IN PRINCIPIO MUSICA
Un estudioso guatemalteco descubre
por azar los dos últimos movimientos de la Sinfonía
inacabada de Franz Schubert. Naturalmente, le falta tiempo para comunicar
su descubrimiento a las autoridades de su país, pero ya no es que no le crean,
sino que a nadie parece importarle semejante hallazgo. Nuestro hombre no se
desanima y emprende un viaje a Europa, donde piensa que allí le escucharán y
darán a conocer a todo el mundo una música tan hermosa como esa. Cuál no será
su desilusión al toparse con la incomprensión de todos aquellos con quienes va
hablando: unos recelan de un latino, otros de que una partitura nada menos que
de Schubert aparezca nada menos que en un país como Guatemala. Finalmente,
apenado por el ningún eco que ha tenido lo que él considera digno de ser
conocido por todos los amantes de la música, retorna a su patria, y en el barco
que lo lleva acepta la reflexión de uno de los viajeros, tras haber reconocido
a todas luces el manuscrito como original: la gente es consciente de la
maravilla que suponen los dos primeros movimientos de esa sinfonía, y les
parece que ninguno que los continuasen serían suficientemente hermosos como
para igualarse con los anteriores. De ahí que, en las últimas líneas, el
desengañado melómano opte por tirar al océano las partituras de aquella obra
maestra (Sinfonía concluida, incluido
en la colección de relatos Obra maestra,
Augusto Monterroso).
En
otro cuento de ese mismo libro del autor guatemalteco, que vivió en realidad
casi toda vida en Méjico, un personaje importante ha organizado un concierto de
piano para ser interpretado por una jovencita que es su hija. Ese hombre es un
ser poderoso, y de hecho ha dado instrucciones a todo el mundo de cómo tiene
que comportarse y de aplaudir y ¡ay de quien no se muestre lo bastante
entusiasta de esa interpretación! Sin embargo, aun cuando hasta los periodistas
y críticos suelen mencionar esas conciertos con palabras elogiosas, el hombre
que ha construido un imperio y cuyo nombre nunca sabremos, reconoce no sólo que
la música no le interesa ni le dice nada, sino que lamenta la afición de su
hija por el piano y acaba confesándose a sí mismo que ha llegado a odiarla porque
eso le coloca en una posición de debilidad ante los demás, algo por lo que no
parece dispuesto a pasar (El concierto).
JAMES JOYCE
A lo largo de toda su vida y de su
obra, el irlandés James Joyce estuvo siempre muy interesado por la música. No
vamos a hacer un repaso pormenorizado de la presencia de ésta en toda su
producción, pero si me gustaría detenerme en ese primer libro de cuentos, tan
hermosos por otra parte es decir, Dublineses. En él podemos encontrar formas muy diversas en las que
aparece de una manera u otra la música. Al igual que ocurría en el relato de
Monterroso, hay un cuento en el que se han preparado cuatro conciertos en Dublín, y una madre ha logrado que una organización musical
incluya a su hija como pianista en todos ellos. Lo malo es que conforme se acerca la fecha de
los conciertos, parece cada vez más claro que no van a ser precisamente un
éxito, y mucho menos de ingresos económicos. Por esa razón, los responsables de
los conciertos intentan por todos los medios cancelar alguno, y contra esas medidas
se opone con todas sus fuerzas la madre de la joven, hasta el punto de que cuando llega el último y más esperado de esos conciertos se opone a que su hija toque hasta que no se le paguen las ocho guineas convenidas. Ni que decir tiene que semejante comportamiento es duramente criticado por todos (cantantes, organizadores...), por más que el marido no se atreva a decir nada, dominado como está por Mrs. Kearney, que es como se llama la buena señora, y que la hija asista a todo esos tejemanejes maternos sintiéndose en el fondo avergonzada (Una madre).
Otra historia dentro del libro,
concretamente el cuento con el que concluye el libro, es la titulada Los muertos. Tras una fiesta navideña
que ha tenido lugar en una familia de buena posición, Greta, la esposa abnegada
e infeliz, rompe a llorar al oír una canción popular, que tiempo atrás cantaba
un joven pretendiente que no dudó nunca en no anteponer nada al amor que sentía
por Greta y que, lamentablemente, murió en plena juventud. Su marido le
interroga por esas lágrimas, con un cierto enfado, y cuando sabe la respuesta
no puede dejar de sentir una no disimulada envidia, pero él es tan egoísta que
es incapaz de comprender el sentimiento que desborda su mujer en ese llanto,
precisamente porque él no ha amado a su esposa nunca así.
DE RUSIA A FRANCIA
En otro rincón del planeta, una
familia rusa intenta a toda costa que su hijo estudie violín, pensando, como
tantos padres a lo largo de la historia de la literatura, que tal vez acabe por
llegar a ser un niño prodigio y ellos tener el futuro resuelto. Todo tiene un regusto autobiográfico: la historia transcurre en Odessa, el chico de trece años lee a todas horas y empieza a escribir... Lo malo de ese
plan, como suele ocurrir cuando se no cuenta para nada con el principal
interesado, es que el chico tiene bastante más interés en escaquearse de las
clases para poder jugar con sus amigos, ir al muelle a pescar o ver pasar los barcos, a las mil y una
actividades típicas de los muchachos de esa edad. Como no puede ser de otra
manera, el cuento termina al descubrir los padres, tres meses después, que su hijo no sólo hace novillos sino que además se gasta los rublos que le da su familia con los que tendría que pagar las clases de música, lo que ocasiona que su padre le quiera dar una buena paliza. (El despertar, Isaac
Bábel).
Por otra parte, y en un lugar muy diferente, un grupo especializado en
tocar el reportorio de madrigales italianos del Renacimiento y Barroco, se dedican
a dar giras por toda Europa mostrando ese delicioso repertorio. Sin embargo, en
los últimos conciertos se nota la tensión entre dos de los integrantes del
conjunto, que son pareja y están atravesando un momento muy delicado en su
relación. Y todo ello tiene lugar justamente cuando están ensayando y llevando
por los teatros y salas de conciertos madrigales de Carlo Gesualdo da Venosa,
uno de los grandes nombres de ese género, autor que mató a su esposa y al
amante de ésta de una forma brutal, de la misma manera a como uno de los
miembros de la pareja muere a manos del otro, en paralelo a lo ocurrido al
propio compositor al que interpretan (Clone,
incluído en el libro de Julio Cortázar Queremos
tanto a Glenda, 1980).
En
una escuela francesa empieza su último curso el profesor de música Simon, que
se jubilará al llegar junio. Ha sido objeto de burlas entre sus alumnos durante
años, sí, incluso entre sus compañeros, porque se muestra tímido y débil, pero
eso ya parece no importar mucho ante la llegada de la jubilación. No obstante,
entre sus alumnos hay un chico árabe en el que descubre asombrosas cualidades
para tocar el violín. Se ofrece a darle clases particulares gratuitas, pero
tiene que vencer las reticencias de la familia del muchacho. Y, pese a todo,
contará con el respaldo de la madre, que le confiesa que su padre fue
violinista la mayor parte de su vida, y que tuvo que dejarlo para ganarse
duramente la vida y sacar adelante a su mujer y a sus numerosos hijos. La música
lo era todo para él y murió creyendo que ninguno de sus descendientes tocaría
su violín. En otra línea argumental, vamos enterándonos de que el profesor
lleva años sin tocar su violín, porque tuvo que tocarlo obligado por los nazis
que lo tenían preso como judío. Al final, todo el colegio organiza un gran
festival en el que no sólo asombrará la maestría del chico árabe, sino que
también su profesor, ahora que ha podido superar sus traumas, toca de nuevo su violín. Todo
ello ocurre en El profesor de música,
de Yael Hassán, 2004).
Otro niño cogió su afición por la música con las canciones populares que le cantaba su tía. Y mucho años después, escribiendo sus memorias, lo narraba así: "Seguro estoy de que a ella debo el gusto, o mejor, la pasión por la música[...]. Poseía un prodigioso caudal de tonadas y canciones que cantaba con una voz dulcísima. La paz del alma de esta excelente mujer disipaba toda tristeza, [...] Tanto sus canciones me cautivaban, que no sólo he conservado en la memoria muchas de ellas, sino que aún hoy día, que casi la he perdido, algunas que tenía desde la infancia completamente olvidadas, reaparecen a medida que voy siendo viejo, con un encanto que trataría en vano de explicar. ¿Quién diriá que yo, caduco, viejo, roído por los cuidados y sufrimientos, me he encontrado algunas veces llorando como un chiquillo, al murmurar aquellos cantos con voz ya trémula y cascada?"(Confesiones, Jean-Jacques Rousseau).
Otro niño cogió su afición por la música con las canciones populares que le cantaba su tía. Y mucho años después, escribiendo sus memorias, lo narraba así: "Seguro estoy de que a ella debo el gusto, o mejor, la pasión por la música[...]. Poseía un prodigioso caudal de tonadas y canciones que cantaba con una voz dulcísima. La paz del alma de esta excelente mujer disipaba toda tristeza, [...] Tanto sus canciones me cautivaban, que no sólo he conservado en la memoria muchas de ellas, sino que aún hoy día, que casi la he perdido, algunas que tenía desde la infancia completamente olvidadas, reaparecen a medida que voy siendo viejo, con un encanto que trataría en vano de explicar. ¿Quién diriá que yo, caduco, viejo, roído por los cuidados y sufrimientos, me he encontrado algunas veces llorando como un chiquillo, al murmurar aquellos cantos con voz ya trémula y cascada?"(Confesiones, Jean-Jacques Rousseau).
LEOPOLDO ALAS, CLARÍN.
Marcela Vidal es una modestísima cantante
lírica que pertenece casi sin querer a una compañía –su madre era también
cantante y su padre músico de orquesta- pero ni su facultades ni su belleza la
van a llevar nunca a destacar en ningún papel, por más que una vez casi hasta
gustó al respetable público interpretando a la Reina Margarita. Como
espectadora de una función de ópera conoce a Feliciano Candonga, tenor con tan
pocas cualidades como tiene ella, pese a lo cual ambos se enamoran y forman una
familia, no sin antes haber dejado el mundo de la ópera, que no les daba más
que sinsabores, pues los dos tenían al público y en su timidez no dejaban de
sufrir con su reacción ante las actuaciones de ambos. En una especie de
epílogo, sabremos que él ha llegado a convertirse en un importante mercader de
harina en Grijota y sólo una vez más, para celebrar el nombramiento de su tío
Romualdo diputado provincia,l acceden a subirse a un escenario y cantar para los
vecinos de su pueblo. Esta es la trama
de uno de los escasísimos cuentos de Leopoldo Alas Clarín que tratan de un amor afortunado con un final feliz, La reina Margarita).
Con más talento, el poeta milanés Orazio
Formi es el autor de los libretos de las óperas que triunfan en toda Italia, a
las que pone música su amigo no muy dotado para la misma Brunetti. La tiple y
actriz que encarna los personajes de
esas creaciones es Gaité Provenze, de
quien se va enamorando poco a poco el poeta. Brunetti le pide a ella, que es su
esposa, aunque Orazio no lo sabe, que lo seduzca y consienta en lo que sea,
puesto que necesitan que siga escribiendo libretos para él, pues es muy
consciente de que su talento musical es muy limitado y si lo pierde perderá su
trabajo e ingresos. (Amor´ è furbo, escrito también por
Leopoldo Alas, a quien le apasionaba la ópera, como lo prueba que en sus dos
únicas novelas aparezcan numerosas alusiones y versos de diversas óperas,
especialmente en Su único hijo, cuyo
protagonista se enamora de la soprano de una compañía operística y con la que
tendrá un hijo, a pesar de estar él casado previamente a esa relación y a que
parece claro que, según confiesa la cantante, el niño que espera es de un
tenor, no de su amante).
DE KIPLING A CHÉJOV
En sus memorias tituladas Algo de mí mismo, Rudyard Kipling nos
refiere cómo fueron sus primeros años de vida en la India, donde en las tardes
calurosas el aya les cantaba a él y a sus hermanos nanas de ese país o les
contaban cuentos que no olvidaron nunca. Después eran vestidos convenientemente
y enviados al comedor con la advertencia de que tenían que hablar en inglés con
papá y mamá. “Hablábamos, pues, en inglés, traduciendo, no sin titubeos, el
idioma vernáculo de nuestras meditaciones y ensueños. Mi madre entonaba
maravillosas canciones, sentada ante un piano negro, y solía asistir a cenas de
gran ceremonia”. Y es que la música, las canciones y los cuentos forman una
parte sustancial de los seres humanos, lo que no debe de extrañarnos que
conduzca a que en países donde se prohíbe la música y hasta está penado el
tener instrumentos musicales, muchas personas haya optado por enterrar su
violines, heredados de padres a hijos en muchas ocasiones, en espera de tiempos
mejores que permitan volver a recuperar esos tesoros que son para ellos los
instrumentos musicales.
La música sirve para proporcionar
felicidad al hombre, para hacerle llorar o sonreír con el recuerdo de una
melodía, para evocar un amigo o una situación, pero también puede ser usada,
tangencialmente, para provocar la risa. Por una parte, tenemos el ejemplo de El amor a un contrabajo, un cuento de
Antón Chéjov, en el que un músico baja al río a bañarse y al volver a la orilla
se da cuenta de que le han robado la ropa. La trama se complica cuando debajo del puente en el que se ha refugiado llega una joven a la que también han robado sus ropas. El contrabajista le propone que se meta en la una de su instrumento, cosa que ella hace. Pero en el camino él cree ver a los ladrones y mientras los persigue dos músicos compañeros suyos se llevan la funda del contrabajo, pensando que se le ha extraviado. Y al volver sin haber podido recuperar sus ropas se encuentra que tampoco está la funda. En la sala donde iba a ser el concierto la sorpresa es mayúscula cuando abren la caja y al final del cuento se habla de cómo en el puente se oye por la noche música de contrabajo y que a veces se ve a un extraño tipo peludo y en cueros. Hay que disculpar
al auto ruso que el relato se agote en su mismo final, pero es preciso añadir
que se trata de una historia de las primeras que iba escribiendo todavía con el
pseudónimo Antosha Chejonte, antes de
encontrar ese estilo inimitable y certero que lo lleva a ser uno de los grandes
narradores de la literatura.
MECENAS TACAÑOS
Por otro lado baste pensar en dos
ejemplos sacados en esta ocasión de la propia historia de la música. El más
conocido es el de Joseph Haydn, el célebre compositor austriaco que ideó una
pieza (La sinfonía de los adioses,
la número 45 de su catálogo, para ser exacto) en la que para protestar porque
los músicos fueran traídos de sus vacaciones de forma inesperada para tocar
ante el noble que los pagaba, Haydn creó una obra en la que al final de la
misma iban yéndose los músicos apagando su vela y recogiendo su partitura,
hasta no quedar ninguno. Para ser que el príncipe Nikolaus Esterházy entendió
el mensaje y les permitió regresar junto a sus familias a disfrutar de sus
vacaciones.
Y con un propósito no muy diferente tenemos el
caso de los músicos del Renacimiento. No son pocos los que se tienen que buscar un mecenas más serio a la hora de pagar. El cardenal Arsenio Sforza - que olvida pagar a sus músicos pero no pagar una fortuna por un papagayo que supiera recitar el Credo- es uno de ellos, para el que Josquin Desprez compone la misa La sol fa re mi, en la que parece utilizar un fragmento del Kyrie Cunctipotens, pero que en realidad repite una y otra vez las transmutación solfística de Lascia fare a me (Déjame hacer a mí), frase con la que el cardenal acostumbraba a despedir a los pedigüeños. en parecida circusntancia otro señor decía "Mírese", y un músico ya cansado le aconsejó: "No entone tanto el mi, Cante el fa: Fágase".
El rey Luis XII no debía ser mucho más puntual con la paga y Josquin le dedicó un exquisito arreglo de una conocida canción popular, Adieu mes amours, retocando su texto. "Adiós, amor mío. Adiós hasta la primavera. No sé de qué viviré. ¿Viviré del viento, si el dinero del Rey no llega a menudo?" Y con otra sencilla canción atendió los ruegos del monarca que insistía en querer cantar con sus músicos, aun teniendo escasas facultades para ello. Guillaume se va chauffer es el título de una canción, que tiene el tenor marcado como vox regis y formado por una sola nota repetida machaconamente con todo el texto.
DOS VIOLINISTAS
Vikram
Seth es un escritor indio que no ofreció una hermosa novela titulada Una música constante, cuyo protagonista
es el segundo violín de un conjunto de cámara. Uno de los nudos narrativos más
importantes es el intento de recuperar un viejo amor, en la piel de una mujer
que está empezando a perder la vista, y que asiste horrorizada a sus conciertos
para clave de Bach al temer que el público noto esa pérdida. Sin embargo, a mí
me gusta también la relación que el músico tiene con una mujer ya mayor que le
ha prestado su violín del siglo XVIII, nada menos que un Amati, y que al final
de la novela, en un rasgo de generosidad, le regala en su testamento, ante la
perplejidad de sus herederos. En todo caso, las escenas de los ensayos, de los
sentimientos que produce tocar la música o escucharla tocada por otros o ver cómo
los demás reaccionan ante la interpretación de una determinada melodía muy
pocas veces han sido tratadas con tanta hermosura, profundidad y emoción.
En
una curiosa novela de Enrique Vila Matas - y no sé si existen o no las dos creaciones que en ella se citan, aunque eso poco importa, la verdad - , se
habla de una película de un tal Jacquot adaptando un relato incompleto de
Dostoievski: la historia de un joven violinista de provincias que convencido de
tener un don excepcional como músico deja su ciudad natal para conquistar la
capital, pero no encaja en ninguna de ellas, lo que le lleva a no querer
trabajar con ninguna para no tener que compartir su talento ni con las mejores
orquestas del país. Se considera el mejor violinista del mundo y pasea por las
calles de París – supongo que el narrador ruso situaría a ese joven en Moscú o
en San Petersburgo- mirando con
engreimiento y envidia los carteles que anuncian conciertos musicales en la
ciudad y acaba no teniendo más remedio que chulear a una pobre criada (Anna
Karina). Ella lo ha acogido en su habitación porque se ha enamorado de él, no
del arrogante músico provinciano sin trabajo sino del patético y pobre diablo
que ha encontrado dando tumbos por la ciudad diciendo que es el mejor
violinista del mundo (París no se acaba
nunca, 2003).
MÚSICA EMBRIAGADORA
No pocas veces la música produce un
efecto casi hipnótico en quien a escucha. Así, por ejemplo, Sapo y Ratón, dos
de los protagonistas de esa joya que es El
viento en los sauces (Kenneth Grahame, 1908) buscan a un cachorro de nutria
que se ha perdido y su madre está buscándolo desesperadamente por todo el
bosque. En un punto recóndito de éste, los dos amigos empiezan a escuchar una
música que los atrae sin remedio. Y en un recoveco se encuentran con que el
pequeño animal está dormido, acunado por la embriagadoras notas que salen de la
flauta de Pan, que está junto al cachorro. Cuando se lo llevan a la madre, ni
Sapo ni Ratón son capaces de recordar con exactitud lo sucedido en aquel
espacio, lo único que tienen claro es que había algo superior a sus fuerzas que
los condujo a ese lugar sin poder evitarlo.
Otro tanto ocurre en Canto de amor triunfante de Iván Turguéniev.
A la joven esposa le han suministrado una especie de bebedizo que, cuando llega
la noche, al dar comienzo una singular melodía que se extrae de un extraño
violín traído de lejanas tierras, ella acude como sonámbula al jardín de su
mansión a encontrarse con el amigo de su esposo que ha venido desde Asia tras
varios años ausentes, en un viaje que hizo una vez que no pudo casarse con
ella. Pero también él acude a esa peculiar cita en una suerte de estado
hipnótico. No sabremos lo que hubiera ocurrido si esos encuentros se hubieran repetido
más veces, porque lo cierto es que el marido descubre esa salida y al ver que desde ese momento su mujer pierde
la alegría, averigua la raíz de ese estado y, finalmente, clava su hermoso
puñal en el costado del que años atrás fue su mejor amigo. Que pese a todo se
irá de la mansión encima de un caballo, pálido y sin fuerzas sí, pero
aparentemente vivo, seguramente por mediación de un sospechoso criado que trajo
de sus viajes y que tal vez fuera también quien tocase el violín.
Y lo mismo pasa en Leyenda de las dos discreta estatuas, de Washington Irving, relato incluido en su Cuentos de la Alhambra. Sanchita es la hija de un pobre mercader y buen guitarrista y cantante de canciones populares. Descubre un amuleto y esa noche, mientras la vida y el tiempo se ha paralizado, ella puede hablar con una princesa cristiana secuestrada por los árabes de Granada. Lo curioso del caso es que esa joven hermosa tiene una lira mediante la cual logra tener dormido a su gurdián, de modo que puede conversar con Sanchica y darle las indicaciones de dónde se encuentra un valioso tesoro y pedirle que dedique parte de él, una vez que su padre lo saque sin darle cuenta a nadie, a decir misas por la salvación de la princesa cristiana.
Y lo mismo pasa en Leyenda de las dos discreta estatuas, de Washington Irving, relato incluido en su Cuentos de la Alhambra. Sanchita es la hija de un pobre mercader y buen guitarrista y cantante de canciones populares. Descubre un amuleto y esa noche, mientras la vida y el tiempo se ha paralizado, ella puede hablar con una princesa cristiana secuestrada por los árabes de Granada. Lo curioso del caso es que esa joven hermosa tiene una lira mediante la cual logra tener dormido a su gurdián, de modo que puede conversar con Sanchica y darle las indicaciones de dónde se encuentra un valioso tesoro y pedirle que dedique parte de él, una vez que su padre lo saque sin darle cuenta a nadie, a decir misas por la salvación de la princesa cristiana.
SCHUBERT Y BEETHOVEN COMO
INSPIRACIÓN
La
muerte y la doncella es un célebre cuarteto de Franz Schubert cuyo título
usa igualmente el dramaturgo chileno Arel Dorfman para uno de sus dramas, que
unos años después adaptaría al cine nada menos que Roman Polanski. Pues bien,
la historia se centra en la vida de una mujer, Paulina, que intenta llevar una vida normal, pero desde
el primer momento intuimos que algo en su pasado la tiene inquieta, algo que no
está muy claro que su pareja Gerardo sepa. Ese algo es nada más y nada menos
que tiempo atrás fue torturada por Roberto,
torturas que se llevaban a cabo con la música del cuarteto de Schubert como
acompañamiento. Y aquella música maravillosa creada para el disfrute del ser
humano y que también recogía las angustias del joven músico vienés, pasa aquí a
convertirse en un sonido asociado al miedo, al dolor, a lo peor del ser humano. Sabíamos que los nazis apreciaban las bellas
composiciones de Mozart, Bach y tantos otros, lo que no les impidió cometer
crímenes atroces. Pues otro tanto le pasa a Roberto, de manera que a todos
cuantos amamos la música nos preguntamos por qué esos sonidos que nos elevan a
lo más alto no fueron suficientes para evitar que algunas personas se
convirtieran en verdaderos monstruos. ¿Y qué haríamos si pasado el tiempo nos encontráramos con la voz de quien nos torturaba - y cuyo rostro nunca pudimos ver - o cómo afrontar la vida cada vez que sonara la sublime música de Schubert?
Pero a veces es que los músicos tampoco
son lo que se dice un buen ejemplo. Basta pensar en el caso de Richard Strauss,
figura clave en la música operística de las primeras décadas del siglo XX, por
no hablar de sus poemas sinfónicos o sus inolvidables canciones. Para empezar,
en el caso que nos ocupa, firmó un manifiesto contra Thomas Mann, el futuro
ganador del premio Nobel de literatura, lo que motivó que éste y su numerosa
prole tuviera que escapar de Alemania con el ascenso de los nazis al poder.
Años después, uno de sus hijos, Klaus Mann, también escritor, acude a Europa
como corresponsal de guerra y recién acabada ésta visita el castillo del Führer
y está presente en la única entrevista con Hermann Göring. En Munich se pone en
contacto con Strauss y éste accede a una entrevista. El anciano compositor se
queja del trato de las autoridades, que pretendían llenar su casa de
refugiados, aunque había vivido a cuerpo de rey. Strauss añade que su nuera fue la única judía
libre de toda Alemania. Por si eso fuera poco, se queja de que no le habían
dejado cazar y que le prohibieron sus paseos a caballo. Klaus Mann, rechaza la
invitación para quedarse a comer con el siguiente comentario: “Un hombre tan
grande, ¡y sin grandeza!”.
En una asombrosa novela
corta Lev
Tolstoi describe en primera persona la vida, creencias y evolución mental de un
hombre adinerado que va a narrar las causas que le llevaron a matar a su
esposa. Sería muy largo explicar las minuciosas lucubraciones y los meandros
por los que se mueve el pensamiento de
ese hombre. Lo que nos interesa en este caso es la interpretación que hace su
esposa y un notable violinista de La
Sonata a Kreutzer de Ludwig van
Beethoven, que de paso da título a toda la narración. Él sospecha que está
surgiendo un idilio entre los dos, por más que tampoco parece que haya nada
objetivo que pueda llevarnos a pensarlo, pero la mente del protagonista es, no
lo olvidemos, una mente enferma. Y, sin embargo, la ejecución de la sublime
partitura le conduce a una suerte de euforia, inesperada en una situación que
él describe como tensa al buscar las señales que evidencien las relaciones del
violinista profesional y su mujer al piano. Y, como conclusión de ese
sentimiento, y que puede ser una perfecta clausura de estas líneas, afirma lo
siguiente: “¡Y qué cosa tan terrible la música en general! ¿Qué es? No
comprendo. ¿Qué es la música? ¿Qué hace? ¿Por qué hace lo que hace? Se dice que
la música influye en el alma para elevarla. ¡Tontería! ¡Mentira! Influye, sí,
influye espantosamente (hablo por mi cuenta), pero no de una manera
ennoblecedora. ... ni ennoblecedora ni envilecedora, sino de una manera
irritante. ¿Cómo diría yo? La música me hace olvidar mi situación verdadera; me
transporta a un estado que no es el mío, bajo su influjo me parece que siento
lo que en realidad no siento, que comprendo lo que no comprendo, que puedo lo
que no puedo”.
José María García Pérez