florian Henckel von Donnersmarck, 2006).
SORDOS Y ENAMORADOS
          Creo que es en la película ¡Qué bello es vivir! (1946) y si no lo fuera, debe ser en otra obra de Frank Capra, en la que aparece un personaje en el barrio donde se desarrolla la mayor parte de la acción que es visto por todos los vecinos como un ser maleducados, antipático y hasta misántropo. Y, sin embargo, la verdadera causa por la que no se relaciona con los demás, y que da pie a que ellos lo consideren así, es que está casi por completo sordo, de manera que cuando no responde a las preguntas, o no aporta su ayuda para una tarea comunitaria no es porque no quiera, sino porque no sabe ni lo que se le han preguntado ni lo que los demás le piden. Una vez sabido esa explicación, ya se puede incorporar a una de esas comunidades idílicas que tan bien retrató Capra y que vistas desde los tiempos actuales no pueden dejar de producir una gran nostalgia.
        Problemas todavía mayores tiene El chico de la moto, el hermano del protagonista de una excelente novela y no menor estupenda película: Rumble Fish (1984). Susan H. Hinton, como ya había hecho con su primera y magnífica novela Outsiders (1967), dibuja a otro grupo de jóvenes y adolescentes envueltos en peleas, buscando su lugar en el mundo y tropezando con la muerte de los seres queridos, sean estos amigos, padres o hermanos. El joven al que todos llaman con ese sobrenombre que acabo de señalar, tiene una enfermedad que hace que sólo pueda ver en blanco y negro  -la película se rodó en esos colores, salva un par de momentos, en un acierto de su director, el gran F. F. Coppola – y que los sonidos que le llegan únicamente pueda describirlos como los de “una televisión en blanco y negro con el sonido bajito”. Ídolo y héroe de los chicos de su barrio, simple delincuente para la policía, este personaje no puede sino estar abocado a morir violentamente, puesto que no se ve capaz de encarnar ninguna de las imágenes que de él tienen los otros, y tampoco encuentra sentido a una vida que se desarrolló en la guerra de pandillas y en la violencia y la falta de cariño de familiares y amigos.

           De todas formas, no poder oír tiene a veces repercusiones que algunos no se esperan. En una película de transfondo educativo, Profesor Holland (Stephen Herek,  1995), el profesor de música de un instituto tiene un hijo sordo, lo que le produce una gran tristeza, ya que ni siquiera puede sentir el movimiento del suelo de madera ante el movimiento de las teclas del piano, como le sucedía a Beethoven, según cuenta él mismo a algunos de sus alumnos. Sin embargo, una de las secuencia más emotivas es aquella en la que su propio hijo se enfrenta a él y mediante el lenguaje de signos le dice que le duele que su padre sea capaz de enseñar a sus alumnos con toda la devoción y que no ponga ningún interés en hacerlo con su propio hijo. Y eso, para alguien que dedica toda su vida a la educación no cabe duda que es algo muy duro.       

           En todo caso, ya hemos visto ejemplos suficientes para valorar las muchas maneras que la literatura o el cine han afrontado el sentido del oído, sea para resaltar los problemas ocasionados por su ausencia, sea por el efecto que producen en los demás determinados sonidos (música, ruidos, ecos, etc.), sea por los secretos que se murmuran en voz baja o en los citas bíblicas equivocadas. Y hasta el recuerdo de los seres queridos cuyas voces jamás desaparecerán de nuestra memoria, como vemos en el último ejemplo con el que se cierran estas páginas: Roxanne llega en su pecho la carta que le escribió poco antes de morir su amado Christian, arrugada y con sangre aún. Quince años han pasado desde su boda, la batalla y la pérdida. Cada sábado, a la abadía donde se ha retirado tras esa muerte, viene a visitarla su primo Cyrano. Pero en el que habrá de ser su último sábado, herido de muerte como viene, aunque nada le diga a ella, le pide poder leer esas letras. Accede Roxanne ante las súplica de su primo y arropados por el crepúsculo del día, él lee las palabras que un día le escribió –porque es Cyrano quien siempre puso voz a ese amor, no el bello Christian, excepto aquella noche bajo el balcón, en la que pudo expresar sus sentimientos con su propia voz -, y mientras cae la noche, oyendo esas palabras que él no puede leer porque ya no hay luz para ello, simplemente tampoco él las ha podido olvidar nunca, la joven se da cuenta de lo que ocurre, al rememorar esa voz que una noche le confesó su amor inmortal, y ese eco del pasado se convierte en una certidumbre del presente que, lamentablemente, no tendrá futuro, puesto que el espadachín y poeta exhala su último aliento minutos después.


                                                                     José María García Pérez