viernes, 22 de febrero de 2013

 FRAGANCIAS Y  HEDORES

                
             En un mundo futuro que tal vez no tarde en llegar, una pareja norteamericana ha instalado en su carísimo hogar una serie de cachivaches tecnológicos que permiten en una de sus habitaciones poder disfrutar de un ambiente tal y como lo desee el propietario. En un primer momento la idea de ellos era tener una bosque, con riachuelo, árboles y todos los elementos ad hoc para estar rodeados de una atmósfera de lo más pacífica y relajante. Y, sin embargo, la pareja de hijos que tienen ha transformado esa habitación en un realísimo ejemplo de sabana africana, y digo realísimo porque una de las propiedades de esos adelante modernos es el sentir a todos los niveles cuanto se tiene ante los ojos, de manera que el poderoso olor de los leones, de las presas de estos tras ser comidas y tantos otros se perciben con total realismo. Los padres están un poco asustados de cómo sus hijos ya no piensan en otra cosa más que estar en la habitación, por lo que les prohíben acercarse a ella. Y como si de un relato de Saki se tratara, los niños dejan encerrados allí a sus progenitores, y los rugidos de los depredadores se vuelven más terribles. Cuando viene el psicólogo a ver si los adultos le han hecho caso, los niños lo encierran a él también, y de nuevo el ruido de los animales de la sabana se vuelve más ensordecedor y nos tememos que van a dar buena cuenta de los tres adultos. Y es que ese futuro supuestamente lleno de inventos maravillosos para el ser humano no es tan estupendo como lo pintan, o al menos eso creía uno de sus más fervientes creadores, Ray Bradbury (La sabana, The veldt).
              No eran precisamente mucho mejores los efluvios que describía George Orwell en su imprescindible Homenaje a Cataluña (Homage to Catalonia), la descripción del paso del escritor británico por nuestro país durante la Guerra Civil, al que viajó desde  su Gran Bretaña natal al poco tiempo de empezado el conflicto hasta que tuvo que salir subrepticiamente de España en el año 1938 por la frontera francesa tras haber sido herido en el brazo izquierdo y, lo que era mucho más grave, en peligro de muerte una vez que el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista, el partido al que pertenecían la mayoría de los anarquistas, para entendernos) fue declarado ilegal y todos sus miembros detenidos, encarcelados y fusilados, no necesariamente en este orden. En las páginas de ese libro podemos casi sentir físicamente el olor que desprenden las trincheras en las que luchan los soldados que defienden la República, las heridas purulentas de quienes caen heridos por la acción de las balas de o de los morteros, el hedor de los cárceles en las que se agolpan los prisioneros, todo ello en contraposición al perfume de las mujeres que pasean tranquilamente por la ciudad de Barcelona, como si esas batallas no formaran parte del mismo país en el que ellas vivían, o el inconfundible olor de tabaco que todos fuman sin parar, los dos ejércitos contendientes, los que están en la retaguardia, etcétera.
     Sin salirnos de Cataluña, pero esta vez acompañando a uno de los mejores escritores en su lengua, nos encontramos con Josep Pla, el autor que hizo de las cosas sencillas de la vida el tema de muchos de sus obras, entre las que  no podemos menos que destacar El cuaderno gris (1945). En ese libro admirable somos testigos de la vida no sólo en algunas aldeas del Ampurdá, sino también de en varias ciudades. Y entre ese testimonio de las personas, los animales, las plantas y hasta lo inanimado que también se cuela por entre las líneas de Pla, no podían faltar las notas referidas a las percepciones olorosas. He aquí una muestra: “26 de abril – A ciertas horas del día, a media tarde, por ejemplo, el perfume de las acacias que ahora empiezan a florecer en la calle del Sol, es de una dulzura literalmente embriagadora, quizá un punto demasiado dulzona, un olor de postal, excesivamente pegajosos, viscoso, triste.”
ASESINOS, MUERTES Y HUMOR.
          Por su parte, Jean-Baptiste Grenouille, el niño abandonado a su suerte tras nacer y que ya desde pequeño produce la perturbación que cabe suponer entre aquellos que aprecian su ausencia de todo olor corporal, se convertirá con el tiempo en uno de los mejores creadores de perfumes de la Europa del siglo XVIII y, finalmente, en un asesino despiadado que no sólo es incapaz de sentir la más mínima empatía por sus víctimas, sino que, en último término, tras haber matado a numerosas jóvenes para extraerlas su olor, llevará su locura hasta el paroxismo cuando a punto de ser llevado a la horca, expande una fragancia que enloquece a verdugos, autoridades y a los cientos de testigos que se habían dado cita para contemplar la ejecución, hasta el punto de que acaban todos envueltos en una frenética orgía. Al final, consciente de la ausencia de nuevos retos para él, pero en ningún momento arrepentido por sus crímenes inhumanos, obliga mediante otro aroma de su creación a un grupo de bandidos a descuartizarlo, en un final que no puede sino recordar el que padecerá Orfeo a manos de las bacantes.  Es el argumento de El perfume, de Patrick Süskind, la novela de 1985 que sería uno de los grandes éxitos de ventas durante años.
         El elemento amoroso es mucho más importante en un relato que Ítalo Calvino escribió para formar parte de un libro que, organizado en torno a los cinco sentidos del ser humano, pero que la muerte le impidió concluir, de manera que hoy en día sólo conservamos tres partes. La que se refiere al olfato, concretamente es la que lleva por título El hombre, la nariz (Bajo el sol jaguar, 1989, en su versión española). El breve texto intercala dos historias, la de un noble francés del siglo XVIII (¿o del XIX?) y la de un joven inglés ya en el siglo XX. El primero busca un perfume para una mujer en un París muy lejano del de Süskind –no en el tiempo, sí en su aspecto y belleza – y el segundo se encuentra con una mujer a la que distingue por su olor allá donde quiera que se encuentran. En todo caso, ambas tramas que se desarrollan en paralelo terminan con la muerte de las mujeres, sin que quede claro la forma en la que ambas encuentran su fin y el grado de implicación de los hombres en esas muertes.

        Sin embargo la muerte acecha en muchos lugares donde no alcanza el amor, como es el caso paradigmático de las narraciones de H. P. Lovecraft, en quien el hedor de las cuevas, de los casas abandonadas y de de otro buen sinfín de lugares se asocia de una u otra manera al mal. Es lo que ocurre en un relato llamado en busca de la ciudad del poniente, donde aparece un barco cuya característica más acusada es su pésimo olor. Y de hecho Randolph Carter, el protagonista de todo un ciclo de aventuras del singular escritor de Providence, será secuestrado en una nave pestilente por unas extrañas criaturas que son sus pasajeros(En busca de la cudad del sol poniente, The Dream-Quest of Unknown Kadath). Como no podía ser de otra manera en Lovecraft, cuanto se relata en sus historias carece de una explicación racional, y hay que verlo en último término que una serie de acercamientos de mundos paralelos, maléficos y aterradores. No es de extrañar que un universo próximo a lo onírico como éste se declarase deudor en cierta forma de las atmósferas turbadoras de Arthur Machen o Lord Dunsany.
          Pero no todo iba ser una atmósfera fétida y maloliente, ya que en el mundo de los olores también hay espacio para el humor. En efecto, en una película que ha salido a colación varias veces en este blog, My Darling Clementine (John Ford, 1946) el sheriff Wyatt Earp se detiene a acicalarse en la peluquería de Tombstone, ese pequeño pueblo en el que Ford situó el espíritu de los pioneros, como ya antes se había afeitado la barba – lo que no deja de indicar que es un tipo presumido - y, de paso, expulsado a un indio revoltoso que estaba incordiando en el lugar. Pues bien,  a punto de celebrarse el baile con el que se pretende inaugurar la iglesia que se está construyendo, Wyatt sale de la peluquería oliendo a una colonia que le ha recomendado el barbero, y nada más salir se encuentra con la hermosa y joven Clementine, la futura maestra de Tombstone y que encarna la civilización, además de ser el objeto del amor del atildado sheriff. Charlan juntos y ella le dice que es un día tan hermoso que hasta le parece oler a las flores del campo, allí, en pleno desierto. Él le explica de dónde proviene ese olor tan agradable. A continuación se acercan sus dos hermanos y, entre otros temas de la conversación, también uno de ellos afirma que le parece estar oliendo al jardín de su madre, a lo que responde Wyatt: “Soy yo”.
INFANCIA Y FELICIDAD
           De entre los recuerdos de la infancia que todo ser humano recuerda es imposible que no haya varios asociados al mundo olfativo. Y, como no podía ser de otro modo, los escritores han buceado en esas evocaciones con mayor o menor fortuna, en especial a la hora de enfrentarse a la escritura de sus memorias. Como muestra traemos aquí el caso de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957). A la ahora de rememorar la casa de su familia, que ya avanza que sería destruida por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial –más en concreto fecha esa pérdida el 5 de abril de 1943 – no podía menos que enlazar las recuerdos que le proporcionan todos los sentidos: “Todo me gustaba en ella: la asimetría de sus muros, la cantidad de sus salones, los estucos de sus techos, el mal olor de la cocina de mis abuelos, el aroma de violeta en el tocador de mi madre, el aire sofocante de las caballerizas, la grata sensación de los cueros pulidos en la guarnicionería, […]todo un mundo lleno de delicados misterios, de sorpresas siempre renovadas y siempre tiernas”.
        Por desgracia, la Segunda Guerra Mundial no terminó únicamente con los edificios y las casas de las personas, sino que ocasión más de sesenta millones de muertos. Entre ellos estaban la familia de Jakob Beer, un niño polaco que ha poco menos que perdido la razón entre las muertes, la violencia y el ruido de las bombas y las metralletas. Por fortuna para él, y para nosotros como lectores, un soldado y científico humanista griego lo rescata literalmente del horror para llevárselo a vivir a las islas griegas, y allí volverá a descubrir las razones por la que la vida merece la pena ser vivida: las conversaciones con los lugareños, el sabor de las olivas, el azul inmaculado del Mediterráneo, el olor a salitre del mar o de la fruta recién pelado… Pocas veces los sentidos han descubierto todo un mundo y han supuesto una “resurrección “ para un ser humano como en Piezas en fuga (Fugitive pieces, 1996), la primera y bellísima novela de la poetisa canadiense Ann Michaels.
          Hay veces en las que un determinado aroma se nos cuela de rondón en nuestras vidas y bien nos presenta la infancia ante nuestros ojos con una fuerza increíble, como ya hemos visto, o bien parece aromatizar aquello que nos rodea, hasta las mismas lecturas que nos traemos entre manos. Es lo que le ocurre a ese personaje de Juan Marsé al que le gusta el café y los libros: “Ciertamente, el café le gusta mucho y su aroma invade con frecuencia el ámbito de sus sueños y de sus lecturas, y ahora mismo cree percibirlo impregnando las páginas del libro que está leyendo, perfumando la habitación de la triste y desesperada Natasha” (Rabos de lagartija, 2000). Por desgracia, en este blog no disponemos ni de los recursos del Odorama, es decir, de aquel sistema que intentó la visión simultánea de películas y de olores de lo que se mostraba en esas películas, ni de las páginas de libros como los de Genónimo Stilton, esos que se pueden rascar y percibir determinados olores, a veces sin ni siquiera rascar. Pero bueno, tal vez algún eso sea posible en el ámbito de internet y entonces estas líneas pudieran ir acompañadas de todas la fragancias, aromas hedores, perfumes que en él han ido apareciendo.
                                                                            José María García Pérez


jueves, 14 de febrero de 2013


PINTORES Y PINTURAS (2)
                  
         Un renombrado pintor recibe el extraño encargo de llevar a una tela el retrato de un hombre joven y hermoso, pero sin tener un modelo en el que inspirarse, aunque eso sí, el resultado ha de tener la pátina del tiempo, esto es, una suerte de atmósfera que haga que quien lo vea lo sitúe en una época anterior, sin una fecha precisa, aunque todo apunta que en torno a mediados del siglo XIX. El innombrado artista traspasa esa petición a una amiga que también se dedica a ese noble arte, Mary Tredick. Ella acepta y en muy poco tiempo obtiene una pintura extraordinaria, que cumple con todos los requisitos solicitados. Ahora bien, cuando la dama que ha hecho el encargo lo ve –en el taller del mediador – se queda estupefacta, ya que reconoce en el hermoso varón a su prometido. Extiende un cheque por el doble del valor del encargo, nada menos que 400 libras, y da órdenes para que al día siguiente vengan a recogerlo. Sin embargo, Mary lo retira antes y, al devolver el cheque a su amigo, le informa que el modelo fue alguien a quien amó en el pasado y fue amada por él, y que lo perdió por la intromisión de la señora Brigdenorth –que así se hace llamar la dama -, quien logró la promesa de matrimonio del joven, promesa que nunca se cumplió al morir antes del enlace. Y al final sabemos de la muerte de esas dos mujeres, ya ancianas, en un espacio breve de tiempo, gracias a lo cual el soberbio retrato ha pasado a manos del pintor, quien ya anciano es la persona que narra el relato (La pátina del tiempo, The Tone of Time, Henry James, 1900).
       Juan Ruiz, el arcipreste de Hita, nos narra la historia de Pitas Payas, ese pintor que dibuja bajo el ombligo de su mujer un cordero, para asegurase que le va a ser fiel, ahora que ha de partir lejos y durante dos años, cuando sólo hace un mes escaso que se han casado. A su regreso, se encuentra con que ella tiene una carnero dibujado en su vientre, lo que le hace sospechar al pintor, pero ella le explica que es normal que tras tanto tiempo de espera el cordero haya crecido –pese a que la explicación es mucho más sencill: ella ha tenido un amante todo ese tiempo y al llegar las nuevas de que su marido retorna al hogar, ella le pide que pinte algo que oculte su adulterio-. Se trata de una exiemplo, de una especie de fábula para enseñar que las cosas importantes se deben cuidar. Es una más de las muchas y divertidas historias que pueden leerse en una de las obras maestras de nuestra literatura, a saber: el Libro de buen amor.
TRES RELATOS
         Por su parte, tres diletantes de muy diversos oficios (un barón, un poeta y un pintor) se quejan de su vida monótona y sin aliciente alguno, por lo que, tras abandonar el bar donde empieza la historia, se trasladan al lugar donde pinta Vladimiro, un artista que los tres admiran y que les obsequia con comida y vino. El cuarto está, como siempre, lleno de humo, porque parece que es la forma en la que Vladimiro Lubovski mejor pinta, y mientras ellos siguen quejándose de la vida, el pintor pone en la tela lo que lleva dentro. Pasa el tiempo y los tres deciden irse de aquel lugar, donde realmente no pintan nada, y allí se queda el artista, llorando en soledad, porque la creación siempre es una lucha solitaria, y por más acompañado que estés en ese momento mágico, estás solo ante la obra que haces. Y no cuesta trabajo pensar que Rainer Maria Rilke, el inolvidable escritor alemán, compartía esas ideas con ese ser cuyo nombre aparece en el mismo título de cuento: Vladimiro, pintor de nubes.
        Por su parte, el joven insolente que se hará llamar Jean de Daumier-Smith, ha aprendido a pintar, pero no por perseguir la creación como algo poco menos que divino, como era el anhelo de Vladimiro, sino como un entretenimiento que le ha llevado a ganar tres premios infantiles. En lugar de sus 19 años, finge tener diez años más y ofrece sus servicios para ser profesor de pintura en Canadá, en una escuela regentada por un matrimonio japonés. Como ocurre en toda la obra de J. D Salinger, lo que siempre asombra en la breve obra del narrador estadounidense es la pasmosa creación de personajes y la facilidad con la que los ponía en una serie de circunstancias que los hacían dudar de sus certezas, pero también ser más humildes y amables para con los demás, e incluso para consigo mismos. En este relato la historia es desternillante, hasta el punto de que es imposible no reírse con las cartas que manda a sus alumnos o con las descripciones que hace de las costumbres de la pareja japonesa que regenta la escuela (El período azul de Daumier-Smith).
          En un breve relato de Jean Rhys, esa escritora tan interesante como poco conocida –me temo -, un don Juan francés tiene que devolver treinta mil francos que ha sustraído de su empresa. Y, curiosamente, aprovecha para intentar seducir a una mujer a la que acaba de conocer, que por el acento debe de ser inglesa. La cosa no pinta bien de momento, por lo que opta por pedir el dinero a dos de sus amantes ricas, sin el más mínimo éxito. En consecuencia, aprovecha una nueva cita con Margaret para intentar conseguir el dinero. Ella no quiere saber nada de una relación física, pero sí está dispuesta a darle a Maurice –que al principio simplemente es nombrado como el Chevalier – los treinta mil francos, siempre y cuando él acceda a irse con ella a Madrid, a donde pretende trasladarse para disfrutar de la vida y de su fortuna. El don Juan se niega de muy malos modos y ya sólo piensa en la manera más rápida de huir de París antes de que se den cuenta del dinero que ha sustraído. Lo curioso del caso es que, y con eso acabo, que ella es pintora, sí, pero lo sabemos por dos rápidas menciones de la narradora, sin que en ningún momento se nos presente su actividad ni se den pistas de la misma, de modo que perfectamente hubiera podido ser modista, modelo y cocinera (El Chevalier de la Place Blanche, 1976).
 FÁBULAS Y DIBUJOS
          En uno de sus escritos humorísticos, Leonardo Da Vinci cuenta cómo un sacerdote va con el hisopo por todas partes bendiciendo todo cuanto se le pone a tiro. Es más, se encuentra con un pintor y allá que te va con el agua bendita: rocía los cuadros como si de una nueva empresa se tratara. Y por si eso fuera poco, le explica al enojado pintor que el hacer buenas obras tiene buen pago por parte de Dios, y no  precisamente cualquier bagatela, sino el céntuplo de lo realizado. Cuando el cura se va de su casa, el pintor sube al piso superior y sin perder tiempo le tira encima un jarrón de agua: “Ahí tienes la recompensa del ciento por uno que te viene del cielo, como tú has dicho, por el agua bendita con que tú has rociado mis cuadros y has estropeado la mitad de ellos”. Llama la atención, o por lo menos a mí, que una figura tan asombrosa como Leonardo Da Vinci no haya sido aprovechada en películas, series de televisión o en novelas históricas; no es que no las haya, obviamente, pero tal vez un artista, pensador, arquitecto, filósofo y tantas otras cosas no pueda ser comprimido en los límites de una obra de ficción, entre otras razones porque ya su vida y sus creaciones son tan fabulosas que me da la impresión de que parecen ser la obra de un ser poco menos que sobrehumano.
        En más de una ocasión hemos visto o leído que alguien dibuja el rostro de una persona, y ello puede tener diversos fines: el más clásico es la faz de un acusado en el juicio que se sigue contra él. De esto tenemos ejemplos tanto en la ficción, como es el caso de Testigo de cargo (Witness for the prosecution, Billy Wilder, 1957), en donde vemos cómo se perfila esa imagen y cómo se cambia el letrero que lo acompaña de “culpable” a “no culpable”( que es la forma inglesa de denominar a nuestro “inocente”), como en la vida real, como lo prueba el famoso caso de O. J. Simpson. De otro lado, esos dibujos pueden ser, llegado el caso, determinantes para reconocer a personajes relevantes de la trama, como ocurre con el dibujo que Loudon Dodd ha hecho de dos de los supervivientes del Nube Volante, el carguero que ha naufragado y del que Loudon y Jim Pinkerton pretenden recuperar las mercancías que portaba (Los traficantes de naufragios, The Wecker, Robert Louis Stevenson).
DE LA PINTURA Y LA MÚSICA
       No son pocas las canciones cuyo argumento trata sobre un pintor, una pintura o la relación entre todo ello. Es el caso, sin ir más lejos, de El último de la fila, quien en Lápiz, tinta, incluido en Astronomía razonable (1993), se podía apreciar una letra en la que no era difícil adivinar las preocupaciones que asaltan al pintor ante su obra, y en este caso no podemos olvidar que el autor de la letra, Manolo García es también pintor. De ahí ese ansia por pintar un color, un paisaje que el tiempo marchitará en breve, ese dejarse llevar por la pasión y que el corazón dicte a la mano el color, el movimiento y las líneas que tiene que seguir.
     En otras ocasiones lo que se observa tras unas sencillas líneas es pura y simplemente una historia de amor, la que van sintiendo el pintor que en primera persona describe la llegada de su modelo y el hecho de que surja un sentimiento entre los dos que ninguno puede ocultar. “Me pongo a pintarte y no lo consigo, después de estudiarte termino pensando, que faltan sobre mi paleta colores intensos que reflejen tu rara belleza. No puedo captar tu sonrisa, plasmar tu mirada, pero poco a poco sólo pienso en ti. Sólo pienso en ti (se repite ocho veces como estribillo). Tú sigues viniendo y sigues posando, con mucha paciencia porque mi lienzo siempre está en blanco. Las horas se pasan volando y hay poco trabajo adelantado para tu retrato. Sospecho que no tienes prisa y que te complace ver que poco a poco sólo pienso en ti, sólo pienso en ti…” En mi opinión, una de las más hermosas canciones que ha dado la música en nuestro país, que conforme pasa el tiempo más honda y bella parece, pese a tener ya casi cuarenta años. Es una lástima que el grupo formado por Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán no tuviera en su momento éxito, cosa sorpredente con un disco tan extraordinario como era ese Señora Azul (1974).
        Ese inolvidable inicio de un amor se transforma trece años después en un experiencia amarga para el protagonista de Una calle de París de Duncan Dhu (apareció en el disco El grito del tiempo, 1987). En efecto, en una habitación vacía sólo hay restos de lo que fue una relación (un colchón, un cuadro y cortinas cerradas para que no entre el sol), ya que “La noche se llevó los cuadros, la cordura y la fe, y nunca más se vio salir ningún color de mi pincel”. En otras palabras, el fin de esa relación ha supuesto también el fin de la dedicación a la pintura, y de ahí que sólo quede un cuadro, el último: “El cuadro que pinté con tu sonrisa y nunca acabé,  quedó en la habitación y nunca más se vio”.  Cuando una relación termina, el fruto artístico ya no tiene sentido para el creador, aunque se tratase de una obra maestra.
          Como ya hemos señalado en alguno de los textos dedicados con anterioridad al tema de la pintura, hay ocasiones en las que una tela ejerce una atracción irresistible a los ojos que la contemplan. Y eso es lo que sucede a quien canta en primera persona en El cuadro II, un tema del segundo disco de Héroes del silencio, que se tituló Senderos de traición y que apareció en 1990. La visión del cuadro hace que “en su interior las figuras danzan, me miran y se agrandan”. Hay un mención explícita de las pistolas de Warhol (supongo que refiriéndose a la famosa obra con Elvis Presley disparando en una de sus películas, que Warhol pintó con su particular estilo). Al final parece como si hubiera un intento de penetrar en el lienzo, en el sentido más literal de la palabra, para formar parte de él: “Rodeado por miradas algo difuminadas y admito los colores de su interior, y sufre mi figura la transformación”. Todo aparece en una descripción un tanto vaga, muy a tono con las letras habituales de Enrique Bunbury, el cantante y letrista de la mayoría de las canciones de ese grupo.
           Apasionado por la música, para la que tenía indudables dotes, pero también para la escritura, la ilustración, maestro y humanista, fue finalmente la pintura lo que le llevó a la fama ya desde muy temprano en su vida, Oskar Kokoschka (1886 - 1979) se enamoró perdidamente de Alma Mahler, una de las mujeres más interesantes de su época (1879 -1964), viuda por aquel entonces del músico Gustav Mahler, futura esposa del arquitecto Walter Gropius y del escritor Franz Werfel.  La relación no pudo ser más tormentosa, pues él pasaba noches enteras caminando ante la casa de Alma, le propuso un matrimonio que ella no llegó a aceptar y, finalmente, ella abortó el hijo que esperaba de él. Indudablemente nunca sabremos cómo hubiera terminado una relación como esa si matrimonio e hijo hubieran llegado a buen fin, pero lo cierto es que nos quedan varias obra maestras de la pintura del siglo XX como muestra de ese gran amor, tanto en óleo, dibujo y acuarela, entre ellas esa creación extraordinaria - y en la que aparecen los dos protagonistas de esa relación que vino a durar unos tres años - que es Die Windsbraut La novia del viento).
         Y terminamos con Benito Pérez Galdós, un hombre que nunca dejó el pincel - y que de hecho tiene cuadros, acuarelas y dibujos de valor nada desdeñable- por más que su fama venga de sus escritos y quien a lo largo de su extensísima obra nunca dejó de tratar, de una forma u otra, el tema del doble. En una creación de 1870, que puede ser considerada por tanto de juventud, La sombra, Anselmo es un hombre ya mayor que cuenta su vida al narrador de la historia. Y su vida la recrea no como fue en realidad, sino como la vida de un ser en el que se desdobla, el Paris de la mitología griega, el príncipe troyano que sedujo a la bella Helena –no es casual que la esposa de Anselmo se llame precisamente así, ni que a ratos ese anciano se haga pasar por otro hombre, Alejandro, nombre con el que a su vez también se conoce a Paris, amén de recordar inevitablemente al gran conquistador griego -. Nada tiene de ajeno a toda esa trama el hecho de que en el salón de la casa de Anselmo hay un tapiz en el que aparece una escena entre Paris y Helena. Una vez más, una imagen –tanto da en este caso que sea un tapiz o que sea un cuadro – en segundo plano sirve para conectar las líneas por las que discurre un relato, como pasa siempre en las películas de Alfred Hitchcock o de Carl Theodor Dreyer, pero eso ya sería materia de otro artículo.
                                                                          José María García Pérez

jueves, 31 de enero de 2013

AL OÍDO


AL OÍDO
                                             
        Mr. Brown (Richard Conte) es el jefe de una banda de delincuentes capaces de cometer las mayores tropelías. La crueldad de su líder se muestra, por ejemplo, en que a uno de sus esbirros, que lleva una maquinita conectada a unos auriculares para poder escuchar bien, le sube el volumen del aparato y le da un grito que le produce un dolor tremendo. A ese mismo hombre, llegado un momento en el que empieza a sospechar de todos y a ordenar asesinar a sus propios colaboradores –incluso a su propia novia, que ya es decir – le promete que nunca escuchará de sus labios la orden para que lo maten: y, en efecto, no la oye porque el desalmado le desconecta el sonotone, y sólo vemos sus labios moverse para, tras una breve imagen del terror dibujado en el rostro del desdichado, enfocar una metralleta desde la que sale humo y fuego por igual. Estamos ante un villano terrible en una obra magistral de un director importante, por más que siempre le tocara trabajar en la serie B americana (The big combo, de Joseph L. Lewis, 1955), a pesar de lo cual dirigió varias películas inolvidables de muy diferentes géneros.

       También tiene problemas de audición Carl Fredricksen, pero esta vez asociados a la edad. El memorable anciano que protagoniza Up (Bob Peterson y Pete Docter, 2009), pasará de ser un viejo gruñón a un hombre implicado en la educación del joven boy-scout que parece haberse propuesto no dejarle en paz en el arranque de  la película. Sin embargo, las peripecias que entre ambos van a vivir lo conducen a darse cuenta que no puede vivir en el pasado, entre otras cosas porque su propia esposa lo animó a seguir adelante cuando ella ya no estuviera con él, como podemos ver en la asombrosa escena inicial de esa obra, que concluye con la desaparición de su mujer, justo cuando él ya había comprado los billetes para viajar y conocer las cataratas que tanto ansió conocer ella desde que se conocieron, siendo ambos dos niños. Al contrario que Lewis, aquí el aparato sirve para darle un toque cómico a una escena, esa en la que ya en vuelo la casa, el niño no para de hablar y el anciano, para no seguir escuchándolo, baja el volumen del sonotone. Claro que con ello logra no enterarse de algo que sí le afectará no tardando mucho: la llegada de una tormenta que lleva la casa violentamente hasta América Central, a Venezuela, para ser más exactos, precisamente muy cerca de aquella catarata que mencionábamos hace un instante.
      Por el oído nos pueden llegar buenas noticias o malas, claro está, pero igualmente percibimos la música y los ruidos que nos rodean. En un singular cuento de Iván Turguéniev, titulado Canto de amor triunfante, el regreso de un noble italiano del lejano oriente tras varios años ausentes, crea un cierto malestar en la pareja que lo acoge: su mejor amigo, Fabio, y la esposa de éste y mujer de la que Mucio estuvo enamorado, Valeria. Lo más curiosos del caso es que, tras haberle regalado un extraño y sospechamos que maligno collar a Valeria, ésta y Mucio se ven una noche en el jardín, caminando como sonámbulos, como llevados por una rara melodía que días antes tocó en un raro violín Mucio. Esa música parece ejercer algún tipo de encantamiento sobre esos dos personajes, y Fabio terminará con esas pesadillas y terrores nocturnos que acosan a Valeria, según le confiesa, al atravesar con su daga a su amigo, dejándolo en el jardín ensangrentado y dándolo por muerto. Y, sin embargo, el criado malayo y mudo de Mucio da la sensación de haber logrado, por medio de algún sortilegio desconocido, que el cuerpo de su amo pueda cabalgar y poder salir del palacio, aunque su cara lívida demuestra que, en realidad, el apuñalamiento fue mortal.
DE MILAGROS, ASESINATOS Y RECUERDOS
             Helen Keller (1880 – 1968) fue una niña sorda y ciega que, en una prueba de lo que puede hacer la educación, aprendió a hablar, a leer y a escribir, siendo capaz de obtener un título universitario –cuando esto no estaba el alcance de cualquiera, todo hay que decirlo- y se convirtió en un modelo para muchos discapacitados, además de hacer que la sociedad los viera con unos ojos diferentes a como lo había hecho hasta entonces.  Su maestra fue Anne Sullivan, y la relación de ambas puede seguirse en la biografía de la primera, La historia de mi vida, reeditada en español el año pasado, aunque ya sabíamos algo de ella a través de la película de Arthur Penn (El milagro de Anne Sullivan, The Miracle Worker, en su título inglés, 1960). Al contrario que los personajes anteriores, Helen es real, pero el no poder oír no le impidió contar así su primera relación entre su mente y el mundo exterior, ya en manos de Anne Sullivan, en una escena conmovedora: “Bajamos por el sendero hacia el pozo, atraídas por el aroma de la madreselva que lo cubría. Alguien sacaba agua, y la maestra me colocó la mano bajo el chorro. Mientras experimentaba la sensación del agua fresca, escribió miss Sullivan sobre mi mano libre la palabra agua, primero lentamente, después con más presteza. Permanecí inmóvil, con toda la atención concentrada en el movimiento de sus dedos. Súbitamente me vino un confuso recuerdo de cosa olvidada hacía mucho tiempo; de golpe el misterio del lenguaje me fue revelado”.

         No es lo más común, ciertamente, pero el oído se ha utilizado en alguna ocasión para el asesinato. Es el caso del crimen del padre de Hamlet, el famoso príncipe de Dinamarca, la obra inmortal de W. Shakespeare. Recordemos que en hay un momento en el que la madre de Hamlet y su tío, asesino de su padre y quien ahora comparte trono y lecho con la reina, hablan de cómo vertieron el poderoso veneno en el oído del rey mientras dormía. No llegan a la muerte, pero sabido es que en la tristemente famosa célebre prisión de Guantánamo, los prisioneros son sometidos a sesiones de música atronadora de grupos heavy, con el resultado que cabe imaginar. Lo que no es de extrañar, en consecuencia, que algunos de esos grupos hayan exigido que no se utilicen sus canciones para actos vejatorios de semejante categoría.
        Pero volviendo a temas más amables, algunas veces los protagonistas de ciertas historias rememoran las años de la infancia y la juventud, en especial sus relaciones con sus padres y madres. Es el caso de la novela de Elvira Lindo, Lo que me queda por vivir, donde Antonia repasa su corta vida hasta la fecha –no ha llegado a los treinta – y muchos de sus recuerdos imborrables son aquellos que tienen a su madre como protagonista. Como nos ha pasado a todos en algún momento, ella la recuerda como era en su juventud, entre otras cosas porque  ya que no puedo hacerlo de otra manera dado que su madre murió no siendo ella más que una adolescente. Pese a todo, la fuerza de esa remembranza es mucha, y como no podía ser de otro modo, se acuerda de sus vestidos, de su rostro hermoso, de la alegría con la que disfrutaba de su familia, y de su voz, esa voz que el tiempo no ha  sacado de la memoria, como no se van nunca las voces de las personas que amamos, y en un momento dado, al decirle algo a su esposo, le parece que su voz se ha transformado misteriosamente en la voz de su madre. Esa sensación la estremece y le hace meditar e incluso piensa en decírselo a su marido… pero hay experiencias que son incomunicables y, pensándoselo mejor, no le dice nada de ello.
EXPERIENCIAS INEXPLICABLES
        En un cuento de Ray Bradbury llamado La bruja de abril (The april witch), la joven hija de una familia de brujos desea enamorarse, pero como no tienen un cuerpo real, sino que van adoptando el de animalillos o seres humanos, decide introducirse en el cuerpo de   una joven y bella campesina llamada Ann Leary, para poder seducir a un chico a la primer ocasión. Y esta se presenta con rapidez, pues Tom se acerca y vuelve a pedir a Anne que lo acompañe al baile de esa misma noche, por más que ella ya lo ha rechazado una vez. Para sorpresa de Tom y de la propia Anne, que sin saber cómo se ve aceptando la invitación, los dos quedan esa misma noche. A pesar de todo, Anne tiene pensamiento propio, por más que sea consciente de que algo raro la está pasando, pues ella no quiere saber nada de Tom, y sin embargo, dice palabras como si fuera el eco de otro ser –como realmente está sucediendo -. Bailan, charlan y aunque la brujita intenta besarlo a través de él, no lo consigue; lo más que obtiene es la promesa del joven de que irá a ver a una chica de nombre Cecy Elliott, cuya dirección le apunta Anne, y que no es otra que la enamorada bruja.

         Dos fareros vigilan que la luz y la sirena del faro en el que trabajan funcionen a la perfección. Pero uno de ellos empieza a contarle al otro una rara experiencia que tuvo en ese lugar exactamente un año atrás, sospechando que va a repetirse. Y no es otra que la aparición de un monstruo antediluviano, que parece un dinosaurio, y que surge del océano antes de que termine el relato el farero mayor atraído por el sonido que hace el faro, similar al emitido por el propio animal. Intentan que se vaya apagando tanto la luz como la máquina que produce el sonido, pero eso no hace sino enfurecer al oscuro y feroz monstruo, que con su extraordinaria fuerza derriba el faro. Por suerte para ellos, han podido bajar las escaleras a tiempo de refugiarse en los sótanos de piedra del faro y logran sobrevivir al desmoronamiento. El más joven renuncia a seguir trabajando en ese negocio, pero el mayor continúa, eso sí, en un nuevo faro que, siguiendo sus instrucciones, esta vez se ha hecho de hormigón, por si acaso. Es otro de esos cuentos fantásticos de los que era maestro Ray Bradbury, concretamente, La sirena del faro (The fog Horn, en su título original).
        De familia de constructores de faros era nada menos que Robert Louis Stevenson, quien nos ofrece una de sus más hermosos relatos en La isla de las voces. Keola es un holgazán que se ha casado con la hija de un reputado brujo. En una ocasión éste se lo lleva en segundos de ayudante a una isla desconocida mediante un conjuro y en la playa recogen unas conchas que luego se convierten en brillantes dólares. Allí Keola ve a una linda joven, pero al hablar con ella, la joven huye despavorida, dado que los nativos no pueden ver a los brujos que allí viajan a recoger hojas para su peculiar trabajo. Tiempo después, huyendo de su suegro, Keola arriba a esa isla y la tribu lo casa con aquella preciosa joven que vio al principio. Ella acaba por amarlo y le cuenta el secreto que los rodea: pertenece a una tribu de caníbales y lo están alimentando sin dejarle trabajar para comerlo después. Como sabe que la isla es donde recogen su “materia prima” los brujos de toda la tierra, Keola propone cortar los árboles para que nunca vuelvan las voces a la isla, y al hacerlo tiene lugar una lucha salvaje entre nativos y brujos invisibles pero muy capaces de hacer que las hachas de sus enemigos acaben volviéndose contra los cortadores de árboles. Como ocurre tantas veces en Stevenson, son tantas las cosas que pasan en esa historia que en otras manos podría haber dado para tres o cuatro cuentos. No obstante, aquí sólo tenemos uno, que concluye cuando su primera esposa, Lehua, que había viajado con su padre a la isla, rescata a Keola de la misma in extremis, dejando allí a su propio padre.
DE LA ALEGRÍA AL ASOMBRO
         Ya hemos visto que por el oído se filtra desde un veneno hasta los secretos más extraños, por no hablar de la música que literalmente “encanta” a dos seres humanos. En ocasiones, además, por el sentido del oído nos llega la algarabía y los mil y un ruidos de una fiesta popular.  Es el caso de un breve relato, que más debe considerarse poema, de una de las estrellas fugaces de la poesía en inglés de todos los tiempos: Dylan Thomas. Recuerdo de un día de fiesta es una celebración de todos los sentidos del hombre, como lo manifiesta el fragmento que ofrezco a continuación: “Los niños se pasaban el día haciendo cabriolas o chillando junto al vidrioso y batiente mar, y un organillo jadeaba valses en el pelado campo de juegos y en el terreno yermo donde los coches de choque se esquivaban, detrás de las fábricas de conservas. Y las madres advertían a gritos a sus sonrosados hijos e hijas que dejaran esa medusa, y los padres desplegaban periódicos sobre sus rostros, y las pulgas de mar saltaban sobre la lechuga de la merienda, y alguien había olvidado la sal. De aquellos veranos pasados, siempre radiantes, sin lluvia, perezosamente ruidosos y con cielo azul, recuerdo un lunes de agosto desde la salida del sol sobre la ciudad manchada hasta el ronco silencio de la música del tiovivo, desde la carne frita picada con patatas y coles hasta el último de los bocadillo arenosos”.
        De los secretos ya hemos hablado, pero no estaría de más referirse no a otros secretos, sino a aquellas palabras que dichas en determinadas circunstancias, pueden entrañar una clave, la explicación de un particular acertijo. Pongamos un par de ejemplos cinematográficos. Uno es sobradamente conocido: en el arranque de Ciudadano Kane, el agonizante protagonista de la primera película de Welles susurraba en su lecho de muerte: “Rosebud”, y el resto del a historia era una investigación que no llegaba a aclarar qué significado tenía, aunque sí tendría la clave el espectador, cuando al final se quemaba el trineo que tuvo de niño Kane y cuyo nombre era Rosebud. Por otra parte, en Los contrabandistas de Moonfleet (Fritz Lang, 1954) gracias a que uno de los forajidos lee el papel obtenido por John Mohune, el niño que encarrila la acción, y se da cuenta de que son citas de la Biblia, pero todas erróneas, esa información le sirve al maravilloso personaje Jeremy Fox (encarnado por Stewart Granger) para deducir la localización del tesoro que había escondido Barbarroja, un fabuloso diamante que hará rico a su poseedor.
         A todos nos ha pasado alguna vez: nuestros padres grababan alguna canción infantil o una conversación entre los hermanos, y al escucharla un tiempo después a todos nos extrañaban nuestras propias voces. Eso les ocurría igualmente a los dowayos, el pueblo camerunés estudiado por Nigel Bradley en sus libros de antropología, el primero de los cuales es, además, una obra divertidísima, El antropólogo inocente (1983). Pues bien, para aprender su lengua Bradley utilizaba un magnetofón portátil, con el que grababa conversaciones con la gente en el campo, dado que las traducciones de su ayudante no le acababan de satisfacer. A los dowayos les encantaba oírse, desde luego, pero no se mostraban muy impresionados porque no era la primera vez que veían aparatos como esos. Curiosamente, lo que les hacía murmurar “magia” y “maravilla” era ver cómo escribía Bradley, pues ellos son analfabetos, y se quedaban contemplándolo encantados durante horas mientras él transcribía fonéticamente lo que había oído y se turnaban para mirar por encima de su hombro. Una vez leyó usando esas notas a un hombre lo que había dicho en una conversación un par de semanas antes y se quedó estupefacto.

       Temblorosos, asustados y temiendo por sus vidas están Mapuhi y su esposa, al escuchar fuera de un improvisado techo metálico que les sirve de refugio la voz de Nauri, la madre de Mapuhi, a la que todos han dado por muerta tras varios días sin saber de ella, una vez que se alejó el huracán que ha sembrado de cadáveres la isla en la que viven y apenas ha perdonado a unos pocos cocoteros. Lo que la pareja desconoce es que esa mujer de casi sesenta años ha sobrevivido no sólo al huracán, sino también al ataque de un gran tiburón, y ahí está la explicación de porqué ambos creen estar oyendo la voz de una fantasma. Finalmente, tras reconocer a Nauri y ver que está viva y no es un espíritu que busca algún tipo de venganza, los tres recuperan la normalidad y van elaborando planes para el futuro (La casa de Mapuhi, Jack London).
       Un espía de la Stasi es encargado de grabar, escuchar e informar de las conversaciones de un dramaturgo de fama en la antigua RDA. Lo que empieza por ser un trabajo rutinario, aunque con posibilidades de convertirse en un trampolín de ascenso en la jerarquía de los servicios secretos, acaba por llevar a Gerd Wiesler a no sólo empezar a dudar de lo bueno del sistema, sino de que la razón no asista a ese hombre que discute y enhebra razonamientos y verdades mientras su relación sentimental se tambalea. El hombre que debe de informar y ofrecer pruebas de la desafección del escritor para con su país llega a envidiar la libertad de que éste disfruta, del hecho de tener una pareja y un hermoso apartamento – en oposición a su piso gris y a su vida carente de relaciones amistosas y ya no digamos amorosas -. Cuando el dramaturgo escribe un artículo poniendo en evidencia al sistema, será el propio espía quien haga desaparecer la máquina de escribir que lo incriminaría –el estado tiene un registro de todas las máquinas, porque hasta ese grado de paranoia tiene con la persecución de los posible disidentes-. Con el tiempo desaparece la RDA y el escritor descubre, visitando los archivos de la Stasi, que fue Wiesler quien lo salvo, y ello le lleva a escribir un libro sobre esa experiencia - titulado Sonata de un hombre bueno, nombre de la pieza que tocaba el escritor al piano al enterarse que un amigo se ha suicidado en la primera parte de la película -, que dedica al espía con su nombre en clave, HGW XX/7, espía que ha sido rebajado tras su fracaso a trabajos menores y que ha terminado de repartidor de publicidad (La vida de los otros, Florian Henckel von Donnersmarck, 2006).
SORDOS Y ENAMORADOS
          Creo que es en la película ¡Qué bello es vivir! (1946) y si no lo fuera, debe ser en otra obra de Frank Capra, en la que aparece un personaje en el barrio donde se desarrolla la mayor parte de la acción que es visto por todos los vecinos como un ser maleducados, antipático y hasta misántropo. Y, sin embargo, la verdadera causa por la que no se relaciona con los demás, y que da pie a que ellos lo consideren así, es que está casi por completo sordo, de manera que cuando no responde a las preguntas, o no aporta su ayuda para una tarea comunitaria no es porque no quiera, sino porque no sabe ni lo que se le han preguntado ni lo que los demás le piden. Una vez sabido esa explicación, ya se puede incorporar a una de esas comunidades idílicas que tan bien retrató Capra y que vistas desde los tiempos actuales no pueden dejar de producir una gran nostalgia.
        Problemas todavía mayores tiene El chico de la moto, el hermano del protagonista de una excelente novela y no menor estupenda película: Rumble Fish (1984). Susan H. Hinton, como ya había hecho con su primera y magnífica novela Outsiders (1967), dibuja a otro grupo de jóvenes y adolescentes envueltos en peleas, buscando su lugar en el mundo y tropezando con la muerte de los seres queridos, sean estos amigos, padres o hermanos. El joven al que todos llaman con ese sobrenombre que acabo de señalar, tiene una enfermedad que hace que sólo pueda ver en blanco y negro  -la película se rodó en esos colores, salva un par de momentos, en un acierto de su director, el gran F. F. Coppola – y que los sonidos que le llegan únicamente pueda describirlos como los de “una televisión en blanco y negro con el sonido bajito”. Ídolo y héroe de los chicos de su barrio, simple delincuente para la policía, este personaje no puede sino estar abocado a morir violentamente, puesto que no se ve capaz de encarnar ninguna de las imágenes que de él tienen los otros, y tampoco encuentra sentido a una vida que se desarrolló en la guerra de pandillas y en la violencia y la falta de cariño de familiares y amigos.

           De todas formas, no poder oír tiene a veces repercusiones que algunos no se esperan. En una película de transfondo educativo, Profesor Holland (Stephen Herek,  1995), el profesor de música de un instituto tiene un hijo sordo, lo que le produce una gran tristeza, ya que ni siquiera puede sentir el movimiento del suelo de madera ante el movimiento de las teclas del piano, como le sucedía a Beethoven, según cuenta él mismo a algunos de sus alumnos. Sin embargo, una de las secuencia más emotivas es aquella en la que su propio hijo se enfrenta a él y mediante el lenguaje de signos le dice que le duele que su padre sea capaz de enseñar a sus alumnos con toda la devoción y que no ponga ningún interés en hacerlo con su propio hijo. Y eso, para alguien que dedica toda su vida a la educación no cabe duda que es algo muy duro.       

           En todo caso, ya hemos visto ejemplos suficientes para valorar las muchas maneras que la literatura o el cine han afrontado el sentido del oído, sea para resaltar los problemas ocasionados por su ausencia, sea por el efecto que producen en los demás determinados sonidos (música, ruidos, ecos, etc.), sea por los secretos que se murmuran en voz baja o en los citas bíblicas equivocadas. Y hasta el recuerdo de los seres queridos cuyas voces jamás desaparecerán de nuestra memoria, como vemos en el último ejemplo con el que se cierran estas páginas: Roxanne llega en su pecho la carta que le escribió poco antes de morir su amado Christian, arrugada y con sangre aún. Quince años han pasado desde su boda, la batalla y la pérdida. Cada sábado, a la abadía donde se ha retirado tras esa muerte, viene a visitarla su primo Cyrano. Pero en el que habrá de ser su último sábado, herido de muerte como viene, aunque nada le diga a ella, le pide poder leer esas letras. Accede Roxanne ante las súplica de su primo y arropados por el crepúsculo del día, él lee las palabras que un día le escribió –porque es Cyrano quien siempre puso voz a ese amor, no el bello Christian, excepto aquella noche bajo el balcón, en la que pudo expresar sus sentimientos con su propia voz -, y mientras cae la noche, oyendo esas palabras que él no puede leer porque ya no hay luz para ello, simplemente tampoco él las ha podido olvidar nunca, la joven se da cuenta de lo que ocurre, al rememorar esa voz que una noche le confesó su amor inmortal, y ese eco del pasado se convierte en una certidumbre del presente que, lamentablemente, no tendrá futuro, puesto que el espadachín y poeta exhala su último aliento minutos después.


                                                                     José María García Pérez

         

    

domingo, 5 de agosto de 2012

TODOS  A LA MESA
                                                                                          
             Tras haberse ido a hacer las Américas muchos años atrás, Pepe Francisca retorna a su Asturias natal, rico sí, pero con la salud tan minada que no le puede quedar mucho de vida. Lo acogen su hermana y cuñado, ansiosos de recibir buenos presentes a cambio de ese hospedaje. Y así, en un final tan cruel como sólo podía serlo Clarín, mientras Pepe cree comer boroña (aunque lo cierto es que no puede ni probarla porque su maltrecho organismo la devuelve sin piedad), el plato que le preparaba su madre y que le recuerda a su infancia, los otros dos asaltan su habitación en busca de esa supuesta fortuna hecha al otro lado del Atlántico. El clima no le sienta bien, por más que él sigue buscando los olores que configuraron su infancia, antes de tener que partir a América para intentar acuñar las riquezas que su familia necesitaba, y que lo que consiguió fue no poder volver a ver a su madre, que falleció en esos largos años de ausencia. De las muchas ocasiones en que el escritor asturiano se mostró despiadado con sus personajes, pocas veces lo fue tanto como en el cuento titulado con el nombre de ese plato que tantas reminiscencias despierta en su corazón (Boroña).
          Por su parte, Babette, la mujer francesa que llega a Dinamarca a causa de la Revolución Francesa, gasta un premio de lotería de diez mil francos en preparar una cena opípara para las señoras a las que está sirviendo desde que llegó a ese país. Lo curioso de esta historia, a la vez que muy característico de su autora, Isak Dinesen, es el hecho de que en tanto los envarados comensales se han prometido a sí mismos no disfrutar de la comida y la bebida – por su estrecha concepción religiosa-, un famoso coronel amigo de la familia y presente en la cena, que había oído hablar de la famosa cocinera francesa, se da de bruces con un menú y una selección de vinos y espirituosos que sólo podría ser obra de esa mujer. Y es el único que disfruta completamente con los platos, puesto que los demás han de hacer un verdadero esfuerzo para ser fieles a su promesa, porque ante manjares como los que tienen delante, es muy difícil no dar gracias a Dios por la comida recibida, en lugar de gozar de ellos como se merecen, por una estrechez de miras digna de mejor causa (El banquete de Babette).
         La confesión es una película danesa dirigida por Thomas Vintenberg en 1998,  que sigue los dictados de ese movimiento llamado Dogma. Con ocasión de celebrar el aniversario del patriarca familiar, uno de sus hijos, encargado de hacer el brindis habitual, afirma que su padre abusó de él cuando era un niño. Lo más llamativo es que otros hombres del banquete lo echan de malas maneras del restaurante, porque nadie da crédito de a sus palabras, en lugar de contrastar al menos las gravísimas acusaciones vertidas al inicio de la comida. Sin embargo, poco a poco, las palabras del padre y las acusadoras miradas de la madre nos llevan a pensar que, en efecto, y a pesar de las iniciales reticencias de toda la familia y de los espectadores, al final todos nos damos cuenta que el padre es un ser despreciable e indigno de la defensa a ultranza que al comienzo de la película hicieron todos de él.
              Como es lógico, el sentido del gusto puede servir tanto para evocar remembranzas positivas como para provocar casi vómitos. Ejemplo magistral del primer caso es Ratatouille (Brad Bird, 2007), cuando al ir a degustar el plato que da nombre a la película el exigente y estirado crítico gastronómico Antón Ego, con el primer bocado su memoria se dispara a un recuerdo infantil: al volver de sus juegos su madre le ha preparado ese mismo plato. Ahí somos conscientes de la falta de afecto de ese hombre, y como algo tan sencillo puede hacerle evocar instantes felices de su pasado. En el extremo opuesto, un reconocido director de cine y gran aficionado a los placeres de la mesa,  además de autor de bromas de dudoso gusto en los rodajes, incorpora en la que iba a ser su última película, Family Plot (Alfred Hitchcock, 1975) una de ellas. La mujer del inspector que investiga los delitos de la trama se empeña en ponerle una serie de platos a cual más repugnante: hasta tal punto que el pobre policía no hace más que verlos, hurgar un poco en ellos y rápidamente dejarlos sin probar. Con seguridad hubiera dado algo bueno por poder degustar alguno de los platos que prepara el simpático ratón Rémy en la película que acabamos de citar, que preparaba unos platos deliciosos.

ENTRE CANÍBALES
          Cuando el destino nos alcance es el título en España de una película titulada en inglés Soylent Green (Richard Fleischer, 1966). Los seres humanos de un tiempo futuro se alimentan de una comida especial llamada como mismo título, pero lo que no que ellos no saben es que dicho alimento está compuesto de de carne humana. Eso nos puede llegar a comentar el tema del canibalismo, sobre el que ya escribió páginas desde una perspectiva sorprendentemente comprensiva para su época nada menos que Robert Louis Stevenson. En su magnífico libro En los mares del sur explica que algunos pueblos del Pacífico comen a sus enemigos tras derrotarlos en una batalla por dos razones: impedir que puedan vengarse de ellos como vencedores y, lo que no es menos importante, apropiarse de la fuerza de los vencidos. Todo ello me recuerda una entrevista de hace unos veinticinco años en el periódico El País, donde el entrevistado era un antropófago de aquellas latitudes. El hombre afirmaba que la carne humana estaba muy buena, que tenía un sabor parecido al del pollo y que, por último, había dejado de comerla, aunque conocía a personas que seguían con ese peculiar elemento en su dieta. En el fondo, uno creía adivinar que el aborigen no dejaba de echar de menos ese sabor y que probablemente envidiaba a sus conocidos.
          De todas formas, el asunto del canibalismo ha dado bastante juego, tanto es así que una de las acusaciones habituales de un grupo cultural contra otro es la de ser caníbal, como puede verse en el hecho de que los romanos pintaran así a los bárbaros del norte o que los europeos dibujasen a los americanos como comedores de carne humana, y de paso dar el nombre al hecho mismo a partir de una mala transcripción de la palabra “Caribe”. Y otro tanto van a decir los ingleses del siglo XVIII en muchos de sus viajes por todo el planeta en aquellos viajes científicos y mercantiles que con el tiempo harían famosos a personas como el capitán James Cook (asesinado en Tahití por sus desmanes y, según esa mala imagen de los enemigos, comido después por los nativos) o Charles Darwin en su inolvidable viaje en el Beagle durante cinco años.
                Ni que decir tiene que esos supuestos testimonios no tienen la más mínima base real, por cierto, a excepción de las palabras de Stevenson, que tampoco recuerdo ahora mismo si hablaba como testigo o con testimonios de segunda mano a partir de lo que le contaron sus amigos de las islas de los Mares del Sur. Otro libro que trata sobre el asunto, si bien de manera diferente, es Taipí, un edén caníbal, de Herman Melville. En clave humorística, J. Swift proponía paliar las hambrunas que asolaban Irlanda comiéndose los irlandeses a sus propios hijos. Otra cosa serían las ideas medievales e incluso las que pululan hasta el siglo XVIII por Europa, esas que hablan de brujas que se comen a los niños y ese tipo de cosas, pero es que hay que tener en cuenta que estamos refiriéndonos de unas sociedades donde la vida y la supervivencia era muy difícil, y como no existía la posibilidad de una explicación científica a una mala cosecha o a una serie de sucesos inexplicables que conllevara la muerte de alguno de sus miembros, al final la solución pasaba por buscar un chivo expiatorio, como ya explicó hace muchos años el sociólogo René Girard. En cualquier caso, si alguien quiere saber más sobre los procesos de brujería en la edad media  puede siempre puede leer Historia nocturna de Carlo Ginzburg o un clásico de la antropología como es Vacas, cerdos, guerras y brujas de Marvin Harris.  
DE NÁUFRAGOS Y DESAYUNOS
       Lo malo a veces no es qué comer en cada una de las habituales comidas diarias, sino tener algo que llevarse a la boca. Es lo que suele ocurrir a los náufragos que en la literatura han sido, a excepción del más popular de ellos, porque a Robinson Crusoe es un tipo tan ingenioso – no en vano ha sido la encarnación del hombre británico, capaz de salir adelante en circunstancias adversas con no precisamente muchos elementos. Andando el tiempo, otro tanto le ocurrirá a un joven que decide hacer un viaje por el mundo antes de casarse, con la mala fortuna que acabará naufragando y llegando a  una isla en una novela de Julio Verne titulada Escuela de robinsones (1882), que ya desde el mismo título homenajeaba a la criatura de Daniel Defoe. No tanta suerte tienen, por su parte, los chicos también británicos, pertenecientes a un colegio importante y a las clases más pudientes del país,  que naufragan y han de organizar una suerte de sociedad donde un elemento importante es la búsqueda de alimentos. El problema radica en que William Goldwing presenta una alegoría muy pesimista sobre el ser humano en esa obra, puesto que no tardando mucho se llega al crimen y a un estado tan salvaje que en nada nos diferencia de las fieras, de manera que cuando finalmente son rescatados por un buque de la armada uno de los marineros comentará sorprendido “No parecen británicos” (El señor de las moscas).  La cuestión que planeaba en todo momento es si cualquiera de nosotros en un caso similar no nos hubiésemos comportados de manera tan animal como los chavales de la novela.
            Una de las historias más conocidas que aluden ya desde el propio título al desayuno es la novela de Truman Capote, que no sólo fue un éxito literario en su momento, sino que además lo fue aún mayor con la adaptación cinematográfica de Blake Edwards con idéntico nombre: Desayuno en Tiffany´s (en España se cambió la parte final por “con diamantes”). La trama era muy sencilla, pero la joven que interpretaba Audrey Hepburn era una criatura inolvidable y el escritor que se enamoraba de ella también, por más que la falta de recursos de ambos los llevara en alguna ocasión a no tener casi ni para tomar un desayuno.
         Sin embargo, En un lugar solitario era ya una visión mucho más amarga de una relación amorosa, de la dificultad de las relaciones humanas en general y una crítica feroz del mundo del cine. Nicholas Ray siempre fue un hombre atormentado, pero hay que reconocer que es imposible no recordar los seres que fue creando a lo largo de su carrera, a veces tan desvalidos como él mismo. En una escena memorable, el guionista encarnado por Humphrey Bogart se dispone a prepara el desayuno a su novia, una estupenda Gloria Grahame (entonces esposa de Ray), y mientras lo hace, le va diciendo que las películas de Hollywood no tendrían que mostrar a una pareja diciéndose que se aman, porque cualquiera que los viera a ellos en ese momento, sabría perfectamente que se quieren. La frase tiene aquí su trascendencia, porque para entonces ella empieza a no tener ese amor tan claro, dado que él ha dado muestras de ser un hombre violento y es incluso sospechoso de un asesinato.

BANQUETES PARA TODOS LOS GUSTOS
         Una de esas novelas tan hermosas que escribió el chileno Francisco Coloane (1910 – 2002), En el centro de la ballena, arranca con la aparición del cadáver de una mujer junto al mar, ahogada sin que nadie pareciera conocerla, que es la madre del adolescente protagonista de la historia. El abuelo, rico terrateniente de la zona, organiza el funeral y un banquete para sus trabajadores, que van pasando por el velatorio. El narrador, sin embargo, a través de la mente del chico, llega a afirmar que el abuelo- y padre de la mujer muerta – desea que todo pase pronto, no porque tenga pena o dolor –se sugiere además que no mantenía ni relación con ella desde hacía mucho tiempo – sino porque son operarios que sólo han ido allí por la comida gratis, y él los necesita para que sus negocios no se paren. En otras palabras, de las muchas personas que pasan ante el cadáver y que van dando el pésame al terrateniente, la triste realidad es que la difunta sólo le importa verdaderamente a una persona: el hijo único que tenía, que se queda solo en la adolescencia, puesto que su padre había muerto muchos años atrás (El camino de la ballena).           
               En una de las obras maestras de Charles Dickens, Grandes esperanzas, ese narrador a quien hay que volver una y otra vez, hay también un banquete. O por mejor decir, estaba preparado, pero nunca se llegó a celebrar. Y es que la señorita Havisham, señora de mediana edad, con quien  el joven Pip  juega a las cartas y a quien entretiene –ha sido contratado para ello – iba a casarse en su juventud pero el novio la dejó plantada y la ceremonia y el posterior banquete nunca tuvieron lugar. Pues bien, una de las imágenes más imborrables de una novela que tiene no pocas, es aquella en la que la dama introduce al chico en una amplio salón y a la macilenta luz de las velas de una candelabro le muestra la gran mesa en la que se encontraba el ágape: todo está como se dejó en aquel momento penoso y las telarañas y el olvido se han apoderado de cubiertos, platos, velas y de todas la ilusiones de una vida marcada ya para siempre con la infelicidad.
         Por los antropólogos sabemos – y a Marvin Harris nos remitimos, entre otros y sin ir más lejos, por aquello de que ya lo hemos mencionado antes – que en ciertas culturas no era infrecuente que en un período del año se reunieran los miembros de una determinada tribu y sacrificaran los cerdos o los animales que habían ido cuidando durante el resto del año. Eso suponía unos banquetes dignos de Gargantúa y Pantagruel, en los que la gente allí reunida no cesaba de comer durante días hasta que no quedaba ni rastro de los alimentos. No puede dejar de llamar la atención el hecho de que eso se llevara a cabo por los mismos que durante la mayor parte del año llegaban a pasar incluso hambre. Pero esas conductas pueden ser paradójicas para nosotros, claro está, pero no para ellos; ¿quién nos dice que ellos no os mirarían con ojos extrañados si supieran que trabajamos horas y horas a la semana para poder adquirir cosas que no necesitamos y que tampoco no dan más que una felicidad efímera?
         Y terminamos los banquetes con uno realmente divertido que podemos leer en una de las dos novelas que sean conservado del mundo romano, El Satiricón. Es aquel que ha organizado Trimalción, el nuevo rico que pretende epatar a sus invitados con una serie de comidas a cual más estrafalaria. Por descontado que la visión de ese banquete  se aprovecha para evidenciar la falta de educación y cultura del anfitrión, aunque me temo que tampoco es que los modales de los invitados sean mucho mejores, esa es la verdad. La selección de platos no puede ser más extraña, pero lo cierto es que sabemos por fuentes históricas que no era tan inhabitual en los dos primeros siglos de nuestra era que los ricos ofrecieran menús que incluso a los propios contemporáneos les llamaban la atención y criticaban sin pudor. Es más, conservamos un libro de recetas de la época latina en la que se pueden hallar bastantes recetas de aquellos tiempos, todo ello se atribuye a un cocinero llamado Apicio. Otra cosa muy distinta es si hoy nos gustarían o no esos platos de hace casi dos mil años, pero eso es otra historia.


OTROS MOTIVOS PARA ACERCARSE A LA MESA
        Sentarse a la mesa puede constituir un factor determinante a la hora de construir una trama, según sea el mayor o menor grado de dramatismo que entrañe ese gesto. Pensemos, por ejemplo, en un caso tan paradigmático de Los tres mosqueteros de A. Dumas, donde la malvada Milady de Winter envenena a la enamorada e inocente Constance, el amor de D’ Artagnán, merced a un bebedizo venenoso oculto en su anillo. Sandokán, por su parte, consigue otro líquido de raras propiedades que sin llegar a matarlo, sí sirve para que sus enemigos lo den por muerto, aunque en realidad sólo está en un estado del que no retorna a la consciencia y a la vida hasta pasados unos días.
       Pocos meses después de ser admitido en la mesa con los adultos, al igual que su hermano pequeño (aunque éste no tiene doce años como él, pero lo han sumado para que no coma solo), el futuro barón de Rondó, de nombre Cósimo, se rebela contra  las órdenes paternas y se niega a comer caracoles, a los que había liberado de su “prisión” antes de pasar a convertirse en el manjar de ese día. Era sólo una más de las decisiones un tanto tiránicas de su padre, pero esa marcaría un antes y un después en su vida, dado que tras abandonar la mesa se sube a los árboles que hay en su mansión con la firme promesa de no volver a tocar de nuevo el suelo, lo que cumplirá en los muchos años que le quedan de vida. Años que, todo hay que decirlo, le sirvieron para conocer el amor, ayudar en multitud de ocasiones a los demás y conocer los diferentes humores del alma humana, en esa novela tan entrañable que es El barón rampante de Ítalo Calvino.
           A su vez, en un pasaje clave del Nuevo Testamento, que será conocido con toda propiedad como La última cena, se efectúa toda una representación dramática, en el doble sentido: en lo que tiene de drama por ser la despedida casi de Jesús de sus discípulos, pero también en lo que tiene de acto teatral, y como tal está descrito. Son los últimos momentos del maestro en la tierra y de ahí sus últimas enseñanzas, previas a ser arrestado, conducido a juicio y crucificado. No es de extrañar que la pintura y el cine hayan aprovechado tal materia prima para presentar una escena con tantas posibilidades emocionales como ésta.
        No son pocas las veces en las que se reúnen en torno a la mesa un grupo de mafiosos para tratar sobre sus negocios. Si existe un caso ejemplar es el inicio de El padrino III (Francis Ford Coppola, 1984), donde se acaba con casi todos los gánsteres con una ametralladora instalada en un helicóptero, en una escena de una violencia insólita. Claro que no lo era menos otro momento en una especie de homenaje que alrededor de una mesa también, el jefe de la mafia organiza en homenaje de un compañero; aparentemente, porque lo cierto es que, habiendo sabido que éste ha intentado quedarse con su puesto, le destroza la cabeza con un bastón de oro macizo que, en teoría, iba a ser su regalo (Party Girl, Nicholas Ray, 1959). 
       Sea para matar a los rivales, para despedirse de los amigos, para comerse a los enemigos, para asombrar a los conocidos, en los funerales o en las bodas, tal vez para recordar así sea por última vez la comida de tu madre o regresar momentáneamente al pasado, o para agradecer el cariño de quien te acogió cuando no tenías nada, son infinitas las razones para congregarse alrededor de una mesa. Y aquí únicamente hemos hecho una pequeña selección de los cientos de ejemplos con los que se podía haber ilustrado estas líneas.
                                                     José María García Pérez